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La luna

Una narrativa de transgresión, transformación y retribución entre Muyhu y Méneri-Ya en un ciclo cósmico.

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Ilustración de La luna

En una tierra antigua, donde la realidad y el sueño se entrelazan, vivían dos hermanas bajo el manto del cielo nocturno. Luna, que todos llamaban Muyhu, amaba profundamente a su hermana Méneri-Ya. Cada noche, Muyhu, movido por un amor inconfesable, visitaba a su hermana en la oscuridad y la cortejaba mientras dormía. El suave susurro del río acompañaba el secreto de Muyhu, mientras las hojas del caimo murmuraban historias al viento. Mientras tanto, Méneri-Ya, sin sospechar que era su propio hermano quien se recostaba junto a ella, aceptaba el misterio que cada noche la envolvía, danzando en ensueños de placer y curiosidad.

Las noches pasaron como estrellas fugaces hasta que un día, la sospecha sembró su semilla en el pensamiento de Méneri-Ya. Cubierta en tinta negra, Méneri-Ya esperó la llegada de su amante nocturno y, con determinación, marcó su rostro para descubrir al hombre entre sombras. Al amanecer, cuando la luz bañó el mundo de colores y secretos desvelados, Muyhu despertó con manchas negras, el inconfundible signo de su travesura. Sintiéndose traicionado por su propia carne y sangre, huyó avergonzado a vomitar sus penas al río. Allí, el espejo de agua reveló su rostro manchado, y el eco de una risa amarga se enredó en la brisa del amanecer.

Muyhu sumergió su vergüenza en el agua, deseando lavar las manchas de su piel, pero el río fue implacable. Decidió entonces abrazar el olvido, y entre el fluir sereno de los remolinos, se dejó llevar hasta que el aliento de su vida fue apagado por la corriente. Su cuerpo, consumido por la tragedia, flotó hasta la orilla, donde se entregó al abrazo de la muerte.

Mientras la esencia de Muyhu se disolvía en el todo, un murciélago llamado Otsó se acercó al lugar donde el cuerpo había hallado su reposo. En el acto de devorar sus huesos, el silencio fue roto por un grito de vida, y los ecos hacia el cielo nacieron portando los susurros de la creación de los Adyába. Estos seres vinieron al mundo con una misión divina, responsables de tejer el tapiz de todo lo existencial.

El padre de Muyhu, Mení, ignorante de los designios de Adyába, fue conducido por las estrellas búho a buscar los restos del hijo desaparecido. Los Adyába, al encontrar los huesos, realizaron un ritual poderoso: con cumare y tabaco, reconstruyeron el cuerpo de Muyhu. El humo que soplaron al cuerpo fue aliento de vida, y Muyhu resurgió entre los susurros de hojas y suspiros de viento. Sin embargo, la resurrección fue efímera cuando los Adyába le recordaron su amor prohibido. Deshecho por la vergüenza, Muyhu volvió a convertirse en polvo.

Desde el cielo, Méneri-Ya, arrojada a las alturas por el sufrimiento de su traición, miraba a su hermano con penas que desgarraban el firmamento. Muyhu la castigó a una existencia solitaria, suspensa entre estrellas.

En la infinita danza del río, Umú, el pájaro mochilero de Méneri-Ya, emprendió una búsqueda incansable por su dueña perdida. Voló por oriente, norte y sur, y terminó siguiendo el reflejo brillante de nosos sueños hasta donde celestialmente habitaba Méneri-Ya. Al encontrarla acosada por las abejas de Beróa, Umú la salvó y con cariño le llevó agua para curar la sed que le consumía. Una cuerda de cumare fue tejida para que Méneri-Ya volviera a la tierra, pero la fortuna fue esquiva, y su retorno se quebró como una esperanza olvidada.

De vuelta en la tierra, Méneri-Ya insistió en encontrar a su familia, solo para descubrir el monte, donde antiguamente estuvo su hogar. La naturaleza, confabulada con su padre, ocultó el camino cierto y ofreció engaños disfrazados de hierro para confundirla. Perdida y sola, Méneri-Ya encontró la senda de los tigres, seres oscuros que habitaban en el umbral del temor. Así llegó a la hamaca de OA, cuyo hedor revelaba el destino que le aguardaba.

Un día, los tigres regresaron con el hacha cantando su alabanza y, al encontrarse con Méneri-Ya, la enjaularon con su fealdad y de ella hicieron su cena. Sin embargo, las entrañas de la hermana traidora quedaron intactas, entregadas a Oako, madre de los tigres, quien las llevó al río. De aquellos vestigios nació un niño que tomó el nombre de Warími Sué, quien cargó la venganza en su sangre.

Los días pasaron, y el niño creció bajo las miradas de sus extraños parientes, tomando forma y fuerza hasta ser capaz de desafiar al destino que había devorado su origen. Su crecimiento fue rápido como el amanecer y en él germinaba la justicia. Con las mismas entrañas que le dieron vida, aprendió de la tierra, del viento, y se preparó para desafiar a los tigres, reescribiendo su linaje en un ciclo eternamente latente.

En su peregrinaje, Warími encontró amigos y aliados, enfrentó miedos convertidos en mito y transformó la tristeza en danza. Sus travesías lo llevaron a merodear por mundos de culebras y pájaros, de ancianos dioses y brujos del bosque, recogiendo semillas de destino y savia de leyendas para tejer su relato de héroe.

Y así, en la tierra donde la luna y el sol contaban historias de amor y traición, de muerte y resurrección, Muyhu y Méneri-Ya se perdieron en el vasto cielo de lo que fue y nunca será, mientras sus hilos se tejieron en la eterna tapicería de la vida, vibrando en el viento que susurra secretos solo a aquellos que saben escuchar.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

El mito presenta tres segmentos interconectados, cada uno con varias capas de simbolismo y narración que reflejan temas de transgresión, transformación y retribución. En la primera parte del relato, se describe una relación incestuosa entre Muyhu (Luna) y su hermana Méneri-Ya, lo que culmina en una revelación por parte de Méneri-Ya al descubrir la identidad de su amante. Esta versión resalta la influencia de la cultura y las prácticas del pueblo, incluyendo el uso ritual de tinta y el acto de vomitar, como un medio de purificación. La historia luego avanza hacia un tono de transición cuando Muyhu, cargado de culpa y vergüenza, opta por la autoextinción, lo cual habilita la entrada de entidades como Ot$6 (murciélago), Adyába, y Buhú Hogó (los Búhos) que desempeñan roles fundamentales en reconstituir el orden cosmológico.

La segunda parte del mito se despliega en una serie de eventos donde los personajes y sus acciones reflejan la restauración del orden natural: los Adyába son retratados como creadores que revitalizan a Muyhu a través de rituales que implican tabaco y cumare. Esta sección destaca cómo los mitos cuentan con la participación de elementos del entorno (hormigas, tabaco, coca), significando vidas interconectadas y sostenidas por el cosmos. En la tercera y última parte, observamos la transformación de personajes al asumir formas de animales, adaptaciones hacia entornos y simbiosis con los mismos, y un ciclo de venganzas y justicia. Warími, descendente de las relaciones prohibidas, consigue venganza no solo preparando el camino de regreso de los tigres a su padre sino también a través de sucesivas transformaciones, hasta el enfrentamiento final con Ramé, el águila devoradora. En conclusión, cada segmento de este mito recalca una evolución narrativa que conecta las transgresiones iniciales con un cierre que reorganiza el cosmos en un ciclo perpetuo.

Lección

Las transgresiones traen consecuencias que afectan el orden natural.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Orfeo y Eurídice por el tema de la pérdida y el intento de restauración.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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