En los albores de la tierra de los chibchas, allá donde el sol se alzaba con majestad sobre el altiplano cundiboyacense, existía un valle sagrado llamado Sogamoso. En este lugar, los mitos se entrelazaban con la realidad y las leyendas merodeaban entre las sombras de las montañas. El espíritu de un ser mítico, conocido por muchos nombres y de cualidades cambiantes como la luz del día, gobernaba este sitio místico. A veces se le llamaba Idacansás, que en la antigua lengua significaba "luz grande de la tierra", y otras veces se le conocía como Nompanem, aquel que estableció un linaje de divinidad en el mundo de los hombres mortales. Se decía que este ser llevaba en su frente y sus brazos la señal de la cruz, y que con una macana como bastón, recorría las tierras predicando y dejando rastros de sabiduría entre quienes lo acogían.
Un día, sin que al principio se percibieran cambios en el viento o en la tierra, un hombre de apariencia sobrenatural, al que llamaban Sadiquia Sonoda —"nuestro pariente y padre"—, Sugundomoxe —"santo que se hace invisible"— y Sugunzua —"hombre que se desaparece"—, llegó al pueblo de Ganza. Allí, donde hoy se alza Gámeza, los caciques de los alrededores acudieron a saludarle, atraídos por el rumor de aquel que era también conocido como Bochica en otras tierras. Este hombre de prodigios se internó en una cueva durante tres días, tiempo en el cual los caciques de los pueblos cercanos, entre ellos Socha, Tasco y Tópaga, acudieron a venerarlo y a escuchar sus enseñanzas.
Dicen los antiguos que este ser mítico, con una serenidad que parecía calmar incluso la furia de las tormentas, enseñó a los hombres a hilar algodón y a tejer mantas, infundió en ellos el conocimiento de la vida política y les mostró cómo vivir armoniosamente con la naturaleza que los rodeaba. Allí, donde las huellas del tiempo se entrelazan con la eternidad, en el pueblo de Iza, dejó estampado su pie en una roca, y desde entonces, las mujeres de esa tierra acuden a raspar la piedra y beben en agua su polvo, buscando un parto seguro y bendecido por la misma esencia sagrada de Idacansás.
Pero la historia no concluye con la desaparición de este singular héroe del tiempo. Se cuenta que antes de su partida definitiva, legó al cacique de Sogamoso una herencia de santidad y poder inimaginables. Este cacique, en su nueva investidura como sumo sacerdote del Sol —el astro que todo lo ve y todo lo ilumina—, clamó tener la capacidad de controlar las lluvias, dictar los calores y las sequías, enviar pestilencias o sanaciones según se deseara. Así, la tierra de Sogamoso se convirtió en un foco de peregrinación religiosa, y su templo, una joya de devoción espiritual, brillaba como una Roma dorada entre las verdes montañas chibchas.
En esos tiempos en que la magia y la realidad se entrelazaban, no era extraño que los pueblos acudieran al cacique de Sogamoso, buscando consejo y oráculos. Con sus juicios siempre acertados, cada profecía cumplida aumentaba más su fama, no solo entre los muiscas, sino también entre las tierras vecinas que reverenciaban este lugar como un territorio sagrado, un Santuario del Sol.
Y así, mientras el sol seguía su curso eterno y la luna tejía sus sombras sobre el valle, el mito se expandía, transformando las brumas del tiempo en un tapiz de relatos que danzaban con el viento. Sogamoso permanecía como un faro de luz en medio de la tierra, un símbolo de la conexión eterna entre el hombre y lo divino, donde cada historia contada era una verdad que vibraba en los corazones de quienes recordaban. En aquel reino donde los mitos y la historia se abrazaban, Idacansás, Nompanem y Bochica vivían en cada palabra susurrada, en cada ritual perpetuado, llevando consigo el legado de un poder ancestral que trascendía el tiempo mismo.
Historia
El mito de Idacansás está relacionado con la mitología muisca, en particular con la ciudad sagrada de Sogamoso. Idacansás es presentado como un sumo sacerdote del Sol y un poderoso hechicero, capaz de provocar fenómenos meteorológicos y enfermedades. Este cacique, cuyo nombre significaba "luz grande de la tierra", era considerado un oráculo y tenía influencia tanto política como religiosa.
Las versiones relatan que Idacansás tuvo grandes capacidades mágicas, incluido el control sobre el clima. Además, otros nombres como Bochica se asocian con él, lo que indica una vinculación con mitos muiscas anteriores. Asimismo, se destaca su capacidad de comunicación con lo divino, que se interpretó como un vínculo con poderes demoniacos según algunas narraciones. Él fue considerado santo por la gente de la región debido a sus supuestos milagros.
El mito también menciona que Idacansás legó su santidad y poderes al cacique de Sogamoso, convirtiendo a este en un centro espiritual y político de la región. Este legado convirtió al cacicato de Sogamoso en un territorio sagrado entre los muiscas, atrayendo peregrinaciones a su templo. La importancia política y religiosa del cacicato se estableció por elecciones, destacando el rol primordial de Sogamoso como una "Roma o Meca" para los chibchas.
Por tanto, el origen del mito sugiere una mezcla de narrativas sobre poderes místicos, legado espiritual y organización política, reflejando las creencias y estructuras sociales de los antiguos muiscas de la región cundiboyacense.
Versiones
Las versiones examinadas presentan variaciones significativas en la percepción y rol de figuras míticas como Idacansás y Bochica en la mitología muisca, con un enfoque particular en la región de Sogamoso y su relación con el concepto de divinidad y poder. La narración inicial enfatiza la grandiosidad y las capacidades mágicas atribuidas a estos caciques, describiéndolos como poseedores de una santidad vinculada no solo a virtudes supuestas, sino también a una habilidad casi demoníaca para manipular eventos naturales y castigar a enemigos. En esta perspectiva, Idacansás aparece como un oráculo influyente, conocido por su habilidad para predecir condiciones climáticas y recibir consultas de un amplio rango de indígenas del Nuevo Reino. Aquí, el mito resalta una transformación casi divina, pasando de un estado humano a uno de relevancia cósmica.
Por otro lado, las versiones donde se detalla el papel de Bochica como civilizador proporcionan una visión distinta, donde figuras como Nompanem y otros caciques actúan como intermediarios y herederos de un legado de sabiduría y poder espiritual. Estas narraciones se inclinan hacia la transformación cultural y educativa, describiendo a un personaje que enseña habilidades prácticas y políticas a las comunidades locales y cuyo legado perdura como una tradición venerada en varios territorios. Se destaca una narrativa más humanizada y centrada en el impacto social y tecnológico, en contraste con la figura de Idacansás, que en ciertas versiones es retratado como una figura central que asume un carácter divino paralelo a Bochica, con el mismo dominio sobre los elementos naturales. En todas las versiones, persiste una comunicación del poder de los caciques con su comunidad, tanto a través de prácticas religiosas como políticas, pero las actitudes hacia sus capacidades varían desde una admiración mezclada con temor hasta un reconocimiento más pacífico de su influencia social.
Lección
La sabiduría y la conexión con lo divino pueden transformar y guiar a una comunidad.
Similitudes
Este mito se asemeja a las historias de Quetzalcóatl en la mitología azteca y Prometeo en la mitología griega, donde seres divinos traen conocimiento a la humanidad.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



