En Piedecuesta, un pequeño poblado donde el tiempo parecía correr con la lentitud de los ríos fangosos, el año 1960 se deslizó como una sombra larga. En aquellos días, antes de que el progreso dibujara su línea recta sobre el paisaje, el silencio y la oscuridad eran tan profundos que uno podía escuchar el susurro del viento entre las ramas de los árboles como un antiguo cántico de almas perdidas. Aquella tierra, rica en leyendas y misterios, se encontraba habitada por murmullos de otro mundo: pajarracos que no eran aves sino brujas que surcaban los cielos llevando secretos en sus alas negras, perros y gatos negros que en verdad eran criaturas de la noche transformadas, escapando por las calles empedradas.
En medio de este cuadro de sombras y susurros, se alzaba la antigua saquería de la Carrera 8 No. 6-98, un edificio de paredes de tapia pisada y techos de teja y madera, propiedad de José Vicente Díaz. El lugar, adquirido por el propietario a un precio inverosímil, había pertenecido a unas monjas que regentaban un ancianato y, tal vez por eso, decían que allí asustaban. En sus entrañas resonaba el llanto de una criatura, un sonido que reverberaba como un eco de tiempos pretéritos.
Alberto Díaz, hijo de don José Vicente, recordaba con vívida claridad una tarde en que, a sus siete años, la curiosidad infantil lo arrastró hacia una pieza desolada donde las gallinas anidaban. El lugar exhalaba un aliento frío, y en el nido, entre plumas y tierra, sintió el roce de huesos diminutos. Al sostenerlos en su mano, un escalofrío cubrió su cuerpo y la lengua se le durmió como hechizada. Corrió hacia su padre y le mostró el descubrimiento, sus ojos brillando con una mezcla de asombro y miedo.
Con un tono entrecortado, su padre le instruyó: “Hijo, devuelve esos huesos a donde los encontraste. Tápalos con cuidado, no sea que el destino nos juegue una mala pasada.” Alberto obedeció, aún tembloroso, pero al regresar al nido encontró una olleta cargada de ceniza, como si el tiempo hubiera capturado un secreto y lo hubiera convertido en polvo. Revolvió tierra y ceniza y volvió a ocultar los huesos, pero las noches no perdonaron; el llanto retornaba, como si el alma del niño buscara consuelo en el viento que arrullaba la vieja casa.
Pasaron los años, y con cada Jueves Santo, a las doce de la noche, las paredes de la saquería resonaban con el sonido de una monedita cayendo en una alcancía invisible, mientras el llanto del infante se hacía más tenue pero jamás desaparecía del todo. Ramona, una cocinera que trabajaba para la familia, aseguraba que una luz blanca ascendía y descendía en el lugar, señalando la presencia de un entierro escondido bajo la tierra, pero nadie quería creerle; aquellos atisbos de lo sobrenatural eran solo rumores, sombras de lo que no podía ser visto.
Con el tiempo, José Vicente decidió vender la casa. El mundo había cambiado, y las sacas de fique habían perdido su batalla contra las incipientes bolsas plásticas. La familia, debilitada por la pérdida y la vejez del patriarca, se mudó a un hogar más pequeño. Al tiempo, la histórica casona fue demolida, y por el pueblo se esparcieron rumores como semillas en el viento: decían que encontraron una guaca de monedas y ceniza que resultaron ser oro en polvo.
José Vicente, al enterarse de estos rumores, se sumió en una tristeza profunda que lo devoraba como un viejo lobo solitario. Los murmullos de la gente, las palabras no dichas pero presentes en las miradas, parecían señalar que aquella noticia había arrastrado su espíritu hacia el ocaso. El 2 de diciembre de 1997, José Vicente ya no pudo resistir; el mito había atrapado su corazón en una maraña de sombras y promesas rotas, llevándolo a la tumba.
Y así, entre las calles de un Piedecuesta que nunca dejó de guardar sus secretos, quedaba resonando en los corazones de quienes lo conocieron el eco de aquel llanto incesante de un infante y el perfume etéreo de un tesoro que jamás les perteneció. La leyenda, como el viento, seguiría susurrando su misterio a las generaciones futuras, como una verdad que se niega a morir en las páginas del olvido.
Historia
El origen del mito proporcionado en la versión de la historia se sitúa en la localidad de Piedecuesta alrededor de 1960, cuando el área no estaba muy desarrollada urbanísticamente. Se describe un ambiente propicio para las leyendas de espantos y sucesos paranormales. La historia se centra en una propiedad que José Vicente Díaz compró a un precio bajo a las monjas de un ancianato. Según la narración de Alberto Díaz, hijo de José Vicente, en esa propiedad se escuchaba el llanto de una criatura.
Alberto, siendo un niño, encontró unos huesos pequeños que sugieren que un infante fue enterrado allí, posiblemente por una madre en 1940 para proteger su honra. A lo largo del tiempo, sucesos extraños como luces blancas y sonidos inexplicables, junto con la narrativa local de una supuesta "guaca" con tesoros enterrados, alimentaron las leyendas sobre la casa. Eventualmente, cuando la casa fue vendida y demolida, se esparcieron rumores sobre el descubrimiento de oro en polvo, lo que intensificó la leyenda y tuvo un efecto profundo en José Vicente Díaz, llevándolo a la depresión y, como se murmura, a su muerte en 1997.
Versiones
En la versión proporcionada del mito, se presenta una visión detallada de la narrativa con un enfoque en la percepción personal y las experiencias directas de los protagonistas. La historia se desarrolla en un contexto específico, Piedecuesta en los años 60, lo que enfatiza el entorno urbano limitado y la atmósfera tenebrosa de la época. La narrativa se centra en experiencias personales, como el hallazgo de huesos infantiles por Alberto Díaz y los extraños eventos paranormales asociados a la propiedad familiar.
A lo largo de la historia también se subraya la presencia de elementos sobrenaturales recurrentes, como el sonido del llanto infantil, las monedas sonando en la pared y la luminiscencia inexplicable observada por la cocinera, Ramona. Estos detalles aumentan el misticismo del relato y sugieren una tradición oral rica en elementos de superstición y expectativas culturales sobre lo sobrenatural.
Sin embargo, no hay información respecto a cómo esta versión se diferencia de otras versiones del mismo mito, dado que solo una versión ha sido proporcionada. Posiblemente, otras versiones podrían reconfigurar estos elementos: el contexto temporal podría variar, situando eventos en un período diferente; podrían omitirse aspectos personales o introducirse nuevas figuras o detalles narrativos para realzar distintos temas o moralejas. La falta de comparación impide identificar variaciones potenciales en la presentación del descubrimiento del tesoro o en las consecuencias emocionales para los personajes involucrados, así como la manera en que estas historias son recopiladas de fuentes orales múltiples y adaptadas a distintas audiencias a través del tiempo.
Lección
Respetar lo desconocido y las advertencias de los mayores.
Similitudes
Se asemeja a mitos de tesoros escondidos y espíritus guardianes como los de la mitología celta.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



