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Jadomacuriño (Guyataiba)

El mito de Jadomacuriño enseña sobre el trabajo y las consecuencias de la pereza, reflejando valores culturales y transformaciones en la selva.

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Ilustración de Jadomacuriño (Guyataiba)

En la profundidad de la selva, donde el canto de los pájaros se fundía con el susurro del viento entre las ramas, existía un mito que las abuelas contaban junto al fuego cada noche estrellada. A través de sus palabras, viajábamos a un mundo que combinaba lo tangible con lo imposible, donde los espíritus del monte jugaban con el destino de los hombres y mujeres. Allí vivió Jadomacuriño, la mujer que nos enseñaría el riesgo de dejarse consumir por la pereza.

Jadomacuriño había sido alguna vez una mujer de sonrisa amplia y manos ociosas, desposada con Jitoma Faïririyama, un hombre trabajador y severo que no pudo tolerar su falta de iniciativa en las tareas del hogar. "Una casa se construye con manos laboriosas, no con promesas vacías", decía al abandonarla, dejando a Jadomacuriño sin otra salida que vagar perdida por la espesura del bosque, su hogar ahora desvanecido como un sueño quebrado.

Durante días que parecían desenrollarse como hilos prolongados del tiempo, Jadomacuriño deambuló cerca de ríos, entre colinas, sin compañía más que el eco de su soledad. Hasta que una tarde, las sombras del monte la llevaron al pie de un árbol cargado de milpés, cuyas frutas amarillas pendían como soles diminutos, iluminando su oscuridad interior. Hambrienta y atrapada por su resplandor dorado, comenzó a comerlas. No sabía ella que esos frutos pertenecían al enigmático Guyataiba, un ser mítico que habitaba en lo alto del bosque.

Guyataiba la observó, entre la bruma de las alturas, y le cantó con una voz que parecía surgir de las hojas y el viento, una melodía encantadora y suave, aunque cargada de advertencia: "No te comas mi milpés. Allá en la loma están tus frutas, esas sí te las puedes comer", declaraba el canto, balanceándose en la brisa.

A pesar de su tono reprobatorio, en sus palabras Guyataiba ofrecía una promesa envuelta en misterio: "Ahora yo te recojo para que puedas comer mis frutas". Jadomacuriño, asombrada y sin comprender del todo lo que estaba sucediendo, no pudo resistir el hechizo de aquella voz y siguió comiendo. Fue entonces que una nueva vida comenzó a brotar dentro de su vientre, como si el espíritu del bosque hubiera insuflado aliento y misterio en su ser.

Pronto, las noticias de lo que había ocurrido llegaron a oídos de Jidobe, el líder de los micos voladores, un ser antiguo y sabio, aunque severo, que había sido su suegro. Decidió ayudarla de una manera en la que solo los seres de su especie sabían hacerlo. Exhibiendo un ritual vetusto y poderoso, sopló sobre la mano de Jadomacuriño, transfiriéndole el don del trabajo y la diligencia, aguardando que se transformara en una mujer empeñosa, capaz de forjar un destino distinto del que había conocido hasta entonces.

Para celebrar tal transformación, un baile magnificente se organizó en el corazón del monte. Jadomacuriño, rebosante de gratitud por el cambio interior que comenzaba a abrazar, invitó a Jidobe a asistir, prometiendo un obsequio que mostraría su aprecio. Al terminar la algarabía de música y danzas, Jadomacuriño, abrumada por el bullicio y su renovada energía, preparó un canasto colmado de los más exquisitos frutos y ofrendas. En su desordenado entusiasmo, se lo entregó a otro, creyendo que era su suegro. Los presentes partieron, llevándose consigo aquel presente que nunca llegó a las manos del verdadero destinatario.

Mientras recogía lo que la fiesta había dejado atrás, aún resonaba en su mente el eco de la música cuando advirtió a Jidobe en un rincón. Su corazón dio un vuelco al ver que se había quedado sin nada que ofrecerle. "Suegro, ¿eres tú? ¡Hace rato que preparé tu canasto y ya se lo llevaron!", exclamó, la voz teñida de apuro y arrepentimiento. "Ahora no tengo nada que ofrecerte. ¿Qué voy a darte?"

Con una calma nacida de la eternidad del bosque, Jidobe le respondió, "Está bien. Cuando haya otra fiesta, ya comeré.", y sus palabras parecieron fundir el tiempo hasta un instante de comprensión mutua. Con lo poco que restaba, Jadomacuriño le ofreció un humilde trozo de pescado machucado con ají negro sobre un pedazo de casabe. Jidobe lo aceptó sin reparar en la escasez, y tras degustar el obsequio, solicitó ver su mano una vez más.

En aquel momento, las palabras murmuradas por Jidobe parecieron enredarse con el sonido del viento entre los árboles, y en lugar de volver a bendecirla, retiró el don que había concedido. Allí, bajo las sombras que se alargaban, Jadomacuriño sintió que todo el ímpetu y el conocimiento del trabajo se desvanecían dentro de ella, como la luz de un fuego que se extingue con el soplido del viento.

Desconcertada y rodeada por una soledad aún más densa, preguntó con voz apenas audible, "¿Qué me has hecho, suegro?"

Jidobe, con una mirada que contenía la memoria de incontables generaciones, se levantó con pesadez y la maldijo. "Tú te quedarás convertida en oso hormiguero. Cuando un día aparezca la gente, dirá: ‘Esta es la mujer que convirtieron en oso hormiguero por ser perezosa’. Tu comida será la hormiga cabezona, y pasarás tus días en el monte, buscando con tu larga lengua aquello que nunca supiste valorar."

De ese modo, la transformación que había comenzado como una chispa de esperanza se volvió metamorfosis. Jadomacuriño sintió sus manos alargarse, su piel cubrirse de un pelaje áspero, y su rostro alargarse hasta convertirse en el hocico de un oso hormiguero. El bosque la acogió entonces como uno de sus hijos perdidos, y ella comenzó a errar por su espesura, buscando las hormigas de las que ahora dependía para subsistir, mientras el sueño del trabajo, perdido para siempre, se desvanecía como niebla matutina.

Desde aquel día, cada vez que un oso hormiguero era divisado en la verde plenitud de la selva, las abuelas recordaban la historia de Jadomacuriño como una advertencia susurrante: que el trabajo no solo construye el hogar, sino que mantiene encendida el alma de quienes lo realizan, evitando que se extravíe entre los misterios del monte.

Historia

El mito de Jadomacuriño tiene su origen en la historia de una mujer que fue abandonada por su pareja, Jitoma Faïririyama, debido a su pereza. En su soledad, Jadomacuriño encontró un racimo de milpés y comenzó a comer sus frutos, que pertenecían a Guyataiba. Tras comer, quedó embarazada de manera misteriosa. Jidobe, su suegro y jefe de los micos voladores, intentó ayudarla otorgándole la virtud del trabajo mediante un ritual. Sin embargo, después de un malentendido en una fiesta, Jidobe decidió revertir lo que le había dado y maldijo a Jadomacuriño, convirtiéndola en oso hormiguero. La historia se transmite como una lección de la importancia del trabajo y el impacto del descuido y la pereza.

Versiones

El mito presentado tiene una única versión en el extracto proporcionado. Sin embargo, al analizar la estructura y los elementos narrativos, uno podría hipotéticamente identificar aspectos que podrían variar en diferentes versiones. En esta historia, la protagonista Jadomacuriño es castigada por su pereza, siendo transformada en un oso hormiguero por su suegro Jidobe a modo de lección moral. Se centra en los temas del trabajo, la pereza y el castigo transformador, que son comunes en muchos mitos de transformación.

En comparaciones hipotéticas, otras versiones de este mito podrían variar en cómo Jadomacuriño interactúa con los demás personajes, como Guyataiba, el ser que observa desde las alturas. En algunas variaciones, Guyataiba podría tener un papel más activo en el castigo o la redención de Jadomacuriño. Además, el carácter del suegro Jidobe podría cambiar, siendo más compasivo o cruel, alterando así el desenlace del mito. También podrían incluirse elementos adicionales que expliquen más sobre Jitoma Faïririyama y su motivo para abandonar a Jadomacuriño, lo que podría ofrecer un contexto diferente sobre su carácter y sus motivaciones. Estas diferencias podrían enfatizar otros enseñanzas morales o reflejar variaciones culturales en la interpretación del mito.

Lección

El trabajo mantiene encendida el alma y evita que se extravíe.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Aracne, donde la transformación es un castigo por la falta de humildad.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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