Folklore macabro

Caribe · Mestizo

Folklore macabro

Una mujer que muele maíz oye cascos en el Playón del Blanco y ve pasar un caballo sin cabeza, aparición nocturna que transforma un recorrido cotidiano.

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Folklore macabro: la entrada del relato

El relato

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La mujer dejó la mano de piedra sobre la piedra de moler y se quedó quieta. Venía un caballo por la callecita del barrio, al trote, con un tintineo de cadenas que sonaba como monedas cayendo. Levantó el pedazo de fique que tapaba la única ventanilla de la casa y miró afuera.

La calle estaba vacía. Había luna llena y se distinguían hasta los detalles de más lejos. Ni un alma en todo el Playón del Blanco. Y el caballo seguía acercándose.

En el barrio se sabían dos cosas de él. Que no se dejaba ver por nadie: al llegar cerca de quien lo espiaba desaparecía, y volvía a sonar más adelante. Y que iba sin cabeza, aunque nadie lo hubiera visto nunca.

Lo oyó llegar al pie de su casa. Se armó de valor, con la garganta seca y los ojos muy abiertos, dispuesta a verlo pasar. Los pasos se cortaron en seco. No vio nada. A los pocos minutos el trote volvió a oírse una cuadra más allá, marcando el compás con sus cadenas, cada vez más lejos. Le subió un frío por la espalda. Los vecinos la encontraron al aclarear el día, todavía desmayada, en el mismo sitio donde había esperado la visión.

Aquella calle tenía historia, y de la historia le venía la fama. En tiempos de las guerras civiles muchos desertores se batieron allí con sus perseguidores, y allí murieron; después se estableció un retén militar que guardaba esa entrada de la ciudad hacia el occidente. Todavía en 1903 se oían las dianas de los soldados y cruzaban militares a caballo a medianoche. Había además un muro de cal y canto donde la tropa hacía ejercicios de tiro al blanco, y de ahí parece que le vino el nombre al playón. De aquella hilera de casitas de palma y bahareque con los patios sobre el agua salada queda hoy una calle trasera, la de Las Flores.

A la madrugada siguiente salió el vecindario entero a comprobarlo. Se escondieron detrás de los corrales y bajo los aleros. Juan León, que era el más resuelto, se tendió en mitad de la calle debajo de unos haces de palma, dejando la cabeza fuera.

El reloj lejano de la ciudad dio las tres y se oyó venir el caballo, trotando, con el tintineo de siempre. El bulto se hacía más nítido a cada paso. Juan León se levantó, cerró los ojos y avanzó haciendo esfuerzos sobrehumanos. Cuando calculó que ya iba a chocar con el fantasma, los abrió de golpe.

—¿Te vas a dejar atropellar de mí, Juan León?

Era Luis Cachita, el lechero de todos los días. Los que vigilaban se acercaron, unos con miedo y otros crecidos al ver a Juan León hablándole de tú al aparecido. Alguien le exigió una explicación: que cuando lo esperaban se desaparecía, y que eso no era natural.

Luis Cachita soltó una risotada.

—Lo que pasa es que hay vecinos que me reciben la leche por el frente de la casa, y a otros tengo que llevársela por el patio de atrás. Entonces entro por un callejón y salgo por el otro. Ese es todo el misterio.

El vecindario quedó mudo y corrido por la tontería que había cometido. Desde ese día, deshecho el endriago, a nadie se le ocurrió declararse héroe de ninguna hazaña frente al caballo sin cabeza.

Folklore macabro: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un misterio que aguanta años puede deshacerse en una madrugada, en cuanto alguien se decide a mirar.”

Territorio

Caribe · Mestizo

Caribe · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4242° · -75.5144°

Ficha del relato

Contexto histórico

La pieza está en las páginas 79 a 81 de la selección cartagenera que ocupa el tramo central del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», investigado y compilado por Eugenia Villa Posse para el IADAP (Quito, 1993). Los textos de ese tramo salen de «Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo, Editorial Nuevo Mundo, 1948, y la nota de la página 65 advierte que su autor elaboró literariamente el material recogido de la tradición oral de la ciudad.

Conviene empezar por el encabezado, porque no es un título. En el impreso dice «Del folklore macabro», con preposición: es el rótulo de una entrada de repertorio, la casilla donde el autor guarda una de las consejas de los barrios menores de Cartagena, y no el nombre de una historia. Leerlo como título promete un relato de aparecidos que el texto no entrega.

El aporte de la obra está en la topografía histórica del sitio, y es lo que explica la leyenda sin necesidad de fantasmas. Martínez Fajardo cuenta que en las guerras civiles muchos desertores murieron en esa calle batiéndose con sus perseguidores, que allí se estableció un retén militar para guardar la entrada occidental de la ciudad, que todavía en 1903 se oían las dianas y pasaban jinetes de medianoche, y que el nombre del Playón viene de un muro de cal y canto donde la tropa hacía tiro al blanco. Añade la equivalencia con el plano de su época: aquellas casitas de palma y bahareque con los patios sobre el agua corresponden a la actual calle de Las Flores.

Queda por declarar el registro del original, porque hay una frase que no se puede pasar por alto. Al explicar por qué abundan las consejas en el litoral, el autor lo atribuye a que «la mentalidad de la raza negra es naturalmente fantaseadora». Es un juicio racista, propio del libro de 1948 y de su época, y no se recoge aquí como explicación de nada: el propio texto ofrece dos páginas más abajo la razón histórica —los muertos, el retén, las dianas— que sí sostiene la fama del lugar.

Resonancias con otros mitos

El caballo sin cabeza pertenece a una familia numerosa y bien documentada en el folclor hispanoamericano, donde comparte oficio con la mula de tres patas, el jinete descabezado y otras figuras que recorren de noche los caminos de salida de los pueblos. Casi siempre se las localiza en un punto con historia de muertes violentas —una encrucijada, un cementerio, un lugar de ajusticiamientos—, y aquí ocurre exactamente eso: el Playón del Blanco era paso de desertores y sede de un retén.

El segundo parentesco es de tipo y es el que define la pieza. Existe una rama entera de relatos populares dedicada a desarmar la aparición: el fantasma resulta ser una sábana en un alambre, el alma en pena un borracho, el difunto que camina un vecino con un candil. Los catálogos de cuentos los agrupan aparte de las leyendas de espantos porque su desenlace es cómico y su moral es la vergüenza colectiva, no el miedo. En la misma selección cartagenera «El fantasma del teatro Azul» hace la operación equivalente con un título que también promete lo que no hay.

El tercero es de oficio. El trabajador nocturno confundido con un espectro —sereno, panadero, lechero, aguador— es una explicación recurrente en las tradiciones urbanas, y no es casual: eran los únicos que andaban por la calle a las horas en que la leyenda ocurre. La gracia del cuento está en que la ronda del reparto y la ronda del fantasma tenían el mismo horario y el mismo recorrido.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Del caballo circulan en el relato tres explicaciones que no se parecen, y el interés está en el orden en que se desmontan.

  2. La primera es la del vecindario, y tiene dos partes contradictorias entre sí. Dice que el animal no puede ser visto por nadie, porque desaparece justo delante de quien lo espía y reaparece más allá; y dice también que va sin cabeza, cosa que nadie ha comprobado precisamente porque nadie lo ha visto. El texto señala la contradicción con una frase seca: «no obstante no haberlo visto nunca, el vecindario aseguraba».

  3. La segunda la dan la mujer de la ventanilla y Juan León, que son los dos únicos testigos de cerca, y sus testimonios se contradicen. Ella oye el trote llegar hasta su puerta, no ve nada y se desmaya. Él ve el bulto acercarse, avanza con los ojos cerrados y, al abrirlos, encuentra a un hombre conocido. Lo que cambia entre una escena y otra no es el caballo: es que el segundo abre los ojos.

  4. La tercera es la del propio lechero, y cierra el asunto sin dejar resto. Reparte la leche por el frente en unas casas y por el patio en otras, y para eso entra por un callejón y sale por el siguiente. La aparición y la desaparición eran un itinerario de reparto.

  5. Y hay una cuarta, que es la del autor y se desdobla. Por un lado ofrece la historia militar de la calle para explicar por qué allí se veían cosas. Por otro atribuye la abundancia de leyendas en el litoral a un rasgo mental de la población negra, que es prejuicio de época y no explicación. La primera se sostiene con hechos fechados; la segunda no se sostiene con nada.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Trae el texto en las páginas 78 a 82 con el encabezado «Del folklore macabro», con preposición, que es la prueba de que se trata del rótulo de una casilla de repertorio y no del título de un relato: el dato sólo se puede comprobar aquí, porque el impreso de 1948 no es consultable. Sólo aquí están también la topografía histórica que explica la leyenda sin fantasmas —los desertores muertos batiéndose en esa calle durante las guerras civiles, el retén militar que guardaba la entrada occidental de la ciudad, las dianas que todavía se oían en 1903, el muro de cal y canto donde la tropa hacía tiro al blanco y que dio nombre al Playón— y la equivalencia con el plano de 1948: aquellas casitas de palma y bahareque con los patios sobre el agua son la actual calle de Las Flores. Y aquí está la frase racista del autor sobre «la mentalidad de la raza negra», que la nota de la página 65, al declarar el material elaborado literariamente, ayuda a situar como voz de la obra.

  2. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Fija el resultado negativo más duro de esta ficha: en sus 293.498 caracteres de texto, la palabra «Playón» no aparece ni una vez. Es el estudio más extenso y más citado sobre la población histórica de Cartagena, cubre precisamente los barrios de borde y sus traslados —Boquetillo, Pueblo Nuevo, Pekín, Canapote, La Boquilla, Chambacú— y aun así el lugar donde el relato sitúa el caballo no está en él. Al mismo tiempo, esa cadena de barrios documentados es lo que permite decir qué clase de sitio era el Playón del Blanco: uno más de los asentamientos precarios que la ciudad fue empujando fuera del muro.

  3. Geografías del destierro: los barrios afro y populares de Cartagena de Indias, 1844-1885 (Nómadas, n.º 48)

    nomadas.ucentral.edu.co

    Pone año a los arrabales que rodean la escena y, de paso, desarma la frase racista del autor. Documenta que los primeros barrios afro y populares extramuros surgen hacia 1885 y sostiene que la separación racial del espacio no venía de la colonia sino que se programó después, como política urbanística. Si esos vecindarios son una creación reciente y deliberada, lo que explica que allí se contaran consejas no es ninguna mentalidad heredada, sino que en esos bordes fue donde la ciudad puso a los muertos, a los desertores y a la tropa, que es lo que el propio relato dice tres páginas más abajo.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Modernización urbana y exclusión social en Cartagena de Indias, una mirada desde la prensa local (Territorios, n.º 36, pp. 159-188)

    revistas.urosario.edu.co

    Reconstruye la mirada letrada que el relato reproduce y luego abandona. A partir de los periódicos cartageneros muestra cómo los barrios pegados a la muralla se convirtieron en símbolo de una Cartagena premoderna y antihigiénica, y cómo esa retórica —la del vecindario ignorante que cree en aparecidos— circulaba impresa antes de que Martínez Fajardo la usara. El interés para esta ficha es que el cuento acaba haciendo lo contrario de lo que esa prensa hacía: en vez de dejar al arrabal como reino de la superstición, identifica al lechero y devuelve al vecindario su sentido común.

  2. «Fortificaciones / Derribo de las murallas» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Da la razón física de que hubiera un retén donde el relato lo pone. La ciudad estuvo cerrada por murallas terminadas en 1796 y sólo se abrió por tramos en el siglo XX, empezando por el que va de la Boca del Puente a la India Catalina; mientras ese cinturón existió, entrar y salir era pasar por una puerta vigilada. La «entrada occidental de la ciudad» que el autor dice que se guardaba con tropa no es, por tanto, una invención de ambiente: es la consecuencia lógica de una plaza fuerte todavía amurallada en las guerras civiles.

  3. Ghosts: Folktales of Aarne-Thompson-Uther Types 1676 and 1676B (Real Ghosts and Fake Ghosts)

    sites.pitt.edu

    Reúne la rama de cuentos que esta pieza ejecuta y que los catálogos separan de las leyendas de espantos: relatos en que el aparecido resulta ser una persona con una sábana, un bromista, un vecino en su tarea nocturna. Entre los once textos editados —de Bélgica, Alemania, Suecia, Irlanda e Inglaterra— está «The Death Shroud» y está «Two Spirits», donde un marido se envuelve en un lienzo blanco para asustar a su mujer en el camino del cementerio. La mecánica es la misma que aquí: la aparición existe sólo mientras nadie la mira de cerca, y el desenlace no es el miedo sino la vergüenza de haber creído. Lo que el relato cartagenero añade al tipo es el horario laboral: el lechero y el fantasma tenían el mismo recorrido y la misma hora.

  4. Los estudios sobre la esclavitud en el Caribe colombiano (Historia Caribe, vol. 20, n.º 47, pp. 197-222)

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Sirve para pesar de dónde viene la frase que esta ficha declara y no adopta. Su recorrido por cómo se ha escrito sobre la población negra del Caribe colombiano muestra que la atribución de rasgos mentales colectivos —fantasía, credulidad, superstición— fue durante décadas un lugar común de la escritura culta sobre la región antes de que la historiografía lo desmontara. La sentencia del autor de 1948 sobre «la mentalidad de la raza negra» no es una salida de tono personal: es el estado normal del discurso letrado en el que escribía, y así hay que fecharla.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Certifica quién guardaba esta casilla de repertorio. Nombra a Eustorgio Martínez Fajardo, dice que firmaba sus trabajos periodísticos con el seudónimo «Eumarfa» y describe su libro como una recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica. Que el hombre fuera columnista importa aquí de manera concreta: un rótulo como «Del folklore macabro» es una cabecera de sección de periódico trasplantada al libro, y eso explica que lo que sigue no tenga forma de leyenda sino de entrada de repertorio con nota histórica al pie.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es la única puerta abierta hacia los tres datos que aquí faltan: el retén militar, las dianas de 1903 y la equivalencia del antiguo playón con la calle de Las Flores. Sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX, es decir, exactamente el periodo de las guerras civiles y del cambio de nomenclatura urbana, e incluyen los «Anales del Municipio» con que trabaja la historia local. Que ninguna de las tres cosas esté comprobada no significa que no haya dónde comprobarlas: significa que hay que ir, porque no existe catálogo en línea.

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«Folklore macabro» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Folklore macabro» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Folklore macabro» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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