Decían que en la vereda Chontaduro, allá donde la neblina se amarra a los guaduales y el sol abre la caña como si fuera libro, había nacido una punta de piedra que no era de los antiguos ni de los nuevos. Una pirámide, así, como las que uno ve en fotos, pero plantada en el monte, mirando al valle con una media luna en la frente. La primera vez que la vi, no fue de día. Fue en una madrugada de agosto, cuando el viento baja frío y el café huele a promesa. Íbamos a llevar mercado y sal para los vecinos, y mi compadre me dijo: ‘No mire fijo la punta, que lo llama’. Yo, terco, miré. Y le juro que la pirámide no estaba quieta: respiraba despacio, como respira una palma de chontaduro cuando la cargan de racimos. Esa noche, antes de llegar, escuchamos un sonido como de semillas rodando. No eran piedras. Eran pepas, pepas de chontaduro, cayendo sin caer. Y en el aire se mezclaba miel con sal, como si alguien estuviera cocinando el fruto para un santo que no se deja ver. Dicen que el que la levantó la soñó primero. En el sueño, una voz le mostró un número, y el número le mostró un camino. Pero el camino tenía condición: ‘No construyas para que te miren, construye para que la montaña te perdone’. Porque aquí, mijo, la montaña cobra. Cobra la tala, cobra la soberbia, cobra el olvido. Entonces el hombre empezó a levantar la pirámide con paciencia de hormiga. Cada piedra era una palabra, y cada palabra era un agradecimiento. Por eso, alrededor, quedaron grabadas frases para Dios en lenguas que nadie del caserío hablaba, como si la gratitud necesitara más de una boca. Pero el misterio no era la escritura. El misterio era lo que pasaba con la gente. Al que subía con codicia, buscando tesoro, se le secaba la garganta y se le volvía amarga la miel. Al que llegaba con rabia, se le enredaban los pasos y terminaba dando vueltas, como si la pirámide lo pusiera a caminar su propio mal genio. En cambio, al que traía un racimo para compartir, al que saludaba a los dueños del predio y pedía permiso con respeto, la pirámide le regalaba claridad. No plata, no milagro de feria, sino claridad. Uno salía viendo el valle distinto, como si el mundo tuviera bordes más nítidos. Y hay otra cosa que pocos cuentan: en noches de luna nueva, cuando la media luna de arriba parece apagada, se oye un agua cercana, una chorrera escondida que canta. Dicen que esa agua es la que lava las promesas incumplidas. Por eso, si usted hizo un juramento y lo dejó tirado como cáscara, no vaya. La pirámide se lo recuerda. Así que si algún día sube por esos lados, mijo, lleve miel y sal, pero lleve sobre todo humildad. Porque la Pirámide del Chontaduro no es para adivinar el futuro: es para que uno se acuerde de lo que debe.
Historia
En las montañas de Palmira, en el entorno rural donde el camino se estrecha entre fincas, quebradas y vegetación espesa, se levanta una estructura triangular que la gente nombra de varias maneras. Para unos, es un gesto de fe; para otros, un punto de energía; para muchos, un secreto que se volvió destino. La historia local la amarra a un sueño: un hombre ve una pirámide y un número, y ese número se convierte en señal. Con el tiempo, la narración popular mezcla gratitud religiosa, azar de lotería y trabajo prolongado, como si la obra hubiera sido pagada por la fortuna pero terminada por la terquedad. Alrededor de la base, la gente recuerda inscripciones de agradecimiento en distintos idiomas. Ese detalle alimenta el imaginario de que la pirámide no es solo un objeto arquitectónico, sino un mensaje: dar gracias en más de una lengua para que la montaña, el cielo y la tierra entiendan. Con los años, el lugar se volvió un punto de paso para caminantes, curiosos y visitantes que buscan el ‘misterio’ de la ciudad. Y como todo sitio visitado, empezó a producir relatos: luces raras, silencios pesados, brújulas que se confunden, sueños repetidos. En el fondo, el mito urbano creció donde la fe, la naturaleza y la curiosidad se tocan.
Versiones
1) La versión del sueño y el número: el constructor sueña la pirámide junto a un número y, al seguir la señal, obtiene el dinero para levantarla. La pirámide queda como pago de una promesa. 2) La versión de la gratitud: la estructura se construye como agradecimiento a Dios por una salvación personal o familiar. Las frases en varios idiomas serían prueba de un agradecimiento universal. 3) La versión del punto de energía: en la punta habría un elemento que concentra fuerza (piedra, cuarzo o símbolo lunar). Por eso algunos aseguran que el lugar ‘alinea’ a quien llega con intención limpia. 4) La versión del umbral: la pirámide no concede deseos, sino que prueba el corazón. Si alguien sube con codicia o burla, el camino se le vuelve confuso; si sube con respeto, regresa con calma. 5) La versión del agua escondida: cerca habría una chorrera o nacimiento que ‘canta’ en ciertas noches. Ese canto sería la voz de la montaña recordando promesas y deudas morales.
Lección
La Pirámide del Chontaduro enseña que el misterio no está en la forma, sino en la intención. La misma obra puede ser monumento, oración o espejo: devuelve al visitante lo que lleva por dentro. También recuerda una ética del territorio: pedir permiso, caminar sin dañar, no convertir la montaña en vitrina. La gratitud, como el chontaduro con miel y sal, necesita equilibrio: dulzura para reconocer lo recibido y sal para no olvidar el esfuerzo de la tierra y de la gente.
Similitudes
Se parece a relatos colombianos donde un lugar ‘prueba’ al caminante, como los caminos encantados que confunden al soberbio y orientan al humilde. Comparte rasgos con mitos de puntos sagrados: cerros, piedras y nacimientos de agua que guardan memoria y exigen respeto. Y dialoga con leyendas urbanas contemporáneas: estructuras extrañas en medio del paisaje que, por su sola presencia, activan teorías de energía, señales, luces y sueños repetidos, mezclando fe, curiosidad y rumor.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



