En las verdes y misteriosas selvas del antiguo territorio que hoy conocemos como el municipio de Aguadas, los Cuycuyes o Armas rendían devoción a una entidad oscura conocida como Calgarí o Calgavi. No habitaba este demonio en templos de grandiosidad arquitectónica; en cambio, su presencia se manifestaba en los modestos bohíos, humildes moradas de esta tribu. Las hileras de casas, construidas con meticulosa disposición, contenían los ídolos que eran tallados en cera, madera o esculpidos en fría piedra, cada uno una puerta a aquella dimensión donde lo sobrenatural y lo humano se entrelazaban.
El cronista Pedro Cieza de León, en su obra "La Crónica del Perú", relata con asombro y cierto temor reprimido cómo estas gentes, permitidas por los desvelos divinos, vivían bajo el manto ominoso de un demonio que se mostraba ante ellos en forma tangible. Sobre los tablados, el aire era denso con los sahumerios de hierbas de flores blancas y negras, resinas cuyo humo transportaba los ruegos y ofrendas sangrientas hacia la entidad que habitaba entre el tiempo y el espacio, el demonio.
Los sacerdotes de la comunidad, diversos en sus roles y dones, eran la médula espiritual de este culto. Los Mohanes, maestros de sortilegios y embustes, enredaban a los espíritus en juicios y negociaciones. Los Hechiceros, temidos y odiados, trazaban la línea entre salud y enfermedad, vida y muerte. Adivinos, con sus ojos entoldados por visiones proféticas, hablaban de futuros tejidos con hilos de misterio y augurios. Los Exorcistas, combatientes de lo oscuro, libraban batallas espirituales en nombre de su pueblo.
Cada semana, el grito de la carne traspasaba el aire, cuando los corazones de las víctimas de guerra latían por última vez en sacrificio; sus cuerpos, ya destilados de vida, se ofrecían a los ídolos llenos de ese hambre ancestral. Aquellas víctimas prisioneras que no encontraban su fin en el degollado sagrado, colgaban del gran tablado, suspendidos como frutas extrañas de un árbol que atrapa tiempo y esencia en cada rama.
A través de estas prácticas, la figura del demonio desbordaba los límites de la fábula para convertirse en una parte tangible de la realidad de los Cuycuyes o Armas. Al recibir las cuidadosamente elaboradas ofrendas de chagualas —joyas de oro que relucían con la luz de incontables lunas y soles—, los sacerdotes afirmaban escuchar el susurro de Calgarí que, con voz como viento entre hojas secas, les hablaba de sus deseos y demandas.
La región no solo se definía por el culto al demonio, sino también por la resistencia que sus hijos oponían al avance inexorable de los conquistadores españoles. En la tierra de los ancestros, el cacique Maitamá resistió con fiereza, mientras que otros, como el cacique Yayo y el cacique Cirigua, cedieron bajo la presión, entregando las valiosas chagualas contra la voluntad del indomable jefe.
Con la llegada de los colonizadores, la urgencia de apaciguar resistencias se selló en el destino de los Cuycuyes o Armas. Fueron desplazados a tierras lejanas, entre ellas, la región de Quiebralomo en Riosucio donde, aunque el paisaje cambiara, las raíces de sus costumbres siguieron clavadas en lo sacro y lo pagano de su vida.
En estas nuevas fronteras, continuaron sus tradiciones de culto, junto a celebraciones comunitarias que fueron remanentes de un largo legado. Las fiestas en Quiebralomo se engalanaban con máscaras y danzas, capturando la esencia del "Baile de la Chicha," mientras los ecos de las chirimías rebotaban entre las colinas, retumbando como antiguos beatíficos latidos de ceremonias perdidas.
A pesar del cambio de locación, su cultura se difundió por otras tierras mineras como Santiago de Arma y Supía. La continua presencia del demonio en sus fiestas se reflejó en las futuras celebraciones del Diablo, donde las sombras de aquellos antiguos sacrificios y rituales aún se ciernen sobre los festejos, como memorias indescifrables, entrelazadas en el tejido cultural que perduraría más allá del tiempo y del olvido.
Así, la historia de los Cuycuyes o Armas, su vínculo profundo y complejo con las fuerzas demoníacas que habitaban su mundo, se entrelaza para siempre en las raíces de aquellas tierras fértiles, donde cada árbol y piedra todavía cuentan historias de aquel demonio que, por un tiempo, fue parte de la vida diaria tanto como el viento o la lluvia.
Historia
El mito del demonio Calgari o Calgavi en la cultura de los Cuycuyes o Armas, y otras tribus indígenas del municipio de Aguadas, se basa en las prácticas religiosas que consistían en la idolatría y adoración a un demonio. Estas prácticas incluían representaciones del demonio en ídolos de cera, madera o piedra que se ubicaban en los bohíos. Se llevaban a cabo rituales con sacrificios humanos, ofrendas de oro llamadas "chagualas", y sahumerios con plantas aromáticas. Parte de esta adoración al demonio se reflejaba en las funciones de diferentes tipos de sacerdotes como los mohanes, hechiceros, adivinos y exorcistas.
Las tradiciones mencionan que después de recibir ofrendas, el demonio Calgari o Calgavi se aparecía con figura de indio y ojos resplandecientes, para comunicarse con los sacerdotes. La generalización de este culto se extendió a otras tribus de la región, como los Pitos, Palenques, Mermitas y Perbitas, y más allá de los límites culturales hacia grupos vecinos.
Con la llegada de los españoles, las prácticas de idolatría y resistencia a la dominación europea se mantuvieron, lo que llevó al traslado de estas poblaciones indígenas a otras áreas, donde continuaron sus costumbres religiosas. En particular, los Cuycuyes o Armas fueron trasladados a Quiebralomo en Riosucio, lo cual influyó en las fiestas y carnavales del Diablo de la región. Estas festividades incluían danzas y música con chirimías, reflejo de una continuidad cultural que persistió en las comunidades mineras de la zona.
El origen del mito puede rastrearse en la mezcla de prácticas religiosas indígenas centradas en la adoración a un ente demoníaco con las interpretaciones y crónicas coloniales que documentaron estas creencias, mencionando el impacto que tuvieron en las relaciones interculturales y la resistencia indígena durante la época de la conquista.
Versiones
El relato del mito presentado no parece ofrecer múltiples versiones del mismo, sino más bien un relato detallado y uniforme de las prácticas religiosas de los indígenas Cuycuyes o Armas de Aguadas, tal como son descritas por cronistas de la conquista española. Sin embargo, dentro de la narrativa se pueden identificar algunas variaciones en las percepciones y relatos de los cronistas sobre el mismo tema. En primer lugar, Javier Ocampo López proporciona una descripción de los ídolos y la falta de santuarios específicos, sugiriendo un culto íntimo y extendido dentro de los hogares. Contrasta esto con la descripción proporcionada por Pedro Cieza de León que enfatiza no solo el dominio del demonio sobre los indígenas, sino también las prácticas de sacrificios humanos asociados, lo que añade una capa de violencia ritual significativa al culto.
Adicionalmente, Cieza de León sugiere una diversidad en la estructura religiosa local, con figuras como mohanes, exorcistas y adivinos desempeñando distintos roles en la comunidad, lo que indica una sociedad compleja con jerarquías religiosas diferenciadas. Otra área de distinción se observa en la respuesta al demonio: mientras Cieza de León destaca una interacción directa entre los brujos y la manifestación del demonio, con sacrificios semanales como tributo, el testimonio de las ofrendas contrasta con el uso detallado de 'chagualas' de oro tanto para el culto como para las relaciones con los colonizadores españoles según lo informado por Ocampo López. Estas variaciones sugieren una narrativa matizada donde diferentes elementos del culto y su interacción con el entorno colonial se destacan de manera distinta dependiendo del cronista o del aspecto que se desee enfatizar.
Lección
La resistencia cultural persiste a través de la adaptación y la continuidad de las tradiciones.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de pactos con demonios en la mitología europea, como las leyendas de Fausto.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



