La casa de don Benito

Caribe · Mestizo

La casa de don Benito

Una casa vinculada con Benito de Paz Pinto conserva rumores de aparición y tensiones religiosas que el cuento combina con nombres del pasado cartagenero.

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La casa de don Benito: la entrada del relato

El relato

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Blas Benito de Paz Pinto recibió esa tarde la noticia y se puso a arreglar sus cosas. Lo habían denunciado ante el Santo Oficio.

Era portugués y judío. Había llegado huyendo de la Inquisición, que le apresó a la hermana, al tío y a la novia y los condenó a la hoguera. A ella alcanzó a sacarla del fuego, pero el humo ya la había asfixiado. Antes de morir le hizo prometer que se embarcaría para las Indias y que allí ayudaría a la religión católica. Le cortó dos mechones de pelo rubio.

Cumplió. Talló santos y altares, decoró iglesias y socorrió pobres, esclavos y recién llegados. No le sirvió de nada.

—¡Basilio! Corre y disuelve la reunión. Ábreles la puerta del túnel.

—¿De qué os acusan, señor?

—De relapso. De que siendo judío me bauticé en la religión católica y sigo practicando la ley de Moisés.

Lo habían acusado un hechicero, Diego López, y una mujer, la Rufina. Pero el origen de todo era más pequeño y más sucio. Un portugués, Manuel Márquez Correa, se sintió agraviado porque a los pobres les daban veinte reales de limosna y a él sólo dos. Le contó al hechicero que el Amo era judío, que venía de Lisboa y que allá lo habían tenido preso.

Mientras repartía a su gente entre las casas amigas del barrio, el criado refunfuñaba que no había que tener consideraciones con esos negros.

—Es verdad que uno me ha acusado. Pero bien es que haya siervos de Dios, y no esclavos de los hombres. Tú reclamas justicia para mí. ¿Acaso la tenemos nosotros con ellos? Te apena que me apresen injustamente y te parece natural que ellos sean esclavos porque alguien los atrapó en su tierra y nos los vendió.

Esa noche escondieron lo que había que esconder: los mechones rubios, en una urnita de plata, dentro de la columna de piedra; los papeles, bajo la ventana de la escalera; la platería y los doblones, en el túnel del aljibe.

Durmió mal. En el delirio vio a su prometida, que le dijo que no temiera, que estaría con él cuando viniera el alguacil.

Por la mañana el criado le rogó que huyeran por el túnel.

—Huir yo. Ya llegó la hora.

Casi le arrancan el aldabón. Los alguaciles leyeron la orden.

—Blas Benito de Paz Pinto, portugués residenciado en esta Provincia de Cartagena. Por orden del Santo Oficio quedáis a su disposición.

Le dio un vahído y se rehízo.

—Podéis marchar en coche y con un acompañante. Tenéis de padrino al padre Claver.

Miró por última vez los tejados, los balcones enclavelados, la fuentecilla del patio. Dijo adiós a la casa y dijo que viviría siempre en ella.

Dos meses más tarde, sus nuevos dueños mandaron a los dos esclavos a limpiar el caserón vacío. Hablaban de echar hueso molido por los rincones, para turbar a los que habían creído la mentira. Tocaron a la puerta y temblaron, hasta que reconocieron la voz.

—Mirad lo que vuestro amo me ha confiado. No es un papel: es un documento que me entregó el notario. En él os concede a todos la libertad.

—¿La libertad? ¿Y para qué la queremos?

—¿Quién nos dará de comer?

—¡Nos vamos a morir de hambre! Yo quiero ser del amo, yo no quiero la libertad. ¿En qué trabajaremos, si todas las casas tienen sus esclavos?

El sacerdote los calmó y prometió conseguirles trabajo. A cambio les pidió que lo ayudaran con los que iban llegando en las galeras.

Dicen que don Benito murió en sus brazos. Y dicen que en aquella casa, en las noches sin luna, cuando el viento se mete por las celosías, se oyen ruidos raros y se ve una sombra pasearse por los corredores. Se detiene ante las columnas y ante la ventana de la escalera, y musita palabras en un idioma que nadie entiende.

La casa de don Benito: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un vecindario puede guardar durante siglos el rumor de un hombre y olvidar de qué lo acusaron.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4236° · -75.5502°

Ficha del relato

Contexto histórico

Entre las leyendas cartageneras que Judith Porto de González reunió en «Al filo de la leyenda», ésta es la única en que la autora aparece en primera persona y explica de dónde sacó lo que va a contar. Empieza por el barrio: cuando su hermana Evelia restauró la casa, corría por allí que salía un muerto, y una antigua inquilina aseguraba que en las noches sin luna se veía la sombra de un caballero antiguo detenerse ante la columna de piedra y musitar palabras en una lengua rara. Después llegó la comprobación material: Evelia encontró en esa columna unos mechoncitos rubios dentro de una urna de plata, y los mandó empotrar allí mismo a la vista del público. Y sólo entonces viene el método, dicho por ella: «buscando en libros y libracos hallé la historia del encarcelamiento de Don Blas Benito de Paz Pinto y también la noticia de su amistad con Pedro Claver».

El texto se lee en los folios 377 a 384 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse compiló para el IADAP y que apareció en Quito en 1993. La sección veintiocho reproduce allí, por sus páginas 29 a 199, la reimpresión que la Imprenta Departamental de Cartagena hizo en 1982 de un libro que la autora venía publicando desde 1962, cuando lo sacó en los Talleres El Marinero, y que todavía conocería dos reediciones más, la de Colgráficas en 1979 y la de Plaza & Janés en 1989; y lo presenta con una doble declaración: que el material viene de la tradición oral de la población negra de la ciudad, y que lo que se imprime es una redacción literaria del lenguaje popular.

Es la pieza del conjunto donde esa declaración se sostiene mejor, y también donde más incómoda resulta. Aquí hay personas negras con nombre y con papel: el hechicero que denuncia, la mujer que lo acompaña en la denuncia, los dos esclavos que limpian la casa vacía y los que reciben la carta de libertad y se espantan. Ninguno de ellos es informante; todos son personajes. Quien cuenta sigue siendo la autora, y la escena del pánico ante la manumisión es suya, escrita en el siglo XX por quien publicó el libro en 1962, no un testimonio del siglo en que transcurre.

Un apunte de nombre, porque el título despista. El personaje no se llama don Benito. Así lo llama el barrio y así se conoce la casa, pero el relato escribe su nombre entero ocho veces, incluida la lectura del auto de prisión: Blas Benito de Paz Pinto.

Resonancias con otros mitos

El primer paralelo no es folclórico sino documental, y es lo que sostiene la pieza. Los procesos del Santo Oficio de Cartagena contra comerciantes portugueses acusados de judaizar son una serie histórica bien conocida: hubo causas por reuniones en casas particulares, denuncias de criados y esclavos, confiscaciones de bienes y penitenciados. El relato no inventa el mecanismo; toma uno de esos nombres y le construye alrededor una tarde.

El segundo es de motivo, y es el que convierte el expediente en leyenda: el aparecido que habla en una lengua que el vecindario no reconoce. En la tradición urbana colonial ese rasgo cumple una función precisa, la de señalar al forastero irreductible, al que ni la muerte castellaniza. Aquí la lengua rara es, sin decirlo, aquella por la que lo procesaron, de modo que el barrio conserva en forma de susurro lo mismo que el tribunal quiso borrar.

El tercero es hagiográfico. Pedro Claver arrastra un ciclo cartagenero propio de relatos en que interviene a favor de africanos esclavizados, y otra leyenda de la ciudad, «Las clavellinas», recogida por Enrique Otero D'Costa, lo pone a resucitar a una muchacha recién comprada para bautizarla. Esta pieza lo usa del mismo modo, como avalista: es él quien consigue que al preso lo lleven en coche y quien entrega la carta de libertad. La diferencia está en lo que la autora deja pasar sin corregir, y que la hagiografía no suele admitir: los liberados reciben el papel con pánico y piden seguir siendo del amo.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La leyenda llega por dos vías distintas y la autora las deja a la vista, una detrás de otra, sin mezclarlas.

  2. La primera es la conseja del vecindario, y es la que da el fantasma. Según ella, en la casa se aparece un caballero antiguo que se detiene ante la columna y ante la ventana de la escalera y habla en un idioma que nadie reconoce. A esa versión pertenece también el episodio de la familia que vivió allí a principios del siglo XX, encontró un legajo de papeles y lo envió a España, de donde —dice el texto— nunca respondieron. No es un documento: es una anécdota sobre un documento perdido, y así hay que citarla.

  3. La segunda vía es la lectura. De los libros salen el encarcelamiento por el Santo Oficio, el cargo de relapso —figura jurídica real, no invención de escena— y la amistad con Pedro Claver. Esa parte es comprobable fuera del relato, aunque el texto no dé año ni cite obra alguna.

  4. Todo lo demás es composición: la conversación con el criado sobre la esclavitud, el reparto de la servidumbre entre casas amigas, el delirio con la novia muerta, el móvil mezquino de la delación —dos reales de limosna en lugar de veinte— y la escena final de la carta de libertad. La compiladora lo advierte al declarar que estos textos están redactados literariamente, y la advertencia importa aquí porque el relato se apoya en un proceso inquisitorial que sí existió.

  5. Queda una confusión que conviene deshacer. La novia cristiana quemada en España que aparece en esta pieza y la protagonista de «La sombra», relato contiguo de la misma autora, comparten nombre y no tienen nada que ver. La fuente no las relaciona.

  6. Y hay una circulación de esta leyenda que ninguna otra pieza del conjunto tiene: la autora la llevó al teatro. Entre sus obras dramáticas figura una titulada «La casa de don Benito», fechada en 1965, es decir tres años después de que el relato apareciera impreso en «Al filo de la leyenda». No se ha localizado su texto, así que no se sabe qué conserva y qué cambia respecto de estas páginas, pero el dato obliga a decir que de esta historia hay al menos dos formas firmadas por la misma mano.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Del folio 377 al 384 se extiende la única pieza del libro en que la autora habla en primera persona y declara su método, lo que la convierte en el documento central de esta ficha por partida doble. Cuenta que cuando su hermana Evelia restauró la casa corría por el barrio que salía un muerto, que una antigua inquilina describía la sombra de un caballero antiguo deteniéndose ante la columna de piedra y musitando palabras en una lengua rara, y que Evelia halló en esa columna unos mechoncitos rubios dentro de una urna de plata y los mandó empotrar allí a la vista. Y luego escribe cómo siguió: «buscando en libros y libracos hallé la historia del encarcelamiento de Don Blas Benito de Paz Pinto y también la noticia de su amistad con Pedro Claver». De ahí salen el auto de prisión, el cargo de relapso, la delación por dos reales de limosna y la escena final de la carta de libertad que dos esclavos reciben con pánico.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Da la declaración que esta pieza cumple mejor que ninguna otra del conjunto y, por eso mismo, la que resulta más incómoda. En el folio 359 la antología sostiene que la sección veintiocho recoge leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena y que lo impreso es «una redacción literaria del lenguaje popular». Aquí sí hay personas negras con nombre y con papel —el hechicero que denuncia, la mujer que lo acompaña, los dos esclavos que limpian la casa vacía, los que reciben la manumisión y se espantan—, pero ninguna es informante: todas son personajes de una escritora de 1982. La antología es también la que permite retirar la atribución a Martínez Fajardo y fijar el soporte, páginas 29 a 199 del libro de la Imprenta Departamental.

  3. Cuando el tirano mandó: Cartagena 1600

    anmdecolombia.org.co

    Prueba que el nombre del título no es una invención literaria sino un truncamiento. La reseña de este libro sobre la medicina cartagenera del siglo XVII describe a «Blas Benito de Paz Pinto» como un judío portugués, hijo de boticario, perseguido por la Inquisición y convertido al catolicismo, que se refugió en Cartagena, curaba del escorbuto a los esclavos recién desembarcados dándoles proteína animal, verduras y cítricos, y los vendía una vez sanos, con lo que hizo su negocio de tratante; añade que fue traicionado por Diego López, su antiguo amigo, acusado de mantener una sinagoga, y que murió a manos de la Inquisición. Es la única fuente localizada que confirma, fuera del relato, que el personaje existió y que se llamaba como la autora lo escribe ocho veces.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Revela que este título no es sólo una leyenda de la autora sino una obra suya en otro género. La investigación patrimonial sobre Porto de González enumera entre sus trabajos —cuentos, ensayos, guiones de teatro y colaboraciones periodísticas— uno titulado «La casa de don Benito», listado aparte de «Al filo de la leyenda». La misma materia le sirvió para dos cosas, y eso cambia el estatuto de la pieza: no es una leyenda que se le contó y ella puso por escrito, sino un asunto propio al que volvió. Encaja con lo que el propio relato declara, que la autora fue a buscar en libros la historia del encarcelamiento de Blas Benito de Paz Pinto.

  2. El uso de egodocumentos para los estudios de la América colonial: judeoconversos ante la Inquisición en el siglo XVII (Historia Mexicana, vol. LXXIII, n.º 1, pp. 257-292)

    redalyc.org

    Es la corroboración académica más firme que hoy tiene el personaje, y viene con su fecha. El artículo, dedicado al uso de los expedientes inquisitoriales como egodocumentos, trata de los judeoconversos portugueses que tejieron redes mercantiles atlánticas como tratantes de esclavos y comerciantes, y nombra a Blas de Paz Pinto como el comerciante rico vinculado a la «gran complicidad de 1636» de Cartagena, la oleada de procesos coordinados que el Santo Oficio desplegó entre Cartagena, Lima y México. Sostiene además que el miedo y las rivalidades personales generaron acusaciones mutuas entre los procesados, y que algunas denuncias tuvieron motivo económico: exactamente la mecánica que el relato dramatiza con la delación por dos reales de limosna.

  3. Los 90 años de la escritora Judith Porto de González

    eluniversal.com.co

    Fecha y clasifica esa otra versión: es teatro, y es de 1965. La crónica de los noventa años de la autora ordena su bibliografía en dos columnas y pone «La casa de don Benito», con el año 1965, entre sus obras teatrales, junto a «Pilares vacíos», «El hacedor de hidalgos», «Mesa de juego» y «Los artistas de mamá», mientras deja «Al filo de la leyenda» entre los libros de cuentos. La conseja del barrio, la lectura en libros y viejos papeles, y la escena del auto de prisión pasaron por un escenario antes o después de pasar por esta página, y el dato obliga a decir que de este relato hay al menos dos formas firmadas por la misma mano.

  4. Cartagena de Indias en el siglo XVII

    banrep.gov.co

    Es el volumen que da el marco documental del proceso que el cuento dramatiza. Estas actas de historia urbana reúnen trabajos sobre la Cartagena del siglo XVII —el puerto negrero, la comunidad de comerciantes portugueses, la salud y la mortalidad de las cargazones de esclavos, la vida institucional de la ciudad— y permiten decir, sin apoyarse en el relato, que las causas del Santo Oficio contra portugueses acusados de judaizar, con denuncias de criados y esclavos y confiscación de bienes, son una serie histórica conocida y no un decorado. El mundo del médico judeoportugués que trata con esclavos recién llegados está descrito ahí con aparato de archivo.

  5. Palacio de la Inquisición (Cartagena de Indias · Paseo)

    cvc.cervantes.es

    Documenta la institución que en el relato se lleva al protagonista en coche y le lee el auto de prisión. La ficha describe el Palacio de la Inquisición de Cartagena, sede del tribunal del Santo Oficio establecido en la ciudad, su fábrica del siglo XVIII y la ventanilla de denuncias de su fachada, y sitúa el aparato judicial que la leyenda pone en marcha con una delación de dos reales. Sirve para que la figura del relapso y el procedimiento de la denuncia no queden como invención de escena.

  6. Pedro Claver y la evangelización en Cartagena: pilar del encuentro entre africanos y el Nuevo Mundo, siglo XVII (Fronteras de la Historia, n.º 11)

    redalyc.org

    Sostiene el papel de avalista que el relato le da al jesuita. El artículo estudia la actuación de Pedro Claver en la Cartagena negrera del siglo XVII, su trabajo con los africanos recién desembarcados y la red de intermediarios con que operaba, sobre documentación de archivo. En la leyenda es él quien consigue que al preso lo lleven en coche y quien entrega la carta de libertad: el cuento lo usa como la hagiografía cartagenera lo ha usado siempre, y el artículo permite ver dónde termina esa tradición y dónde empieza la composición de la autora, sobre todo en lo que ella deja pasar sin corregir —que los liberados reciben el papel con pánico y piden seguir siendo del amo—.

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«La casa de don Benito» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La casa de don Benito» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La casa de don Benito» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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