AndinaCuycuyesTesoro del Pipintá

El Tesoro del Pipintá

En el filo del cañón, una luz quieta señaló una piedra como puerta. El viejo arriero entendió que el tesoro del Pipintá no se saca: se escucha. Y que el monte premia la memoria, no la codicia.

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Ilustración de El Tesoro del Pipintá

Vea, mijo, siéntese ahí cerquita del fogón, que el humo sube derechito y no deja que lo oigan a uno los espantos. Yo ya estoy viejo, pero todavía me acuerdo del camino como si lo tuviera marcado en la planta del pie: la cuchilla, la bruma, el canto del río allá abajo, y ese silencio que se le mete a uno por la nuca cuando va pasando por donde el monte se traga la trocha. Dicen que el tesoro del Pipintá no es un montón de oro, sino una prueba. Y yo lo creo, porque al oro lo carga cualquiera en la lengua, pero no cualquiera lo carga en el alma.

Cuando yo era muchacho, arriero de recado, me tocó bajar por la loma que mira al cañón. Era tarde, de esas tardes que se vuelven noche sin avisar. Venía con una mula mañosa y un saco de sal. Y fue ahí, donde el viento huele a guayabo y a piedra mojada, que vi la primera señal: una lucecita, como luciérnaga grande, quieta, sin parpadear. No alumbraba el camino; alumbraba un punto, como si señalara una puerta. Yo seguí, porque el hambre es mala consejera y la curiosidad es peor.

Y entonces oí el silbido, no de hombre, sino del monte mismo, como cuando el bejuco se estira. La bruma se me cerró y la mula se me clavó. Ahí fue cuando apareció la Señora del Pipintá. No era mujer ni era árbol: era las dos cosas. Traía el vestido hecho de hojas frescas, musgo y ramas finas, y el sombrero tan grande que parecía una sombra caminando. No le vi la cara, pero sí le sentí los ojos, como brasas verdes, mirándome por dentro.

Y habló sin mover la boca, como si la voz saliera del agua del cañón. Dijo: 'El que viene por codicia, se va sin camino. El que viene por memoria, se va con señal'. Yo, que no era santo pero tampoco ladrón, le respondí lo único que me salió: 'Yo vengo por pasar, Señora. No por llevar'. Entonces el monte se abrió en un susurro. Vi una piedra grande, rajada como boca, y adentro un brillo: no era oro amarillo, era oro como luna, frío, con una música bajita, como de campanas debajo del agua.

Y junto al brillo, vi una cosa que me heló: una mano de barro, con uñas de guadua, marcando el suelo como si midiera el mundo. Y una carcajada lejos, de esas que no se ríen de chiste sino de desgracia. La Señora me señaló el saco de sal. 'La sal cura y también despierta', dijo. 'Si la tiras por ambición, llamas al guardián inmundo. Si la tiras por respeto, cierras la puerta'. Yo agarré un puñado y lo eché no hacia adentro, sino alrededor, como haciendo un círculo.

Y recé sin saber qué rezaba, porque a veces la boca reza lo que el miedo entiende. La luz se apagó, la piedra se cerró, y el camino volvió a aparecer. Pero antes de irse, la Señora me dejó una última palabra: 'Dile a los tuyos que el tesoro no se saca: se escucha'. Desde esa noche, mijo, yo no volví a buscar nada. Pero cada vez que paso por esos filos, cuando la bruma baja y el río ruge, siento que el Pipintá sigue ahí, vigilando. Y que el que se mete a guaquear con el corazón torcido, no encuentra oro: encuentra vueltas, pierde la voz, y se le llena la vida de plaga. Porque el tesoro del Pipintá, acuérdese bien, no es para enriquecer al hombre: es para que el hombre no empobrezca la tierra.

Historia

En los caminos antiguos del norte de Caldas y el suroeste antioqueño, donde la arriería abrió trochas entre cañones y cuchillas, se fue amarrando una tradición: la idea de un tesoro indígena escondido y defendido por fuerzas del monte. El nombre de Pipintá quedó pegado a cerros tutelares, piedras señaladas y relatos de resistencia, y con el tiempo se mezcló con el imaginario de guacas encantadas que se muestran como espejismos. La historia oral suele ubicar el corazón del relato en un corredor de pasos difíciles: veredas altas, ríos encajonados y cuevas o piedras que parecen puertas.

Allí, el tesoro se vuelve un símbolo doble: riqueza material para los ambiciosos y memoria sagrada para los mayores. Por eso, en las fondas y fogones se repite que el oro no se entrega a cualquiera y que el monte prueba la intención. Este mito nuevo recoge esa atmósfera: el tesoro como señal, el camino como juez, y la naturaleza como guardiana. En lugar de presentar una simple búsqueda de riqueza, pone el acento en la ética del andar: pasar sin depredar, escuchar sin arrancar, y reconocer que hay lugares donde la historia pesa más que el bolsillo.

Versiones

Versión del arriero de bruma: el tesoro se aparece como una luz fija que no alumbra el camino sino una puerta, y la prueba consiste en no seguirla con ansiedad. Versión del barequero: el brillo sale desde el fondo del río en crecientes repentinas; quien se lanza a agarrarlo termina embolatado, y quien se sienta a esperar escucha una música que lo hace volver a casa. Versión de Semana Santa: la piedra se abre solo en días santos, pero no por calendario sino por silencio; si hay bulla, trago o burla, la puerta se cierra y deja un olor a azufre y guayaba verde.

Versión de la Señora del Pipintá: no es un espanto para matar, sino una guardiana para medir el corazón; aparece como mujer cubierta de monte y castiga con pérdida de rumbo. Versión del guardián inmundo: una sombra que ríe desde lejos y deja plaga en los cultivos de quien cava sin permiso; su rastro se reconoce por gusanos donde antes hubo semilla.

Lección

El mito enseña que la riqueza sin respeto rompe el vínculo con la tierra y con la comunidad. La codicia no solo extravía al caminante: también enferma el agua, daña el cultivo y vuelve sospechoso al vecino. La lección central es práctica y moral: antes de entrar al monte, hay que pedir permiso; antes de sacar, hay que entender; y antes de creer que un tesoro es de uno, hay que recordar que la memoria del territorio no se compra ni se vende.

También deja una advertencia para el oficio del camino: el arriero, el campesino y el viajero sobreviven por prudencia. El que no respeta señales, termina sin ruta, sin palabra y sin paz.

Similitudes

Se parece a relatos de guacas encantadas que se muestran como luces o espejismos y que solo se revelan a quien no actúa por codicia. Comparte rasgos con la Madremonte: figura femenina ligada a bruma, monte y castigo por daño ambiental o abuso del territorio. Toca motivos del Mohán como guardián de riquezas vinculadas al agua y a cuevas, y el tema del sonido o música como señal sobrenatural.

Dialoga con espantos mineros como el Patetarro en la idea de plaga y ruina agrícola como consecuencia de faltas humanas. En conjunto, pertenece al gran ciclo andino-paisa de caminos, arriería, cañones y pruebas morales en la noche.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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