La mula del diablo

Andina · Mestizo

La mula del diablo

Un herrero acepta trabajar para un visitante nocturno y descubre que las monedas y la mula forman parte de una tragedia atribuida.

Leer el relato
La mula del diablo: la entrada del relato

El relato

Escuchar el relato · 2 min

Pacho Villamizar era herrero en Piedecuesta y tenía el taller al borde de la bocatoma del agua. Trabajaba los domingos con la misma urgencia que cualquier martes, porque lo movía el brillo del oro. Vivía con Eumelia, una mujer tan bella que los hombres se peleaban por ella a puñetazos, y en más de una fiesta alguno quedó tendido para siempre en la calle.

Una noche de agosto, cuando Pacho ya dormía, unos golpes insistentes sonaron en la puerta de su rancho de Reyes. Afuera esperaba un hombre alto y sombrío con una mula. Necesitaba que se la herraran enseguida, a esa hora, con la prisa de quien huye.

El herrero, medio dormido todavía, no quería abrir el taller de madrugada. Entonces el forastero dejó caer sobre el mesón un puñado de monedas, que tintinearon en la madera. Pacho encendió la fragua. Maldiciendo su suerte, le fue clavando a la bestia las herraduras una por una, a golpe de martillo.

Terminado el trabajo, volvió a su cama con ganas de contarle a Eumelia la rareza de aquella noche. No pudo. Encontró el lecho convertido en un charco de sangre. Eumelia estaba muerta, y en sus pies y en sus manos tenía hundidos los mismos clavos que él acababa de meter en los cascos de la mula.

Al amanecer el pueblo entero supo lo ocurrido y se quedó inmóvil de espanto. Villamizar confesó lo que había hecho, y todos entendieron que su codicia había cargado con la vida de la mujer que amaba.

Desde entonces, cada septiembre, en las horas que preceden al alba, los vecinos del barrio despertaban con un ruido de cascos sobre el empedrado. Era Eumelia, convertida en la Mula del Diablo, que arrastraba su pena calle abajo con paso doloroso. Detrás de ella venía otro espanto, de cabello blanco, entre un estrépito de latas y tapas, y así seguían hasta que clareaba.

La gente de Piedecuesta tenía a las mulas por cosa del diablo. Se hablaba también de unos hombres temidos de Umpalá que montaban mulas y arrancaban a las piedras chispas del infierno.

Con los años llegó la luz eléctrica a las calles, y las noches dejaron de ser tan oscuras. El oficio de herrero fue desapareciendo, reemplazado por los montallantas y su repiqueteo. Los cascos de la Mula del Diablo dejaron de oírse.

La mula del diablo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La paga que se acepta sin preguntar de dónde viene puede cobrarse en lo que más se quiere.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.991882° · -73.051056°

Ficha del relato

Contexto histórico

La historia de Eumelia y el herrero Villamizar no tiene registro publicado que pueda consultarse. Falta en las recopilaciones piedecuestanas de Germán Valenzuela Sánchez y de Vicente Arenas Mantilla, en la antología de Eugenia Villa Posse (Quito, 1993), en el boletín de la Academia Colombiana de Historia y en los periódicos locales fechables.

El texto que circula la enmarca en un paseo del cronista Vicente Arenas Mantilla por las esquinas del pueblo, y entre los lugares que nombra está el Circo Santander. Con ese mismo nombre figura una de las piezas de «Crónicas y romances», libro del cronista que la Biblioteca Mínima Santandereana recuperó en 2012. Sin embargo, entre esas quince crónicas no hay ninguna mula, y el volumen no circula en línea: su ficha dice «Disponible: No».

El motivo, en cambio, está documentado y es viejo. Luis González Obregón publicó en México viejo y anecdótico (1909) «La casa de la mujer herrada», que toma de una vida del jesuita José Vidal impresa en 1752: a un herrador lo despiertan de noche para herrar la mula de su compadre, un clérigo amancebado, y a la mañana siguiente la manceba aparece muerta con las mismas herraduras y los mismos clavos en manos y pies.

En Colombia la mula herrada es la mujer que tuvo amores con un sacerdote y de noche galopa convertida en mula. Diario del Sur la contaba en 2024 entre los espantos de Semana Santa de Pasto. Javier Ocampo López pone la mula de tres patas en su lista de mitos boyacenses (El pueblo boyacense y su folclor, 1977), y Enrique Otero D'Costa, en sus Leyendas de 1936, hace que una mula negra que echa fuego por los ojos se lleve al perulero de la Villa de Arma. El bestiario Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano (2004) reserva a la mula herrada una lámina entera, según su tabla de contenido.

Resonancias con otros mitos

El pariente más cercano es mexicano. En «La casa de la mujer herrada», que Luis González Obregón recogió en 1909, un herrador es despertado a deshoras para herrar una mula que no es mula, y la mujer amanece muerta con las herraduras en manos y pies. La secuencia es la misma de Piedecuesta: golpes en la puerta, el trabajo hecho de mala gana, el regreso y el hallazgo. Allá el castigo cae sobre la pareja de un clérigo; aquí, sobre la mujer de un herrero codicioso.

El segundo paralelo está en las Leyendas de Enrique Otero D'Costa (1936), que Villa Posse reprodujo en 1993. En «No hay deuda que no se pague…», el perulero de la Villa de Arma cambia su alma por riqueza y buena suerte, y un Viernes Santo llega por él un jinete en una mula negrísima que echa fuego por los ojos. En los dos relatos el oro viene de un trato que no se discute, y la mula es el vehículo con que se cobra.

La imagen de las chispas también tiene registro. En el bestiario de 2004, que se declara ficción, el Jinete Negro monta un animal negro cuyas herraduras revientan contra las piedras en una lluvia de chispas; el libro lo ubica, entre otras regiones, en los dos Santanderes. Es la misma figura que en Piedecuesta se atribuía a los hombres de Umpalá.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Las formas registradas del motivo discrepan en quién es la mujer y en quién carga la culpa.

  2. En la versión mexicana de González Obregón la falta es el amancebamiento. La mujer es la manceba de un clérigo; el herrador es un buen hombre que le había aconsejado a su compadre dejar esa vida, y los que traen la mula son dos negros que resultan ser demonios. La difunta aparece además con un freno en la boca y las marcas de los golpes. El clérigo huye, el cura de la parroquia entra en la Compañía de Jesús y a la mujer la entierran en secreto dentro de la casa. No hay aparición posterior: el castigo se cumple en una sola noche.

  3. En Pasto, tal como lo recoge Diario del Sur, no hay herrero ni visitante. La mujer que se entregó a un sacerdote se vuelve mula cada noche y corre desbocada sacando chispas del pavimento; del espanto queda el galope y el resoplido bajo la ventana de un vecino que no podía dormir.

  4. En Otero D'Costa la mula no es una mujer transformada sino la montura del enviado que viene a cobrar. El perulero Damián Vásquez Montiel había vendido su alma a cambio de riqueza, suerte en las pendencias y fortuna con las mujeres; un Viernes Santo, un jinete en una mula negrísima lo sube a la grupa y se lo lleva envuelto en fuego.

  5. El relato de Piedecuesta toma piezas de las tres y mueve el centro. No hay clérigo: la falta es del herrero, que trabaja los domingos y abre el taller de madrugada por un puñado de monedas. Eumelia no ha hecho nada, y sin embargo es ella la que muere con los clavos y la que vuelve cada septiembre, seguida por otro espanto entre latas. Y el final no es un castigo cumplido sino un olvido: la luz eléctrica y los montallantas la borran de las calles.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. México viejo y anecdótico, «La casa de la mujer herrada», pp. 15-20

    archive.org

    Es el registro más antiguo que se puede leer del núcleo del relato: un herrador despertado de noche hierra una mula que traen dos desconocidos, y a la mañana siguiente la mujer del clérigo amancebado aparece muerta con las mismas herraduras y los mismos clavos en manos y pies, freno en la boca y marcas de golpes. González Obregón lo toma de la vida del P. José Vidal (1752) y de las Noticias de México de Sedano.

  2. Espantos que todavía asustan en las semanas santas (sección «La mula herrada»)

    diariodelsur.com.co

    Da la forma colombiana corriente del espanto: la mula herrada es una mujer que sostuvo relaciones con un sacerdote y de noche se transforma en mula, recorre desbocada las calles de Pasto y saca chispas del pavimento con las herraduras. Trae el testimonio de un vecino de la avenida Boyacá que oyó el galope y el resoplido bajo su ventana un Viernes Santo.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 17: Enrique Otero D'Costa, «No hay deuda que no se pague…», pp. 53-56 (de Leyendas, Minerva, 1936)

    flacso.edu.ec

    Trae la mula negra como montura del cobro diabólico: el perulero Damián Vásquez Montiel, que según las comadres de la Villa de Arma había cambiado su alma por riqueza, suerte y fortuna con las mujeres, es subido un Viernes Santo a la grupa de un jinete en una mula negrísima que echa fuego por ojos, boca y nariz, y nunca vuelve a saberse de él.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», p. 122

    babel.banrepcultural.org

    Sitúa a la mula entre los espantos andinos vecinos de Santander: al cerrar su repaso de los espantos de Tunja, Ocampo cuenta «la mula de tres patas» entre los mitos estudiados en Boyacá, junto al jinete negro, el ánima sola y la cabellona.

  2. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, índice («La Mula Herrada», pp. 75-76) y «El Jinete Negro», pp. 23-24

    archive.org

    Prueba que la mula herrada circulaba como espanto nacional a comienzos de este siglo: el índice le dedica una lámina. Y la lámina del Jinete Negro da la imagen de las chispas que el relato atribuye a los hombres de Umpalá: un caballero de luto que rastrilla los empedrados con la herradura, situado en Antioquia y los Santanderes.

  3. Crónicas y romances (ficha editorial con sumario)

    ediciones.uis.edu.co

    Es la obra del cronista a quien el texto publicado atribuye el paseo que enmarca la leyenda. Su sumario de quince crónicas incluye «El circo Santander», uno de los lugares que nombra el preámbulo del relato, y la sinopsis describe el libro como cuadros de costumbres y hechos curiosos de Piedecuesta, Lebrija y Bucaramanga.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

0 publicadas0 en revisión

«La mula del diablo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La mula del diablo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La mula del diablo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

Deja tu versión

Desde 10 caracteres. Sin enlaces: los descartamos.

No se publica. Sólo lo usamos si necesitamos preguntarte algo.

Cada versión la lee una persona antes de publicarse. Verás la tuya aquí mismo mientras esperas.