La mañana en Anserma parecía una pintura viva, cada rayo de sol se derramaba en cascadas doradas sobre las aguas serenas que bordeaban la ciudad, y el cielo, vasto y despejado, extendía su azul límpido como un lago de cobalto infinito. En este lienzo de paz y naturaleza, gravitando entre el suspiro del viento y el murmullo de las hojas, se manifestaba en el improvisado atrio del templo una escena que, sin pretenderlo, alteraría más que el simple discurrir de una jornada.
La misa mayor había concluido y los feligreses, con la parsimonia propia del mediodía festivo, abandonaban el recinto sagrado. Entre ellos, el caballero don Jerónimo de Vezga caminaba acompañado de un amigo íntimo, quien le refería palabras que notificaron al caballero de un destino poco favorable. "¡Muy engañado va ese don Jerónimo!", profetizaba de forma incrédula. Podía el caballero sentir cada sílaba destilarse en su interior, como la presión que antecede al estallido de una tormenta.
La esencia del mensaje era clara: don Diego Gutiérrez de los Ríos, el padre de su amada, doña Isabel, no consentiría jamás que cayera la mano de su hija en las de un aliado de Benalcázar. Ello era tan claro como el reflejo del sol en las tranquilas aguas del río. El viejo don Diego, testarudo como un roble, hallaría previamente descanso en el umbral de la muerte o en la penumbra de una fe perdida, antes que ceder a su voluntad una alianza con uno que él consideraba adversario.
Don Jerónimo, cual marioneta abandonada al azar del viento, se dejó llevar sin rumbo claro hasta alcanzar su posada. Una vez allí, se tendió sobre la cama, buscando en su almohada—aquel confidente de poca tripa y hálito reseco—una revelación salvadora. La almohada, enmudecida bajo el peso del destino fraguado sin su consulta, no despidió más que palabras engañosas, que como trémulas ondas parecían rescatar el eco de una traición latente. "Corazón, ¿qué decís de esto?", preguntó Jerónimo, y en el recóndito palacio de su espíritu, su corazón replicó: "Digo que sí".
De tal modo, asumiendo la dictadura de su corazón que se encaprichaba con la beldad de doña Isabel, el enamorado caballero decidió trocar sus lealtades. Así como se cambia un manto al llegar el otoño, don Jerónimo dejó atrás las banderas de Benalcázar en busca del favor de Robledo. Este cambio de lealtades, sembrado en el jardín de las traiciones, resonó como un tañido fúnebre en la vida del caballero, cuyo destino se entretejía ahora con el grupo insurgente del mariscal George Robledo, dejando atrás las seguridades de antaño para sumergirse en el turbio cauce de las nuevas pasiones.
No había aún desgranado el alba sobre los horizontes cuando, raudo como el viento de la madrugada, se precipitó hacia la villa de Arma. Su propósito: unirse al mariscal Robledo y resguardar bajo su estandarte la última esperanza de ser aceptado por don Diego, el hidalgo receloso. Pero pronto la fortuna mostró su doble faz, la del despiadado azar, ya que Benalcázar, cuya astucia rivalizaba con su suerte, sorprendió los campamentos de Robledo una madrugada, sin pronunciar el estruendo de un solo disparo, maniatando la compañía rival como si de un rebaño sumiso se tratase.
La calma en la piel del momento se quebró, y antes de que las primeras luces del día desvistieran la noche, don Jerónimo, adivinando el inminente peligro, despertó al mariscal con un grito que olía a urgencia: "¡Ah, señor Mariscal! ¡Levántese vuesa merced y apréstese, que tenemos al Adelantado a tiro de arcabuz!" Pero como el destino suele tejer sus mallas en silencio, las fuerzas fueron insuficientes y, envuelto en una melancólica resignación, Robledo se rindió, sellando así un desenlace que llegó cuatro días después, cuando él y sus capitanes fueron ajusticiados sin piedad, muriendo bajo la brutalidad del garrote.
Escapando por un hilo de fortuna, don Jerónimo huyó. Su carrera lo llevó a un refugio seguro, los pies ligeros, el corazón palpitante con una mezcla de temor y alivio, desalojando el recuerdo amargo de la traición. Tiempo pasó, y las luces del peligro se desvanecieron al ritmo de los días que iban y venían como un río en calma. Libre de nuevo en Anserma, don Jerónimo se atrevió a soñar con la idea de obtener la bendición para unirse a su amada.
Con paso decidido, aunque el alma destilando incertidumbre, dirigióse a la casa de don Diego. Pero el honrado viejo, en cuya sangre corría la casta de los más nobles caballeros, no mostró signo de ablandar. "Señor pretendiente", comenzó con voz medida, "cuando erais parcial del Adelantado, tal vez a fuerza de constancia habríais acabado por rendir mi voluntad. ¡Pero hoy, con la flaca jugada que habéis hecho, cambiando de bandera como quien muda de jubón, habéis perdido toda esperanza!"
La sentencia vibró sobre el aire detenido, una soberbia premonición que se elevó hasta disiparse, crujiendo en el tiempo. Y así, Jerónimo, héroe desplumado por los calambres del destino, dejó aquella casa mientras el viento de Anserma continuaba acariciando con indiferencia su piel mustia, y su corazón—ese tirano invariable—se apretujaba contra el pecho en un murmullo que nadie más podía oír: el eco apagado de lo que pudo ser y jamás sería.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Las versiones del mito de Don Jerónimo presentan una compleja narrativa centrada en las lealtades políticas y las consecuencias personales de cambiar de bando durante un conflicto. En la versión proporcionada, las acciones de Don Jerónimo están marcadas por un dilema entre el amor y la fidelidad política. Al principio, enfrenta el rechazo de Don Diego debido a su asociación con el Adelantado Benalcázar. La decisión de Don Jerónimo de abandonar su lealtad al Adelantado y unirse al rival Mariscal Robledo parece inicialmente una táctica para ganarse el favor de su futuro suegro, Don Diego. Sin embargo, esta estrategia no solo falla, sino que lo expone al peligro y a una crítica aún mayor, ya que Robledo es derrotado y él apenas escapa con su vida.
En contraste, la perspectiva de Don Diego refleja una visión rígida e intransigente del honor y la lealtad, que se revela cuando, pese a que la razón política que impedía el matrimonio ha desaparecido, sigue rechazando a Don Jerónimo debido a su falta de constancia y honor al cambiar de bando. La lección moral en esta versión se centra en la inmutabilidad de ciertos principios personales que valoran la consistencia y la integridad por encima de la ventaja pragmática. Don Diego representa una posición ética inflexible que, desde su punto de vista, le prefiere aceptar un enemigo honesto antes que un aliado voluble e interesadamente desleal. Esta dinámica entre lo personal y lo político y el conflicto entre el pragmatismo y la integridad configuran el eje central de esta narrativa mitológica.
Lección
La falta de constancia y honor puede llevar a la pérdida de todo lo que se desea.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos como el de Paris, donde el amor y la lealtad política entran en conflicto, y a mitos nórdicos sobre traición y honor.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



