Había una vez, allá en un rincón recóndito de Riosucio, donde las sombras jugueteaban con la profundidad turquesa del Río Sucio, un petroglifo conocido como "La Madre del Agua". Sus grabados antiguos eran como ecos de un mito susurrado a través de generaciones, delineando la fantástica historia de Jinopotabar y Betenabe. Esta historia, tejida con hilos de magia y realidad, estuvo siempre viva, titilando como la luz filtrada por el follaje de los árboles.
Jinopotabar, nacido de la pierna de una mujer de la selva, creció con un descontento profundo hacia la luna, cuya luz intensa sumía al mundo en una vigilia infinita. Sus ojos reflejaban una rebeldía incandescente, cada vez más resuelta a enfrentarse a la autoridad celestial de Jedeko, la luna. Aunque era solo un humano nacido del misterio, Jinopotabar se erguía decidido a robarle un pedazo de su dominio en el cielo.
Arrestado por una urgencia creciente, un día Jinopotabar cortó una guadua fuerte y la plantó en el suelo como un desafío; la olla que la sostenía se convirtió en la base de su atrevida escalera hacia el firmamento. Con cada palabra de comando, la guadua se estiraba más y más, serpenteando por los cielos como un inmenso lirio que desafía la gravedad. Sus amigos en la tierra observaban la risible audacia del joven indio con una mezcla de asombro y resentimiento.
Arriba, en un encuentro feroz con la luna, Jinopotabar, armando sus manos cual garras, le arañó los ojos, dejando una huella que aún se ve hoy en la luna: la sombra de su atrevimiento. Con el brillo del astro dominado, la noche resplandecía de nuevo en calma y permitía que la humanidad volviera a la bendición del sueño. Sin embargo, su victoria tenía un precio. Los hombres en la tierra, temerosos de las consecuencias de su hazaña, cortaron la guadua, isolando a Jinopotabar en el cielo.
Mientras tanto, en las aguas del río, la hermana de Awena, joven y de curiosa belleza, frecuentaba un charco especial para su baño ritual, encontrando cada vez más afinidad con sus claras corrientes. Sucedió que un día, esas aguas la reclamaron, y se convirtió en Betenabe, la madre de los peces. Desde la cintura para abajo, su cuerpo era ahora la forma de un pez, una transformación que simbolizaba su unión con el agua eterna.
Pero el destino entrelazó el camino de Jinopotabar con el de Betenabe. Atrapado en su dimensional prisión lunar, Jinopotabar descubrió eventualmente un sendero secreto, tejido entre la lluvia y las cascadas de su memoria. Guiado por aves multicolores y misteriosas, halló una cueva que lo llevó de nuevo a las aguas familiares de su tierra natal. Allí, encontró a Betenabe; ella sostenía la antigua trenza de cabello que una vez fue la escalera entre los mundos.
Por fin, de pie sobre la piedra del río, Jinopotabar vio como el reflejo de la grandiosa ballena o ankumié en realidad era la representación gigante de su propio sueño e intento de regresar. Entendió entonces que cada criatura sobre la piedra – el mono, el venado, el ave devoradora de hojas – simbolizaba sus propios pensamientos jugando en las corrientes de su conciencia.
Con el tiempo, Jinopotabar y Betenabe unieron sus destinos. La escalera imprevista que antaño había caído, los unía ahora en un esfuerzo por devolver el equilibrio entre los mundos. Ella, abrazando los misterios de las aguas, le mostró el camino a través de los reflejos; él, transportando la fuerza y valentía humanas, le ofreció la visión de lo que había más allá de la caída de la escalera.
Mientras nadaba entre las aguas, el pato serreta surcaba bajo una bóveda de celajes azules que se arqueaba sobre sus cabezas, como un puente de cielo y tiempo que se negaba a romperse por completo. El hombre-árbol, cuyo tronco se extendía hacia los confines de la vastedad, testificó la transformación de sus ramas en brazos humanos, sus hojas en dedos extendidos hacia el destino.
Y así, inmersos en las viejas aguas del río, entre piedras y grabados milenarios, los amantes imponían un equilibrio entre sus mundos, su historia permaneciendo viva siempre, danzando en los murmullos eternos del Río Sucio y los secretos de La Madre del Agua. La gesta primera de Jinopotabar y la metamorfosis de Betenabe se convirtieron en leyenda, eco de la verdad y sublimación de la fantasía en armonía infinita.
Historia
El mito de Jinopotabar se origina a partir de tradiciones narrativas que describen sus enfrentamientos con seres sobrenaturales y su contienda con la luna. Según el petroglifo "La Madre del Agua", ubicado en Riosucio, Caldas, y estudiado por Anielka Gelemur Rendón y Guillermo Rendón García, este mito involucra diversos elementos naturales y cósmicos, tales como animales del río y criaturas míticas, así como la desconexión entre los mundos superior e inferior tras la caída de una escalera celestial.
Otra versión del mito describe a Jinopotabar como un indio nacido de la pierna de una mujer, que rivaliza con la luna. Su enfado con el brillo de la luna lo impulsa a escalar hasta ella mediante una guadua, donde la hiere para disminuir su fulgor. La conexión entre la tierra y el cielo, representada por la guadua, es cortada por sus compañeros, dejando a Jinopotabar atrapado en la luna. A pesar de múltiples intentos fallidos de regresar, finalmente encuentra su camino de vuelta a su hogar.
En resumen, el mito combina tradiciones gráficas plasmadas en petroglifos con narrativas orales sobre la búsqueda de Jinopotabar por modificar el equilibrio cósmico y su eventual regreso a casa.
Versiones
Las dos versiones del mito de Jinopotabar presentan diferentes enfoques sobre su narrativa central y los elementos secundarios. La primera versión, más fragmentada y rica en detalladas imágenes simbólicas, describe una serie de enfrentamientos de Jinopotabar con diversas entidades naturales y espirituales antes de su contienda con la luna. Estos enfrentamientos incluyen una ballena, un espíritu selvático en forma de boa, y animales como un jaguar y aves, todos los cuales vinculan a Jinopotabar con un ciclo de caza y lucha simbólica que culmina con la caída de una escalera que divide los mundos superiores e inferiores.
Además, el mito integra figuras como Betenabe, un ser con partes de pez, reflejando posiblemente una conexión con la naturaleza acuática y lo primordial. En contraste, la segunda versión se centra exclusivamente en el conflicto principal entre Jinopotabar y la luna, motivado por su descontento con el brillo constante que perturba su sueño. La historia se desarrolla de manera lineal y épica, destacando la audacia de Jinopotabar al enfrentarse a la luna usando una escalera de guadua, su astucia y perseverancia tras quedar atrapado, y su eventual regreso guiado por aves.
La primera versión, con su foco en múltiples conflictos y detalles visuales del petroglifo, ofrece una visión más simbólica y mítica, sugiriendo un entendimiento más amplio de la relación entre humanos y el mundo natural y espiritual. Por su parte, la segunda versión dirige su narrativa hacia la acción heroica y personal de Jinopotabar, destacando su ingenio y valentía. Este relato se centra en un conflicto singular claro y resolutivo, lo que da lugar a una historia de desafío y superación personal más típica de un mito de heroísmo individual.
La primera versión implica una riqueza de relaciones con otros seres y entidades, lo cual se refleja en las escenas detalladas del petroglifo, mientras que la segunda versión enfatiza la lucha directa entre el héroe y un único antagonista celestial, priorizando la restauración del equilibrio nocturno.
Lección
El equilibrio entre los mundos requiere valentía y sacrificio.
Similitudes
El mito se asemeja a la historia de Ícaro en la mitología griega por su intento de alcanzar lo celestial, y al mito nórdico de Sköll y Hati que persiguen a la luna y el sol.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



