Cuando el Katsa Su todavía hablaba más fuerte que los machetes, vivía una mujer Awá llamada Nampí. No era cacica ni curandera famosa, pero tenía oído fino: sabía cuándo el río estaba contento y cuándo el agua venía con rabia. Nampí cuidaba la chagra y también cuidaba la boca de una quebrada donde el agua nacía clarita, como si saliera de una vasija de piedra. Una tarde de lluvia mansa, Nampí oyó un silbido que no era de pájaro ni de viento. Era un llamado largo, como si alguien soplara por dentro de un carrizo. La muchacha miró el agua y vio que el remolino no giraba al azar: giraba como ojo. Y del ojo salió una sombra gruesa, negra y brillante, que parecía una raíz viva. Era Guagaja, la culebra gigante, la que no se deja ver completa porque su cuerpo está repartido en los caminos del agua. Guagaja no habló con boca, habló con corriente. Le mostró a Nampí imágenes: niños bebiendo sin permiso del nacimiento, hombres tirando sal y basura, otros abriendo trochas donde el suelo se desangraba. Y entonces la culebra se enroscó alrededor de una piedra grande y la piedra tembló como si tuviera corazón. Nampí entendió. Se quitó la higra y la puso en la orilla como ofrenda sencilla: hojas buenas, ají, un puñado de maíz. Luego cantó bajito, no para mandar, sino para pedir. Guagaja se acercó y, con la punta de su cola, marcó en el barro cuatro líneas: una hacia abajo, otra hacia el monte, otra hacia la bruma y otra hacia el cielo. Y Nampí sintió que esas líneas eran caminos entre mundos. Esa noche, cuando el pueblo durmió, Guagaja salió a caminar por el río como si el río fuera su piel. Donde encontró chisme, maldad y abuso, levantó la corriente y la volvió turbia. Donde encontró respeto, dejó el agua dulce y quieta. Al amanecer, Nampí vio que la quebrada nacía igual de clara, pero alrededor había huellas como de arrastre, y un olor a hojas machacadas. Desde entonces, dicen, Guagaja no castiga por gusto: castiga para enderezar. Y Nampí quedó como guardiana del nacimiento. Cuando alguien quería tumbar monte sin medida, ella no gritaba: solo decía, ‘si el agua se enoja, no es el agua la que pierde’. Y el que entendía, se detenía. Por eso, hijitos, cuando pasen por un remanso oscuro, no tiren piedra por juego. Puede ser que Guagaja esté respirando ahí, y el río esté oyendo lo que ustedes son por dentro.
Historia
Este relato se cuenta como advertencia y como memoria territorial: ubica a Guagaja como guardián acuático del Katsa Su y a la mujer Awá como mediadora entre el cuidado cotidiano (chagra, nacimientos de agua) y el orden espiritual. La historia se asocia a zonas de selva húmeda y ríos del piedemonte y litoral nariñense donde el pueblo Awá ha sostenido su vida comunitaria. En el relato, la culebra no es solo animal: es fuerza de equilibrio que responde a la conducta humana. En la tradición oral, el mito funciona como regla práctica: no ensuciar nacederos, no abusar del monte, no entrar a sitios sagrados con burla o soberbia. También enseña que el territorio no es un objeto: es un ser vivo que escucha y devuelve.
Versiones
1) Versión del remolino: algunos mayores dicen que Guagaja no se muestra como cuerpo, sino como un remolino que aparece tres veces seguidas. Si alguien lo cruza sin permiso, pierde el camino y amanece lejos, como si lo hubieran cargado. 2) Versión de la canoa: otros cuentan que Guagaja se disfraza de canoa vacía en una curva del río. El ambicioso se sube para ‘ganarse’ la canoa, y la canoa se vuelve culebra y lo devuelve a la orilla, golpeado por el susto. 3) Versión del canto: en algunas familias se dice que la mujer Awá no se llamaba Nampí, sino que era una joven sin nombre, porque el nombre se lo dio el agua después. Desde entonces, su linaje hereda el deber de hablarle al nacimiento. 4) Versión del trueque: hay quienes afirman que Guagaja pidió un trueque: por cada árbol tumbado, sembrar dos; por cada pesca grande, dejar descansar el remanso. Si se cumple, la culebra duerme y el río canta.
Lección
El mito enseña que el agua tiene dueño espiritual y que el territorio no se usa sin reciprocidad. También recuerda que la autoridad no siempre grita: a veces cuida, advierte y sostiene la vida con actos pequeños (ofrenda sencilla, palabra medida, respeto por el nacimiento). La lección central es de equilibrio: cuando la comunidad rompe el pacto con el agua y el monte, el desorden vuelve en forma de enfermedad, pérdida de camino, escasez o miedo. Cuando se honra el pacto, el territorio responde con buen vivir.
Similitudes
Guagaja se parece a otras figuras de serpiente madre o guardiana del agua presentes en relatos indígenas y populares de la región andino-pacífica y amazónica: seres acuáticos enormes que habitan remansos, nacederos o desembocaduras y que castigan el abuso humano. También comparte rasgos con leyendas donde una mujer actúa como mediadora entre comunidad y fuerza sobrenatural del río: el canto, la ofrenda y el respeto como formas de ‘hablar’ con el agua. En el plano simbólico, coincide con mitos de orden frente al caos: la serpiente no es solo amenaza, es límite y norma viva que protege lo sagrado.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



