Era una noche sin luna en Cartagena de Indias, donde el viento susurraba secretos antiguos a través de las celosías de las ventanas de la Casa de Don Blas Benito de Paz Pinto. Las sombras se alargaban en el corredor, y quienes pasaban cerca juraban escuchar murmullos en un idioma que sus corazones podían sentir, aunque sus mentes no comprendieran. En aquel lugar se entrelazaban los hilos del tiempo, como si estuvieran tejidos por manos invisibles, listas para desenredar las historias que ataban a vivos y muertos.
Evetia, la hermana de quien poco se sabía, había restaurado la casa, y desde entonces las historias de un caballero de tiempos antiguos —una sombra tiznada de misterio— paseábase al calor del silencio, deteniéndose frente a una columna de piedra y la ventanilla de la escalera. Fue Evelia quien halló en aquella columna unos mechoncitos rubios dentro de una pequeña urna de plata, ataviando la estancia con un recuerdo visible para todos, como una ofrenda a las memorias que nunca deberían olvidarse.
Cuenta la leyenda que mucho antes de que la casa adquiriera su fama oscura, Don Blas Benito, un judío portugués, habitaba en ella. Había llegado huyendo de los horrores de la Inquisición, que con sus lenguas de fuego devoraron a su hermana, a su tío y al amor de su vida, Ximena. La hoguera fue la línea que partió su historia en un antes y un después, llevándole a abrazar nuevas tierras bajo la promesa de cumplir el último deseo de Ximena: ayudar a la gente de Cartagena y contribuir al esplendor de la religión católica que ella profesaba.
Don Blas, aunque escultor de altares y benefactor de los más necesitados, sabía que la bondad no era un escudo invulnerable. Tiempo después, los susurros de traición amenazaban con envolverlo. Avisado de que unos esclavos infelices lo habían acusado de practicar en secreto su fe judía, la urgencia por ocultar sus más preciados tesoros —y no solo aquellos de oro y plata— se tornaba insoportable.
—Basilio, por Dios... ¡Ven pronto! —Su voz resonó por la casa, como un eco del destino que se avecinaba.
Basilio, su fiel criado, del norte de España, vigoroso y de cabello dorado, acudía con premura. Con el mismo celo que aquel día en que ayudó a Ximena a fugarse de la hoguera, escuchaba ahora las instrucciones de Don Blas. Era el momento de disolver la reunión clandestina de amigos y de preparar el escape, aunque enterrar secretos en los muros parecía más prudente que desaparecer sin dejar rastro.
Pronto, Rosa y Felipe, dos esclavos temerosos, fueron llamados para asistir, preparándose para lo impensable: el destierro involuntario dentro de la misma ciudad o tan lejos como el destino y sus amos lo quisieran. Don Blas, entre el murmullo de órdenes velozmente cumplidas, recordó a su amor perdido, sintiendo el roce de sus mechones como si aún la sostenía en vida.
La noche en que escondieron los mechones y documentos, Basilio sentía la respiración entrecortada, más por la carga emocional que por el esfuerzo. Al amanecer, los sueños de Blas eran ocupados por la figura de su querida Ximena.
—No temáis, mi buen amor —le decía la voz suave y apenas audible—, la casa que amamos sigue tan bella como entonces, y yo estaré contigo cuando el alguacil toque a la puerta...
La realidad se disolvió entre el ensueño y la vigilia, pero al abrir los ojos, con la cabeza pesada por fiebre y miedos, Don Blas supo su decisión: acudiría al Santo Oficio, creyendo que una justicia divina lo acogía mejor que la de los hombres.
El día de la captura, los baluartes de la necedad caían ante la bondad que Basilio emanaba; su lealtad era más fuerte que el hierro. Acompañó a su señor al tribunal, con la esperanza de que la intervención del misericordioso Padre Pedro Claver ofreciera alguna esperanza.
El tiempo pasó lento, dos meses más, hasta que la casa se inundó de un silencio fúnebre. La sentencia del Santo Oficio había caído implacable, privando al mundo de la presencia de Don Blas. La libertad de los esclavos, sin embargo, como un último acto de amor y justicia de su amo, vino con más peso que alivio, pues el miedo a un futuro incierto sin las cadenas conocidas los sobrecogía.
Aceptaron vagamente aquella libertad de manos del Padre Claver, y mientras se debatían entre el recuerdo del bienestar pasado y las posibilidades futuras, un destino parecía insinuarse en cada esquina de la casa: las paredes cantaban las alabanzas de don Blas, y el viento, envuelto en un idioma arcano, prometía eternidad para el hombre que había sabido tallar altares y, simultáneamente, los corazones de aquellos a quienes su bondad tocó.
Aquellos que cruzaran la casa en noches sin luna, decían, podrían todavía ver la figura de un caballero solitario caminar por los corredores, como si el pasado se rehusara a desvanecerse, dejando ecos de un amor sincero y una fe constante, para siempre entrelazadas en la magia de la historia.
El mito del fantasma en la Casa de Don Blas Benito de Paz Pinto parece originarse en una serie de eventos históricos y leyendas locales. La casa, ubicada en Cartagena de Indias, es famosa no solo por su belleza arquitectónica sino también por las historias que la rodean. Se cuenta que Don Blas Benito de Paz Pinto, un judío portugués que había huido de la Inquisición en España, vivió allí. Fue acusado ante el Santo Oficio de seguir practicando su fe judía en secreto, a pesar de haber contribuido significativamente a la comunidad católica local.
Las tensiones religiosas de la época, su trágico pasado con la quema de su hermana, tío y prometida en la hoguera, y su eventual arresto contribuyeron a la creación de una atmósfera mítica alrededor de su figura. Antes de ser apresado, escondió documentos y recuerdos en la casa, incluidos mechones de cabello rubio de su amada Ximena, como símbolos de su tumultuosa vida.
Con el tiempo, se desarrollaron leyendas sobre la aparición de un "fantasma" o "muerto" que se paseaba por la casa en noches sin luna, probablemente el propio Don Blas o una figura vinculada a él. La combinación de hechos históricos, personajes reales y los elementos misteriosos asociados con la casa fomentaron la perpetuación del mito. La falta de respuesta respecto a los documentos enviados a España por la familia Bozzi, quienes vivieron en la casa posteriormente, añade un componente de misterio no resuelto que contribuye al misticismo del lugar.
Las dos versiones del mito de Don Blas Benito de Paz Pinto presentan diferentes enfoques y elementos narrativos. La primera versión es un relato más contemporáneo y anecdótico, que se centra en la superstición local sobre la presencia de un fantasma en la Casa de Don Blas Benito. Se enfoca en las experiencias de los habitantes modernos del lugar, como Evelia, quien encuentra una urna con mechoncitos rubios en una columna, y la mítica historia que atrapa a la comunidad alrededor de los rumores de un caballero espectral que murmura en un lenguaje extraño. Este relato se centra en el efecto que estas historias tienen sobre la percepción y el aura misteriosa de la casa, vinculando el pasado de Don Blas con los descubrimientos contemporáneos de objetos y documentos, pero deja en un segundo plano los detalles históricos del conflicto religioso y personal de Don Blas.
Por otro lado, la segunda versión adopta un enfoque más detallado y centrado en la figura de Don Blas Benito durante su vida, particularmente en el contexto de la Inquisición y su huida de España. Se explora su trasfondo, haciendo énfasis en sus conflictos personales e internos, como su identidad judía en un mundo dominado por la autoridad católica y su amor prohibido por Ximena. Este relato también incluye elementos de tensión y drama personal, como las acusaciones en su contra y su aparente aceptación del destino dictado por el Santo Oficio. Se proporciona un diálogo más profundo de los personajes, como Basilio y los esclavos, dándoles una voz en la narrativa y subrayando sus vínculos emocionales y dilemas morales ante la injusticia y la persecución. El mito aquí se enriquece con un trasfondo histórico y la tragedia personal, creando una historia de redención y sacrificio.
La bondad y el amor trascienden la muerte y el tiempo.
Se asemeja al mito de Orfeo y Eurídice por el tema del amor más allá de la muerte y la búsqueda de redención.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



