El tunjo

Andina · Mixto

El tunjo

Un niño que llora al borde del camino somete al viajero a una prueba y puede convertirse en una pequeña figura de oro.

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El tunjo: la entrada del relato

El relato

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Un niño llora tirado en el suelo, a la orilla de un camino real, junto a una quebrada o cerca de unas ruinas. El viajero que pasa de largo lo oye venir detrás, y si va a caballo lo siente subirse a la grupa. Sólo corriendo o rezando se libra de él. El que se apea y lo recoge ve que el llanto cesa al instante. Entonces la criatura le habla muy claro: «Papá, mire que ya tengo ñentes». Abre la boca y le sale una llamarada. El que no sabe tira al niño y huye despavorido.

Pero el que conoce el secreto no le da tiempo. Se moja el pulgar con saliva, lo santigua y lo bautiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En sus brazos queda un muñeco de oro: el tunjo. Hay que guardarlo en una caja segura, entre rezos y conjuros, con un compartimiento para su comida. Come una semillita parecida al comino, más menuda, que crece en las faldas de la cordillera, y cada día deja trocitos de oro macizo. Si le faltan el alimento o los cuidados, se desata una tormenta, los ríos crecen hasta alcanzarlo y el muñeco se embarca en la corriente, tocando tiple y cantando.

En los llanos del Salitre vivía un labrador pobre, Venancio Moncaleano. Sembraba maíz en los montes de Martín, arroz secano en las mesetas de Chenche y cuatro matas de plátano en las vegas del Río Grande. Tenía ocho o diez chivas, un par de cerdos y unas gallinas. No se resignaba. Quería un tesoro, un talismán o un familiar, cualquier cosa menos el pacto con el diablo, porque era buen cristiano y no quería líos con el compadre. Pasaba las noches puestiando guacas, conversando con difuntos, hurgando ruinas y juntando oraciones.

Una noche de Viernes Santo aguardaba junto a su morral, con los tabacos y una botellita de trago, en un paraje donde no se oía gallo ni perro. Hacia la medianoche oyó llorar a un niño debajo de un capote, a diez pasos. Supo enseguida qué era. Corrió, lo alzó y lo bautizó con saliva. La criatura se volvió un muñeco de oro puro que pesaba como una arroba.

Lo llevó a su casa en secreto y lo acomodó en la caja que tenía lista. Desde entonces empezó a prosperar sin que nadie supiera de dónde. Unos hablaban de un familiar, otros de un entierro de alma en pena, otros de una guaca o de un pacto. Él no abandonó sus siembras ni sus animales. Cuidó al muñeco con alma, vida y sombrero y guardó cada día el oro que dejaba. Ya no le decían ño Venancio sino señor Moncaleano: tuvo hatos, lecherías, un arreo de mulas, plataneras y casas en el pueblo. Envejeció tranquilo, ayudando a los necesitados.

Al morir dejó todo a sus dos hijos, y con la fortuna, el tunjo. Ellos nunca habían trabajado. Parrandeaban por el llano, bebían y enamoraban campesinas. Las reses y las sementeras decayeron, y al muñeco lo olvidaron: ni comida ni cuidados.

Una noche el cielo se cerró de golpe. El viento arrancó techos y palmeras, los rayos incendiaron el llano y mataron reses, y llovió hasta que el Chenche se salió de su cauce como nunca. El agua se llevó ganado, siembras y gente. Hacia las cinco de la mañana bajó por la creciente una voz que cantaba al son de un tiple, con una luz como de farol a lo lejos. La tormenta paró en ese instante. Cuando fueron a mirar la caja, estaba vacía. Los hijos quedaron tan pobres como su padre antes del tunjo, o más.

El tunjo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una fortuna que exige cuidado diario se pierde en cuanto la heredan quienes nunca aprendieron a trabajar.”

Territorio

Andina · Mixto

Andina · Mixto

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mixto
Referencia
4.570868° · -74.297333°

Ficha del relato

Contexto histórico

Misael Devia Morales, folclorista de Armero, publicó «Folclor tolimense» en la Revista Colombiana de Folclor en 1962 (v. 3, n.º 7, pp. 9-106). El tunjo ocupa las pp. 72-75 de la reedición en libro de Ediciones Unibagué (2013), y Eugenia Villa Posse reprodujo el mismo texto en Mitos y leyendas de Colombia II (IADAP, Quito, 1993, sección 20, pp. 156-159). La entrada tiene dos partes. En la primera Devia describe la creencia con su propia voz: el niño que llora al borde del camino, la prueba de los dientes y el fuego, el bautizo que lo convierte en oro, la caja y la semilla con que se alimenta. En la segunda da un caso: lo cuenta un anciano campesino de Chenche, sin nombre, que lo vio cuando era apenas un «guámbito». El protagonista es don Venancio Moncaleano, labrador de los llanos del Salitre. La geografía es la del sur del Tolima que recorre todo el capítulo: el río Chenche, que corre entre Purificación y Coyaima hacia el Magdalena, los montes de Martín y las vegas del Río Grande.

El relato cruza dos mundos, y el propio Devia lo dice. Abre conjeturando que esos muñecos de oro fueron tal vez ídolos u ofrendas de los pijaos, y confiesa no saber por qué se les atribuyó la leyenda de un fantasma errante. Cesáreo Rocha Castilla, en Prehistoria y folclor del Tolima (edición de 1968, reproducida por Villa Posse II en la p. 181), también sitúa al tunjo en las tumbas indígenas. Todo lo demás pertenece al campo católico y mestizo: el bautizo con la fórmula trinitaria, la noche de Viernes Santo como hora de buscar guacas, el familiar, el rechazo del pacto con el diablo y el tiple con que el muñeco se despide.

Resonancias con otros mitos

El nombre viene de las figuras de oro que los pueblos del altiplano y de otras regiones depositaban en tumbas, santuarios y lagunas. Villa Posse III, en el apartado «Los tunjos» de su sección chibcha, las describe como plaquitas humanas de pocos centímetros, hechas con alambre de oro, a las que se ofrecían esmeraldas y oro en polvo por mano de los jeques. El tunjo tolimense conserva de ellas el material y el tamaño, pero no el culto: aquí el oro es un niño que llora, habla y come.

El paralelo más cercano está en el mismo departamento. Los tunjitos de Rocha Castilla comparten el cuerpo dorado, el llanto y el agua de las quebradas, pero son un espanto para asustar a los niños y no una fuente de riqueza. Y Alberto Baquero Nariño, en Los cuentos de Pascual, incluye al Tunjo entre los mitos campesinos que la migración andina llevó al piedemonte llanero, al lado del Sombrerón, el Fraile sin cabeza, el Cazador y el Guando.

Dentro del propio relato, los vecinos de don Venancio atribuyen su riqueza a un familiar, a un entierro de alma en pena, a una guaca o a un pacto con el diablo. Son las explicaciones campesinas de la riqueza súbita que Devia pone en boca del llano, y el tunjo se distingue de todas porque se alimenta y puede irse.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Los dos registros del texto de Devia no son idénticos. Villa Posse (1993) trae el gesto completo del bautizo: el que sabe «se moja el pulgar con saliva y lo santigua» antes de pronunciar la fórmula. La edición de Unibagué (2013) salta directamente a las palabras del sacramento, y en el caso de don Venancio las dos dicen sólo que lo bautizó con saliva. Villa Posse incluye además el familiar en la lista de riquezas que el tunjo supera, y la de 2013 lo omite.

  2. Rocha Castilla registra otra criatura bajo el mismo nombre. En «Los tunjitos», dentro de «Algunos de los mitos populares del Tolima» (Villa Posse II, p. 181), el tunjo es un muñeco de oro que se enterraba con los muertos indígenas junto con tesoros y comida. De esa creencia nacen unos seres dorados de pies a cabeza que salen al caer la tarde por las orillas de quebradas y acequias, unas veces cantando y otras llorando. No hay viajero, ni bautizo, ni riqueza: con ellos se asusta a los niños campesinos para que se acuesten temprano.

  3. El libro Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano (Casa Editorial El Tiempo y Universidad Autónoma de Colombia, 2004, pp. 63-64) se presenta a sí mismo como material de ficción, compuesto de «documentos imaginarios». Su tunjo es la transcripción inventada de un interrogatorio a un sacerdote que encontró a un niño llorando entre ropa vieja en un camino a las afueras de Ibagué. En esa composición el niño le muestra dientes de bestia, le ofrece riqueza e inmortalidad y, ante su silencio, le muerde la mano. Es obra de autor sobre el motivo de Devia, no un registro de campo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mixto · Tolima · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Folclor tolimense

    repositorio.unibague.edu.co

    Registro del relato contado por «un anciano campesino de Chenche»: el tunjo de oro de los llanos que llora, come y enriquece a don Venancio Moncaleano hasta que se va (pp. 72-75 de la edición de 2013).

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II

    flacso.edu.ec

    Segundo registro de Devia (sección 20, pp. 156-159) y «Los tunjitos» de Rocha Castilla (sección 21, p. 181).

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo III

    flacso.edu.ec

    El apartado «Los tunjos» de la sección chibcha describe las figuras de oro que se ofrecían en santuarios y lagunas, de donde viene el nombre.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Patrimonio cultural: un estudio integral de las leyendas del Tolima en la ciudad de Ibagué

    dialnet.unirioja.es

    Registra a los Tunjos entre las leyendas reconocidas en Ibagué: un muñeco de oro que, según la creencia, trae fortuna.

  2. Cómo se formó nuestra mitología en el departamento del Tolima

    eltiempo.com

    Nombra al Tunjo en el repertorio tolimense de espantos.

  3. Los cuentos de Pascual: mitos y leyendas del piedemonte llanero

    babel.banrepcultural.org

    Pone al Tunjo entre los mitos campesinos que la migración andina llevó al piedemonte llanero, con el Sombrerón, el Fraile, el Cazador y el Guando.

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«El tunjo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El tunjo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El tunjo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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