En el principio de los tiempos, cuando los sueños eran tan reales como el murmullo del río, nacieron los yorias bajo la sombra protectora de la ortiga. En aquel entonces, la tierra aún llevaba el aliento fresco de la creación, y los yorias, al igual que otros clanes de la nación huitoto, caminaban al paso de las estrellas, siguiendo las sendas invisibles que habían sido tejidas por Jutíñamúi, el dios naciente.
Jutíñamúi moldeó al primer mortal, Craida Jitoma, de arcilla y aliento divino, concediéndole la chispa de vida que brillaba más allá del tiempo. Craida Jitoma, durante su longeva existencia, engendró a un hijo, Monaira Jitoma, a quien confió los secretos de la humanidad, las llaves del saber que le permitirían guiar a sus hermanos cuando su propia luz se extinguiera.
Cuando Craida Jitoma finalmente se desvaneció en el susurro del viento, Monaira Jitoma quedó al mando. Sin embargo, una soledad tan vasta como la selva lo inundaba. Era un joven líder entre antiguos árboles, un solitario navegante sin estrella polar. Así pues, volviendo su corazón a la tierra y su mente a los cielos, se acogió a Yajé, el revelador de verdades ancestrales, rogando a sus ancestros por guía y apoyo.
En la frontera que separa el sueño de la vigilia, en un delirio de colores que sólo el Yajé puede dibujar, Monaira oyó el canto de un picaflor y se vio guiado hacia un árbol que albergaba un simple y pequeño huevo. Con cuidado y reverencia, lo tomó en sus manos y, al acercarlo a sus labios, escuchó la débil voz de una vida esperando nacer.
—¿Hay alguien dentro? —preguntó con un susurro que bailaba con el viento.
—Sácame de aquí —respondió una diminuta voz, tan delicada como un soplo de brisa. Al partir la cáscara, de aquel nido inexplicable emergió un hombrecito, con ojos luminosos como el amanecer.
—Soy tu hermano menor; he venido para ayudarte, Monaira Jitoma —dijo el nuevo ser con un eco de alegría en su voz recién descubierta.
Monaira, con el corazón lleno de contento, lo nombró Fichido Jichima, Huevo de Picaflor, reconociendo la maravilla que encarnaba. Juntos, los dos hermanos, emprendieron una travesía de conocimiento, entrelazando sus destinos con el susurro de las hojas y el canto de los ríos.
El pueblo huitoto reunido contempló asombrado a Fichido Jichima, y Monaira Jitoma, sintiendo el peso del destino, asumió con renovada sabiduría la tarea de instruir a su gente. Les mostró cómo arrancar las cortezas de los árboles para crear telas, y a reconocer las plantas que ofrecían sustento y curación mediante sus frutos y savias. Enseñó a mastrar la coca, a fumar el tabaco y a apreciar los sabores del mundo, extrayendo dulzura de la yuca como quien saca luz de las estrellas.
La humanidad crecía y se dispersaba como las nubes al viento, floreciendo en tribus que buscaban su camino en la vasta inmensidad de la selva. Pero la sabiduría del hombre se halla tan solo completa cuando recibe el don divino de la palabra, y fue entonces que Jutíñamúi decidió regalar su última maravilla.
Convocando a la madre boa, la envoltura de los misterios, la ofrecieron al fuego como holocausto sagrado durante el rito de la asignación de nombres. Las tribus buscaban hojas para recibir su porción, y algunos, tocados por la fortuna de la providencia, hallaron la bondadosa ortiga, la planta del poder curativo.
Así fueron bautizados los yorias, destinados a ser el clan principal entre los huitotos, dotados del don del alivio y el recuerdo de las antiguas leyes. Otros clanes fueron nombrados con hojas diferentes, cada uno recogiendo del suelo el símbolo de su destino único.
La selva vibraba con el eco de nuevos nombres y secretos compartidos, pero antes de que cada tribu tomara su rumbo, debían aprender las leyes que guiarían sus pasos. Monaira Jitoma y Fichido Jichima instruyeron a los ancianos en el arte de diferenciar el bien del mal, armándolos con el poder curativo de las plantas y la capacidad de ahuyentar la muerte.
Designaron jefes entre los más valientes, educando cada generación en la continuidad de la justicia y el liderazgo, asegurando así que la sabiduría ancestral fluía de padre a hijo como lo hace un río, fuera cual fuera la voluntad impuesta por el tiempo.
Y finalmente, antes de que las tribus se dispersaran, celebraron una fiesta de grande celebración. Allí construyeron el maguaré, el poderoso tambor cuyo pulso resonaba en las almas. Monaira Jitoma lideró la búsqueda de los árboles gemelos, eligiendo la pareja de madera que cantaría con las voces del cielo y la tierra. Con fuego e ingenio crearon la música que se convertiría en el corazón de su gente.
En medio de cantos y danzas, se dedicaron al rito del maguaré, males, hojas y troncos se unieron para dar vida a las notas rituales. Los cuerpos pintados, adornados con plumas y cortezas, celebraron hasta más allá del círculo del tiempo. La selva vigilaba paciente, mientras los hombres honraban sus orígenes y su porvenir.
Con el alba Monaira Jitoma, el gran maestro, y Fichido Jichima, el amado hermano, desaparecieron como fantasmas diurnos, entregados al flujo del destino. Las tribus, con el aliento de los nombres y las leyes frescas en su memoria, marcharon hacia lo desconocido, dejando que la selva se cerrara en su estela.
Los yorias, guardianes de la ortiga, se establecieron cerca del coloso Amazonas, donde el río les susurraba recuerdos de su origen, velando sobre ellos como un pájaro eterno. Y así, mientras el tiempo deslizaba sus sombras sobre el mundo, se adentraron en la danza de la vida, portando el eco intacto de un mito que, aunque lejano, aún pulsa en el latido de la tierra como un sueño que nunca se olvida.
Historia
El mito de origen proporcionado se centra en la creación del primer hombre y la formación de las tribus del pueblo Huitoto, especialmente del clan Yoria. Según el relato, Jutíñamúi es el dios creador que modela al primer hombre llamado Craida Jitoma. Craida Jitoma, a su vez, tiene un hijo llamado Monaira Jitoma, a quien enseña los primeros conocimientos humanos. A la muerte de Craida Jitoma, Monaira Jitoma toma el liderazgo, pero se siente solo y busca ayuda a través de una revelación. Esta ayuda llega en la forma de Fichido Jichima, un hermano menor nacido de un huevo de picaflor encontrado por Monaira Jitoma.
Monaira Jitoma y Fichido Jichima contribuyen al conocimiento humano enseñando a las tribus habilidades como cubrir su desnudez, distinguir los alimentos, y extraer sal y dulce de la yuca. También introducen la revelación de la palabra a través de un ritual donde la madre boa es cocinada y unida a hojas de plantas recolectadas por el pueblo, estableciendo así los clanes y sus dialectos.
El clan Yoria, principal entre los Huitotos, se estableció cerca de la orilla del río Amazonas basándose en su uso y sabiduría sobre la planta conocida como ortiga, que da nombre y sentido a su identidad. Los distintos clanes reciben sus nombres y leyes con el propósito de organizar sus vidas y matrimonios. Estas leyes fueron impartidas a través de Monaira Jitoma y Fichido Jichima, quienes enseñaron el arte de la convivencia y la justicia en liderazgo y, al final, se retiraron permitiendo a las tribus buscar sus destinos.
Este mito del pueblo Huitoto refleja la importancia de la continuidad cultural y el significado de los nombres y leyes tradicionales en la identidad colectiva de los clanes, a pesar de las interrupciones causadas por influencias externas, como simboliza la llegada del "blanco" que arrasó con la antigua forma de vida.
Versiones
El relato del mito de los yorias, perteneciente a la nación huitoto, presenta una estructura narrativa centrada en dos personajes principales: Craida Jitoma y su hijo Monaira Jitoma. Las dos versiones existentes del mito se distinguen principalmente por su enfoque en el contexto cultural y el papel de Monaira en la transmisión del conocimiento y establecimiento de las leyes entre los huitotos. En la primera versión, el relato se centra principalmente en los orígenes y el establecimiento de las leyes de endogamia del clan yoria, diferenciándose de otras tribus que practican la exogamia. En esta narración, Monaira Jitoma se ve como un líder desamparado que busca ayuda divina a través de la revelación del Yajé, lo cual finalmente le trae a su hermano menor Fichido Jichima, Huevo de Picaflor, quien lo asiste en el gobierno. Este evento refleja una transmisión del poder y conocimiento a través de la unión de fuerzas familiares y divinas, destacando la importancia del linaje y la figura del hermano menor como ayudante en las labores comunitarias.
En contraste, la segunda versión del mito se amplía más allá del ámbito de las leyes matrimoniales, incluyendo el desarrollo cultural y la dispersión de la humanidad huitoto. Aquí, el relato destaca el establecimiento de nuevas tribus y su separación física en el contexto amazónico, simbolizando la diversidad y expansión humana y cultural. Asimismo, se introduce un ritual de asignación de nombres con la madre boa, que simboliza la transmisión del conocimiento lingüístico y cultural a través de un sacrificio, punto que no está tan enfatizado en la primera versión. Además, esta narración se extiende hacia la instrucción de las tribus en las artes y leyes que garantizan su supervivencia y cohesión social. Así, las diferencias entre las versiones del mito reflejan distintos niveles de detalle y simbología, desde lo específico de las leyes matrimoniales a la representación más amplia del desarrollo cultural y dispersión tribales, subrayando la complejidad y la capacidad de adaptación de la tradición oral huitoto para transmitir los valores comunitarios a lo largo del tiempo.
Lección
La sabiduría y el liderazgo se transmiten a través de la unión familiar y el conocimiento ancestral.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Prometeo por la transmisión del conocimiento y al mito japonés de Izanagi e Izanami por la creación de clanes y leyes.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



