La monedita en la alcancía

Andina · Mestizo

La monedita en la alcancía

En una antigua saquería se oyen el llanto de una criatura y una moneda que cae cada Jueves Santo dentro de una alcancía invisible.

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El relato

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Hacia 1960, Piedecuesta era todavía un pueblo pequeño, de noches tan oscuras y calladas que se oía el viento entre las ramas. La gente creía que los pajarracos que cruzaban el cielo eran brujas, y que ciertos perros y gatos negros eran criaturas de la noche que corrían por las calles empedradas.

Un hombre del pueblo tenía una saquería, una casa vieja de tapia pisada, con techo de teja y madera, donde se hacían sacos de fique. La había comprado a un precio que nadie creía, a unas monjas que habían tenido allí un ancianato. Decían que en esa casa asustaban. Por las noches se oía el llanto de una criatura.

Una tarde, su hijo, un niño de siete años, entró a una pieza abandonada donde anidaban las gallinas. En el nido, entre las plumas y la tierra, tocó unos huesos pequeñitos. Al tenerlos en la mano le dio un escalofrío por todo el cuerpo y se le durmió la lengua. Corrió a mostrárselos a su papá, y el padre le dijo que los devolviera a donde los había encontrado y los tapara bien, no fuera a ser que les pasara algo. El niño volvió, temblando, y junto al nido encontró una olleta llena de ceniza. Revolvió la tierra con la ceniza y escondió otra vez los huesos. Pero el llanto no se fue.

Se llegó a pensar que hacia 1940 una madre había enterrado allí a su criatura para cuidar su honra. Nadie lo supo de cierto.

Con los años, cada Jueves Santo, a las doce de la noche, en las paredes de la saquería sonaba una monedita que caía en una alcancía que nadie veía. El llanto se fue haciendo más débil, pero nunca desapareció. La cocinera de la familia aseguraba que allí subía y bajaba una luz blanca, señal de que había un entierro bajo la tierra. Nadie le quiso creer.

El negocio fue decayendo: las bolsas plásticas le ganaron a los sacos de fique. El dueño, ya viejo y con la familia menguada, vendió la casa y se fue a vivir a una más pequeña. Poco después la vieja casona fue demolida, y por el pueblo corrió el rumor de que al tumbarla habían encontrado una guaca: monedas, y una ceniza que resultó ser oro en polvo.

Cuando el viejo se enteró, cayó en una tristeza honda de la que no volvió a salir. Murió poco tiempo después, y en el pueblo hubo quien dijo que aquella noticia lo había llevado a la tumba.

La monedita en la alcancía: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una riqueza oída durante años pesa más en quien la pierde que en quien la encuentra.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6° · -73°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este relato no tiene un registro publicado que se pueda consultar. La obra de la que probablemente procede es «Leyendas y cuentos de Santander», de Germán Valenzuela Sánchez, publicada por Sic Editorial en Bucaramanga en 2009 (ISBN 978-958-708-437-5). De ese libro sólo están abiertas la portada y la contraportada, que el propio autor enlazó en su página: la contraportada dice que reúne cuarenta y seis «sagas» y nombra cuatro, entre las que no está ésta. El índice y el cuerpo no se pueden leer, y la otra copia que circula del corpus piedecuestano, la «Literatura folclórica» de Luis Rubén Pérez Pinzón (UNAB, 2016), sólo está en repositorios de subida libre, sin editor. Valenzuela Sánchez (Piedecuesta, 1946-2021), periodista, se presentaba como difusor del folclor piedecuestano «basado en el rescate oral».

El oficio de la casa sí está documentado. La página del Área Metropolitana de Bucaramanga sobre Piedecuesta enumera la industria del fique entre las del municipio y habla de sus fábricas de empaque, y Maribel Avellaneda Nieves, en su tesis sobre empresas de Bucaramanga (UIS, 2004), cuenta que hacia 1930 la industria santandereana del fique ocupaba a más de tres mil personas, mil quinientas de ellas en los empaques.

También está documentado el motivo del entierro que se delata. Misael Devia Morales, en «Folclor tolimense» (1962), explica que los campesinos distinguen la luz de una guaca de la de otros espantos: la de la guaca «es blanca o azulita, según sea de oro o plata», y mansa. En el mismo libro cuenta cómo un labriego que salía el Viernes Santo por la noche a buscar guacas y entierros oyó, a eso de la medianoche, el llanto de un niño; al bautizarlo con saliva, la criatura se volvió un muñeco de oro, un tunjo. Los vecinos, al verlo enriquecerse, decían que había dado con algún entierro de alma en pena o con una guaca. Los dos pasajes están reproducidos en el segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia» de Eugenia Villa Posse (1993).

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano es el tunjo que registra Misael Devia Morales en el Tolima (1962). Un campesino pobre sale a medianoche de Viernes Santo a buscar entierros, oye el llanto desconsolado de un niño debajo de un capote, lo bautiza con saliva y la criatura se vuelve un muñeco de oro que lo enriquece. Comparte con la saquería el llanto infantil, la noche santa y el oro escondido. La diferencia es que en Devia el llanto se convierte en riqueza, y en Piedecuesta el llanto y la riqueza quedan separados: unos huesos que se vuelven a tapar y una guaca que se va con la casa.

El segundo paralelo es el tunjo de «Cuentos de espantos» (2004): un ser que llora como un niño abandonado en un camino y ofrece riquezas a quien lo encuentra. Allí el sacerdote que lo halla calla ante la oferta y queda marcado con una mordida que sangra cada medianoche; en la saquería nadie rechaza nada, simplemente nadie llega a tenerlo.

El tercero es la luz de guaca que describe el mismo Devia: blanca si es de oro, mansa, distinta de la luz rojiza e inquieta de los espantos. Es la luz blanca que la cocinera veía subir y bajar en la saquería, y a la que nadie quiso hacer caso.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato de la saquería junta tres motivos que la tradición registrada suele contar por separado: el llanto de una criatura en la noche, la luz que marca un entierro y el oro que se esconde en la ceniza.

  2. En Devia (1962), el llanto de un niño a medianoche de Viernes Santo es el tesoro mismo: el labriego que lo recoge y lo bautiza con saliva se encuentra con un muñeco de oro que lo hará rico por el resto de su vida. En «Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano» (2004), un libro de ficción de autor, el tunjo es un engendro que llora como un niño perdido entre un atadito de ropa vieja, en un camino a las afueras de Ibagué, y le ofrece a un sacerdote hacerlo inmensamente rico. En los dos casos el llanto y el oro son la misma cosa.

  3. En la saquería de Piedecuesta no. El llanto sale de unos huesos pequeños y la riqueza está en otra parte, en una olleta de ceniza que resulta ser oro en polvo. Los dos aparecen juntos en la misma pieza, pero ninguno explica al otro.

  4. La luz también tiene su versión. Devia dice que la luz de una guaca es blanca si es de oro, azulita si es de plata, y mansa. Es exactamente la que describe la cocinera, blanca, subiendo y bajando. Y el calendario coincide: en Devia la noche de buscar entierros es el Viernes Santo; en la saquería, la monedita suena cada Jueves Santo a medianoche.

  5. Lo que cambia es el final. En el tunjo de Devia, el que oye el llanto se queda con el oro. En la saquería, la familia que oyó el llanto durante años nunca lo tuvo: lo encontraron otros, o eso se dijo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
7
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Leyendas y cuentos de Santander (fragmento de cubiertas publicado por el autor)

    drive.google.com

    Es la obra de la que con más probabilidad sale la Monedita en la alcancía: la contraportada presenta cuarenta y seis «sagas» de Santander, algunas presentadas como casos reales de vecindario, y fija editorial (Sic, Bucaramanga) e ISBN 978-958-708-437-5.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 20: Misael Devia Morales, «Folclor tolimense» (1962), relato del tunjo de don Venancio, folios 158-159

    flacso.edu.ec

    Es el paralelo más cercano: un labriego que sale el Viernes Santo por la noche a «puestiar guacas, entierros y Tunjos» oye a medianoche el llanto desconsolado de un niño debajo de un capote; lo bautiza con saliva y la criatura se vuelve un muñeco de oro. Los vecinos atribuyen su riqueza a algún entierro de alma en pena o a una guaca. Reúne el llanto infantil, la noche santa y el oro escondido de la saquería.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 20: Misael Devia Morales, «Folclor tolimense» (1962), «La Candileja», folio 151

    flacso.edu.ec

    Da la regla campesina para leer la luz de un entierro: la luz de una guaca que arde «es blanca o azulita, según sea de oro o plata», y es mansa, a diferencia de la luz rojiza e inquieta de la Candileja. Es la luz blanca que la cocinera ve subir y bajar en la saquería.

Contraste y contexto · 4 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, «El Tunjo», pp. 63-64

    archive.org

    La declaración imaginaria de un sacerdote que encontró en un camino de las afueras de Ibagué a un ser que lloraba como un niño perdido entre un atadito de ropa vieja, y que le ofreció hacerlo inmensamente rico; ante su silencio lo mordió. Es la forma contemporánea del llanto infantil ligado al oro.

  2. Empresas y empresarios en Bucaramanga, 1930-1950 (tesis de maestría en Historia), pp. 40-41

    noesis.uis.edu.co

    Documenta la industria de los sacos de fique en Santander: hacia 1930 ocupaba a más de tres mil personas, mil quinientas de ellas en los empaques, y sólo San Gil y Socorro elaboraban alrededor de un millón de pares de costales. Da contexto real a la saquería y al negocio que decae en el relato.

  3. Piedecuesta (historia, economía y división territorial)

    amb.gov.co

    Enumera la industria del fique entre las del municipio y habla de los fabriquines y las fábricas de empaque de los barrios populares. Sitúa en Piedecuesta el oficio de la casa del relato.

  4. Biografía (sitio de Germán Valenzuela Sánchez, «PicaPica»)

    germanvalenzuelasanchez.wordpress.com

    Sitúa al probable recopilador: nacido en Piedecuesta en 1946 y muerto en 2021, periodista, difusor del folclor piedecuestano y santandereano «basado en el rescate oral». Explica por qué una memoria familiar con nombres y fechas de Piedecuesta entra en una colección de leyendas.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

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«La monedita en la alcancía» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La monedita en la alcancía» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La monedita en la alcancía» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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