La abadesa arrodillada

Caribe · Mestizo

La abadesa arrodillada

Sor Ana protege documentos y a un familiar durante la represión de la Independencia; su figura arrodillada queda convertida en emblema de sacrificio político y religioso.

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El relato

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Las gentes que pasaban por la calle se detenían ante las ventanas del convento de las mercedarias descalzas. Dentro, custodiado por varias monjas, estaba el cuerpo descubierto de una anciana. El sol de la mañana le caía en la cara por los cristales altos y se la dejaba casi sonrosada, como si acabara de decir gracias, ya terminé.

La ciudad sabía quién era. Sor Ana del Perpetuo Socorro había subido de rodillas al cerro de La Popa a principios de aquel siglo y desde entonces no se había vuelto a poner de pie.

Todo empezó una noche, cuando las familias de Cartagena prefirieron el mar abierto a quedarse a esperar al Pacificador. Su hermano, un joven patriota, llegó al convento con un legajo bajo el brazo. Allí estaban las actas de la Junta de Gobierno, los pliegos más graves y, entre ellos, la lista con los nombres de quienes habían sostenido la ciudad durante el sitio. A unas monjas nadie les registra la casa, le dijo. Ella tomó el legajo y juró ante la Virgen de la Candelaria de La Popa que lo defendería a todo trance. El abrazo de despedida fue el de dos cadáveres.

El Pacificador entró y empezó por los conventos. El de la Merced quedó convertido en depósito de presos, y en su patio y en sus aljibes fueron a parar centenares de patriotas pasados a cuchillo.

A la abadesa le exigieron abrir todas las celdas. Dijo que no, y lo repitió. Entonces la condenaron a sitio: ni ella ni las veintiuna monjas de la comunidad tendrían comida, ni agua, ni nadie que se les acercara desde afuera.

Aguantó mientras pudo aguantar. Las vio morir de a una. Las que seguían vivas terminaron sublevándose contra ella, y ella, deshecha, aceptó la requisa.

Forzaron la cerradura del armario y sacaron la lista. Con esos nombres en la mano, las juntas de salud pública fueron a buscar uno por uno a más de cien patriotas. Ninguno volvió.

Sor Ana entendió lo que había hecho y se dictó su propia condena. No volvería a andar erguida. Escogió un dos de febrero para empezar y subió de rodillas hasta el santuario de la cima, por el mismo camino de piedra por el que había jurado.

Tras ella subieron otros, y otros más, año tras año. Con el tiempo la promesa se les fue aligerando: primero sólo la cuesta final, después sólo los pies descalzos. A ella no se le aligeró nada.

Vivió así hasta muy vieja, arrastrando la ciudad entera consigo. Pocos años antes de morir hubo que amputarle las piernas, gastadas por la edad y por el castigo. Y sin piernas sostuvo el voto igual. Y murió rodeada de una admiración que nunca supo si estaba mirando a una santa o el final de una culpa.

La abadesa arrodillada: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un juramento que se rompe por hambre pesa después más que el hambre.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.42019° · -75.5274°

Ficha del relato

Contexto histórico

La pieza ocupa las páginas 95 a 97 del tomo segundo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse investigó y compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993. Allí, en la sección decimoctava —«Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», páginas 65 a 123—, se reproducen diecisiete relatos tomados de «Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo, con pie de Editorial Nuevo Mundo, Cartagena, 1948, páginas 25 a 177.

Esa misma página 65 trae la advertencia que decide cómo hay que leer lo que sigue. Dice que el autor recoge narraciones de la tradición popular oral de su ciudad natal y añade, sin rodeos, que «el material de los textos está elaborado literariamente, para una mejor comprensión de la narración». Quien firma el convento sitiado, las cifras de muertos y la amputación final es, por tanto, un escritor cartagenero del siglo veinte trabajando sobre una memoria de ciudad, no un cronista copiando un expediente.

Esta pieza en particular hace algo que ninguna otra de la sección intenta: empieza defendiendo su propia veracidad antes de contar nada. Sostiene que el asunto «fue debatido en Academias de historias españolas y, hasta presentado en testificaciones eclesiásticas a algunos doctores de la Iglesia», y no da nombre de academia, de doctor ni de sesión. El lector queda avisado de que lo que viene se presenta como historia discutida y no como cuento.

El texto también reparte topografía verificable: sitúa la fosa de los patriotas asesinados en el convento de la Merced, bajo lo que a la altura de 1948 eran el Palacio de Justicia y el Teatro Heredia, y hace de esta monja el origen de la romería descalza que sube cada dos de febrero al cerro de La Popa. Ninguna de las dos afirmaciones se apoya en un documento dentro del relato; las dos se sostienen sobre la palabra del autor.

Resonancias con otros mitos

Dentro de la misma sección hay un paralelo inmediato y comprobable: «El milagro de la Candelaria», páginas 100 a 105, gira otra vez en torno a un compromiso contraído ante la misma advocación del cerro de La Popa, y otra vez la protagonista es una mujer que cree haber puesto en riesgo algo sagrado. Las dos piezas se apoyan en la misma idea de trato con la Virgen: se promete, se debe y se paga. La diferencia está en el desenlace, porque allí el trato se cumple y aquí se rompe. Un tercer texto contiguo, «Celos de esclavo», páginas 105 a 107, vuelve a poner la acción el dos de febrero y en la misma cuesta, de modo que tres relatos consecutivos del libro usan la fiesta del cerro como escenario.

El segundo parentesco está en otra sección del mismo tomo. Las páginas 359 a 413 reproducen «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, publicado por la Imprenta Departamental de Cartagena en 1982, y ese conjunto trae varios relatos sobre el mismo episodio militar: «Después del sitio», página 374, y «En el sitio de Morillo», página 405. Son de otra autora, otro libro y treinta y cuatro años más tarde, y sirven para ver qué hace cada registro con la misma materia.

Hay, por último, un rasgo de forma que emparenta esta pieza con las leyendas de penitencia del catolicismo hispánico: la protagonista no expía un delito juzgado por nadie, sino una falta que sólo ella considera falta, y la expía con el cuerpo. Es el mismo mecanismo de las promesas de romería que el propio texto describe al final, sólo que llevado hasta donde ninguna promesa llega.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Los dos registros de esta historia no cuentan lo mismo porque no cuentan a la misma escala. El texto de Martínez Fajardo reproducido por Villa Posse afirma que el caso se discutió en academias españolas de historia y llegó a testificaciones eclesiásticas; no aporta acta, año ni nombre de ninguna de esas sesiones, y ninguna otra publicación recoge ese debate. La mitad del peso de la pieza descansa en una autoridad que ella misma invoca y no identifica.

  2. Hay además una discrepancia bibliográfica que conviene dejar explícita porque afecta a cómo se cita la obra reproducida. Villa Posse escribe «Editorial Nuevo Mundo»; las fichas catalográficas de la Biblioteca Nacional de Colombia invierten el nombre y registran «Mundo Nuevo». No se decide aquí cuál acierta: queda anotado quién escribe cada forma.

  3. También difieren en la extensión. El libro de 1948 abarca las páginas 25 a 177 según su propia nota de procedencia, y la antología ecuatoriana sólo reproduce cincuenta y nueve páginas de ese conjunto, presentadas expresamente como «selección». Lo que hoy se lee de este relato es, entonces, el texto completo dentro de una muestra parcial del libro que lo contenía.

  4. Queda un tercer punto, y es de contenido. La pieza atribuye a esta monja el arranque de la subida de rodillas al cerro, y describe cómo esa promesa fue perdiendo rigor hasta reducirse a subir descalzo. La romería del dos de febrero está documentada como práctica viva de Cartagena; su origen en una penitencia concreta del tiempo de la Reconquista sólo lo afirma este texto, y conviene leerlo como explicación literaria de una costumbre anterior a él, no como su acta de nacimiento.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
11
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Las páginas 95 a 97 de esta antología son el único lugar donde hoy puede leerse el relato, porque el libro del que sale —«Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo, 1948— no está digitalizado en ninguna parte. Aquí están, con folio, las tres cosas que la ficha afirma y que en ningún otro sitio constan: el sitio impuesto a la comunidad de monjas hasta dejarla sin agua ni comida, la entrega de la lista que delata a más de cien patriotas, y la penitencia de subir de rodillas hasta que las piernas hubo que amputarlas. La página 65 trae además la nota de procedencia que fija el estatuto de todo esto: el material «está elaborado literariamente, para una mejor comprensión de la narración». Esa frase es lo que permite publicar la amputación y la fosa de la Merced como literatura de autor y no como hecho probado.

  2. La reconquista de Cartagena: Estampas de su martirio (Boletín Cultural y Bibliográfico, 7(10), pp. 1801-1803)

    publicaciones.banrepcultural.org

    Da el hambre que el relato usa como instrumento de tortura contra el convento, y la da fuera del convento: Morillo fondea en los primeros días de agosto de 1815 con 10.642 veteranos peninsulares, rechaza los términos de rendición y cierra el bloqueo por tierra y mar con el propósito declarado de rendir la ciudad por inanición. El inventario de lo que se comió —carne y harina podridas, bacalao rancio, caballo y burro en salmuera, perros, ratas, el cuero de las correas y de los taburetes, sobre testimonio de Lino Pombo— es lo que vuelve verosímil que a una comunidad religiosa se la doblegara quitándole la comida y el agua. Sin este artículo, el asedio del relato parecería una crueldad inventada para la escena.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Pone cifras y una fecha a lo que el relato deja en bulto. Registra que el sitio se llevó a unos dos mil cartageneros, y fecha el fusilamiento de Martín José Amador el 24 de febrero de 1816: es decir, documenta que hubo una lista de patriotas y que esa lista terminó en ejecuciones, que es exactamente el mecanismo del que la protagonista se arrepiente. Aporta además una discrepancia interna útil, porque en un pasaje habla de ciento catorce días de asedio y en otro de ciento ocho, y esa horquilla es la que `versiones` recoge en lugar de fundirla en un número.

Contraste y contexto · 8 referencias
  1. Reseña de Rodolfo Segovia, «105 días: El sitio de Pablo Morillo a Cartagena de Indias» (Economía & Región, pp. 255-259)

    revistas.utb.edu.co

    Introduce la tercera cifra de la duración del sitio y por eso entra aquí: el título mismo del libro reseñado dice ciento cinco días, frente a los ciento catorce y ciento ocho del estudio demográfico. Sirve además para medir la escala de la catástrofe sobre la que el relato monta su culpa individual —la provincia perdió más de un tercio de su población— y para saber dónde está hoy la investigación de referencia, con orden de batalla del Ejército Expedicionario e índices onomásticos, si alguna vez se quiere buscar en ella a la comunidad sitiada.

  2. «Títulos de Cartagena» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Muestra qué hizo la ciudad con el recuerdo de este asedio: el título de «Ciudad Heroica» le viene del sitio de 1815, que según la página ocasionó la muerte de más de la mitad de su población. Esa es la versión oficial y monumental del episodio, y es el fondo contra el que hay que leer un relato que, en vez de heroísmo colectivo, cuenta una delación y una penitencia privada. De paso aporta la cuarta cifra de bajas del expediente, incompatible con los dos mil del estudio demográfico.

  3. Plaza o Paseo de los Mártires (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 2)

    cvc.cervantes.es

    Documenta el desenlace de la lista que la protagonista entrega: en esta plaza, frente a la Puerta del Reloj, fueron fusilados nueve próceres de la Independencia el 24 de febrero de 1816 por orden de Morillo, y el nombre actual del lugar se fijó al cumplirse un siglo de aquello. Sirve para situar sobre el plano la topografía de la delación —los patriotas denunciados, el paredón, la ciudad que después los conmemora— y confirma que en 1816 la represión tuvo nombres y una fecha, aunque no los que el relato nombra.

  4. Historia del Cerro de la Popa (Macroproyecto de Recuperación Integral del Cerro de la Popa, Producto 3)

    observatorio.epacartagena.gov.co

    Describe la romería que el relato atribuye al arrepentimiento de esta monja, y la describe como institución colectiva y anterior: la fiesta del 2 de febrero con novena desde el 24 de enero, los exvotos de oro y plata que allí se llaman «milagros», la procesión hasta la ermita del Pie de la Popa y la subida al cerro, en pleno auge hacia 1930, con burros, caballos y mulas traídos de los pueblos vecinos para alquilarlos en la cuesta. Es lo que permite decir que la costumbre de subir a pie existía y que lo que el relato inventa es su origen, no su existencia.

  5. La virgen de la Candelaria: fiesta, idoloclastía y colonización de imaginarios en Cartagena de Indias

    dialnet.unirioja.es

    Explica por qué una promesa hecha a esta advocación concreta pesa tanto como para gobernar el resto de una vida. Reconstruye la Candelaria del cerro como pieza de una operación de colonización de imaginarios —la idoloclastía contra el culto que allí se atribuía a los mulatos, el proceso inquisitorial del 2 de febrero de 1614 contra el mestizo Luis Andrea, la fecha de la fiesta calcada sobre la aparición canaria de 1400-1401— y con ello sitúa el juramento del relato dentro de un sistema en el que lo prometido ante la imagen no es negociable.

  6. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Es la única página localizada que identifica al hombre que escribió este relato. Dice que Eustorgio Martínez Fajardo firmaba sus trabajos periodísticos con el seudónimo «Eumarfa» y que su libro de cuentos y leyendas recrea mediante narraciones fantásticas la imaginación popular de la Cartagena histórica. Ese perfil —columnista de prensa antes que recopilador— es lo que explica que una pieza pueda abrir defendiendo que el caso fue debatido en academias de historia españolas y no citar ninguna, y es la única base externa para caracterizar su método.

  7. «Once de noviembre» (Enciclopedia Banrepcultural)

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Da los patriotas que la lista del relato pudo delatar. Recorre la Cartagena de 1808 a 1815, con la deposición del gobernador Montes por un cabildo presionado por hombres armados de Getsemaní, Santo Toribio y Santa Catalina, y con el Regimiento de Pardos Patriotas de Getsemaní bajo Pedro Romero. Sirve para saber quiénes eran, en términos sociales, los nombres que un papel podía comprometer, y para entender que en esa ciudad la militancia independentista era de vecindario y por tanto rastreable casa por casa.

  8. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es la puerta que habría que tocar para cerrar este relato, y explica por qué no se pudo. Declara que el archivo se creó en 1984 y que, por la pérdida de la mayor parte de la memoria documental cartagenera de los siglos XVI a XVIII, sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX. Eso significa que los papeles del sitio de 1815 y del convento de la Merced caen justo en el borde de lo que conserva, y que la consulta hay que hacerla por correo, sin poder saber de antemano si existe la pieza.

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«La abadesa arrodillada» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La abadesa arrodillada» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La abadesa arrodillada» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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