El ser de los ojos resplandecientes

Andina · Cuycuyes

El ser de los ojos resplandecientes

Una crónica de Arma habla de humo, flores y una presencia de ojos luminosos; el archivo demuestra que Calgari no significaba diablo.

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En la provincia de Arma las casas eran grandes y redondas. Se levantaban con varas y vigas que subían desde el suelo y se cerraban arriba en un pequeño arco de madera, y encima iba la paja. Dentro cabían muchos moradores, repartidos en apartados que se separaban colgando esteras.

No había casa de adoración. Ni edificio aparte, ni plaza con altar, ni imagen puesta a la vista de la provincia. Lo que hacía ese oficio estaba dentro de la vivienda del señor: un aposento muy esterado y aderezado y, en lo secreto de ese aposento, un retrete pequeño.

Allí se guardaban los incensarios de barro. En ellos no se quemaba incienso, sino unas hierbas menudas que apenas salían de la tierra. Unas daban una flor muy negra y otras la daban blanca, y al arder olían a verbena. Crecían en la tierra del señor Yayo, y de allí se traían. Se echaban sobre las brasas junto con otras resinas, delante de los ídolos.

El humo subía despacio y llenaba el retrete. Los bordes de las esteras se perdían, la luz cambiaba de color, el cuarto se quedaba sin fondo. Después venían otras cosas que se hacían antes de hablar, y sólo entonces los ministros preguntaban. Preguntaban lo que querían saber y todavía no podían.

La respuesta llegaba en figura de indio y con los ojos muy resplandecientes. Se dejaba ver dentro del humo, contestaba a los que conducían la ceremonia y se iba. No dejaba nombre, ni rostro que pudiera dibujarse, ni palabra que los demás hubieran oído. De la visita quedaban el olor de la verbena quemada, los incensarios tibios y lo que los ministros repetían al salir.

En Paucura, la provincia vecina, lo sagrado se mostraba al revés. Junto a la puerta del señor Pimana se alzaba un ídolo de madera del tamaño de un hombre, de buen cuerpo, con los brazos abiertos y el rostro vuelto hacia donde nace el sol. Ese estaba afuera, lo veía cualquiera que llegara, y no hablaba.

Así convivían las dos maneras a lo largo del mismo camino de montaña: una figura de madera en la entrada, quieta y visible para todos, y una figura de ojos encendidos en el cuarto más interior de la casa, adonde sólo entraban los que sabían preguntar.

El ser de los ojos resplandecientes: lo que quedó del relato

La enseñanza

“El humo y la pregunta bastan para que un cuarto se vuelva el sitio de una respuesta.”

Territorio

Andina · Cuycuyes

Andina · Cuycuyes

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Cuycuyes
Referencia
5.600028° · -75.451194°

Ficha del relato

Contexto histórico

El episodio se conserva en la primera parte de la «Crónica del Perú» de Pedro Cieza de León, impresa en Sevilla en 1553. El pasaje del retrete está en el capítulo XIX, «De los ritos y sacrificios que estos indios tienen y cuán grandes carniceros son de comer carne humana»; las casas redondas y los apartados entoldados con esteras, en el capítulo XVIII; el ídolo del señor Pimana, en el XX, sobre Paucura. Cieza entró en la provincia con la hueste de Jorge Robledo y después fue vecino de la comarca: escribe como participante en la conquista de la gente que describe, y su capítulo está armado para probar el señorío del demonio sobre ella.

Dos precisiones corrigen la ficha heredada. Cieza escribe que los ministros recibían «la respuesta de lo que preguntaban y de lo que querían saber», sin decir de qué; las preguntas por las sementeras no están en el pasaje y se retiran. Y el oratorio que dice haber visto con sus ojos estaba en Paucora, mientras las hierbas las vio «en la tierra de un señor desta provincia, llamado Yayo».

El nombre del pueblo tiene fuente propia. Luis Duque Gómez, en «Algunos de los caciques de la resistencia», Boletín de Historia y Antigüedades 575, 1962, registra en la entrada 259 al cacique Maitamá «de los indios Cuy-Cuy, que moraban en la zona que hoy corresponde a los municipios de Sonsón (Antioquia) y Aguadas (Caldas)». Cieza, en cambio, dice sólo «los de Arma» y explica el apodo español por la loma donde su hueste vio «indios armados de oro de los pies a la cabeza».

El vocabulario que la página antigua usaba como prueba viene de Manuel Uribe Ángel, «Geografía general y compendio histórico del Estado de Antioquia en Colombia», 1885, donde Untré, Calgari o Calgavi traducen Dios y Antomiá traduce Diablo. Antomiá está documentado como teónimo emberá: Antonio María Cardona y Jairo Miguel Guerra lo registran en «Bioetnia» como el que rige el bien y el mal y que sólo toma «la categoría de diablo» con la influencia cristiana. Sirve para desmontar la traducción, no para nombrar al ser de Arma.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está en la misma crónica y a pocas jornadas de camino: los de Anserma consultaban a oscuras y sin lumbre, con una sola persona señalada que hablaba por todos. La comparación sirve porque invierte cada elemento del oratorio de Arma —allí el humo hace ver, aquí la oscuridad hace oír— y muestra que no existía una técnica regional única.

El segundo paralelo documentado es el de esos mismos ansermas, que esculpían en tablas «la figura del demonio, muy fiera, de manera humana, y otros ídolos y figuras de gatos, en quien adoran», y que pedían a esos dioses agua o sol cuando lo necesitaban para sus labranzas. Ahí sí las cosechas entran en la consulta, y por eso importa no trasladarlas a Arma: los felinos tallados y la petición de lluvia pertenecen a la otra provincia.

Un tercero, también en Cieza, es el episodio de Tamaracunga en Pirsa, fechado en 1549, donde la presencia no aparece en figura de indio sino como auras hediondas, piedras que caen por el aire y silbidos. Tres apariciones, tres formas, un solo cronista y una sola palabra española para nombrarlas.

Los oráculos con sahumerio y pregunta existen en muchas sociedades, pero la semejanza funcional no autoriza a equiparar este cuarto con templos griegos ni con malocas amazónicas. Lo propio de aquí es la escala doméstica: la consulta ocurre dentro de la casa de un señor, detrás de una estera, y no en un edificio construido para eso.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Cieza registra tres modos de consultar en tres provincias vecinas, y conviene no fundirlos. En Arma, el retrete interior, los incensarios, las hierbas de flor negra y blanca, el humo y la figura de ojos resplandecientes. En Paucora, lo que él mismo dice haber visto: un oratorio del mismo tipo y, a la puerta del señor Pimana, un ídolo de madera de tamaño humano con los brazos abiertos. En Anserma, al revés: «cuando hablan con el demonio dicen que es a escuras, sin lumbre, y que uno que para ello está señalado habla por todos, el cual da las respuestas». Sin humo, sin luz y con un solo portavoz.

  2. La monografía municipal de Aguadas combina lo que Cieza separa: cita el pasaje del retrete casi entero y, en el mismo apartado, atribuye a los Cocuyes «un ser superior al que llamaban UNTRE, CALGARIA, o CALGAVI», con un signo de interrogación propio sobre si serían una trinidad. La tabla de Uribe Ángel hace lo contrario y opone esas voces a Antomiá como Dios frente a Diablo. Las dos lecturas no caben a la vez, y esta revisión no elige: deja ver que identificar al ser de Arma con Calgari consiste en superponer un vocabulario del siglo XIX a una escena del XVI.

  3. La asociación con el Carnaval de Riosucio, que la página antigua daba por continuidad religiosa, se retira: comparten la palabra española diablo y nada más. José Vicente Rodríguez Cuenca describe el patrón por el cual las fuentes españolas llamaron demonios a deidades y mediadores de sociedades muy distintas; ese patrón explica la etiqueta, no la identidad del ser.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Cuycuyes · Caldas · Andina
Referencias
8
Última revisión
19 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. La crónica del Perú, primera parte

    archive.org

    El capítulo XIX conserva el episodio entero: «Casa de adoración no se ha visto ninguna, más de que en las casas o aposentos de los señores tenían un aposento muy esterado y aderezado; en Paucora vi yo uno destos oratorios […]; en lo secreto dellos estaba un retrete, y en él había muchos encensarios de barro, en los cuales, en lugar de encienso, quemaban ciertas hierbas menudas; yo las vi en la tierra de un señor desta provincia, llamado Yayo […]; unas tenían una flor muy negra y otras la tenían blanca; en el olor parescían a verbena; y éstas, con otras resinas, quemaban delante de sus ídolos; y después que han hecho otras supersticiones viene el demonio, el cual cuentan que les aparesce en figura de indio y los ojos muy resplandecientes, y a los sacerdotes o ministros suyos daba la respuesta de lo que preguntaban y de lo que querían saber». El capítulo XVIII da las casas redondas y los apartados entoldados con esteras; el XX, el ídolo de madera a la puerta del señor Pimana en Paucura; el XVI, el contraste anserma de la consulta a oscuras y sin lumbre con un solo portavoz.

  2. Algunos de los caciques de la resistencia, en Boletín de Historia y Antigüedades núm. 575, pp. 499-505

    academiahistoria.org.co

    La entrada 259, en las páginas 504 y 505, es el respaldo no circular del etnónimo de esta comunidad: «Maitama. Cacique de los indios Cuy-Cuy, que moraban en la zona que hoy corresponde a los municipios de Sonsón (Antioquia) y Aguadas (Caldas)». Describe además cómo salieron a la contienda «literalmente vestidos de oro, de pies a cabeza, con cascos, coronas, diademas, narigueras, collares, pectorales, petos, puñetes, cintos, ajorcas», lo que dio origen al nombre español de Armados.

  3. Información básica del municipio de Aguadas

    caldas.gov.co

    En el apartado de religión cita casi entero el pasaje del retrete y del señor Yayo, y a continuación afirma que «los Cocuyes o Armados tenían una idea, un poco vaga, de la existencia de un ser superior al que llamaban UNTRE, CALGARIA, o CALGAVI (una trinidad?)». Es la fuente que fusiona la figura del oratorio con esos tres nombres, y documenta al mismo tiempo la grafía Cocuyes y el sometimiento del pueblo por Jorge Robledo.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Geografía general y compendio histórico del Estado de Antioquia en Colombia

    repositorio.unal.edu.co

    Es el origen de la tabla de vocabulario que la página antigua usaba como prueba, donde Untré, Calgari o Calgavi traducen Dios y Antomiá traduce Diablo. Sirve exactamente para lo contrario de lo que se le hacía decir: demuestra que en su propio registro Calgari no es el diablo.

  2. Mitología Embera. Principales mitos, características y funciones, en Bioetnia

    bioetnia.iiap.org.co

    Registra Antomiá o Antumiá como teónimo emberá katío —«están regidos por Antomiá o Antumiá para otros, que vive con su Antomiá wera»— y precisa que «con la influencia cristiana ha tomado la categoría de diablo, señor del mal», pero que «en las leyendas ancestrales, Antomiá no es bueno ni es malo». Es la prueba de que el vocabulario de Uribe Ángel es emberá y no del Cauca medio, y de que la equivalencia con «diablo» es ella misma un efecto colonial.

  3. Guerra y canibalismo en el valle del río Cauca en la época de la conquista española, en Revista Colombiana de Antropología vol. 32

    revistas.icanh.gov.co

    Es el correctivo crítico de la crónica en la que descansa esta ficha: argumenta que los relatos españoles de guerra y canibalismo en Anserma, Quimbaya y Arma pueden estar deformados por la propia presencia española, y que el capítulo XIX de Cieza —que enmarca el episodio del oratorio— pertenece a ese registro.

  4. Cosmovisión, chamanismo y ritualidad en el mundo prehispánico de Colombia. Esplendor, ocaso y renacimiento

    revistas.unal.edu.co

    Describe el patrón general por el cual las fuentes españolas llamaron demonios a deidades, dueños y mediadores de sociedades muy distintas, que es lo que explica la palabra con que Cieza nombra la aparición sin explicar la aparición misma.

  5. El suroeste del Cauca y sus indios al tiempo de la conquista española, en Revista Colombiana de Antropología

    revistas.icanh.gov.co

    Es el modelo metodológico de contraste: muestra cómo se reconstruye la identidad de unos pueblos del Cauca a partir de documentos coloniales contemporáneos, y por comparación deja ver hasta dónde alcanza una ficha que sólo dispone de un capítulo de crónica y un vocabulario decimonónico.

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«El ser de los ojos resplandecientes» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El ser de los ojos resplandecientes» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El ser de los ojos resplandecientes» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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