En la intersección de dos mundos, allí donde las sombras tejen hebras de leyenda y realidad, floreció una historia que el viento llevaba en susurros a través de los campos, los ríos y las montañas. Piedecuesta, una aldea tan antigua como las arrugas del tiempo, en Santander, Colombia, albergaba un secreto que se perpetuaba en susurros y miradas furtivas, una historia que cruzaba fronteras y mares, resurgiendo con nuevas formas pero manteniendo una esencia singular. Estas tierras, marcadas por la cicatriz que dejó la última guerra civil, bajo los oscuros mantos de noviembre de 1896, serían el escenario del mito que une almas en pena y vientos de fábulas a través de América.
Era una época en que las voces de los piedecuestanos se apagaban a la caída del sol, cuando el espíritu de la aldea se ensombrecía. Aquellos que antes se sentaban a las gradas del atrio, ahora huían hacia las sombras, dejando al pueblo sumido en un rumor de aguas profundas. En este panorama sombrío, en la tienda "La Gran Luz", un grupo de valientes revolucionarios se congregaba cada noche para desafiar al destino.
Fue en una de esas vigilias, en que Carlos Vicente Gómez y sus camaradas, aferrados a sus ideales como un náufrago a su deseo de tierra firme, sintieron la presencia de lo imposible. La puerta se abrió suavemente, y una figura etérea, con un rostro que parecía tallado por el mismo viento que delineaba aquéllos interminables páramos, entró en la tienda. Vestida con un sayal oscuro, sus ojos desbordados relataban incontables penas; era la presencia de La Sayona, aparecida en Piedecuesta bajo el manto de estrellas que guían a los espíritus errantes hacia su destino.
En el eco de sus palabras, que ningún oído pudo retener más allá de su místico influjo, Carlos Vicente encontró respuestas que no había buscado. Comprendió que ante él no sólo estaba un espectro de tiempos pasados, sino la figura de Elvira, la novia que la fiebra blanca había abatido en la soledad del Alto Magdalena, la misma que ahora se transfiguraba en la encarnación de las leyendas.
Mientras el relato de este amor desgraciado se hundía en la memoria de Piedecuesta, el espectro de La Sayona cobraba vida en los confines de otras tierras. Los llanos venezolanos narraban una historia de amor y celos, donde una joven llamada Casilda, traicionada por su prominente imaginación, se había convertido en el tormento de los hombres infieles. Su furia, encendida desde el dolor de haber asesinado a su esposo e hijo en un arranque de desesperación, la había condenado a vagar eternamente, maldiciendo a aquellos que dejaban de lado el juramento matrimonial.
En México, las tierras de Villavicencio y Oaxaca contaban cómo aquella misma mujer de leyenda, conocida como la Sallana y la Matlacihua, tomaba formas caprichosas, confundiéndose entre la neblina y las palabras de las baladas cantadas por borrachos en las noches de luna llena. Era la castigadora, la seductora, la némesis de los impíos y los crédulos, a quienes atraía con su belleza brutal antes de revelar su auténtico y terrorífico semblante.
Más allá de su apariencia, las leyendas persistían en una verdad universal: La Sayona, en todas sus derivaciones, era el recordatorio de una promesa eterna rota, la sombra de una canción triste que atravesaba esferas de vidrio entretejidas con sueños y pesares. Cada versión de su historia contenía ecos de las otras, como una melodía que se transforma, pero cuyas notas esenciales permanecen grabadas en el alma.
Así, el pobre Carlos Vicente, guiado por el peso de estas revelaciones, se convirtió en un escultor en busca de un consuelo inalcanzable, construyendo monumentos de mármol y memoria que, junto con sus lágrimas, adornaban el cementerio donde Elvira –su Elvira– se convertía noche tras noche en un reflejo de la Sayona. Allí, entre piedra y sombra, se encontraba yace la esperanza de una despedida, acaso en espera del día en que las cadenas que atan a los amantes, aún a través de la muerte, finalmente se rompan permitiéndoles encontrar un reposo, aunque sea por una eternidad distante, en la esencia perturbadora y atractiva de ese amor de ultratumba.
Y mientras las leyendas continuaban danzando a través de las fronteras del continente, las personas susurraban oraciones bajo la protección de los abuelos y los niños corrían aterrorizados entre la maleza, oyendo los gritos lejanos de La Sayona resonando en sus canciones infantiles, quienes, apenas sin saberlo, guardaban la historia de Carlos Vicente y su Elvira como un secreto ancestral que se perdería en las brumas del tiempo solo para resurgir con renovado vigor en los vientos de la siguiente era.
Historia
El origen del mito de La Sayona se encuentra en la región venezolana de los llanos, según la leyenda que cuenta la aparición de una mujer celosa llamada Casilda. Se dice que mató a su esposo y a su madre, pensando que estos tenían un romance, y fue maldecida por su madre mientras agonizaba. Desde entonces, su alma en pena vaga persiguiendo a los hombres infieles. El nombre "La Sayona" proviene de que porta un sayal negro, vinculándose con la época colonial. La leyenda se ha extendido y adaptado en diferentes regiones, incluyendo Colombia y México, donde se cuentan versiones similares con ciertos cambios en los detalles del personaje y sus acciones.
Una versión en Colombia menciona que originalmente su nombre era Sarona y que fue condenada a vivir eternamente con mucha hambre tras profanar vestiduras sagradas. En México, hay una variante conocida como "La Sallana" o "La Matlacihua," con historias que presentan diferencias en sus acciones, como atraer hombres y llevarlos a su muerte.
Así, las múltiples versiones del mito en diferentes lugares parecen derivar de una leyenda original que se expandió y cambió con el tiempo, cruzando fronteras e incorporando elementos locales.
Versiones
Las dos versiones del mito de La Sayona presentan significativas diferencias en cuanto a contexto, origen y propósito. La primera versión, ambientada en 1910 en Piedecuesta, Colombia, ofrece un relato íntimo y dramático sobre un hombre llamado Carlos Vicente Gómez, cuya vida quedó marcada por la aparición aterradora de una figura femenina que combina elementos de la historia de amor, tragedia personal y contexto sociopolítico. Aquí, La Sayona se presenta como una figura espectral vinculada emocionalmente al protagonista, reflejando un dolor personal dentro de un contexto marcado por guerras civiles y tensión ideológica. La historia gira en torno a la tristeza y obsesión artística del protagonista que lleva a una interpretación más local, en la que la figura femenina es más una manifestación de duelo y pérdida personal.
En contraste, la segunda versión describe a La Sayona como un espectro del folklore venezolano, con varias adaptaciones regionales en América Latina, especialmente en Venezuela, México y Colombia. En estas narrativas, La Sayona es percibida como un ser vengador que castiga a los hombres infieles, derivando su origen de una historia de celos y traición que culmina en una maldición eterna. Esta versión tiene una función moralizante, utilizada para advertir a hombres infieles sobre los peligros de su comportamiento. También destaca su presencia en la cultura popular, al ser parte de canciones, cuentos y leyendas, así como sus similitudes con otras figuras míticas. Ambas versiones comparten la idea de una figura femenina fantasmal, pero divergen en su simbolismo y moral: una se enfoca en el dolor personal de perder a un ser querido, mientras la otra actúa como un agente de justicia sobre los infieles.
Lección
Las promesas rotas traen consecuencias eternas.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de las banshees en la mitología celta y a las figuras vengativas como las furias en la mitología griega.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



