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La loca margarita

La historia de Margarita Villaquirá Aya, conocida como 'La Loca Margarita', es un relato de tragedia, activismo y legado en la Bogotá de antaño.

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Ilustración de La loca margarita

En la nebulosa memoria de Bogotá, entre el crisol de palabras y susurros del viento, resuena la historia de Margarita Villaquirá Aya, a quien el tiempo y la gente llamarían cariñosamente "La Loca Margarita". Nacida en el pliegue delicado de Fusagasugá en el año de 1860, Margarita fue una mujer como muchas otras en cuerpo, pero única en espíritu. Era maestra, iluminaba mentes jóvenes con las luces danzantes del conocimiento, mientras su propio corazón se encendía con la llama fervorosa de la política, en el estandarte escarlata del Partido Liberal.

Pero los cielos no siempre se tiñen del color de los ideales. En la vorágine de la Guerra de los Mil Días, el suelo colombiano fue regado con la sangre de sus hijos, y Margarita no fue inmune a esta tragedia. Su esposo, el suboficial Nemesio Gutiérrez, se convirtió en un recuerdo en la Batalla de Palonegro, dejando a Margarita y a su hijo como testigos mudos de la muerte. El joven, heredero de los sueños de su madre, lanzó su voz como una bandera al viento, defendiendo el mismo partido que representaba su historia y su esperanza. Pero su destino fue sellado por manos adversas, y su vida segada antes de alcanzar la plenitud.

La tristeza y la desesperación llevaron a Margarita, con el corazón apretado de dolor, a trasladarse a Bogotá. Allí, entre la piedra y el cemento de la capital, eligió un lugar de descanso para su hijo en el Cementerio Central, cerca de mausoleos donde yacían héroes de antaño. Fue entonces que Margarita, como si la razón se disolviera en el aire del altiplano, comenzó a vagar por las calles de la ciudad, tintada de rojo carmesí, el color de su causa, el color de su desafío. Se decía que dejaba a su paso migas de una antigua cordura enterrada entre la cal y el mármol.

Con fervor y devoción, Margarita visitaba a diario la tumba de su hijo, llevando siempre ofrendas florales, una misa silenciosa de plegarias que ofrecía al cielo como si, al hacerlo, el dolor también se disolviera. Sus peregrinajes se extendían a iglesias y catedrales, donde su figura menuda imploraba por las almas perdidas, tal vez en un esfuerzo por apaciguar el tormento de la suya propia. En esos días de meditación y encuentro con el aire de lo divino, Margarita encontraba en los templos un eco sereno.

La caridad, vestida de humanidad, se entrelazaba con su locura. Margarita, en un acto de amor infinito hacia los olvidados de la sociedad, abría las puertas de su hogar a prostitutas, indigentes y adictos, ofreciéndoles el refugio de una comida caliente y enseñanzas de urbanidad y religiosidad, dibujando un puente de humanidad entre aquellos que el mundo rechazaba y su bondadoso corazón.

Pero el tiempo avanzó como un río imparable, implacable, y con él, su mente comenzó a navegar en aguas turbias. Margarita empezó a desconfiar de las personas y de aquellas instituciones religiosas que antes buscaba. Echaría de su rica casa a aquellos a quienes solía acoger, cerraría su fe templaria y abandonaría la búsqueda diaria de su hijo en el camposanto. Ésta Margarita descrita por sus cambios y singularidades era frecuentadora incesante de la Plaza de Bolívar, del Capitolio Nacional, y recitaba, estaba, proclamaba, con las vísceras del alma desenfrenada y valiente. Su voz, potente como el trueno, clamaba por su partido, lanzando vituperios a la facción opuesta, con tal vehemencia que resonaban los cielos.

Las calles de Bogotá, en barrios como La Candelaria y San Victorino, atestiguaban su andar descalzo, su figura vibrante de rojo, acompañada por una bolsa que llevaba consigo las escrituras de su propiedad. Era tan conocida como el aire mismo entre los transeúntes y periodistas, que sabían advertir su marcha antes que pudiera siquiera resonar sus palabras.

Y, en los tablones de la imaginación, su figura perdura, inspirando relatos, obras de teatro y series que buscan redibujar su historia, la imagen de una mujer que fue docente y musa, activista y consuela. Su legado, entretejido en la alba seda de la historia, sigue siendo memoria, una danza de ardores eternos en la nebulosa luz de una Bogotá de antaño. La "Loca Margarita" trascendió el tiempo y el espacio, quedando tatuada en la esencia misma de la ciudad que ella decantó en versos de su vida ferviente y apasionada. Y así, aún, su espíritu vagabundea por las calles, en el eco de un grito que llama a la memoria de los que sienten, y que se atreven a soñar más allá del umbral de la razón.

Historia

El mito de "La Loca Margarita" tiene su origen en la figura histórica de Margarita Villaquirá Aya, nacida en Fusagasugá en 1860. Margarita fue una destacada maestra y activista del Partido Liberal cuya vida estuvo impactada por la violencia bipartidista en Colombia. Durante la Guerra de los Mil Días, su esposo falleció en la Batalla de Palonegro, y posteriormente su hijo fue capturado y ejecutado por fuerzas conservadoras. Estas tragedias personales la llevaron a trasladarse a Bogotá, donde enterró a su hijo y comenzó a mostrar inestabilidad mental. En la capital, Margarita se volvió conocida por sus vagabundeos y por vestir de rojo en honor a sus creencias políticas. Además, participaba activamente en la vida política de la ciudad, defendiendo sus ideales liberales. Falleció en 1942 a los 82 años, siendo reconocida por su compromiso con la causa liberal. Su vida y acciones inspiraron canciones y representaciones culturales, manteniendo su legado en la memoria colectiva.

Versiones

Las dos versiones del mito de "La Loca Margarita" abarcan aspectos similares de su vida pero ofrecen enfoques y detalles distintos. La primera versión presenta a Margarita como un personaje que experimenta una transformación espiritual y social después de la pérdida de su hijo, quien fue asesinado en el contexto de las tensiones bipartidistas de Colombia. Esta narrativa enfatiza su dedicación a la religión y la caridad, así como su subsecuente pérdida de cordura, caracterizada por un estilo de vestir extravagante y un comportamiento errático. La representación de Margarita en esta versión es más de una figura trágica y folclórica que pasa por un ciclo de devoción mística seguida por una total desilusión con la religión y sus originales aliados sociales. Esta versión destaca su soledad y desconexión de la sociedad tras sus tragedias personales.

Por otro lado, la segunda versión se centra más en su activismo político y su participación continua y activa en la vida pública de Bogotá, incluso mientras lidiaba con su inestabilidad mental. Aquí, Margarita es presentada como un emblema liberal que, a pesar de sus pérdidas personales y su comportamiento peculiar, mantiene una presencia vibrante en la sociedad, asistiendo a reuniones políticas y manteniéndose fiel a su identidad como educadora y activista. Esta versión incorpora detalles de su vida, como su interacción con la alta sociedad y la notoriedad que alcanzó en los círculos políticos, sugiriendo un legado más profundo y respetado. Además, se aborda explícitamente su fallecimiento y el reconocimiento post-mortem de su compromiso político, lo que resalta su dimensión pública y la permanencia de su impacto en la memoria colectiva de Bogotá.

Lección

El dolor puede transformar y definir el legado de una persona.

Similitudes

Se asemeja al mito de Antígona en la mitología griega, donde el dolor por la pérdida y el conflicto con la autoridad son temas centrales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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