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Este era un rey que tenía dos hijas bonitas

El relato del rey y el vendedor de flores revela una apuesta que desvela una verdad oculta.

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Ilustración de Este era un rey que tenía dos hijas bonitas

Érase una vez un reino que se alzaba como un sueño flotante entre montañas y valles, donde el rocío cantaba por las mañanas y las estrellas danzaban por las noches. En un rincón de este magnífico país, un rey gobernaba desde un castillo que parecía construido de susurros y secretos. Las paredes eran de mármol tan blanco que se confundían con las nubes, y en sus jardines florecían rosas de mil colores que perfumaban la brisa, como hechizos sutiles que acunaban a quienes respiraban su aire.

El rey vivía en el castillo con sus dos hijas, quienes eran la luz de sus ojos y el orgullo de su corazón. Eran tan hermosas como el amanecer sobre el océano y se decía que sus risas eran capaces de hacer florecer los campos más áridos. Pero más allá de su belleza, cada hija poseía una cualidad especial que la hacía única en aquel mundo mágico.

Sin embargo, como ocurre en los hilos tejidos por el destino, una pequeña sombra cruzaba la existencia de la hija menor: al caminar, su paso era desigual y tambaleante, como el de una mariposa atrapada por el viento. A pesar de que en sus ojos brillaba la misma caricia del sol, muchos se referían a ella como la coja, con un tono entre la compasión y el desprecio que pesaban como plomo en su esbelta figura.

Un día, el rey, que tenía el vicio peculiar de los mortales de dejarse llevar por juegos y apuestas, se topó con un extraño en la plaza de un pueblo cercano. El extraño era un vendedor de flores, vestido con harapos que parecían haber sido tejidos de las hojas que caían en otoño, con una sonrisa circunspecta y un destello de revuelo en sus ojos. Las flores que cargaba no eran comunes; cada pétalo era una obra de arte, algunos de fuego, otros de hielo, y al observarlas, se juraba verlas abrirse y cerrarse al compás de una música que solo el corazón podía oír.

Emocionado por las maravillas que traía el vendedor, el rey, siempre ansioso por aventuras en la forma de apuestas, se dirigió al hombre con una idea que germinó de la nada misma que a veces engendra las más locas osadías.

"Apuesto", declaró el rey con un toque de desafío que surcó el aire, "a que no puedes hacer que alguien llame a mi hija... la coja." La palabra salió de sus labios envuelta en niebla, una realidad que él mismo se había negado a reconocer en voz alta por tanto tiempo.

El rostro del vendedor se iluminó con un entender misterioso, el mismo con el que la luna observa el secreto de las mareas. Aceptó la apuesta sin vacilación, y sin más preámbulos, su silueta se desvaneció entre el murmullo de las hojas, dejando tras de sí una estela de pétalos perdidos como promesas dispersadas por el viento.

Días pasaron y el vendedor no apareció, casi como si su forma hubiera sido un espejismo creado por el calor del mediodía. Pero tal como dictan las profecías encerradas en sueños olvidados, regresó una mañana, justo cuando el sol comenzaba a pintar de oro las torres del castillo.

“¡Flores! ¡Vendo flores!” gritó frente al castillo, y su voz parecía detener el tiempo, envolviéndolo todo en una canción que ascendía hacia las arterias del aire. Las hijas del rey, atraídas por la melodía que contenía una promesa de algo que ni siquiera sabían que esperaban, salieron al balcón como dos cántaros rebosantes de asombro.

El vendedor, con sus ojos brillando como un atardecer secreto, se dirigió a la más joven y, en un tono que era amorosamente firme, murmuró: “Usted es coja." Pero no había rastro de burla ni crueldad, sino una especie de reconocimiento que parecía venir desde los lugares donde los sueños y la realidad se entrelazan.

En ese instante, el significado de sus palabras floreció en su corazón como una flor invisible: la aceptación de su ser, completo y verdadero. Aquel hombre extraño no la veía con lástima ni con juicio, simplemente la veía. De improviso, el aire se llenó de un silencio tan completo que el reino entero pareció contener su respiración, y en ese silencio, se liberó una comprensión trascendental, acompañada de una transformación sutil.

El rey, al ver esto, comprendió de inmediato la jugada exacta que el destino había tramado. Había perdido una apuesta, pero había ganado una verdad que antes le resultaba inasible. Y así dejó escapar una risa que resonó por las torres como un río que parte las rocas: una corriente cálida que aligeró las sombras acumuladas a través de los años. En su corazón, supo que aquel vendedor era más que un simple mercader de flores.

La hija, ahora sabia en su aceptación, descubrió libertad en su movimiento; sus pasos, aunque distintos, estaban llenos de una gracia que solo el canto del alma puede otorgar. Y así, la vida continuó su curso, llevada por el río del tiempo, en un reino donde las flores hablaban en susurros y las apuestas podían desentrañar lo oculto a simple vista.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

En el mito proporcionado, hay una única versión, lo que implica que no existen diferencias entre múltiples relatos o variaciones dentro del texto. Esta versión cuenta una breve historia sobre un rey que apuesta con un hombre acerca de si este último se atrevería a llamar "coja" a una de sus hijas. El hombre, finalmente, gana la apuesta al hacer el comentario mientras vende flores cerca del palacio.

La falta de versiones alternativas significa que no hay cambios o desarrollos en la trama o los personajes que puedan ser analizados. Sin embargo, se puede observar un patrón típico en los cuentos de apuestas y retos, donde el desenlace gira en torno a la astucia o audacia del desafiante. Este relato se enfoca en el cumplimiento de un desafío verbal, sin ofrecer divergencias en términos culturales, geográficos o temáticos que suelen hallarse al comparar mitos de diferentes orígenes o períodos.

Lección

La aceptación de uno mismo puede liberar y transformar.

Similitudes

Este mito se asemeja a cuentos de apuestas y desafíos como los de la mitología griega, donde los dioses a menudo apuestan con los mortales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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