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La escalera del cielo

El mito catío narra cómo Caragabí retiró la escalera mágica que conectaba la Tierra con el cielo tras el pecado original.

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Ilustración de La escalera del cielo

En los albores del tiempo, cuando los primeros hombres caminaban entre la reverberante espesura de la tierra, existía una conexión visible y palpable entre ellos y el sagrado firmamento. En esos días mágicos, Caragabí, el creador venerado por los catíos, había dado al mundo una escalinata de cristal que ascendía desde el suelo hasta los vastos cielos. Sostenida por dos flores místicas cuyas corolas resplandecían como diminutas constelaciones, la escalera permitía a los hombres subir y conversar con él y gozar de la felicidad prometida a los que vivieran según sus preceptos.

Las almas descendían desde los antiguos cielos en forma de notas musicales, inundando el aire con dulces melodías celestiales que se mezclaban con el canto de los pájaros, las corrientes del agua y el susurro del viento. En aquel entonces, el cielo no se encontraba tan apartado de la tierra como ahora, y el espíritu de los hombres se deleitaba con aquella cercanía que hacía latir su corazón al unísono con el universo.

Pero el pecado, esa sombra que se desliza silenciosa entre los deseos del hombre, se cernió sobre ellos. Algunos cuentan que la transgresión de los primeros hombres surgió de un anhelo carnal desmedido; la fornicación, un acto que desvió el camino trazado por Caragabí. Y hubo una mujer, cuya naturaleza pecadora la llevó a subir por la escalera para encontrarse con el creador. El niño que había llevado en su vientre, nacido de aquel pecado, extendió sus pequeñas manos al aire, tocó una de las flores mágicas, y en ese instante preciso, la escalera se precipitó desde los cielos.

Aquellos que habían avanzado lo suficiente lograron alcanzar el refugio del cielo antes de la caída; pero los que no, cayeron de nuevo a la tierra, condenados a vivir en el exilio de esa conexión directa que antes disfrutaban. Caragabí, en su tristeza y su ira, hizo caer sobre los hombres el manto de la mortalidad, un envejecimiento que escurría por sus cabellos como el agua de coco derramada. Cubrió sus ojos, alguna vez clarividentes, con una mano pesada que les robó la visión del reino celestial al que habían perdido acceso.

Ansiosos por recuperar lo que una vez poseyeron, los hombres decidieron construir su propia escalera. Pero Caragabí, observando con ojo vigilante desde lo alto, no permitió tal insolencia. Derribó la audaz estructura de sus manos y arrojó el cielo aún más lejos, de modo que ni otro intento pudiera jamás alcanzarlo.

Llegada la muerte, las almas viajaban hacia Caragabí, presentándose en una antesala celeste. Aquí, el destino de cada alma quedaba sellado. Las que habían permanecido puras brillaban en un blanco deslumbrante; las pecadoras, en cambio, comparecían ennegrecidas. Caragabí, en su sabiduría y justicia, utilizaba un martillo mágico para golpear suavemente la cabeza de las almas pecadoras, removiendo la costra del pecado hasta que resplandecieran como las demás. Las mismas atravesaban entonces dos baños, uno de agua hirviente y otro de agua helada, purificándose del todo antes de entrar al paraíso.

Sin embargo, había pecados que exigían purgaciones más intensas. Esas almas se veían obligadas a trabajar, igual que jornaleros en el mundo de los mortales, durante meses, años, o incluso décadas, antes de recibir la redención. A los culpables de los pecados más atroces —la fornicación con civilizados, el incesto y el homicidio— les aguardaba un destino más severo. Caragabí, en una muestra de juicio implacable, las convertía en peces y las arrojaba al oscuro abismo del infierno, un lugar donde las aguas no eran de purificación, sino de eterna condena.

Y así, entre la tierra fértil y el imponente e inalcanzable cielo, permanecen los hombres, herederos de las primeras transgresiones, plenos de anhelos y remordimientos, pero aferrados a la esperanza de que, algún día, sus almas puedan encontrar el camino de regreso a ese cielo que perdieron una vez, un cielo ahora distante, pero siempre latente en sus corazonadas y sueños.

Historia

El mito de los catíos relata la creencia en la inmortalidad del alma y la existencia de un Cielo, Infierno y Purgatorio, mostrando ciertos paralelismos con los dogmas cristianos. Caragabí, el creador, hizo a los hombres mortales pero les prometió una vida eterna y feliz si seguían sus preceptos. Originalmente, los catíos podían comunicarse con Caragabí a través de una escalera maravillosa que llegaba al cielo, hecha de cristal con barandas de metal bruñido y apoyada en dos flores hermosas. Sin embargo, cuando los primeros indios pecaron (su pecado fue la fornicación), Caragabí les retiró la escalera y la visión prodigiosa, y comenzó el proceso de envejecimiento derramando agua de coco sobre ellos.

El mito incluye una historia en la que intentaron construir una escalera para escuchar las melodías celestiales, pero Caragabí, enfurecido por su rebeldía, los derrumbó y alejó el cielo más lejos. Después de la muerte, las almas se presentan ante Caragabí y son juzgadas; las almas pecadoras deben pasar por un proceso de purificación que puede durar desde un periodo corto hasta muchos años. Sin embargo, hay pecados graves como la fornicación con civilizados, incesto y homicidio que no pueden ser perdonados, y las almas culpables son transformadas en peces y enviadas al infierno.

Este mito refleja las creencias de los catíos sobre la vida después de la muerte y el juicio al que son sometidas las almas, incorporando elementos de su cosmogonía y moralidad.

Versiones

El mito catío presenta varias diferencias en las narraciones sobre el papel de Caragabí y las consecuencias del pecado original. En una versión, los humanos fueron creados mortales por Caragabí, quien les prometió una vida eterna y feliz si obedecían sus preceptos. Sin embargo, cuando pecaron, Caragabí retiró una escalera mágica que conectaba la Tierra con el cielo, impidiendo así su acceso al paraíso. Esta versión enfatiza la proximidad inicial entre lo divino y lo humano, ilustrada por la proximidad del cielo y la música celestial, y cómo este vínculo se rompe por la desobediencia humana. Caragabí utiliza castigos físicos y simbólicos, como el agua de coco que provoca el envejecimiento, para marcar las consecuencias de esta transgresión.

Otra interpretación del mito pone más énfasis en las acciones humanas, sugiriendo que los indios intentaron construir su propia escalera hacia el cielo motivados por los cantos celestiales. Este acto de desafío lleva a un castigo más severo, donde Caragabí, indignado por la rebeldía humana, aleja el cielo aún más, asegurando que no se repita el intento. Además, el tratamiento de las almas pecadoras después de la muerte introduce una diferenciación en la gravedad de los pecados, con un proceso de purgación más elaborado. Mientras que algunos pecados pueden ser expiados mediante trabajos forzados antes de entrar al cielo, otros, como la fornicación con civilizados, incesto y homicidio, no tienen redención posible y llevan a la condenación eterna. Esta variación refleja un enfoque más detallado y moralmente categorizado sobre el juicio y castigo de las almas en el más allá.

Lección

La desobediencia a los preceptos divinos conlleva la pérdida de la conexión celestial y la imposición de la mortalidad.

Similitudes

Se asemeja al mito de la Torre de Babel por el intento humano de alcanzar lo divino y al mito del Juicio Final en la mitología cristiana por el proceso de purificación de las almas.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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