
Andina · Mestizo
La mula del diablo
Un herrero acepta trabajar para un visitante nocturno y descubre que las monedas y la mula forman parte de una tragedia atribuida.
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El relato
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Pacho Villamizar era herrero en Piedecuesta y tenía el taller al borde de la bocatoma del agua. Trabajaba los domingos con la misma urgencia que cualquier martes, porque lo movía el brillo del oro. Vivía con Eumelia, una mujer tan bella que los hombres se peleaban por ella a puñetazos, y en más de una fiesta alguno quedó tendido para siempre en la calle.
Una noche de agosto, cuando Pacho ya dormía, unos golpes insistentes sonaron en la puerta de su rancho de Reyes. Afuera esperaba un hombre alto y sombrío con una mula. Necesitaba que se la herraran enseguida, a esa hora, con la prisa de quien huye.
El herrero, medio dormido todavía, no quería abrir el taller de madrugada. Entonces el forastero dejó caer sobre el mesón un puñado de monedas, que tintinearon en la madera. Pacho encendió la fragua. Maldiciendo su suerte, le fue clavando a la bestia las herraduras una por una, a golpe de martillo.
Terminado el trabajo, volvió a su cama con ganas de contarle a Eumelia la rareza de aquella noche. No pudo. Encontró el lecho convertido en un charco de sangre. Eumelia estaba muerta, y en sus pies y en sus manos tenía hundidos los mismos clavos que él acababa de meter en los cascos de la mula.
Al amanecer el pueblo entero supo lo ocurrido y se quedó inmóvil de espanto. Villamizar confesó lo que había hecho, y todos entendieron que su codicia había cargado con la vida de la mujer que amaba.
Desde entonces, cada septiembre, en las horas que preceden al alba, los vecinos del barrio despertaban con un ruido de cascos sobre el empedrado. Era Eumelia, convertida en la Mula del Diablo, que arrastraba su pena calle abajo con paso doloroso. Detrás de ella venía otro espanto, de cabello blanco, entre un estrépito de latas y tapas, y así seguían hasta que clareaba.
La gente de Piedecuesta tenía a las mulas por cosa del diablo. Se hablaba también de unos hombres temidos de Umpalá que montaban mulas y arrancaban a las piedras chispas del infierno.
Con los años llegó la luz eléctrica a las calles, y las noches dejaron de ser tan oscuras. El oficio de herrero fue desapareciendo, reemplazado por los montallantas y su repiqueteo. Los cascos de la Mula del Diablo dejaron de oírse.

La enseñanza
“La paga que se acepta sin preguntar de dónde viene puede cobrarse en lo que más se quiere.”
Territorio
Andina · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Andina
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 6.991882° · -73.051056°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
- Referencias
- 6
- Última revisión
- 22 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- México viejo y anecdótico, «La casa de la mujer herrada», pp. 15-20
archive.org
Es el registro más antiguo que se puede leer del núcleo del relato: un herrador despertado de noche hierra una mula que traen dos desconocidos, y a la mañana siguiente la mujer del clérigo amancebado aparece muerta con las mismas herraduras y los mismos clavos en manos y pies, freno en la boca y marcas de golpes. González Obregón lo toma de la vida del P. José Vidal (1752) y de las Noticias de México de Sedano.
- Espantos que todavía asustan en las semanas santas (sección «La mula herrada»)
diariodelsur.com.co
Da la forma colombiana corriente del espanto: la mula herrada es una mujer que sostuvo relaciones con un sacerdote y de noche se transforma en mula, recorre desbocada las calles de Pasto y saca chispas del pavimento con las herraduras. Trae el testimonio de un vecino de la avenida Boyacá que oyó el galope y el resoplido bajo su ventana un Viernes Santo.
- Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 17: Enrique Otero D'Costa, «No hay deuda que no se pague…», pp. 53-56 (de Leyendas, Minerva, 1936)
flacso.edu.ec
Trae la mula negra como montura del cobro diabólico: el perulero Damián Vásquez Montiel, que según las comadres de la Villa de Arma había cambiado su alma por riqueza, suerte y fortuna con las mujeres, es subido un Viernes Santo a la grupa de un jinete en una mula negrísima que echa fuego por ojos, boca y nariz, y nunca vuelve a saberse de él.
Contraste y contexto · 3 referencias
- El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», p. 122
babel.banrepcultural.org
Sitúa a la mula entre los espantos andinos vecinos de Santander: al cerrar su repaso de los espantos de Tunja, Ocampo cuenta «la mula de tres patas» entre los mitos estudiados en Boyacá, junto al jinete negro, el ánima sola y la cabellona.
- Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, índice («La Mula Herrada», pp. 75-76) y «El Jinete Negro», pp. 23-24
archive.org
Prueba que la mula herrada circulaba como espanto nacional a comienzos de este siglo: el índice le dedica una lámina. Y la lámina del Jinete Negro da la imagen de las chispas que el relato atribuye a los hombres de Umpalá: un caballero de luto que rastrilla los empedrados con la herradura, situado en Antioquia y los Santanderes.
- Crónicas y romances (ficha editorial con sumario)
ediciones.uis.edu.co
Es la obra del cronista a quien el texto publicado atribuye el paseo que enmarca la leyenda. Su sumario de quince crónicas incluye «El circo Santander», uno de los lugares que nombra el preámbulo del relato, y la sinopsis describe el libro como cuadros de costumbres y hechos curiosos de Piedecuesta, Lebrija y Bucaramanga.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«La mula del diablo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «La mula del diablo» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «La mula del diablo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








