
Andina · Mestizo
La cueva del diablo
Descubre la historia del arriero Mateo y su encuentro sobrenatural en los límites de Los Santos y Piedecuesta.
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El relato
En los laberintos jadeantes de la sierra escarpada, donde el viento tornaba en susurros las fábulas del tiempo, Mateo vivía aferrado a las riendas de la arriería como un general de su ejército peculiar. Su familia, siempre al compás de las estaciones, compartía techo y cuento con las famosas mulas bautizadas: La Ojigacha, La Chenga, y otras de nombres resonantes como las campanas de un pueblo perdido. En La Hacienda, la tierra y sus prodigios se vestían de misticismo: yuca que acariciaba el paladar, millo que cantaba los secretos del suelo, legumbres de la fertilidad sagrada, tabaco como susurro de otras realidades, y pepe de tártago que los antiguos sabían, podía entenderse como una promesa embrujada.
Hacia 1850, como mensajero entre dos mundos, Mateo cargaba sus mulas con los frutos y vicios de aquella tierra prometida. Atravesaba caminos serpenteantes de San Rafael a Piedecuesta, siempre con un destino humilde pero esencial en la economía de la región. Ese camino ocultaba, más allá del horizonte, los territorios de la leyenda, allí donde los hombres probaban sus miedos al enfrentar lo insólito y sobrenatural en cada vuelta de la ruta.
La Tierra susurraba, antes de llegar al lugar denominado La Piedra del Catón, que la historia tenía su ritmo. Pasando más allá de La Curtida se alcanzaban las Lomas del Ventorrillo, un balcón natural desde donde el sentido común titubeaba y se abría a lo inexplicable. Desde aquellos bordes, el mundo parecía desplegarse como un tapiz tejido con secretos de omnisciencia.
Mateo conocía la melodía de las quebradas y el habla insonora de Pata de Peña. Por ello, cuando llegaba a la Quebrada Salvavidas, donde las aguas de Chicamocha acariciaban Chamarral o Bejucadas, sabía que estaba pisando el umbral del mito vivo. Y ahí, encaramado en el linde de lo invisible, el diablo se mecía y reía con carcajadas que envolvían el aire; carcajadas que el viento desplegaba como un abanico de miedo.
Quien alcanzaba el campo de la presencia demoníaca sentía el resoplo de un aroma de azufre e incienso, una danza olfativa que anunciaba la proximidad del espectro burlón. Mateo lo había narrado con voz contenida, relatando cómo su piel de arriero curtido se estremecía en aquel instante ineludible. Los cien metros antes del encuentro constituían una frontera en sí misma, un umbral invisible que encogía el alma de quien se aventuraba a cruzarlo.
Los árboles allí no eran meros testigos pasivos; se desgarraban en una coreografía dolorosa, caían uno tras otro, y el polvo y humo se elevaban como almas añorantes al paso del diablo. Sin embargo, continuar el camino, desandar el miedo, era como alejarse de un sueño oscuro: al retroceder unos trescientos metros hacia la cima, todo se disolvía en la nada, y el bosque permanecía inalterado, ajeno y sereno, como si nada sobrenatural hubiese acontecido.
Aquellos caminantes temerosos dejaban al diablo en sus dominios, pasaban al Alto de Arenas, y encaminaban sus pasos hacia Piedecuesta, quizá en busca de un respiro, rogando que la bendición del río descendiera o que el camino de Las Peñas de Salvavidas se abriera generoso para alcanzar la Mesa de Los Santos.
Y así, una y otra vez, la historia de Mateo y sus mulas bañadas de épica resonaba en cada piedra y arroyo del contorno. La tierra misma la cantaba, y en cada rincón, aquellos que la cruzaban sabían que el mito despertaba del letargo al amanecer, repitiéndose como un ciclo eterno y mágico en los límites de Los Santos y Piedecuesta. Aquellas caídas de Pescadero, aquellas voces susurrantes, se tejían en el aire dando vida a una realidad donde humano y divino hallaban su balance, donde todo comenzaba, como siempre, en un pequeño punto de encuentro llamado El Granero, hacia el Alto de Arenas, donde el alma se aventuraba a descubrir lo que el mundo ocultaba entre sombras y leyendas.
La enseñanza
“El miedo a lo desconocido puede ser superado con valentía.”
Territorio
Andina · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Andina
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 6.98789° · -73.04953°
Contexto histórico
El mito se desarrolla en la región de los límites de Los Santos y Piedecuesta, conocida por las caídas de Pescadero. Se centra en un personaje llamado Mateo, un arriero que vivía en un lugar llamado La Hacienda, quien transportaba productos locales en el año 1850 con sus mulas hacia Piedecuesta. En su camino, cruzaba lugares como La Piedra del Catón y La Curtida, y debía atravesar una quebrada cerca del Chicamocha, donde se decía que aparecía el diablo. Mateo relataba que al ver al demonio, experimentaba un fuerte olor a azufre e incienso y observaba cómo este se movía rápidamente, causando temor. Sin embargo, al regresar, no quedaba evidencia de destrucción. Los viajeros temerosos evitaban el lugar deseando dejar al diablo atrás. La historia se repetía constantemente, alimentando la leyenda local.
Otras versiones y matices
Variaciones, precisiones y límites documentales para quien quiera profundizar.
- 01
El análisis de la leyenda del arriero Mateo presenta una sola versión, por lo que no es posible comparar diferentes relatos del mito en este contexto. Sin embargo, un examen detallado de esta versión singular revela aspectos clave que podrían variar en otras interpretaciones de la misma historia. En este relato, Mateo es un arriero cuya ruta lo lleva a través de lugares específicos marcados por topónimos como La Piedra del Catón y La Quebrada Salvavidas, lo que podría cambiar en otras versiones que resalten diferentes ubicaciones o detalles geográficos dependiendo de la procedencia regional de la historia.
- 02
Asimismo, el encuentro con el diablo, descrito como un ser que se desliza entre los árboles, dejando sonido de risas y un fuerte olor a azufre, agrega elementos visuales y sensoriales significativos que podrían diferir en otras narraciones. La descripción del entorno tras el paso del diablo, con árboles desgarrados y nubes de polvo y humo que luego desaparecen, sugiere un fenómeno que podría variar en intensidad y consecuencias en otras versiones. Estas narrativas posiblemente integrarían diferentes niveles de interacción entre los personajes y el entorno o podrían incluir variaciones en las reacciones psicológicas de los testigos al fenómeno, ofreciendo así una rica gama de posibles reinterpretaciones de la leyenda.
Procedencia
La procedencia cultural de este relato está clasificada y es la que aparece abajo. Lo que todavía no tiene es bibliografía publicada.
- Clasificación
- Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
- Última revisión
- 22 de julio de 2026
Cómo documentamos cada relatoAportar una fuente
Una clasificación no es una cita, y no la presentamos como si lo fuera: mientras no haya una referencia contrastada, este relato se lee como versión editorial de una tradición viva.
Si usted conoce una crónica, un estudio o un registro comunitario que documente este mito, puede proponerlo y lo revisamos.
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¿Así te la contaron?
«La cueva del diablo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «La cueva del diablo» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «La cueva del diablo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.









