Desde tiempos inmemoriales, en el corazón de las verdes llanuras donde el sol se abría paso a través de un cielo eternamente azul y la tierra resonaba con las melodías del río, el poblado se alzaba en ferviente expectativa. En cada piedra, en cada hoja, vibraba el eco de una historia que se repetiría con la misma intemporalidad del ciclo solar.
Era la mañana de la gran competencia, un ritual ancestral que se celebraba para inaugurar el majestuoso templo del sol, una estructura cuyas bases habían sido forjadas con los cuerpos de cuatro jóvenes, simbolizando el sacrificio y la comunión con los dioses. Sobre él, inmensas toldas de algodón ondeaban en el aire, mientras su interior refulgente, recubierto de fique, acogía las estatuas del dios Bochica y la diosa Bachué, protectores y madres de los chibchas.
Sesquilé se alistó primero aquella mañana. Mientras el pregonero anunciaba el inicio de las competencias bajo el venerado mando del zipa, Sesquilé enfundó su cuerpo en una tela de algodón ajustada a la cintura y con hierbas del bosque pintó su rostro de rojo, transformándose así en uno con la historia, con la tierra que lo vio nacer. Era el llamado del deber, pero también era el susurro de un deseo profundo, pues Sesquilé estaba enamorado. Su corazón latía tanto por su pueblo como por Tiniacá, la joven que había observado con amor mientras ella lavaba mantas junto al río, su cabello negro ondeando como las aguas mismas, sus ojos brillando como la noche cargada de misterios.
Un deseo que había sido respondido. Tiniacá, cuyo nombre era una poesía en movimiento que significaba "pluma baja", había aceptado los regalos de Sesquilé para pedir su mano, en un proceso tan antiguo como los relatos de los antepasados. La segunda manta enviada, acompañada de medio venado, fue la que abrió las puertas a su anhelo, y esa misma noche encontraron la señal que confirmaría su amor: la totuma de chicha que ella le extendió y que él bebió con avidez. Era un pacto silencioso, un compromiso de almas bajo el resplandor de las estrellas.
Sin embargo, antes de que ese amor floreciera oficialmente, Sesquilé tenía una carrera por ganar. Cuarenta jóvenes se congregaron ante el cercado del zipa, donde la emoción flotaba en el aire, denso y palpitante. El ruido de caracoles y pitos anunció la partida; los corredores se lanzaron, ágiles como venados, a través de un horizonte que se llenaba de polvo bajo el sol que todo lo veía y todo lo bendecía.
Eran más de cincuenta kilómetros los que debían recorrer, un circuito que demandaba lo mejor de cada hijo del bosque y de las montañas. El firmamento observaba la gesta con un brillo particular, tal vez el brillo cómplice de Bochica, observando desde su postrada figura dentro del templo.
Mientras el zipa, envuelto en el resplandor de su silla de oro y esmeraldas, observaba la llegada al templo, transpiraba una dignidad que se extendía hacia su pueblo como un manto espiritual. Y a su lado, la esposa elegida miraba, participando de ese acto que era más que una simple celebración, era el latido mismo de su cultura.
De los treinta que salieron, sólo diez jóvenes llegaron a alcanzar la meta. Sesquilé fue uno de ellos, un testamento no solo a la fuerza de su cuerpo sino también a la tenacidad de su corazón. No ganó la diadema de oro, pero sí recibió de manos del zipa la imagen dorada del dios Chibchacún, el guardián de los labradores, que simbolizaba su vínculo con la tierra y su dedicación.
Cuando el sacerdote, revestido en multicolores plumas, preguntó a Sesquilé y Tiniacá si el amor brillaría más que sus devociones, sus respuestas fueron tan firmes como los peñascos que bordeaban sus hogares. El amor entre ellos se consumó en una ceremonia donde el futuro se forjó en las palabras y la mirada compartida. La celebración del pueblo se extendió por tres días, una fiesta de danzas y chicha, bajo la mirada atenta del zipa, que comprendía que en esos ritos se preservaba el alma del pueblo.
Así, Sesquilé y Tiniacá, con la bendición de los dioses y el aplauso de su gente, se adentraron en la senda de lo posible, abrazados por una historia que resonaría por siempre en el eterno ciclo de los días... La historia de un pueblo que, bajo el auspicio del sol, unía sus destinos en cada carrera, en cada amor, en la vasta y mágica eternidad.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Las dos primeras versiones del mito, presentadas de forma casi idéntica, se centran en la celebración de una competencia deportiva en la que Sesquilé participa. Esta carrera es parte de los eventos que rodean la inauguración del gran templo del sol, lo que se describe con detalle, desde la arquitectura del templo hasta las figuras religiosas adornándolo. En este contexto, el énfasis está en el aspecto ritual y comunitario, resaltando la importancia cultural de las competencias y la figura del zipa como un líder que premia a los ganadores. Ambas versiones terminan con la celebración de una fiesta que el zipa decreta que durará tres días, pero no se centran mucho en el aspecto personal o emocional de los participantes, más allá de breves menciones a sus logros.
La tercera versión del mito cambia drásticamente de enfoque, centrándose en la historia personal de Sesquilé y su deseo de casarse con Tiniacá. Este relato explora las costumbres del matrimonio en la cultura chibcha, involucrando la interacción con la familia de la novia y las ofrendas necesarias para obtener el consentimiento. La narrativa se desarrolla alrededor de la relación romántica de Sesquilé, incluyendo sus sentimientos y el proceso ceremonial de matrimonio por el sacerdote, diferenciándose de las otras dos versiones al ofrecer una visión íntima y personal del protagonista, en lugar de centrarse en una celebración colectiva. Por lo tanto, este relato no solo introduce nuevos personajes y una trama diferente, sino que también ofrece una profundidad emocional y un contexto social que las otras versiones no presentan.
Lección
El amor y la dedicación personal son tan importantes como los logros comunitarios.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos de héroes que deben superar pruebas para alcanzar sus deseos personales, como el mito de Atalanta.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



