En el once

Caribe · Mestizo

En el once

La jornada de independencia del 11 de noviembre sirve de marco para una relación que debe escoger entre deber público, afecto y libertad personal.

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En el once: la entrada del relato

El relato

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Entre sueños oyó pasos apresurados en el salón contiguo y frases sueltas de entusiasmo. De la calle subía un bullicio que no se explicaba, porque no era día de fiesta.

Tenía el hombro vendado y el brazo colgado de un manguito. Se acordó: se había batido la noche anterior con Alonso Ramírez, porque a éste no le gustó que se quedara mirando hacia un balcón donde unos ojos negros lo miraban también. Y recordó que, al caer él herido, la dama se arrodilló ante el vencedor y suplicó por su vida, y que Alonso sólo accedió cuando ella prometió aceptarlo en matrimonio. Ya tendría su castigo: él era teniente de las fuerzas reales.

Quiso incorporarse y un dolor agudo lo devolvió a la almohada.

—¡Madre! ¿Has pensado en nuestra inmensa felicidad? ¡Tierra libre! ¡Libertad, Independencia!

—¡Chss! Que puede oírte el teniente.

—Aunque nos oyera, ya nada puede hacer.

—Fue buena la cantidad de soporífero que le pusimos en la bebida. Si no, dime: ¿cómo lo hubiéramos mantenido escondido en un día tan inmenso? Además, habrían sido capaces de colgar a Alonso. Ya sabes que es el escogido para ti.

—Es verdad, madre. Pero tiene mi misma edad y nos hemos criado viéndonos a diario. Lo intento y no logro sentir nada.

Él se hizo el dormido cuando entraron, y luego suspiró y abrió los ojos. La madre se retiró.

—¿Es a vos a quien debo la cura de mi hombro, y estar hoy con vida?

Ella no contestó. Subió la gritería, con tambores y gaitas.

—¿Qué pasa hoy, que parece día de fiesta?

—¿No lo sabéis? Hoy es once de noviembre de 1811, el día más grande de Cartagena de Indias. Se firmó el Acta esta mañana y el Gobernador no ha tenido más remedio que reconocer nuestros derechos. Allá tocan el tamborito y la gaita, y habrá cumbia esta noche en las plazas de San Diego y de Getsemaní. ¿Cómo podéis defender a un Rey que sin chistar ha dejado su silla al usurpador Bonaparte?

—Soy lo que mi padre ha querido que sea.

Esa tarde la ciudad se volcó. En casa de don José María García de Toledo entraban en romería ricos, pobres, gente de color y amigos, y él los atendía a todos igual. En casa de ella se preparaba fiesta: los padres de los novios habían resuelto anunciar el compromiso esa noche.

Ana María se vistió de encajes color malva y, al pasar frente al aposento del herido, entró con el pretexto de un refresco.

—¿Es cierto que anuncian vuestro compromiso esta noche?

—Así es.

—¿Sois feliz?

—¿Por qué no habría de serlo?

—Perdonadme, pero no lo parecéis. Leo en vuestros ojos que no sentís por mi vencedor ese fuego que se llama amor, sino cariño de hermano de travesuras, y que os dais en matrimonio por salvar mi pobre vida. Más me habría valido que dejarais que me matara.

—No exageréis, por Dios.

Él le tomó una mano y ella no la retiró. Sostuvo la mirada un instante y sonrió, y con eso bastó.

—Además de mi compromiso, nos separan ideales contrarios —murmuró.

—No tenéis por qué opinar. Sois mujer.

—Es algo en mi corazón más fuerte que el amor. Por la libertad de este pueblo que sufre calladamente yo hubiera dado mi vida gustosa.

Se oyeron pasos y la voz de la madre anunciando el coche de los suegros.

—Adiós para siempre.

—Diréis hasta mañana. Os juro que no os casaréis con Alonso Ramírez. Me curaré esta herida y volveremos a cruzar los aceros, y bajaréis vos como bajasteis anoche, y para que lo deje con vida le pediréis que os libere de la promesa que os arrancó. Será todo exacto, pero el vencedor seré yo.

—Sí. Y con el tiempo vuestra madre y yo os haremos amar la libertad, y lucharemos juntos por la Independencia de todo el territorio de la Nueva Granada.

En el once: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Hay casas que no convencen al huésped incómodo ni lo expulsan: lo duermen hasta que pase el día.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.423611° · -75.525278°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato se sitúa dentro de la jornada más citada de la historia de la ciudad y la cuenta desde el peor sitio posible: la cama de un herido al que la casa que lo hospeda tiene drogado para que no estorbe. Está en los folios 395 a 400 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse investigó y compiló para el IADAP y que apareció en Quito en 1993. Su sección veintiocho reproduce «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, y remite a las páginas 29 a 199 del ejemplar que la compiladora manejó, salido en 1982 de la Imprenta Departamental de Cartagena. La obra llevaba por entonces veinte años publicada: es de 1962 y de los Talleres El Marinero, con reediciones en 1979 por Colgráficas y en 1989 por Plaza & Janés.

La nota que abre esa sección, en el folio 359, declara dos cosas: que el material procede de la tradición oral de la población negra de la ciudad y que los textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular». La segunda explica por qué esto se lee como novela corta. La primera no encuentra apoyo dentro del cuento, donde las únicas personas negras aparecen a lo lejos, tocando el tamborito y la gaita en la calle, y donde la trama es enteramente criolla. Lo afirma la antología, no lo sostiene el texto, y aquí se dicen las dos cosas.

Lo que la obra sí aporta sobre esta pieza es la escala. Del acontecimiento público sólo llegan ecos: el ruido de la calle, la noticia de que el Acta se firmó esa mañana y de que el gobernador tuvo que reconocerla, la casa de don José María García de Toledo abierta a ricos, pobres y gente de color, y el anuncio de que habrá cumbia en las plazas de San Diego y de Gimaní. Todo lo demás pasa en una alcoba.

Y conviene notar de qué lado está puesto el punto de vista. El protagonista es un oficial del rey; quien argumenta, quien decide y quien administra el soporífero son mujeres de una casa patriota. Ninguna promesa de las que se hacen al final llega a cumplirse dentro del relato, que termina antes.

Resonancias con otros mitos

El primer paralelo es de composición histórica y tiene una tradición larga: contar la jornada célebre desde un cuarto cerrado, con el acontecimiento reducido a ruido de calle. Es el procedimiento con que la novela del siglo XIX aprendió a narrar batallas y revoluciones —el personaje que no ve nada y se entera tarde—, y aquí produce un efecto añadido, porque el que no ve nada es justamente el representante del poder que se está cayendo.

El segundo es de motivo y viene del cuento popular: el matrimonio como rescate. La muchacha se arrodilla ante el vencedor de un duelo y compra la vida del vencido al precio de casarse con quien no quiere. Es el esquema de las promesas arrancadas en situación de apremio, tan frecuente en la narrativa tradicional, donde lo prometido bajo coacción obliga igual y sólo puede deshacerse con otro lance.

El tercero está dentro del mismo conjunto de leyendas cartageneras y dibuja una serie. En «Una reunión clandestina» es una mujer quien propone la casa, distrae a la guardia y dispara; en «Viva la libertad» es una mujer quien desvía el motín hacia la cárcel; y aquí es una mujer quien discute de política con un oficial del rey y le contesta que hay algo en su corazón más fuerte que el amor. La autora pone tres veces el impulso del lado femenino y deja a los hombres reaccionando.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. También aquí hay dos capas y la fuente no las separa por el lector. Comprobable fuera del cuento es el marco: la fecha, la firma del Acta, el reconocimiento del gobernador, el papel de José María García de Toledo y su casa abierta, la fiesta popular en Getsemaní y en San Diego, y el argumento político que la muchacha esgrime, que el rey haya cedido el trono al usurpador. Escena de la autora son el duelo de la víspera, el soporífero, el compromiso pagado como rescate y la conversación entera.

  2. En el medio quedan los nombres. El José María del relato no es José María García de Toledo, que aparece en el mismo texto como personaje distinto y documentado. Ni él, ni Ana María, ni Alonso Ramírez, ni las dos señoras de la casa figuran fuera de estas páginas.

  3. Hay una réplica que conviene no suavizar, porque produce la mejor respuesta del cuento. Cuando ella dice que los separan ideales contrarios, él la manda callar por mujer. Quitar esa frase deja un galanteo sin conflicto y borra que el desacuerdo es a la vez político y de sexo.

  4. Y hay un detalle que cambia el género de la pieza y que suele caerse de los resúmenes: el soporífero. Es el único acto que alguien consuma en toda la historia. La casa patriota no mata al realista ni lo convence; lo duerme. Sin eso, lo que queda es una conversación de alcoba junto a una fecha memorable.

  5. Como en las demás piezas del conjunto, lo consultable hoy es la reproducción parcial de 1993: la edición de la Imprenta Departamental no está digitalizada.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Se lee en los folios 395 a 400 y es la única fuente del relato, incluido el acto que le cambia el género y que los resúmenes perdían: el soporífero. La casa patriota que hospeda al oficial del rey no lo mata ni lo convence; lo droga para que no estorbe en la jornada. Sólo aquí constan el duelo de la víspera, el compromiso de ella pagado como rescate ante el vencedor, los ecos que llegan a la alcoba —el ruido de la calle, la noticia de que el Acta se firmó esa mañana y de que el gobernador tuvo que reconocerla, la casa de don José María García de Toledo abierta a ricos, pobres y gente de color, el anuncio de cumbia en las plazas de San Diego y de Gimaní— y la réplica que abre la mejor respuesta del cuento, cuando él la manda callar por mujer. Ninguna de las promesas del final llega a cumplirse: el texto termina antes.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Su nota explica por qué la pieza se lee como novela corta y deja al descubierto lo que no cumple. En el folio 359 la antología presenta la sección veintiocho como recopilación de leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena con «una redacción literaria del lenguaje popular»: lo segundo se cumple en cada página, y lo primero no encuentra apoyo dentro del cuento, donde las únicas personas negras aparecen a lo lejos, tocando el tamborito y la gaita en la calle, mientras la trama entera es criolla y de alcoba. La antología es además el soporte por el que hoy se lee el texto y lo que permite retirar la atribución a Martínez Fajardo, que ocupa otra sección del mismo tomo.

  3. Once de noviembre (Enciclopedia del Banco de la República)

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Comprueba fuera del relato lo que en él llega sólo como ruido de calle. La entrada reconstruye la Cartagena de 1808 a 1815, narra la deposición del gobernador por una multitud armada congregada ante el palacio donde sesionaba el cabildo y su posterior deportación a La Habana, y documenta el Regimiento de Pardos Patriotas de Getsemaní bajo Pedro Romero. El cuento aprovecha exactamente eso —que el gobernador tuvo que reconocer lo firmado— y lo mete en una alcoba, donde el representante del poder que se está cayendo es el único que no ve nada.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Fiestas de la Independencia (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Reconstruye la jornada que el protagonista se pierde por estar drogado. El artículo narra la irrupción de Pedro Romero con los Lanceros de Getsemaní en la sala donde sesionaba la junta el 11 de noviembre, con el pliego completo de exigencias, sitúa la primera conmemoración en 1812 y registra su suspensión durante el sitio de Morillo. También confirma el carácter popular y festivo de la fecha, que es lo que en el relato entra por la ventana en forma de tamborito, gaita y anuncio de cumbia en las plazas.

  2. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Reconstruye la fiesta que en el relato entra por la ventana y demuestra que la autora volvió más de una vez a esta fecha. La investigación patrimonial analiza otro texto suyo, «11 de noviembre fantástico», ambientado en plena celebración de la Independencia, y describe, apoyándose en Ruz y Abello, cómo las fiestas del 11 de noviembre —desde 1811, institucionalizadas en 1846— juntaron actos gubernamentales y eclesiásticos, himnos y desfiles con las tradiciones de carnaval y con la cumbia, las gaitas, el bullerengue, el mapalé y los fandangos. El tamborito y la gaita que el herido oye desde la cama, y el anuncio de cumbia en las plazas de San Diego y de Gimaní, son esa fiesta vista desde dentro de una casa cerrada.

  3. Las mujeres en la guerra de Independencia en las provincias del Caribe colombiano, 1815-1822 (Memorias. Revista Digital de Historia y Arqueología desde el Caribe, n.º 40, pp. 134-168)

    redalyc.org

    Documenta, con nombres y con archivo, la situación que el relato convierte en comedia de alcoba: mujeres patriotas alojando enemigos. El artículo registra que durante el sitio de Morillo hubo cartageneras que dieron refugio a prisioneros españoles —María del Rosario Valderrama, Jacinta Calonge— y que otras abastecieron hospitales militares con medicinas y pan, mientras algunas sufrían confiscaciones y abusos de la tropa ocupante. Que una casa patriota tenga en su cuarto de huéspedes a un oficial del rey herido no es una invención inverosímil de la autora: es una situación que el archivo conoce, sólo que en el archivo nadie lo duerme con un soporífero.

  4. Acta de independencia de la Provincia de Cartagena en la Nueva Granada (hoja suelta, Imp. de Ruiz e Hijos)

    bibliotecadigitaldebogota.gov.co

    Es el papel del que el protagonista sólo recibe la noticia. El impreso original de 1811, salido de la imprenta de Ruiz e Hijos y conservado en la Biblioteca Nacional de Colombia, proclama la separación de la Provincia de Cartagena y la firma, entre otros, José María García de Toledo, que en el relato aparece como personaje distinto del protagonista homónimo y con la casa abierta a ricos, pobres y gente de color. Permite comprobar que lo que en la alcoba llega como rumor —que el Acta se firmó esa mañana— es un documento con fecha, imprenta y firmas, y no un recurso de ambientación.

  5. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Describe con precisión el lugar que el relato asigna a la población negra de la ciudad: la música de la calle. El capítulo analiza el doble régimen con que Cartagena representa lo afro —sobreexposición de lo festivo y pintoresco, subexposición de la vida social y de la tradición oral— y esa fórmula se cumple literalmente en esta página, donde las únicas personas negras son el tamborito y la gaita que suenan afuera mientras la trama entera transcurre entre criollos en una habitación. El conjunto, sin embargo, se publica declarado como tradición oral de esa misma población.

  6. Cartagena de Indias · Ciudades Patrimonio de la Humanidad

    cvc.cervantes.es

    Entra por una razón poco común: sirve de advertencia. El conjunto patrimonial es sólido para monumentos y arquitectura de la ciudad amurallada, con cuarenta y un fichas de texto real, pero su página de historia sostiene que Cartagena resistió el sitio de Morillo «hasta el 11 de noviembre de 1815, cuando declaró su independencia», confundiendo en una sola frase la declaración de 1811 con el asedio que en diciembre de 1815 acabó con la caída de la ciudad. Es la prueba de que la fecha en que esta leyenda transcurre circula mal incluso en publicaciones institucionales, y de por qué la ficha la apoya en otras dos fuentes y no en ésta.

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«En el once» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «En el once» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «En el once» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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