La muerte de los ojos verdes

Caribe · Mestizo

La muerte de los ojos verdes

Un hombre interpreta los ojos verdes de una niña como prueba de infidelidad y desencadena una tragedia fundada en celos, ignorancia genética y violencia doméstica.

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El relato

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Aquella mañana el hombre estaba acodado en la ventana que daba al patio, mirando sin ver las rosas del huerto. Era joven y estaba demacrado. Hablaba solo.

No podía ser hija suya. Tenía los ojos verdes y en su familia nadie los tenía así. Luego había un delito, un adulterio. Pero no: su mujer no había querido a nadie fuera de él, y aquello era absurdo y estúpido. Y sin embargo volvía a la misma pregunta, y se contestaba que la naturaleza no se equivoca nunca.

Adentro, en la alcoba, la recién nacida rompió a llorar. Él se volvió con los ojos desorbitados, dio un grito y se metió en la habitación. Se oyó un grito de mujer que se apagó enseguida, y después el gemido de la criatura, apagándose despacio.

Tres días más tarde, en la celda donde lo tenían incomunicado, lo primero que le preguntó al abogado fue si la niña vivía.

Vivía. En su locura él sólo había alcanzado a estrangular a su esposa; cuando se volvió contra la criatura, su propio padre lo golpeó por detrás.

Entonces se puso a recitar como quien reza. Su padre tenía los ojos negros. Su madre los tuvo negros. Él los tenía negros. Su mujer los tenía negros. El abogado le dijo que podía estar en un error, que una herencia se revela a veces en un antepasado remoto, y le preguntó si no había habido nadie de ojos verdes entre los suyos. Nunca, contestó, poniéndose de pie. Todos los hijos de sus padres y de sus abuelos habían tenido los ojos negros. Esos ojos verdes eran la huella de la infidelidad de su mujer y la causa de su desgracia. Había procedido con legítimo derecho ante una prueba irrecusable, y el abogado tenía que defenderlo sobre ese punto.

Pasaron diez años.

Una mañana brumosa de octubre, con el país recomponiéndose después de la huida de un dictador, el mismo hombre esperaba de pie en el puerto de Cartagena. Un barco se acercaba despacio a los muelles. Estaba cansado, terroso, gastado. Un conocido lo saludó y le preguntó qué hacía allí. Esperando otro golpe, contestó, y le tendió una carta abierta.

La carta la firmaba un desterrado por la dictadura de Reyes: hombre rico, había sabido esconder sus bienes de los sabuesos del régimen y volvía a buscar a los suyos. Conocía la desgracia que le había ocurrido. Y le decía que era su hijo, de un desliz con su madre, a la que sus padres obligaron después a casarse con un hombre a quien no amaba. La prueba que ofrecía no eran los ojos: era un lunar de vellos en la pierna izquierda.

Por la escala del barco bajó un anciano alto, de barba cerrada y sobretodo lujoso, que venía solo. Lo reconoció al instante y algo lo empujó hacia él. Y al acercarse para abrazarlo, le miró la cara.

El anciano tenía los ojos verdes.

—¿Es usted quien me escribió esta carta?

—Yo soy.

—¿Luego soy hijo de usted?

—Sí, eres mi hijo. ¿Por qué lo preguntas? ¿No te lo dice el lunar?

—Pero usted tiene los ojos verdes, señor.

—Sí los tengo. Pero tú sacaste los ojos negros de tu madre. ¿Qué hay en esto de particular?

El hombre no lo abrazó. Bajó la cabeza, se hizo a un lado y se tapó la cara con las manos, y delante de un padre que no alcanzaba a comprender nada dijo que era culpable, que ella era inocente, y que aquel encuentro había sido para su vida la muerte de los ojos verdes.

La muerte de los ojos verdes: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien toma una sospecha por prueba puede tardar años en descubrir que se la había inventado.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.391° · -75.4796°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato ocupa las páginas 82 a 84 de la selección de «Cuentos y leyendas de Cartagena» que Eugenia Villa Posse reprodujo en el segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia» (IADAP, Quito, 1993). El original es de Eustorgio Martínez Fajardo, salió en 1948 por la Editorial Nuevo Mundo y su nota de procedencia, en la página 65 del tomo, deja escrito que el autor trabajó literariamente narraciones de la tradición oral de su ciudad natal.

A diferencia de casi todas las piezas que lo rodean, éste se presenta desde la primera línea como un suceso verificable: «un caso dramático» que «tiñó de sangre la crónica social de Cartagena de Indias, a principios de este siglo». El autor no cuenta una conseja de barrio, cuenta un crimen de sociedad, y por eso no nombra a nadie. Todos los personajes quedan designados por su función —un hombre joven, su esposa, la infantita, el anciano, el reo, el uxoricida— y los únicos nombres propios del texto son la ciudad y el dictador que aparece en la carta.

Ese dictador es el ancla temporal y el segundo aporte del texto. La escena del puerto transcurre «una mañana brumosa de octubre» con el régimen de Reyes ya caído y los desterrados políticos regresando, diez años después del crimen. El autor engarza así una tragedia doméstica en un episodio de la historia nacional, y de paso explica por qué el padre biológico estaba ausente y podía ser rico.

Falta declarar el vocabulario, porque es el motor del asunto y no es inocente. La pieza abre atribuyendo el caso a «la obsesión de algunas gentes por la ley de la herencia racial», y dentro de ella se habla de un «error de carácter étnico» y de «la marca de mi raza». Son expresiones corrientes en 1948 y aquí funcionan como argumento del personaje: el texto las pone en circulación para demostrar que quien las esgrime se equivocó. Lo demuestra, eso sí, diez años tarde y después de un feminicidio que ninguna voz del relato condena.

Resonancias con otros mitos

El reconocimiento por una marca del cuerpo es uno de los recursos más viejos que tiene la narración. La cicatriz de Ulises, los objetos que identifican al niño expuesto en la comedia griega y latina, el lunar del hijo perdido en el romance y en el folletín cumplen todos la misma función: cerrar una identidad con una prueba física. Aquí el recurso aparece dos veces y enfrentado consigo mismo. El lunar de la pierna identifica bien; el color de los ojos identifica mal, y quien confió en el segundo mató por él.

El segundo parentesco es con el marido que ejecuta a su mujer sobre una prueba que él mismo ha fabricado, un molde que va de la tragedia isabelina al drama de honor español y llega intacto a la crónica de sucesos del siglo XX. Lo que distingue a esta pieza del molde es que la prueba no la falsifica un tercero: no hay intrigante, no hay pañuelo, no hay calumnia. La fabrica el propio celoso a partir de una idea equivocada sobre cómo se heredan los rasgos.

El tercer paralelo está dentro de la misma selección cartagenera. «Zequiel» termina también con una mujer muerta a manos de su pareja y con un tribunal donde se alega el honor del marido ofendido. Los dos relatos usan la palabra uxoricida, los dos dejan el argumento del honor sin réplica narrativa, y en los dos el desenlace del culpable pesa más en la página que la víctima.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El color de unos ojos admite cuatro explicaciones a lo largo del relato, y cada una la sostiene alguien distinto.

  2. La del marido es la primera y la que produce los muertos: la naturaleza nunca se equivoca, en su familia todos tienen los ojos negros, luego la niña es prueba de adulterio. No aporta un solo dato; parte de una regla y deduce. Cuando el abogado lo contradice, no discute: le ordena que lo defienda sobre ese punto de vista.

  3. La del abogado es la segunda y es, sin saberlo, la correcta. Le advierte que puede estar en un error y que una herencia puede revelarse en un antepasado remoto. Lo dice en la celda, tres días después del crimen, cuando ya no sirve de nada, y el preso la rechaza a gritos.

  4. La tercera la trae la carta del desterrado, y es notable porque prescinde de los ojos: la prueba de parentesco que ofrece es un lunar de vellos en la pierna izquierda. Padre e hijo se reconocen por una marca del cuerpo, no por un rasgo heredado a la vista.

  5. La cuarta es la del anciano en el muelle, y es la que deshace el cuento en dos frases. Sí tiene los ojos verdes; el hijo sacó los negros de su madre; y no ve qué hay en eso de particular. Para él no hay enigma ninguno: la herencia se comporta como suele, saltando generaciones, y sólo era un misterio para quien había hecho de ella una ley sin excepciones.

  6. Del texto impreso se conoce un registro único, el de Martínez Fajardo, con la salvedad bibliográfica que arrastra el libro entero: la antología de 1993 da «Editorial Nuevo Mundo» y la Biblioteca Nacional cataloga «Mundo Nuevo», en dos tiradas de 1946 y 1948 declaradas ambas segunda edición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Guarda el texto en las páginas 82 a 85, y es la única vía para leer una pieza que se presenta desde la primera línea como suceso verificable: «un caso dramático» que «tiñó de sangre la crónica social de Cartagena de Indias, a principios de este siglo». Sólo aquí consta que el autor no nombra a nadie —todos los personajes van designados por su función y los únicos nombres propios son la ciudad y el dictador de la carta—, y sólo aquí está el remate que ocurre diez años después en el puerto, una mañana brumosa de octubre, cuando el hombre ve los ojos verdes de su padre biológico. La nota de la página 65 declara el material elaborado literariamente, que en esta pieza es la advertencia decisiva, porque está escrita como crónica de sucesos.

  2. Rafael Reyes, el presidente que abandonó el poder

    senalmemoria.co

    Fecha el único ancla histórica del relato. Documenta que Reyes abandonó la presidencia el 9 de junio de 1909 y que, para evitar la humillación de un juicio político en el Congreso, tomó en Santa Marta un barco que lo llevó al exilio en Europa, del que no volvería hasta febrero de 1921. Ese es el régimen que el texto da por caído en su escena final, y lo que permite decir que la llegada de desterrados políticos al puerto de Cartagena —y con ella el reencuentro que destruye al protagonista— sólo puede ocurrir a partir del segundo semestre de 1909. Se apoya, además, en la biografía de Eduardo Lemaitre.

  3. Degeneración y mejoramiento de la raza: ¿higiene social o eugenesia? Colombia, 1920-1930 (História, Ciências, Saúde-Manguinhos, vol. 25, supl. 1, pp. 145-158)

    redalyc.org

    Da nombre y fecha a la idea que mata a la mujer del relato. Reconstruye el debate colombiano sobre la supuesta degeneración de la raza, con el ciclo de conferencias convocado en Bogotá en julio de 1920 alrededor de las tesis del psiquiatra Miguel Jiménez López, que atribuía a la población un deterioro biológico heredado de sus antepasados agravado por el clima; y rastrea sus antecedentes en la medicina legal de finales del siglo XIX. «La ley de la herencia racial» que el cuento pone en boca de su protagonista no es una manía privada de un celoso: es la doctrina que la élite médica del país discutía en público, y este artículo la documenta.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. El uxoricidio por adulterio en el Código Penal colombiano (Estudios de Derecho, Universidad de Antioquia)

    revistas.udea.edu.co

    Pone por escrito la figura jurídica con la que se defiende el asesino de esta historia. Expone el uxoricidio por adulterio tal como lo recogía el Código Penal colombiano vigente cuando Martínez Fajardo escribía: una rebaja de pena para el homicidio cometido por el marido sobre la mujer sorprendida en trato ilícito, y también para el cometido en estado de ira o intenso dolor causado por esa ofensa aunque no la sorprendiera. Es lo que permite afirmar que la palabra «uxoricida», que el texto usa con naturalidad, era un término técnico con consecuencias en la condena, y no un adorno del narrador.

  2. El Código Penal Colombiano de 1890 (Estudios Socio-Jurídicos, vol. 6, n.º 2)

    scielo.org.co

    Cubre el hueco que deja el artículo anterior, porque es el código que estaba en vigor cuando ocurre el crimen. Reconstruye el Código Penal de 1890 y su filosofía —de raíz ilustrada y de Escuela Clásica italiana—, y sirve para saber en qué marco legal se juzgó a un hombre que mata a su mujer en la Cartagena de la primera década del siglo XX, es decir, casi medio siglo antes de la figura que el autor nombra con el término «uxoricida». Es la fuente que impide dar por hecho que el derecho del relato es el mismo que el de su época de escritura.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Describe la ciudad donde un crimen de ese tipo entraba en la «crónica social» y no en la de sucesos. La Cartagena de comienzos del siglo XX que reconstruye es pequeña, empobrecida y con un grupo acomodado reducido, y en una ciudad así el anonimato de los personajes que el autor practica no es una precaución literaria: es la única manera de contar un caso que todo el mundo podía identificar. El libro da también el tamaño del puerto por el que llegan los barcos del desenlace.

  4. Geografías del destierro: los barrios afro y populares de Cartagena de Indias, 1844-1885 (Nómadas, n.º 48)

    nomadas.ucentral.edu.co

    Muestra que en esa ciudad la obsesión por el color no era un rasgo de carácter sino una política. Sostiene que la separación racial del espacio cartagenero no venía heredada de la colonia sino que se programó a partir del último tercio del siglo XIX como proyecto urbanístico de vocación eugenésica, con barrios enteros creados para apartar población. Es el contexto local que hace inteligible que un hombre de la clase acomodada de Cartagena mire el color de los ojos de una recién nacida y crea estar leyendo una sentencia sobre su linaje.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Explica de dónde viene la forma de crónica de sucesos que esta pieza imita. Identifica al autor como el periodista cartagenero que firmaba «Eumarfa» y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la ciudad histórica. Un columnista de prensa es exactamente quien escribiría «tiñó de sangre la crónica social de Cartagena de Indias» y a continuación se guardaría los nombres: el anonimato del relato es un reflejo profesional, no una decisión narrativa aislada.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es donde estaría el sumario, si existió. Declara que los fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX, es decir, el periodo exacto del crimen, y que incluyen la documentación municipal de esos años; pero también que no hay inventario ni instrumento de descripción en línea y que la consulta se hace por correo. Como el relato no da un solo nombre, buscar allí exigiría partir de la fecha y del tipo de delito, y eso no se puede hacer a ciegas desde fuera. Es la razón concreta por la que la ficha declara el caso sin localizar.

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«La muerte de los ojos verdes» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La muerte de los ojos verdes» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La muerte de los ojos verdes» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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