La llegada de la familia de Luna a Cartagena de Indias fue un acontecimiento que marcó la historia de la ciudad con un halo de antiguo esplendor. Provenientes de un linaje que se remontaba a las glorias concedidas por doña Isabel La Católica a don Ruy de Luna, la familia se instaló en una imponente casa de la calle de la Factoría, cerca de la morada del marqués de Valde Hoyos. La mansión, con su gran portón de aldabón de leones de bronce y un amplio zaguán que conducía a una majestuosa escalera, reflejaba la herencia de un título de marqués que portaban con dignidad.
La casa bullía de energía gracias a las cuatro hijas de la familia, cuyas edades oscilaban entre los 12 y los 18 años. Las niñas, cuyas manos eran famosas por producir los bordados más exquisitos que jamás se hubieran visto, mantenían la residencia en un perpetuo estado de alegría y celebración. En la gran sala de recepciones, decorada con un lujo austero, se llevó a cabo la primera boda de la segunda hija, María, uniendo su vida con el hijo de uno de los comerciantes más prominentes del país, don Alfonso Portocarrero.
Eulalia, la mayor de las hermanas, quién contaba con dieciocho años, había gastado sus juveniles oraciones en San Antonio, rogándole cada noche que le enviara un esposo deseado. Sin embargo, cuando Miguel Portocarrero apareció en escena, cruzando la calle de una esquina a otra, el destino parecía sordo a sus plegarias, pues en el sarao en casa de Alfonso, sus atenciones se centraron en María.
La imagen de San Antonio, por tanto, fue trasladada por Eulalia al entresuelo, donde diligentemente cosía y bordaba, soñando ansiosa con el caballero que conquistaría su corazón. A medida que el tiempo avanzaba, la casa se preparó para una segunda boda, pues Sara, la tercera de las hijas, había capturado el afecto del joven médico Juan García.
La preocupación comenzó a nacer en el corazón de Eulalia, a pesar de sus risas y alegría. En más de una ocasión, preguntó a su madre si realmente poseía la belleza que otros veían en ella, a lo que su madre siempre respondía con palabras reconfortantes, que Eulalia era, sin duda, la más hermosa.
Durante los días de la Semana Mayor, un nuevo visitante llegó a la ciudad, el sobrino del Virrey Antonio Flórez. Durante la Misa Mayor en la Iglesia de Santo Domingo, sus ojos se posaron en las hermanas de Luna, quienes píanamente acompañaban a sus padres. La madre astuta, aprovechando cada ocasión, manipuló hábilmente a Mercedes, la menor, dejándola en el balcón para que el caballero fijara su atención en Eulalia. Pero, como narran las hilaturas del destino, el santo del que Eulalia esperó tanto, pareció jugarle una última broma cruel.
Una tarde, con el temple sereno de quien está agotado de esperanzas inútiles, Eulalia entró al entresuelo y postrada ante San Antonio, le dio un plazo definitivo: su paciencia se había agotado, y amenazó con no rezarle nunca más si el sobrino del Virrey no se convertía en su esposo.
Al día siguiente, el anuncio de María, que había asistido a una cita en la casa del Virrey, trajo el mazazo final: fue Mercedes, la menor, quien, sin saberlo, había capturado el corazón del sobrino. Desesperada, Eulalia buscó refugio en el entresuelo, donde en un impulso irracional, tomó la imagen del santo y la lanzó por la ventana.
Un inesperado sonido de pasos precipitados resonó en el zaguán. Un joven militar, elegante en su porte, apareció en la casa, con el rostro pálido y herido visiblemente por el impacto del santo caído. Sorprendida, y con el corazón en tumulto, Eulalia admitió ser la autora del inesperado golpe al santo caído.
El caballero dejó entrever su nombre, Antonio, justo como el de San Antonio, despertando un dejar que era aquel con quien había conversado en sus pensamientos infinitas veces. Conmovida por la ironía del destino y la presencia tangible de su esperanza en aquel hombre, Eulalia nunca olvidó cómo la llevó a él un acto tan impulsivo y desesperado.
Antes de que Mercedes se uniera al ilustre sobrino del Virrey, Eulalia celebró su unión con el Brigadier de la Armada Española, don Antonio del Castillo. La boda fue un evento de magnitud extraordinaria que rivalizó con las anteriores, llenando los salones de la majestuosa mansión con magnificencia, risas y la amorosa bendición del santo que, con juegos de las decisiones y descuidos del corazón, había cumplido al fin su promesa. El mito se realizó en un ciclo de destinos tejidos entre la fe y el humor caprichoso de los acontecimientos celestiales.
Historia
La versión proporcionada relata una historia de desamor, frustración y eventual fortuna ligada a la figura de San Antonio. La historia transcurre en Cartagena de Indias, en la majestuosa mansión de la familia de Luna de origen noble. Eulalia, la mayor de las hermanas, reza a San Antonio por un buen esposo, pero sus hermanas menores se casan antes que ella. Tras otro desengaño amoroso con el sobrino del Virrey, Eulalia lanza una estatua de San Antonio por la ventana, golpeando accidentalmente a un militar llamado Antonio, quien termina siendo su prometido. Finalmente, se casa con el Brigadier de la Armada Española, don Antonio del Castillo. La narración captura la creencia en la intercesión de santos y conecta el acto de desesperación de Eulalia con la llegada inesperada de su futuro esposo, formando un mito acerca de la intervención divina en el amor.
Este mito sugiere que las súplicas a San Antonio, el santo a quien se reza para encontrar pareja, pueden eventualmente conducir al amor deseado de formas inusuales.
Versiones
El análisis de las versiones del mito de la familia Luna en Cartagena de Indias revela un relato de aspiraciones y anhelos, centrado en Eulalia, la hermana mayor. En el texto resaltado se presenta una narrativa que combina elementos de esperanza, frustración, y un giro de destino inesperado. Por un lado, la importancia del linaje y el entorno social se reflejan desde la llegada de la familia a la ciudad, enfatizando su nobleza y prestigio. Este contexto marca un trasfondo donde los matrimonios ventajosos son un objetivo central para las hijas, simbolizando el éxito social de la familia.
Por otro lado, las diferencias entre las versiones enfatizan los matices del destino personal de Eulalia, quien se muestra como una figura central en la espera del amor deseado. Su devoción y súplicas a San Antonio contrastan con las realidades inmediatas de sus hermanas menores que encuentran pretendientes con aparente facilidad. La narrativa del dialogo íntimo de Eulalia con el santo añade un elemento casi mágico, que finalmente culmina en una resolución irónica y sorpresiva con la intervención de don Antonio del Castillo. Este desenlace, al ser tan inesperado, sugiere un juego del destino y el ingenio que reordena las expectativas personales y familiares, ofreciendo una lección sobre la paciencia y la fe, aunque dentro de un marco tradicional donde la culminación feliz se logra a través del matrimonio.
Lección
La paciencia y la fe pueden conducir a resultados inesperados.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos donde los dioses intervienen en los asuntos humanos, como en el mito de Eros y Psique.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



