La imagen de San Antonio

Caribe · Mestizo

La imagen de San Antonio

Eulalia busca ayuda ante una imagen de San Antonio después de un desengaño; fortuna, devoción y matrimonio se cruzan en un giro irónico.

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La imagen de San Antonio: la entrada del relato

El relato

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La casa de las de Luna daba a la calle de la Factoría, a unos pasos de la del marqués de Valdehoyos: portón con aldabones de leones, zaguán largo, la escalera al fondo y un patio con aljibe. En el entresuelo cosían las cuatro hijas, y de aquellas manos salían los bordados de los que hablaba media Cartagena.

Eulalia era la mayor. Llevaba tres años rezándole a San Antonio para que le trajera novio, y lo alumbraba en la repisa de su cuarto. Cuando Miguel Portocarrero empezó a rondar la calle y miró hacia el balcón donde estaban las cuatro, todas dieron por hecho que miraba a ella. En el sarao de casa de don Alfonso se decidió por la segunda, María, sin volver la cara hacia Eulalia.

Después de esa boda, Eulalia bajó la imagen al entresuelo. Allí podía rezarle a todas horas, puntada tras puntada, sentada enfrente, mientras se figuraba al caballero que vendría a pedirla.

Al año siguiente se casó Sara, la tercera, con el médico Juan García.

—Madre, ¿tú de verdad crees que soy hermosa?

—La más hermosa de mis hijas. Qué pregunta.

Llegó entonces a la ciudad un sobrino del virrey Flórez, y en la misa mayor se quedó mirando hacia donde rezaban las de Luna. Esa tarde pasó por la calle. La madre le buscó tarea a Mercedes, la menor, para que en el balcón quedara Eulalia sola.

Por la noche Eulalia se arrodilló ante la imagen y rezó casi a gritos. Le recordó los años que llevaba pidiendo. Le puso plazo: o el sobrino del virrey era para ella, o no le rezaba nunca más. Y aclaró que no pedía tanto. Quería ser la tercera en casarse, porque era la mayor y quedar de última sería un bochorno.

Al día siguiente vinieron de visita las hermanas casadas, y María contó que había estado en casa del virrey. Allí, delante de todas, soltó la noticia: era Mercedes la que había prendado al sobrino.

Un «oh» salió de dos bocas a la vez. El de Mercedes sonaba a sorpresa. El otro, no.

Eulalia se recogió la falda de muselina y bajó corriendo. Entró en el entresuelo, tomó la imagen y le habló como se le habla a quien traiciona. Con que esos jueguitos. Ahora te vas de esta casa. Y la tiró a la calle desde la tribuna, sin mirar dónde caía.

Luego oyó pasos en el zaguán y se quedó tiesa en el descanso de la escalera. Subía un militar con el quepis en la mano.

—Señorita, ¿quién ha tirado esta imagen por el balcón?

—Yo. ¿Por qué?

—Mire.

Tenía la cabeza abierta y la sangre le bajaba por entre el pelo rubio.

—¡Ay, Antoñito! ¡Qué cosas me haces! —y lo tomó de la mano y lo subió a gritos, llamando a su cuñado el médico.

—¿Sabe usted mi nombre, señorita?

—¿Cómo?

—Como dice: Antoñito. Y ese es el mío.

Tiempo después se celebró la boda de Eulalia con el brigadier de la Armada Española, don Antonio del Castillo. Fue antes que la de Mercedes con el sobrino del virrey. No quedó de última.

La imagen de San Antonio: lo que quedó del relato

La enseñanza

“A veces lo que se consigue llega por el mismo gesto con que se renuncia a pedirlo.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.423611° · -75.525278°

Ficha del relato

Contexto histórico

Esta pieza abre la sección veintiocho del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse investigó y compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993. Ocupa allí los folios 361 a 363. Un poco antes, en el 359, y todavía sin relato a la vista, la antología declara de dónde sale todo lo que sigue: «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, páginas 29 a 199 de la impresión que la Imprenta Departamental de Cartagena hizo en 1982. Esa impresión no es la edición: el libro había salido veinte años antes, en 1962, de los Talleres El Marinero de la ciudad, y por medio quedaron dos reediciones, la de Colgráficas en 1979 y la de Plaza & Janés en 1989. Las dos fechas dicen cosas distintas y las dos hacen falta, porque 1962 es cuándo se publicó la obra y 1982 es el ejemplar que la compiladora tuvo delante y del que sale, palabra por palabra, el texto que hoy puede leerse.

Esa nota dice además dos cosas sobre el conjunto. Una es dónde recogió la autora el material: en la tradición oral de la población negra de la ciudad. La otra es qué hizo con él, y la antología lo escribe sin rodeos —los textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular»—. No hay, pues, transcripción de campo: hay prosa de una escritora cartagenera sobre materia que declara haber oído.

Conviene leer el relato con esa nota al lado, porque no se corresponden. Lo que la pieza pone en escena es una casa con título de marquesado concedido por una reina, un sarao de comerciantes, un sobrino de virrey y un brigadier de la Armada; no entra en ella una sola persona negra, ni nombrada ni de paso. Quien afirma el origen es la antología. Lo que el texto contiene es otra cosa. Las dos afirmaciones se dejan aquí frente a frente, sin fundirlas y sin decidir por nadie.

De la ciudad concreta el relato sí da señas: la calle de la Factoría, la casa vecina del marqués de Valdehoyos, un virrey apellidado Flórez y un brigadier de la Armada Española. Con eso se sitúa en la Cartagena colonial y no en otra parte. Lo que no da es año, ni mes, ni papel de archivo detrás de las cuatro hermanas.

Resonancias con otros mitos

El maltrato a la imagen que no concede es una costumbre extendida del catolicismo popular hispánico y no una ocurrencia de esta autora. En España, Portugal y buena parte de América se documenta el mismo repertorio de coacciones aplicadas justamente a este santo: ponerlo cabeza abajo hasta que aparezca el novio, sumergirlo en agua, quitarle el Niño de los brazos y guardarlo como prenda, devolverle el favor sólo cuando cumpla. La muchacha que arroja el bulto por el balcón hace la versión extrema de un gesto que muchas devotas hacían en pequeño, y el cuento lo sabe: por eso el castigo funciona.

El segundo parentesco es de estructura y pertenece a la familia de las peticiones concedidas al pie de la letra. Ella no pide un buen marido ni pide amor: pide no quedar la última, y el remate le da exactamente eso y nada más. Es el mecanismo de los cuentos de deseos mal formulados, donde lo que se otorga se ajusta a las palabras y no a la intención, sólo que aquí en vez de castigar la avaricia premia la impaciencia.

Dentro del mismo conjunto de leyendas cartageneras hay además una serie a la que esta pieza pertenece de lleno. «Al convento» y «La clave de la felicidad» también terminan en boda contra un impedimento familiar, y también resuelven el enredo con un golpe de comedia: una muerte fingida en el primer caso, un fantasma de conveniencia en el segundo, una imagen lanzada a la calle en éste. La autora vuelve tres veces al mismo desenlace y cada vez cambia el instrumento.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Lo que se lee hoy no es el libro impreso sino su reproducción. Villa Posse recoge una parte de «Al filo de la leyenda» —el original abarca las páginas 29 a 199— y la imprime en unas cincuenta planas de su segundo tomo. Quien quiera cotejar palabra por palabra tiene que ir a la edición de la Imprenta Departamental, que no está digitalizada.

  2. De ahí se sigue una distinción que conviene no borrar: la frase sobre el origen afrocartagenero y sobre la elaboración literaria es de la compiladora, no de la autora. Porto de González no la escribe dentro de este cuento, ni lo presenta como oído a nadie en particular. Es la antología la que clasifica; el relato, por su cuenta, se limita a contar.

  3. Hay también una trampa de paginación que produce citas descuadradas. En este tomo el número encabeza la página en lugar de cerrarla, de modo que la nota de procedencia cae en el folio 359 y no en el 360, y el relato empieza en el 361. Quien lea el número como pie de página desplaza todas las referencias un punto.

  4. Y hay una confusión de autoría que ha circulado durante décadas. El mismo volumen trae dos secciones de Cartagena, de dos autores distintos: la dieciocho reproduce «Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo, editado en 1948, y la veintiocho reproduce el libro de Porto de González. Los índices sumarios y los repertorios que sólo miran la primera han atribuido a Martínez Fajardo relatos que están en la segunda, y éste es uno de ellos. La diferencia no es de etiqueta: cambian la autora, la década, la editorial y el modo de trabajo declarado, porque Martínez Fajardo dice partir de estudios propios sobre el folclor de su ciudad y la nota de la sección veintiocho reclama para su conjunto un origen oral en una comunidad concreta.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
8
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Abre con esta pieza la sección veintiocho, en los folios 361 a 363, y es la única fuente que la contiene. De ella sale todo lo que la ficha afirma: las cuatro hijas de Luna cosiendo en el entresuelo de una casa de la calle de la Factoría, a unos pasos de la del marqués de Valdehoyos; los tres años que Eulalia lleva rezándole al santo antes de que nadie la desaire; el plazo que acaba poniéndole —ser la tercera en casarse, no la última, porque quedar de última sería un bochorno—; el sobrino del virrey Flórez que se prenda de Mercedes, la menor; y la imagen lanzada por el balcón que va a caer sobre un brigadier de la Armada. El orden de esos hechos sólo consta aquí, y es lo que corrige el resumen heredado: reza antes del primer desaire y tira el bulto después del último.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Encierra el relato en un marco que el relato no cumple, y por eso esta ficha lo cita aparte. En el folio 359, antes de imprimir una sola línea, la compiladora declara que la sección veintiocho reúne «leyendas de la tradición oral de la población negra de la ciudad de Cartagena» y que «los textos presentados ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular». La pieza que sigue transcurre entera entre un marquesado, un sarao de comerciantes, un sobrino de virrey y un brigadier, sin una sola persona negra en escena, ni nombrada ni de paso. La antología es también la que fija el soporte —páginas 29 a 199 del libro de 1982— y la que permite deshacer la atribución a Martínez Fajardo, cuyo libro ocupa otra sección del mismo tomo.

  3. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Identifica el eje temático al que esta pieza pertenece dentro de la obra de la autora, y lo hace desde una investigación financiada por el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena. El estudio dedica a «Al filo de la leyenda» un apartado titulado «Relaciones amorosas», donde sostiene que la trama de ese libro está hecha de vínculos amorosos, encuentros furtivos y alteraciones del orden social impuesto, y lo apoya en la tesis de que el matrimonio fue uno de los pilares de la sociedad colonial americana, mecanismo de control de la sexualidad y a la vez garantía de las distinciones sociales y económicas entre españoles, negros, indígenas y mestizos. Lo que Eulalia calcula ante la repisa no es una manía de solterona: es la posición de una mujer dentro de ese mecanismo.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Mide la ciudad en la que esa casa podía existir y pone en cifras lo que el cuento da por supuesto: que casar bien a cuatro hijas era el negocio de una familia. El estudio reconstruye la Cartagena colonial sobre el censo de 1777 y describe una sociedad de vecindario cerrado, con una élite peninsular y criolla pequeña y endogámica dentro del cordón amurallado. Es lo que vuelve verosímil el cálculo de Eulalia —no pide un buen marido, pide no ser la última— y lo que explica que el orden de casamiento entre hermanas fuera un asunto público del que hablaba media ciudad.

  2. Cartagena de Indias · Ciudades Patrimonio de la Humanidad

    cvc.cervantes.es

    Sirve para comprobar, fuera del cuento, que los dos hitos urbanos que la autora usa como decorado existen y están donde ella los pone. El conjunto patrimonial recorre cuarenta y un monumentos de la ciudad amurallada con fichas de texto real, entre ellos las casas señoriales del barrio de San Diego y la Catedral, y sitúa el caserío colonial de zaguán, entresuelo, aljibe y balcón corrido que el relato describe puerta por puerta. La casa de las de Luna es de la autora; la calle y el vecindario del marqués, no.

  3. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Da el nombre académico a lo que en esta ficha queda como una contradicción sin resolver: que un corpus declarado afrocartagenero no tenga en su primera pieza una sola persona negra. El capítulo analiza cómo la imagen pública de Cartagena somete a su población afrodescendiente a un doble régimen —sobreexposición de unas pocas figuras convertidas en espectáculo y subexposición de todo lo demás, incluida la tradición oral afropalenquera, que queda fuera del retrato de la ciudad—. La casa de las de Luna, el sarao y el sobrino del virrey son el reverso exacto de esa operación: lo que sí entra en el cuadro.

  4. Judith Porto de González, la dama cartagenera que se halla «Al filo de la Leyenda»

    revistametro.co

    Acredita la autoridad con que la autora escribe de la Cartagena colonial y, de paso, explica el tono de este cuento. La semblanza registra que fue miembro de la Real Academia de la Lengua, de la Academia Nacional de la Historia, de la Academia Hispanoamericana de Letras y de las academias de historia de Cartagena, Mompox y Bogotá, y que fue la única mujer que presidió la Academia de Historia de Cartagena de Indias. Recoge además el juicio de Alberto Montezuma Hurtado sobre «Al filo de la leyenda»: un libro lleno de gracia, escrito amorosamente, con visible propósito de homenaje filial y emoción sostenida. Ese propósito de homenaje es lo que hace que la burla a Eulalia nunca sea cruel.

  5. Los 90 años de la escritora Judith Porto de González

    eluniversal.com.co

    Aporta el dato biográfico que da otra lectura, más incómoda y más interesante, a un cuento sobre cuatro hermanas a las que se compara entre sí. La crónica, escrita al cumplir la autora noventa años, refiere que nació en 1922 en una casa esquinera de la calle de Baloco, que empezó a escribir cuentos a los catorce, que su primer libro, «A caza de infieles», ganó en 1949 el Premio Nacional de Literatura convocado por el Concurso Nacional de Belleza —con un jurado en el que estaba Clemente Manuel Zabala— y que en 1940 fue coronada reina de carnaval de la organización Happy Boys. La mujer que escribió el drama de no ser la elegida había sido, ella misma, la elegida.

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«La imagen de San Antonio» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La imagen de San Antonio» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La imagen de San Antonio» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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