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La muerte de los ojos verdes

La narrativa destaca las consecuencias trágicas de suposiciones erróneas sobre características físicas heredadas, como los ojos verdes, que llevan a decisiones devastadoras.

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Ilustración de La muerte de los ojos verdes

En la Cartagena de Indias de principios del siglo XX, el aire cargado de la historia perpetuaba la belleza de la ciudad amurallada. Aquella mañana de primavera, el patio de una casona colonial resplandecía con un jardín exuberante, donde las rosas parecían avivar sus pétalos rosados con el primer rayo de sol. Desde la ventana, un joven de mirada perdida, un hombre de semblante demacrado y pensamiento inquieto, se enfrentaba a una tormenta interna.

—¡No; no puede ser, no es hija mía! —exclamó, dirigiéndose al vacío que solo él podía llenar con sus dudas—. ¡Tiene los ojos verdes! Nadie en mi familia ha tenido ojos así... Esto debe ser fruto de un adulterio. Pero no, imposible. Mi mujer solo me ha amado a mí... —murmuraba, luchando contra los pensamientos que rasgaban su mente como un viento gélido.

El hombre, en su intento desesperado por encontrar una explicación, observaba los muebles antiguos del salón como si fueran testigos y jueces de aquel juicio que se celebraba dentro de su cabeza. —¡No hay duda posible! La naturaleza nunca se equivoca, esto es una traición —insistía ante ellos, buscando consuelo donde solo había madera inerte.

El llanto de la recién nacida rompió el silencio de la casa, como una sinuosa línea que separaba la cordura del abismo. El hombre, con los ojos desorbitados por la rabia y la desesperación que le abrasaban el alma, se precipitó hacia la alcoba. Allí, aconteció la tragedia: los gritos apagados de la mujer y el gemido frágil de la niña recién engendrada fueron acallados por la brutalidad de una mano cegada por la ira.

Tres días después, el abogado se presentó en la celda del reo, encontrándolo sumergido en una locura palpable. —¿Vive la niña? —preguntó el hombre, sus palabras eran un eco encadenado al pasado, resonando entre las paredes grises de la cárcel.

—Afortunadamente, usted apenas alcanzó a estrangular a su esposa. La niña fue salvada por su padre, quien lo golpeó antes de que consumara el infanticidio —le respondió el abogado, con la serenidad temblorosa de quien conoce la profundidad de la tragedia.

—¡Mi padre! —murmuró el uxoricida, su pensamiento navegando en un mar de remordimientos y recuerdo—. Mi padre tiene los ojos negros... Mi madre también... Mi esposa tenía los ojos negros...

El abogado intentó introducir un rayo de razón en aquella tormenta: —¿Está seguro de que ningún antepasado suyo tenía los ojos verdes? Puede ser una herencia lejana, una broma de la sangre...

—¡Nunca! —gritó el hombre, en pie, como una marioneta de cabezas y visiones—. Todos los hijos de mis padres y mis abuelos tenían los ojos negros. Esos ojos verdes eran la prueba de la infidelidad de mi esposa y la semilla de mi desgracia.

La niebla de octubre, como un manto sobre el poblado, vinculaba la realidad de Colombia con la resurrección de un país que emergía del yugo dictatorial. Diez años después, la figura de aquel joven, ahora hombre marcado por la vida, se esbozaba en el puerto de Cartagena, aguardando con un soplo de esperanza. Su rostro, fatigado y cubierto con un pálido color terroso, narraba la crónica del sufrimiento.

Un amigo lo reconoció entre la multitud: —¿Tú aquí? —preguntó, sorprendido.

—Sí, aquí, esperando el siguiente golpe del destino —contestó con el desgaste de las edades en su voz—. Lee esto. —El hombre entregó una carta amarillenta por el tiempo.

El amigo leyó y descubrió la verdad oculta tras años de sombra: un padre desterrado por la política, una madre amada y traicionada por la vida, la verdad de un viaje involuntario. El remitente afirmaba con certeza aquella paternidad olvidada, vinculándolo por la marca de un rasgo físico, un lunar en la pierna izquierda.

Horas más tarde, el ansiado padre, un anciano con una estampa noble y cuidadosamente vestida, bajó del barco. Los ojos verdes del hombre inmediatamente captaron al hijo, cuyos restos de alma se deshicieron al ver aquel reflejo de su tormento en el rostro de un extraño conocido.

—¿Es usted quien me escribió esta carta? —preguntó, la voz quebrada por el implacable látigo de la verdad.

—Sí, soy yo —balbuceó el anciano, la emoción era un río desbordado en su mirada.

—Luego, ¿soy su hijo? —continuó el hijo, las palabras eran dagas dirigidas al centro de su ser.

—Sin duda, lo eres. —El hombre no temía reconocer la conexión, la herencia física y la espiritual.

El hombre joven, obligado por la revelación, apartó la mirada. —Pero... usted tiene los ojos verdes... —dijo, la última fortaleza de su vieja vida tambaleándose.

—Sí, los tengo, pero tú heredaste los ojos negros de tu madre. ¿Qué hay de extraño en eso? —preguntó, sin entender la sombra en los ojos de su hijo.

El hombre, un torbellino de culpa y realización, se cubrió el rostro con las manos. —¡Soy culpable! ¡Era inocente! Usted, usted ha sido la muerte de los ojos verdes...

Y así, bajo el cielo impasible de Cartagena, un secreto se había revelado demasiado tarde, quedando el eco de las decisiones tomadas en su ignorancia, un reflejo eterno de los ojos verdes que lo persiguieron hasta el final de su desventura.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

La narrativa de este mito se centra en la consecuencia trágica de suposiciones erróneas basadas en características físicas heredadas, específicamente, el color de los ojos. La historia original describe a un hombre que se convence de la infidelidad de su esposa debido a los ojos verdes de su hija, un rasgo que no encuentra en su linaje familiar y que asume incorrectamente como un signo de adulterio. Este pensamiento lo lleva a un acto violento, del cual resulta milagrosamente que la hija sobrevive, aunque él enfrenta las secuelas de sus acciones al ser encarcelado. El tema central en esta versión es la noción de la herencia racial, el desconocimiento genético y el racismo implícito que lleva al protagonista a conclusiones devastadoras.

En contraste, la parte final de esta versión proporciona una vuelta de tuerca crucial: el descubrimiento de que el protagonista, en realidad, es hijo de otro hombre con ojos verdes, lo que refleja una ironía trágica. Esta nueva información desmorona la lógica detrás de su decisión original, revelando que su madre misma fue la que tuvo un desliz, no su esposa. Esta revelación resalta su culpabilidad y agrava su tormento por la tragedia que desencadenó basándose en suposiciones infundadas. Aquí, se exploran temas de identidad, la parcialidad de la percepción humana, y la amarga consecuencia de las acciones precipitadas, mostrando las complejidades subyacentes de las relaciones familiares y el impacto de los secretos enterrados.

Lección

No juzgues precipitadamente basándote solo en apariencias físicas.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Edipo en cuanto a revelaciones familiares trágicas y la búsqueda de la verdad.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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