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En el sitio de Morillo

La estrategia involucraría un engaño con pescadores para permitir la salida de las embarcaciones de los combatientes.

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Ilustración de En el sitio de Morillo

En la añeja ciudad de Cartagena de Indias, donde los vientos alisios arrastran ecos de siglos pasados y las olas del Caribe susurran historias de un porvenir anhelado, el aire se encontraba saturado de incertidumbre. Era un tiempo en el que la esperanza y la desesperación danzaban en un abrazo mortal, bajo el asedio implacable del General Pablo Morillo. Aquella ciudad, un baluarte de sueños de libertad e independencia, ahora yacía atrapada bajo el yugo de un sitio que parecía interminable.

Las calles de Cartagena eran un mar de sombras, donde los ciudadanos, llevados por el hambre y la enfermedad, se convirtieron en espectros macilentos que deambulaban con la rebeldía sorda de quien prefiere morir antes que someterse. No obstante, el espíritu indomable de sus habitantes resplandecía en las miradas fijas sobre el horizonte, en el que poco a poco el cerco enemigo se cerraba como un anillo de hierro y fuego, determinando el destino de quienes se quedaban para sostener la lucha.

En reuniones clandestinas, donde las velas parpadeaban como centinelas de un secreto contado al filo del tiempo, los dirigentes de la ciudad, hombres de honor y palabra, decidieron con pena ferviente que la única solución era evacuar. La determinación fue tomada con dolor, pero era unánime: cortarían las amarras del puerto y zarparían desafiando al enemigo, porque rendirse, jamás.

Raquel y Álvaro, dos almas entrelazadas en un amor furtivo y valiente, se encontraron por última vez en la glorieta de la casa de ella. Una glorieta que había sido refugio y compás de sus corazones, donde Álvaro, convirtiéndose en un ave nocturna al surcar los tejados, llevaba consigo el soplo de un amor que se negaba a marchitar. Allí, lejos de la peste que se agarraba con uñas invisibles a las puertas cerradas, Raquel aguardaba, con una esperanza tejida de coraje, el arribo de una libertad prometida.

El plan era desafiar lo imposible: los pescadores de la Boquilla crearían alboroto, una ilusión fugaz de alimentos entrando por el caño de Juan Angola, mientras la verdadera estrategia se desenvolvía hacia Bocagrande, donde los valientes partirían hacia una promesa incierta. Raquel, con el temor resonando en cada fibra de su ser, trató de aferrar a Álvaro a una realidad con sus ruegos; pero él, con la determinación de aquellos que miran al destino a los ojos, le pedía fe.

La partida fue un adiós sostenido en el murmullo de rosarios, el susurro de plegarias elevándose al cielo estrellado. En la oscuridad quebrada por el primer albor, las sombras de barcos en retirada eran como cientos de pañuelos agitándose en un adiós eterno. Los corazones se aferraron a la promesa de un regreso, donde el amor se bañaría en la luz de una libertad finalmente alcanzada.

Morillo entró a la ciudad, sus soldados despojaron la vida que quedaba en las calles, y el descubrimiento de los estragos fue tan descorazonador como el ruido de las campanas de iglesias resonando para los muertos. El invierno se hizo aliado de la resistencia que se negaba a morir; las olas alzaron su ira contra las playas, abrazando la noche con una fuerza de represalia ante la injusticia sufrida por Cartagena.

Los que quedaron atrás mantuvieron en su pecho el fuego silente de la resistencia. Raquel, en su soledad encerrada tras puertas yarañas de pasadizos, aguardaba, medio vida, medio muerte, hasta aquel día improbable cuando los vientos cambiaron su curso.

Pasaron los meses, y en el corazón de Álvaro, el amor por Raquel era un faro que lo guiaba de vuelta a la tierra prometida. En San Blas, maravillado por la supervivencia otorgada por la bondad de los indígenas, más tarde en Jamaica, donde sus cartas se perdieron en las corrientes traidoras. Se unió a Bolívar, como muchos, con la esperanza quemando en su pecho, luchando y avanzando, hasta aquel día bendito en que las noticias del regreso de Morillo a Caracas le concedieron la posibilidad de un regreso.

Al llegar a Cartagena, el viento le trajo palabras inquietantes: Raquel, en un acto de renuncia final, tomaría los hábitos, convencida de que él había perecido en la batalla. Pero el amor, en su terquedad, empujó a Álvaro a los pies del altar.

Cuando se plantó frente al comulgatorio, el tiempo se detuvo. Los ecos de la ceremonia fueron rotos por una simple palabra: "Raquel...". La tonada de su voz fue un conjuro, alumbrando un nuevo amanecer en los ojos de una mujer vestida de blanco sagrado. Su nombre, pronunciado desde los labios amados, rompió el velo de la resignación.

El Obispo, sorprendido por semejante interrupción, sintió en su interior el brote de compasión y justicia; conferido con la autoridad divina, consintió en la unión de sus almas. En presencia de miradas que se aglutinaron en un cuento fantástico, donde la sorpresa, la incredulidad y la alegría tejieron el tapiz de una bendición, sellaron su amor al pie de una fe que jamás vaciló.

Y así, con el viento del Caribe acariciando la piel de dos amantes unidos por la promesa de un futuro libre, emergió una historia nacida del dolor, la resistencia y el triunfo sobre el destino, iluminando para siempre la alma de Cartagena de Indias, en los tiempos en que las historias vivían en la exhalación de los sueños y la realidad era indiferente a la historia de aquellos que amaron más allá del tiempo.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

El mito presenta dos momentos claves: una estrategia para eludir un asedio y la resolución de una historia de amor en un contexto de lucha por la independencia. En la primera parte, la narrativa enfatiza la desesperación y la valentía de los defensores ante el asedio de Morillo en Cartagena de Indias. Se destaca la decisión de evacuar la ciudad para evitar su rendición, mientras se enfrentan a hambre y enfermedad. La estrategia involucraría un engaño con pescadores para permitir la salida de las embarcaciones de los combatientes, dejando atrás a mujeres, niños y ancianos. Raquel, representando la esperanza y el sustento emocional, es conmovida por la partida de Álvaro, simbolizando la tensión entre la lucha por la independencia y los lazos afectivos. La descripción del descubrimiento de la miseria por los españoles tras la evacuación, junto con la adaptación local al hambre y al asedio, refuerza la resistencia de los cartageneros desde un enfoque comunitario.

La segunda parte se centra en el reencuentro de Álvaro y Raquel, ubicado cronológicamente después de los eventos del sitio y reconociendo el devenir histórico, aludiendo a la unión de Álvaro con Bolívar. El clímax emocional reside en el instante en que Álvaro interrumpe la ceremonia en la que Raquel estaba a punto de tomar hábitos religiosos, demostrando que su vínculo perdura a pesar de la separación. Este reencuentro es permitido por el obispo, reflejando un cambio de circunstancias y aceptación de sus sentimientos mutuos contra el telón de fondo de las realidades bélicas. En marcado contraste con el desenlace del sitio, donde la ciudad fue ocupada por fuerzas extranjeras, aquí se logra un desenlace positivo mediante la intervención del amor personal y la autoridad religiosa, mostrando un redentor optimismo en lo personal, aunque contextualizado en la lucha por la libertad. La narrativa sufre así una evolución del sacrificio colectivo por ideales hacia una resolución en que se celebra el triunfo del amor personal en una ceremonia de matrimonio bajo los auspicios del mismo clero que poco antes habría sancionado los compromisos monásticos de Raquel.

Lección

El amor y la resistencia son fuerzas poderosas que pueden superar la adversidad.

Similitudes

Se asemeja a mitos griegos como el de Orfeo y Eurídice, donde el amor desafía la separación y la muerte.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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