Mire, mijo, siéntese aquí donde la brisa baja del Perijá y no se burle del silencio. Uno cree que el monte calla, pero el monte habla. Y cuando habla, lo hace con agua. Dicen los viejos de Iroka que antes del primer maíz, cuando el mundo todavía era tierno y se podía doblar como bejuco, la gente caminaba sin pedir permiso. Cortaban sin preguntar, cazaban por juego, y reían fuerte en la noche, como si el eco no tuviera dueño. Entonces el cielo se puso pesado, como olla llena, y el tomaira de aquel tiempo soñó tres veces el mismo canto: un canto que no era para fiesta, sino para amarrar el miedo. La primera señal fue una piedra que sudó. No era lluvia: era la piedra llorando por dentro. La segunda fue un árbol que amaneció con hojas al revés, mostrando el vientre pálido al sol. La tercera fue un venado que se acercó a la casa sin huir, mirando como quien trae un mensaje. Cuando el agua se soltó, no vino como río: vino como mundo. Subió por los barrancos, se metió por las quebradas, se tragó los fogones. Los perros no ladraron: aullaron como si reconocieran a un pariente antiguo. Las ranas cantaron de alegría, porque el agua también es su casa. Solo una pareja alcanzó a escuchar el canto completo. No eran los más fuertes ni los más ricos; eran los que sabían pedir permiso. El hombre cargó una semilla de maíz envuelta en hoja seca, y la mujer llevó una brasa escondida en una totuma. Pero no fue eso lo que los salvó. Los salvó una piedra grande, lisa, que parecía dormida. El venado los guió hasta ella y golpeó con la pezuña tres veces. La piedra se abrió como boca y adentro había un hueco tibio, como nido. Allí se metieron, y la piedra, mijo, flotó. Flotó porque no era solo piedra: era abuelo. Flotó porque el mundo no está hecho de cosas, sino de familia. Mientras el agua daba vueltas, los animales se acercaban a la piedra y la empujaban: el armadillo con su lomo, el mico con sus manos, el pájaro carpintero marcando el ritmo con su pico. Y los árboles, desde el fondo, sostenían el agua con sus raíces para que no se volviera pura rabia. Cuando el diluvio se cansó, la piedra encalló en una loma. La pareja salió y vio que todo estaba nuevo, pero sin nombres. Entonces hicieron lo que se debe: hablaron con los animales, con las piedras y con los árboles, y les dijeron: ustedes no son comida ni herramienta: ustedes son nuestros mayores y nuestros hermanos. De esa promesa nacieron los caminos. Dicen que por eso, todavía hoy, cuando el agua amenaza, la piedra vuelve a sudar y el venado vuelve a mirar fijo: para recordarnos que el mundo se sostiene con respeto, no con fuerza.
Historia
En la Serranía del Perijá, el diluvio no es solo castigo: es una manera de recomponer el tejido del territorio cuando se rompe la relación entre la gente y lo que la rodea. La Piedra que Flota se cuenta como memoria de un tiempo en que el agua cubrió todo y dejó apenas una pareja viva, no para empezar de cero, sino para volver a nombrar el mundo con cuidado. La historia se ubica en las montañas del Cesar, en un paisaje de nacederos, quebradas y lomas donde la vida depende de la selva y del agua. La piedra aparece como ser antiguo y protector; el venado como mensajero; y el pájaro carpintero como quien marca el compás del canto del tomaira. El relato insiste en una idea central: animales, piedras y árboles no son fondo del paisaje, sino parientes con agencia. La supervivencia no ocurre por una hazaña individual, sino por una alianza entre seres. El diluvio, al final, deja una obligación: mantener el trato correcto con el territorio (Owaya) para que el agua no regrese como furia.
Versiones
1) Versión de la piedra-nido: la pareja se salva dentro de una piedra hueca que flota, empujada por animales. 2) Versión del árbol-abuelo: en lugar de piedra, un árbol viejo abre su tronco y guarda a la pareja; al bajar el agua, el árbol queda convertido en cerro. 3) Versión del canto-amarrador: el tomaira no solo advierte; su canto amarra el diluvio para que no destruya las semillas y para que algunos animales sobrevivan. 4) Versión del parentesco: tras el retiro del agua, la pareja establece compadrazgo con ciertos animales y con una piedra específica; de esa alianza nacen linajes y obligaciones rituales.
Lección
El mundo no se hereda como propiedad: se cuida como familia. La lección del relato es doble: (1) el agua responde al trato que se le da al territorio; si se rompe el respeto, el agua vuelve para reordenar. (2) la supervivencia depende de alianzas: con la comunidad humana y con los seres no humanos. Pedir permiso, escuchar señales y cumplir promesas sostiene la vida más que cualquier fuerza.
Similitudes
Comparte con otros relatos de gran inundación el motivo de la pareja sobreviviente y el reinicio del mundo. Se parece a mitos universales donde el agua limpia y reordena, pero se diferencia en el énfasis: aquí la salvación ocurre por parentesco con animales, piedras y árboles, no por dominio humano. También se aproxima a narraciones indígenas donde el territorio es tejido y debe repararse, y donde ciertos animales (como el pájaro carpintero) actúan como mensajeros o marcadores del orden. En esta versión, la piedra que flota funciona como símbolo de memoria: lo aparentemente inerte también guarda vida y palabra.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



