CaribeMestizobruja de Los Venados

La Bruja del Trinche

En Los Venados dicen que el trinche no solo marca el ritmo: también marca el límite. Porque aquella noche, cuando el juglar se burló en versos, una anciana golpeó el suelo y ordenó: ‘No toques más’. Y el monte, con búho y culebra, cobró la palabra.

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Ilustración de La Bruja del Trinche

Mire, mijo, acérquese a la sombra que el sol del Cesar no perdona. Yo no le voy a hablar de cuentos de libro, sino de lo que se decía en las cocinas de bahareque, cuando el café se colaba despacio y el acordeón se quedaba callado por respeto. Dicen que una noche, por los caminos polvorientos que van de Valencia de Jesús hacia Los Venados, venía un juglar joven, de esos que cargan el canto como si fuera machete: afilado y orgulloso. Le decían Andrés, y el hombre traía el acordeón apretado contra el pecho, como quien guarda un corazón prestado. Venía de parranda, con la lengua suelta por el ron y el pecho lleno de despecho, porque una mujer le había cerrado la puerta con una risa que dolía. La colita estaba prendida en Los Venados: caja, guacharaca y palmas. Y allí, entre el gentío, había una anciana de ojos quietos, tan quietos que parecían agua de pozo. Nadie la nombraba duro, pero todos sabían que era de las que curan y de las que cobran. No llevaba escoba ni sombrero raro: llevaba silencio. Y en la mano, un trinche de guacharaca que brillaba como si fuera aguja. Andrés, envalentonado, soltó versos de burla contra las mujeres del pueblo. No fue solo grosería: fue soberbia, que es peor. En ese instante, el aire cambió. Las velas titilaron como si alguien soplara desde adentro de la llama. La anciana no se levantó; apenas golpeó el suelo con el trinche, una sola vez, y el sonido fue seco, como cuando se parte una totuma. Entonces se oyó su voz, bajita pero mandona: ‘No toques más’. Y el juglar, terco, tocó. Tocó más duro, como si el acordeón pudiera tapar la vergüenza. La música se alzó y, con ella, se alzó algo que no era música: un zumbido de alas, un olor a monte mojado y a azufre escondido. Cuando la parranda se acabó, Andrés salió tambaleando. En el camino, una mujer desconocida se le arrimó, bonita como promesa. Le ofreció un trago ‘para que se le pase la rabia’. Andrés bebió, y el trago le supo a dulce de cereza al principio… pero al final le raspó la garganta como sal. Al amanecer, el juglar ya no cantaba. Botaba espuma y palabras rotas. Lo llevaron de vuelta a Valencia de Jesús, y un curandero intentó arrancarle el mal con rezos, humo y agua bendita. Pero el mal no era de los que se van con regaño. Esa noche lo sacaron al patio para que le diera el sereno. Y ahí fue cuando el cielo se oscureció sin nube: un búho grande, demasiado grande, pasó rozando la luna y dejó caer una culebra sobre el pecho del hombre. La culebra mordió donde más duele: en la boca, para que el verso se le quedara atravesado para siempre. Dicen que, justo antes de apagarse, Andrés escuchó otra vez la misma orden, como si saliera del pico del búho y del fondo del acordeón a la vez: ‘No toques más’. Y desde entonces, mijo, en Los Venados se cree que el trinche no solo marca el ritmo: también marca el límite. Porque el canto es libre, sí, pero la palabra tiene dueño: la comunidad.

Historia

Este relato nace del paisaje cultural del valle del río Cesar, donde la tradición juglar del vallenato convirtió la parranda en plaza pública: allí se celebraba, se criticaba y se resolvían prestigios. En ese mundo, la figura de la bruja aparece como guardiana del respeto colectivo, no solo como ser maligno. El mito nuevo recoge un motivo regional: el castigo sobrenatural al juglar que usa el verso para humillar. La bruja no actúa por capricho sino como fuerza de equilibrio social. El trinche de la guacharaca se vuelve símbolo: instrumento humilde que, en la historia, adquiere autoridad ritual para imponer un límite. La geografía también importa: el trayecto entre Valencia de Jesús y Los Venados representa el paso entre el origen del juglar y el escenario donde se pone a prueba su ética. El búho y la culebra funcionan como mensajeros del monte, figuras que en el imaginario caribeño anuncian muerte, deuda o sentencia.

Versiones

1) Versión del trinche: en algunas voces, la bruja no necesita brebajes; basta con que golpee el suelo con el trinche para ‘amarrar’ los dedos del acordeonero y secarle la voz. 2) Versión del trago dulce: otros dicen que el castigo entra por un trago que sabe a cereza, para que el juglar confunda el veneno con fiesta. 3) Versión del patio: hay quienes aseguran que el juglar no muere en el acto; queda vivo lo suficiente para pedir perdón, pero el perdón no lo salva, solo le evita que su alma se pierda. 4) Versión del búho: algunos mayores afirman que el búho no era animal sino ‘sombra con alas’, y que la culebra cayó como cae una palabra mal dicha: directa a la boca. 5) Versión del eco: en noches de viento, se cuenta que cerca de las parrandas se oye un susurro entre caja y guacharaca: ‘No toques más’, como advertencia para el que improvisa con crueldad.

Lección

La lección no es callar el canto, sino cuidar la palabra. La burla pública rompe el tejido comunitario y convierte la parranda en humillación. El mito enseña que el talento no da permiso para herir, y que la música, cuando se usa para ofender, puede volverse contra quien la toca. También recuerda que la comunidad tiene mecanismos simbólicos para defender su dignidad: la bruja representa esa sanción moral que llega cuando nadie más pone freno al abuso.

Similitudes

Se parece a relatos caribeños donde el músico se enfrenta a fuerzas oscuras por soberbia o exceso, como las historias de duelos sobrenaturales y castigos al parrandero. Comparte el motivo universal del artista castigado por la hybris: el don se convierte en condena cuando se usa para denigrar. También dialoga con leyendas latinoamericanas de brujas que actúan como jueces del comportamiento social, y con cuentos donde aves nocturnas y serpientes anuncian sentencia, enfermedad o muerte como consecuencia de una falta grave.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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