En el mítico rincón de San Andrés, donde el aire lleva susurros ancestrales y el río Tucurinca refleja soles caídos, vivían los hombres que cargaban dos almas, dos naturalezas. Durante el día, eran indígenas que labraban la tierra con manos toscas y esperanzas doradas; durante la noche, se convertían en fieras salvajes, leones y tigres, que acechaban en las sombras. Se decía que la metamorfosis no era capricho de la luna, sino un secreto que se guardaba en piedras azules y verdes que vibraban con la música del crepúsculo, una música entendida solo por los sabios Nuánashe y Námaku.
Kashindukwe, que parecía un hombre más al desgajarse sobre la tierra en las horas luminosas, se transformaba con el ocaso en la bestia más temida. Fueron tiempos oscuros aquellos, cuando los rugidos nocturnos hacían temblar las hogueras y los sueños se quebraban en las aldeas. Los indígenas, que antes eran amo y señor de su destino, se encontraron siendo presa de su propia carne.
En su desesperación, las tribus buscaron la guía del padre Núnkasha, el anciano cuyo espíritu se decía más antiguo que las montañas. Intentaron detener el hambre de Kashindukwe con flechas trenzadas en rituales antiguos, pero éstas no hallaban carne bajo el pellejo de la fiera. Fabricaron machetes de piedra, tan duros como las decisiones, pero Kashindukwe permanecía incólume. Entonces Núnkasha ideó una trampa monumental, un machucón de veinte metros de pura astucia, cargado con pesadas piedras como los lamentos nonatos de madres sin hijos. Y así, tuvieron éxito, por un instante, atrapando la sombra de Kashindukwe que merodeaba para devorarles.
Pero donde uno cae, otro se levanta. Nuánashe, que antaño fuera un hombre de muchos conocimientos, había recibido un libro de Magri, el mensajero de sueños, una guía para saciarse únicamente con las almas de los enfermos que ya se despedían de la vida. Sin embargo, el sabor de la carne humana, la miel prohibida de la culpa, transformó su juicio. Había visto a su hija danzar en la luz de la madrugada y con una trampa de ciego devoró su fragilidad. Más tarde, su propio corazón se ensimismó ante la visión de su amada esposa, a quien vio como una pina madura a punto de caer del árbol inevitable del destino.
El poder de la piedra azulita le permitía a Nuánashe tantear las fronteras del alma, entre hombre y bestia, entre amor y hambre. Pero la maldición de la metamorfosis no tiene pausa, y siguió comiendo, hasta casi terminar con todos los hombres de la tierra. En su odio al espejo que mostraba sus dientes ensangrentados fue enfrentado por los hermanos de la naturaleza, Aluseiye y Mulkwehe, quienes llevaban dentro de sí la luz del amanecer y el eco del trueno. Le dieron muerte a Nuánashe, pero no le mataron, pues su espíritu perduró en un sueño pesado, como un río dormido.
Se cuenta en misteriosos murmullos que, cuando los mamas consagren los últimos sacrificios al sol moribundo, Kashindukwe y Nuánashe retornarán, junto con el temido Kasaugue, para borrar toda huella de lo humano. Serán tiempos en que el sol se convertirá en susurros de sombras, y Ubatashi, el portador de relatos del pasado, encabezará una nueva comunión entre las fieras. Entonces, el lenguaje ancestral que se continúa en el adormecido habla de los mamas será la única cuerda que los mantendrá unidos a la memoria de un mundo que termina.
En ese desenlace, mientras el mar devora los cerros y santos, el agua reclamará su dominancia eterna, fluyendo como un manto plateado que cubrirá todo rastro de vida, de silencio y pena. Las fieras se quedarán solas, guardianes de un vacío infinito, hasta que el ciclo vuelva a comenzar, y de las aguas emerjan nuevas historias, nuevas ilusiones, del entrañable abismo que es el corazón de la selva y el canto del viento.
Historia
El mito relata la transformación de personas en fieras por la noche en la región de San Andrés a Tucurinca, en las que trabajaban como humanos durante el día. Utilizaban piedras azules o verdes para convertirse en tigres. Kashindukwe y Nuánashe son figuras centrales que consumían a los indígenas, y se emprendió un castigo contra ellos. A pesar de diversos intentos fallidos de someterlos con flechas y machetes, Kashindukwe fue finalmente atrapado con una trampa de piedras. Nuánashe, por su parte, era inicialmente instruido a comer solo enfermos, pero terminó devorando a su propia familia al transformarse en un tigre mediante una calavera y piedras. La amenaza de Nuánashe se detuvo temporalmente por Aluseiye y Mulkwehe, pero su espíritu solo quedó dormido. El mito culmina con una profecía apocalíptica donde ambos volverán, el sol se apagará, la humanidad se transformará en fieras, y todo terminará en un mundo purificado por agua sin árboles ni cerros.
Versiones
El análisis de las diferencias entre versiones de este mito se centra en cómo se presentan y desarrollan los elementos narrativos primordiales, como la transformación de humanos en fieras, el tema del canibalismo y la eventual catástrofe apocalíptica. La única versión del mito relatada resalta la dualidad de los personajes que de día son humanos y de noche se convierten en criaturas salvajes como leones o tigres mediante el uso de una piedra mágica, lo que podría simbolizar una dualidad esencial en la naturaleza humana. En esta narrativa, Kashindukwe y otros como Nuánashe representan amenazas sobrenaturales que fueron desatadas al comenzar a alimentarse de seres humanos, un giro que introduce un conflicto entre estos seres y los humanos que conlleva a una respuesta activa de estos últimos para protegerse, utilizando trampas e ingenio contra las criaturas, aun cuando parecen invulnerables a armas convencionales.
El mito termina profetizando un fin del mundo donde los mencionados seres y elementos divinos regresarán, sugiriendo un ciclo de purificación global: el regreso de Kashindukwe y Nuánashe coincide con un evento apocalíptico donde el sol se apaga, todo se inunda y el mundo queda renovado. La narrativa revela no solo un contexto cultural donde lo sobrenatural y lo natural están íntimamente relacionados, sino también un proceso cíclico de destrucción y renovación que involucra un retorno a lo primordial. No obstante, la versión presentada también contiene elementos que sugieren que los espíritus de estos seres nunca han sido completamente erradicados, que están latentes para resurgir, interpretando así un temor ancestral a lo desconocido y a un destino inevitable, encapsulado en la conexión con el lenguaje ancestral que solo los "mamas" podrían utilizar para comunicarse con las fuerzas sobrenaturales que presiden estos eventos.
Lección
La dualidad humana siempre busca equilibrio entre lo salvaje y lo racional.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Licántropo y a las leyendas nórdicas de Berserkers.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



