En Cartagena, las calles parecían susurrar las memorias de un pasado turbulento. La ciudad, que había sido abrazada por el asedio del Pacificador Morillo, comenzaba a despertar de su letargo. Fue después de doce años de ausencia que la familia Navarro, empujada por el anhelo de regresar a lo que una vez conocieron como hogar, hizo su retorno a través de esas mismas calles.
La casa en la Calle de la Soledad, que había permanecido vigilada por murciélagos y telarañas, se abrió de par en par al regreso de sus legítimos habitantes. Entre ellos, Isabelita, la hija más joven y de una belleza que florecía, poseía la mirada chispeante de quienes aún creen en lo imposible. Lo primero que hizo al cruzar el umbral fue dirigirse al viejo piano. Al levantar la tapa, las notas dormidas volaron como mariposas, despejando el polvo con armoniosos acordes que habían estado esperándola. Su sonrisa, brillante como el sol reflejado en sus ojos, se dirigió a su madre mientras decía:
—¡Madre! ¡Escucha! ¡Aún canta!
—Está desafinado, mi niña —respondió doña Henriqueta, con esperanza—. Pero pronto lo afinaremos, y volverás a tocar como siempre. Quizá, con suerte, tocarás para el Gobernador. ¡Oh, ilusión mía! Ver a tu hija aplaudida por la élite de Cartagena.
Los días se sucedieron con el ritmo constante de quienes recogen los fragmentos de una vida pasada. La casa cobró vida nuevamente con el fluir de labores y música. Isabelita dedicaba sus mañanas a los estudios musicales, mientras que sus tardes estaban reservadas para visitas y charlas interminables con Mariana, su hermana mayor, y sus amistades que se renovaban como los claveles rojos en los balcones.
Las historias de la guerra, sepultadas bajo las risas y el tintineo de copas, resucitaban en conversaciones que aparecían y desaparecían como espectros danzantes. Se contaba que las casas de Cartagena, como oráculos de piedra, hablaban a través de sus fantasmas. En la calle de la Moneda, por ejemplo, las cadenas invisibles contaban su historia al compás de pasos que subían y bajaban escaleras. Mañanita, una amiga de la familia, afirmaba que su esposo decía que no eran fantasmas, sino ecos atrapados en el aire, repitiendo su eterna melodía.
Sin embargo, en la Calle de la Soledad, los relatos de otros encontraban el eco de la realidad. Una noche, mientras Isabelita se debatía entre sueños y la vigilia, esas mismas notas de romanza que había tocado horas antes resonaron por la casa, una emanación de música incorpórea. Doña Henriqueta asaltó las sombras de la noche, buscando a su hija, convencida de que la música perturbadora era obra de Isabelita.
—¡No soy yo, madre! —gritó Isabelita, con el alma palpitándole en las sienes.
La inquietud se convirtió en la nueva inquilina de la familia Navarro. La visita inesperada tras el piano se repitió noches después, en aquel momento en que Pedro y Fernando volvieron de la finca, esperando hallar en casa la calma que no encontrarían. Entre ellos, el rumor del fantasma se hizo carne en el asedio de acordes que competían con las voces de la razón.
Ernesto Reguel, vecino de la familia y objeto del deseo incipiente de Isabelita, cruzó también el umbral involucrándose en la búsqueda del origen material de esas notas. Las noches siguientes, las súplicas de respuestas se encontraron con el silencio implacable del más allá, hasta que un mensaje escrito en tinta que ardía como sangre ordenó con su autoridad espectral: "Quiero hablar con Isabelita".
Para Isabelita, cada encuentro clandestino con la música del espíritu la atraía más hacia un estado de ensueño, como si sus días fueran compartidos entre las sombras de la Sierra y los arpegios del piano. Trazaron, entonces, un pacto de correspondencia cuyo umbral cruzaba más allá de las palabras y las materias.
"Que vayas a la muralla de las Bóvedas a las seis de la tarde a rezar siete Padre Nuestros durante siete días", pidió el espectro, a cambio de revelar un secreto que prometía felicidad. Isabelita, con el valor que se oculta en el alma soñadora de una joven, aceptó el sacramento silencioso. Cada día, su andar hacia la muralla era acompañado por oraciones y la soledad contemplativa que la ciudad empapada de historia confería.
Al séptimo día, bajo el abrazo vespertino del ocaso y los vientos que cargaban los murmullos de anónimos antepasados, Isabelita completó su rito limitado al susurro de sus oraciones. Esa noche, cuando la romanza resonó más clara, Isabelita supo que el momento había llegado.
Reveló a sus padres lo inconfesable: su corazón ya estaba comprometido con Ernesto. Aquel mismo papel que flotaba desde el más allá revelaba: "La felicidad, Isabelita, la encontrarás al lado de Ernesto... Casaos enseguida".
A pesar de la perplejidad y las melisas compartidas entre doña Henriqueta y don Pedro ante semejante mandato, no pudieron sino inclinarse ante el destino que desde la otra línea de existencia se había tejido para ellos. Así fue que Isabelita y Ernesto decidieron construir sobre los ecos de una ciudad donde las sombras y luces de sus historias entretejían lo sobrenatural y lo real.
Se dice que juntos tocaron esa romanza a cuatro manos en el Palacio del Gobernador y que entonces, la música dejó de ser sonido para transformarse en una eternidad que sólo la verdadera felicidad puede reconocer. Y, al final, la historia de Isabelita y Ernesto se sembró en la memoria de Cartagena, como un acorde en pausa esperando ser reanudado con cada nueva generación que descubra en los espectros del pasado, señales de futuro.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
El mito presentado se centra en la historia de Isabelita y su familia tras regresar a Cartagena después del sitio de Morillo. La narrativa se destaca por sus tintes sobrenaturales, especialmente con la introducción de un piano que suena misteriosamente en ausencia de un intérprete humano, sugiriendo la presencia de un fantasma. Una comparación analítica entre posibles versiones resaltaría los elementos que podrían variar en relatos similares. Un aspecto crucial es cómo se percibe el espectro musical: en una versión, el fantasma puede ser visto como una manifestación benigna, buscando traer un mensaje de amor y felicidad, mientras que en otra, podría aparecer como un espíritu inquieto, conectado con un trágico pasado no resuelto en Cartagena. El papel de Ernesto también es un punto de posible variación, dependiendo si su carácter es el de un antagonista catalán sospechoso o un amante sincero cuyo amor es validado por la presencia espectral.
Otra diferencia subyacente podría estar en la reacción de los personajes hacia lo desconocido. En una narrativa, el enfoque en el miedo y la superstición puede ser dominante, donde los esfuerzos se centran en apaciguar al fantasma con rituales religiosos tradicionales, enfatizando un contexto cultural profundamente influenciado por creencias en lo sobrenatural. Alternativamente, otra versión podría dar margen a una mayor curiosidad científica o racionalización, donde personajes como el marido de Mariana podría ofrecer explicaciones más modernas, tratando de desmitificar los eventos a través de teorías sobre resonancias y ecos del pasado. Esta dualidad entre la tradición y la modernidad también podría influir en el desenlace, ya sea que el fantasma conduzca a un descubrimiento tangible o simplemente a un crecimiento personal y realización para Isabelita, validando su amor y talento musical en un mundo post-conflicto.
Lección
La verdadera felicidad se encuentra al seguir el corazón y aceptar lo desconocido.
Similitudes
Este mito recuerda a las historias griegas de oráculos y mensajes del más allá, como las profecías de Delfos, y a los cuentos japoneses de espíritus que guían a los vivos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



