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Barbachas del Árbol Grande

Dicen los mayores que antes de los caminos todo era humedad, y en la piel del Árbol Grande se abrazaron dos barbachas, una blanca y una negra. Cuando tocaron la tierra, se volvieron paso y luego gente. Por eso, cuidar el agua y la montaña no es costumbre: es origen.

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Ilustración de Barbachas del Árbol Grande

Antes de que hubiera camino, antes de que el río supiera su nombre, todo era una sola humedad. No era lluvia ni neblina: era el aliento del mundo guardado en la montaña. En ese tiempo, la selva estaba callada porque todavía no tenía oídos, y la piedra no era piedra sino sueño apretado. Dicen los mayores que entonces apareció el Árbol Grande, tan alto que su copa tocaba el pensamiento del Creador. No tenía frutos, porque aún no existía el hambre; no tenía sombra, porque aún no existía el cansancio. Pero sí tenía piel, y en esa piel se pegó la primera vida: dos barbachas, una blanca y una negra, como si la noche y el día se hubieran abrazado sin pelear. La barbacha blanca era mujer, suave como el musgo que no lastima; la barbacha negra era hombre, firme como raíz que no se suelta. Y como el mundo estaba preñado de agua, el Árbol Grande bebió y bebió, y la barbacha creció hasta tocar la tierra. Cuando la barbacha tocó el suelo, no cayó: se volvió paso. Y donde se volvió paso, se volvió gente. Así nacieron los primeros inkal Awá, no de barro ni de hueso, sino de humedad y cuidado. Por eso el cuerpo del Awá no termina en la piel: sigue en la hoja, en el bejuco, en el lodo del sendero. Por eso, cuando la montaña se enferma, el Awá amanece con el pecho apretado. Pero el mundo no era uno solo. Debajo del suelo vivía la gente pequeña que come humo, y arriba, donde el aire es fino, vivían los que guardan el destino. El Árbol Grande, al sentir que sus hijos caminaban sin entender, les mandó un aviso: un armadillo abrió un hueco y se metió como quien abre una puerta. Dos cazadores lo siguieron y cayeron al mundo de abajo. Allí vieron hormigas grandes, vieron zapallos que engañaban la vista, y aprendieron que cada mundo tiene su ley. Cuando regresaron, trajeron la primera norma: no se entra a un sitio sagrado sin pedir permiso, porque los dueños del agua y de la montaña no duermen. Desde entonces, cuando alguien tala sin palabra o ensucia un ojo de agua, las barbachas se ponen ásperas, como si el Árbol Grande se rascara por dentro. Y cuando la comunidad vuelve a cantar y a limpiar las vertientes, las barbachas se ablandan otra vez, y el río recuerda su camino. Así fue, mijo: nacimos del abrazo de dos barbachas, y por eso nuestra misión no es mandar sobre la selva, sino sostenerla, como se sostiene a un niño para que aprenda a caminar.

Historia

Este relato nuevo se inspira en la memoria oral Awá sobre el origen desde la barbacha blanca y negra unidas al Árbol Grande, y en la idea de que el territorio grande es una sola casa viva donde conviven humanos, espíritus y dueños de lugares. En la historia, las barbachas no son solo musgo: son ancestros y pacto. El mito sitúa el nacimiento de los primeros inkal Awá en un tiempo de humedad primordial, y explica por qué el cuidado del agua y de la montaña es una obligación de origen. También integra la enseñanza de los cuatro mundos mediante un episodio de descenso al mundo de abajo, donde la gente pequeña que come humo custodia leyes antiguas sobre respeto, límites y reciprocidad. La historia no pretende reemplazar los relatos propios: busca crear una pieza editorial contemporánea que dialogue con la cosmovisión Awá y con el paisaje nariñense (selva, ríos de cabecera, neblina, vertientes), resaltando la relación ética entre comunidad y territorio.

Versiones

1) Versión del río de cabecera: algunos mayores cuentan que el Árbol Grande estaba en la cabecera de un río y que el primer Awá aprendió a hablar escuchando el golpe del agua contra la piedra. En esta versión, el agua nombra a la gente. 2) Versión del fogón: se dice que la barbacha blanca y la negra no se volvieron gente hasta que sintieron el calor del fogón humano. Aquí, el fuego no es enemigo del agua, sino su compañero para enseñar equilibrio. 3) Versión del armadillo guardián: el armadillo no solo abre el hueco al mundo de abajo; también decide quién puede volver. Si la persona regresa con soberbia, vuelve enferma o desorientada. 4) Versión de los dueños del agua: en algunas narraciones, los ojos de agua tienen guardianes invisibles que se ofenden cuando se entra sin palabra. La barbacha se vuelve áspera como señal de advertencia. 5) Versión del canto: otras voces afirman que las barbachas se mantienen vivas mientras se cante en lengua propia y se enseñe a los niños el camino de respeto a los sitios sagrados.

Lección

La lección principal es que el origen no es un recuerdo: es una responsabilidad. Si el pueblo nació del musgo y la humedad del Árbol Grande, entonces la vida humana depende de mantener sanos los ríos, las vertientes y la montaña. El mito enseña tres normas: pedir permiso antes de entrar a lugares sagrados; no tomar más de lo necesario; y reparar el daño con trabajo comunitario y palabra compartida. También recuerda que la identidad se sostiene en el cuidado del territorio y en la transmisión oral entre mayores y jóvenes.

Similitudes

Este relato se parece a otros mitos de creación indígenas de Colombia en varios rasgos: la vida nace de elementos naturales (agua, plantas, humedad) y no de una separación radical entre humanidad y naturaleza; el mundo está estratificado en niveles o mundos conectados; y existen dueños o guardianes de lugares que regulan el equilibrio. También dialoga con relatos andinos y amazónicos donde el descenso a un mundo subterráneo trae leyes o conocimientos para el buen vivir. En el Pacífico, comparte la idea de seres del monte y del agua que castigan la falta de respeto, pero aquí el centro no es el miedo sino el pacto de origen con el Árbol Grande y las barbachas.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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