La clave de la felicidad

Caribe · Mestizo

La clave de la felicidad

Un piano que parece tocarse solo conduce a Isabelita hacia un mensaje de amor; música, ausencia y fantasma forman la clave del desenlace.

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El relato

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Después del sitio del Pacificador Morillo, cuando todo volvió a la normalidad, la familia Navarro regresó a su casa de la calle de la Soledad, tras doce años en el interior. Isabelita, la menor, tenía dieciocho años, y lo primero que hizo al entrar, en una casa todavía llena de murciélagos, fue abrir el piano.

—Muy desafinado. Me encantaría que tocaras en el Palacio del Gobernador.

—Ya sé que es tu mayor ilusión. Yo lo que quisiera es irnos a Italia, a estudiar música.

—Para eso hace falta dinero, y está tan escaso.

Remozaron la casa. Por las tardes venían visitas y se hablaba del sitio: de lo que hubo que comer, desde suelas de zapatos hasta perros y gatos, y de los tesoros que las familias ricas escondieron y nunca aparecieron, porque sus dueños murieron o no volvieron. Por eso, decían, salen ánimas en pena en las casas deshabitadas.

Y cuando no, de posibles novios.

—Mamá, ¿y qué dices de Ernesto Reguel?

—Ni me hables. A ese catalán no lo puedo ni ver. No quiero saber de españoles.

—Anoche le dio serenata y tuve que arrancar a Isabelita de las celosías. Y vive al lado: por eso puse las matas de claveles en el balcón, para no verlo.

—Madre, si usted se pone así va a lograr que se enamore de él.

—Las niñas bien no se casan sino con quien escogen y bendicen sus padres.

Isabelita se sentó al piano y tocó una romanza triste, como siempre que le hablaban mal de él.

Esa noche, empezando a dormirse, oyó el traqueteo de la tapa del piano al levantarse. Y luego las notas de la romanza que había tocado esa tarde.

Desde el cuarto contiguo, su madre preguntó qué desplante era ese a medianoche.

—¡No soy yo, madre!

Hubo ataque de nervios, agua de melisa y todas las lámparas encendidas. Las mujeres de la casa dijeron que no tenían oídos para ese muerto, y la mayor sentenció que sería un entierro que le anunciaban a la familia.

Unas noches después los acordes volvieron a sonar, y en ese revuelo Ernesto Reguel pasó con sus dos hermanas a ver en qué ayudaba. Buscaron por todos los rincones y no hallaron nada.

El muerto se hizo familiar. Los hombres se turnaron y decidieron preguntarle qué quería.

A los diez días apareció sobre el piano un papel escrito en rojo, como con sangre: «Quiero hablar con Isabelita».

Ella se negó. Le dijeron que a lo mejor esa alma necesitaba oraciones, o quería dejarle un entierro.

—¡Pues lo pierdo! Iré a misa a rezar por ella.

La semana de misas no bastó. Volvió la romanza, y al día siguiente otro papel: «Me urge hablar con Isabelita o tendré que llamarla a su cama».

En consejo de familia acordaron que ella le escribiera. Preguntó qué quería, y la respuesta apareció en el piano: que fuera a la muralla de las Bóvedas a las seis de la tarde a rezar siete Padre Nuestros durante siete días, sin compañía, y le daría la clave de la felicidad.

Fue con dos nodrizas y rezó los primeros siete. Al otro día, otro mensaje: que fuera sola. Se atrevió, y esa noche el fantasma tocó más que nunca.

La última noche, sus padres le preguntaron si ya tenía la clave.

—Creo que sí. He hablado todas las tardes con Ernesto, y hoy me ha propuesto hablar con ustedes, porque quiere llevarme a Italia a estudiar piano.

—¡Qué atrevimiento! Le habrás dicho que no.

—Le dije que sí, porque el fantasma me dio este papelito.

El padre leyó: «La felicidad, Isabelita, la encontrarás al lado de Ernesto. Casaos enseguida».

Hubo agua de melisa para los padres, pero ante un mandato del otro mundo no objetaron.

Se cuenta que más tarde tocaban la romanza a cuatro manos, con tal arte que los invitaron al palacio del Gobernador.

La clave de la felicidad: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Cuando una prohibición cierra el balcón, el cortejo entra por donde nadie se atreve a mirar.”

Territorio

Caribe · Mestizo

Caribe · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4236° · -75.5333°

Ficha del relato

Contexto histórico

Ésta es la pieza que cierra el conjunto de leyendas cartageneras de Judith Porto de González, y la única que transcurre después de la guerra. Empieza con una familia que vuelve a su casa tras doce años de emigración al interior, se abre con un piano desafinado en un caserón lleno de murciélagos y termina con una invitación a tocar en el palacio del Gobernador. Ocupa los folios 408 a 413 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993. La sección veintiocho reproduce allí «Al filo de la leyenda» por sus páginas 29 a 199, contadas sobre la impresión cartagenera de 1982 —la de la Imprenta Departamental, porque el libro en sí es de 1962 y lo sacaron los Talleres El Marinero, con reediciones de Colgráficas en 1979 y de Plaza & Janés en 1989—, y declara en el folio 359 que el conjunto recoge leyendas de la tradición oral de la población negra de la ciudad, con una redacción literaria del lenguaje popular.

Ese enunciado se ve trabajando dentro del texto, y conviene decir cómo. Las únicas voces que la autora transcribe con ortografía fonética, marcando el habla, son las de las sirvientas negras de la casa; las señoras hablan en castellano normativo. Y son ellas, además, quienes aportan la lectura sobrenatural del suceso: que debe de ser un entierro que alguien quiere anunciar. El recurso es cómico y va a costa de esas mujeres, así que aquí se conserva lo que dicen y no la grafía con que la autora las hace decirlo.

Hay otra cosa que la obra pone a la vista y que suele leerse como color local. La prohibición que mueve toda la trama es un rechazo étnico: la madre no quiere saber de españoles después del sitio, y por eso pone matas de claveles en el balcón para no ver al vecino. El cuento lo trata como un capricho pintoresco. Es el prejuicio de posguerra de una familia criolla, y como tal se cuenta.

Del tiempo, la fuente da poco: «después del Sitio del Pacificador Morillo» y «después de doce años de ausencia». No hay año, y ponérselo sería añadir una precisión que el texto no tiene.

Resonancias con otros mitos

El primer paralelo es de comedia y muy viejo: el falso aparecido al servicio de un galán. En el teatro de enredo europeo, la casa con fantasma es el escondite perfecto porque nadie se atreve a registrarla, y quien finge el ruido consigue que la familia entera colabore en su propio engaño. Lo que esta versión añade es el instrumento: el espectro no arrastra cadenas, toca el piano, y toca precisamente la pieza que ella interpreta cuando le hablan mal de él.

El segundo parentesco es de motivo religioso popular: la penitencia con número y plazo. Siete padrenuestros durante siete días, a una hora fija y en un lugar fijo, es la forma exacta que toman las promesas y las mandas en el catolicismo popular hispanoamericano, y por eso la familia no sospecha: lo que el papel pide se parece a lo que pediría un alma en pena de verdad. La cláusula «sin compañía» es la única que desentona, y es la que hace el trabajo.

El tercero es la orden venida del otro mundo como argumento de autoridad frente a los padres. El matrimonio concertado tiene, en la narrativa tradicional, pocos adversarios capaces de vencerlo: un rey, un santo, un muerto. Aquí el obstáculo no se derrota discutiendo, sino cambiando la jurisdicción, y unos padres que acaban de declarar que sólo casan a sus hijas con quien ellos bendigan se quedan sin nada que responder ante un papel escrito en rojo.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato deja las piezas del enigma a la vista y no dice el nombre en voz alta, y ahí está su gracia. Lo que monta no es una historia de aparecidos sino una estratagema de cortejo contra una prohibición familiar: el vecino toca la guitarra, ha dado serenata, entra en la casa aprovechando los revuelos nocturnos, y los papeles del supuesto muerto sirven exactamente para dos cosas, sacar a la muchacha sola a la muralla siete tardes seguidas y después forzar el consentimiento de los padres. La clave de la felicidad resulta ser que ha estado viéndose con él.

  2. De ahí se sigue que el tesoro no es una línea del cuento. Los entierros del sitio aparecen sólo como conversación de tertulia, y el hermano los menciona una vez en broma. El fantasma nunca ofrece un tesoro: ofrece una clave, y la clave es un matrimonio.

  3. Hay un detalle que no debe leerse como travesura. La segunda nota es una amenaza de entrar en la cama de una muchacha de dieciocho años, y funciona: es lo que la decide a obedecer y a salir sola. El texto la presenta como un recurso gracioso del cortejo y aquí se nombra por lo que es.

  4. En cuanto a quién sostiene cada versión, el reparto es nítido. Las sirvientas dicen que es un entierro. El hermano se ríe. La madre tiene ataques de nervios y no distingue si el toque era bonito o feo. La muchacha, desde la primera noche, dice que tiene miedo pero que le pareció muy bello. Y los padres, que habían jurado que las niñas bien sólo se casan con quien ellos escojan, aceptan sin objetar en cuanto la orden viene firmada desde el otro mundo.

  5. El desenlace, además, cumple de rebote el deseo inicial de la madre: los dos acaban tocando a cuatro manos y los invitan al palacio del Gobernador.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
8
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Cierra el conjunto en los folios 408 a 413 y es la única fuente del relato, la única pieza que transcurre después de la guerra y la que más cambia al leerse entera. Sólo aquí constan el regreso de la familia tras doce años de emigración al interior, el piano desafinado en un caserón lleno de murciélagos, y la mecánica completa de la estratagema: el vecino toca la guitarra, ha dado serenata, entra en la casa aprovechando los revuelos nocturnos, y los papeles del supuesto muerto sirven para dos cosas, sacar a la muchacha sola a la muralla siete tardes seguidas y después forzar el consentimiento de los padres. La clave de la felicidad resulta ser que ha estado viéndose con él. Sólo aquí consta también la segunda nota, que amenaza con entrar en la cama de una muchacha de dieciocho años y es lo que la decide a obedecer, y la prohibición que mueve la trama: la madre no quiere saber de españoles después del sitio.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Aquí su nota se puede ver trabajando dentro del texto, y conviene decir cómo. El folio 359 declara que la sección veintiocho recoge leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena y que lo impreso es «una redacción literaria del lenguaje popular»; en esta pieza las únicas voces que la autora marca con ortografía fonética son las de las sirvientas negras de la casa, y son ellas, además, quienes aportan la lectura sobrenatural del suceso —que debe de ser un entierro que alguien quiere anunciar—. El recurso es cómico y va a costa de esas mujeres: la declaración de origen y el trato que el texto da a las personas que lo encarnarían se contradicen en la misma página. La antología es también lo que permite retirar la atribución a Martínez Fajardo.

  3. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Enumera, desde una investigación patrimonial, el repertorio de asuntos que esta pieza pone todos juntos en una sola casa. El estudio sostiene que en la prosa de Porto de González aparecen «lo íntimo, la familia, el matrimonio, la sexualidad, la infancia, las formas de sociabilidad y sensibilidad, el carnaval, la fiesta y la embriaguez», y dedica a «Al filo de la leyenda» un apartado sobre relaciones amorosas y encuentros furtivos que alteran el orden social impuesto. El cuento que cierra el libro es el inventario completo: una familia que vuelve, una tertulia, un piano, un cortejo prohibido que entra de noche y unos padres que capitulan.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Ghosts: Folktales of Aarne-Thompson-Uther Types 1676 and 1676B («Real Ghosts and Fake Ghosts»)

    sites.pitt.edu

    Le pone nombre y catálogo al aparato que sostiene toda la trama. La antología agrupa los tipos 1676 y 1676B en torno a la distinción entre el aparecido verdadero y el fabricado, y reúne relatos en que alguien se envuelve en una sábana, se hace pasar por muerto o explota el miedo ajeno. Aquí el fingidor no busca asustar por broma ni por venganza: monta el fantasma para que una muchacha salga sola a la muralla siete tardes seguidas y para que sus padres acepten un matrimonio que habían prohibido. Es la variante utilitaria del tipo, y funciona porque la familia colabora en su propio engaño.

  2. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Permite nombrar con precisión lo que el cuento hace con las dos mujeres que lo sostienen sin figurar en la trama. El capítulo analiza cómo Cartagena sobreexpone unas pocas figuras afrodescendientes convertidas en imagen pintoresca y consumible mientras deja fuera del cuadro su lengua, su tradición oral y sus condiciones reales. En esta página las sirvientas negras son las únicas a quienes se escribe el acento y las únicas que aportan la interpretación sobrenatural del suceso: se las hace visibles exactamente en la medida en que sirven para el efecto cómico, y en ninguna otra.

  3. Espacio Cultural de San Basilio de Palenque · Plan Especial de Salvaguardia

    patrimonio.mincultura.gov.co

    Ofrece el término de comparación para nombrar lo que la autora hace con las voces de las sirvientas. El expediente documenta, con investigación de campo y con la comunidad participando, la lengua y el repertorio oral afrocaribeño del entorno de Cartagena: cómo se habla, quién transmite y en qué situaciones. Puesto al lado de esta página, deja ver que la ortografía fonética del relato no registra un habla sino que la representa, y que el efecto cómico se obtiene poniendo la superstición y el error de pronunciación en las mismas dos bocas.

  4. Paseo de los Mártires (Cartagena de Indias · Paseo)

    cvc.cervantes.es

    Sostiene por qué el rechazo de la madre es verosímil y no un capricho de carácter. La ficha describe el Paseo de los Mártires y los bustos de los nueve fusilados por la represión española tras la reconquista, la memoria pública que la ciudad levantó sobre aquel episodio. La prohibición que mueve toda la trama —no querer saber de españoles después del sitio, hasta el punto de poner matas de claveles en el balcón para no ver al vecino— pertenece a ese clima de posguerra, y la ficha lo cuenta como prejuicio étnico documentado en el ambiente y no como rareza de una señora.

  5. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Fecha y explica el vacío del que el relato arranca: una ciudad a la que sus familias vuelven después de doce años. El libro documenta lo que el sitio de 1815 hizo con Cartagena —«unos dos mil» muertos según su propia cifra, y una caída de población de la que la ciudad tardó generaciones en recuperarse— y sigue esa curva hasta el censo de 1875. Un caserón con murciélagos, un piano desafinado y un vecindario que se reconoce de antes son la forma doméstica de esa estadística.

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«La clave de la felicidad» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La clave de la felicidad» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La clave de la felicidad» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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