El tesoro de Caribare

Orinoquía · Mestizo

El tesoro de Caribare

La gran hacienda jesuita de Caribabare dio origen a una leyenda de bóvedas, agua desviada y un guardián de plenilunio.

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En 1767 se promulgó en el virreinato el real decreto con que Carlos III expulsaba a los jesuitas de todos sus dominios. Los padres tenían poco tiempo para irse y mucho que salvar, y empezaron a mover en secreto toda clase de valores que pudieran cargarse, hacia la Cordillera Oriental, para esconderlos en algún paraje solitario de las pampas del Casanare.

El sitio escogido fue San Salvador del Puerto de Casanare, que estaba más cerca de la llanura y a la orilla de un río navegable. Allí mandaba el padre Manare, y a él le tocó cumplir la orden. De día las expediciones se escondían en los lugares más despoblados; de noche hacían largas jornadas. Llegaban de todos los puntos del país, sin ruido, dejaban la carga en la casa cural y desaparecían.

Sin descuidar su ministerio, Manare buscó un lugar discreto en las sabanas de Caribabare y mandó abrir una excavación revestida de mampostería. Trabajaba con peones llaneros, siempre de noche y con el temor de ser sorprendidos, y poco a poco el hueco se fue llenando. Allí fueron cayendo cajas y más cajas de vasos sagrados y de joyas de iglesia. Se amontonaron lingotes de oro y de plata traídos por toneladas desde Antioquia y el Chocó. Encima quedaron cofres de piedras preciosas y sacos de monedas de todos los valores y de todos los países. Cuando el depósito, un cuadrilátero de más de seis metros, estuvo colmado, lo cubrieron con una lápida de piedra y con calicanto para aislarlo de la humedad. Después desviaron un riachuelo cercano, y sus aguas mansas pasaron por encima y borraron toda huella.

Cumplido el encargo, Manare tomó el camino del destierro que le imponían sus hermanos, y nadie volvió a saber de él. Años después, en las noches de luna llena, los llaneros veían en algún lugar de Caribabare la sombra negra y escueta de un religioso que vagaba por la pampa sin que ningún cuerpo la proyectara. Decían que era el alma del padre Manare, que seguía cuidando el tesoro de la Compañía.

El asunto no se cerró ahí. Unos cuentan que en 1944, cuando las compañías petroleras exploraban el llano, una comisión que llevaba un gravímetro y un detector de minas dio con el tesoro de los jesuitas. Dicen también que, con el pretexto del petróleo, se sacaron muchas guacas donde antes hubo pueblos. Otros juran que sigue enterrado, y que hubo un mapa en manos de un hombre que perdió la razón: había sido el guía de un jesuita español que remontó el Orinoco, el Meta y el Casanare hasta el Puerto de San Salvador, y allí murió de una fiebre muy alta.

El tesoro de Caribare: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que se esconde para no perderlo termina atando a quien lo escondió al sitio del secreto.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Orinoquía
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.1665° · -71.46°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato del padre Manare y la bóveda se lee hoy en la reproducción que publicó el portal Llanera.com el 30 de enero de 2010, tomada de Temístocles Perea Pedroza, De la tradición y el mito a la literatura llanera, tercera edición corregida y ampliada (Bogotá, Arfo Editores e Impresores, 2009). El pasaje abre diciendo que la leyenda es de Arauca pero «pertenece en mayor grado a la región del Casanare», y cierra con su propia referencia: Carlos Humberto Sepúlveda Escobar, Ensayos de historia araucana (Bogotá, Ediciones Gente Nueva, 1992), p. 124. Es decir, el texto que circula viene de un ensayo histórico regional de 1992 que Perea copia o resume. Ninguno de los dos libros está en abierto, y ninguno nombra a quién se lo contaron.

La hacienda sí está en el archivo. Miguel Ángel Martín, en Del folclor llanero (1979), anota que Hato Corozal fue antes La Yegüera, parte de la hacienda jesuita de Caribabare, en 1664. José Eduardo Rueda Enciso, en Campos de Dios y campos del hombre (Universidad del Rosario, 2018), según la reseña de Ismael Jiménez Gómez en Estudios de Historia Novohispana (2020), la describe como la principal hacienda de la Compañía en Casanare, pionera en ganado vacuno, que abastecía de carne a Santafé y Tunja desde 1749 por concesión del virrey Eslava; tras la expulsión, las haciendas se remataron y vendieron a particulares. El Plan Especial de Manejo y Protección del centro histórico de Nunchía (2015), con documentos del Archivo General de la Nación, añade que en octubre de 1767 el gobernador Francisco Domínguez de Tejada no pudo ni fijar sus linderos, que se inventarió para rematarla, que pasó por las manos de Joseph Daza y del dominico Joseph Zabala, y que sus ornamentos se repartieron entre la parroquia de Nunchía y las iglesias de Chire y del Piñal. El mismo plan reconoce que esa riqueza «generó leyendas como la del Tesoro de Caribabare».

El inventario mismo se puede leer. Julián Galindo Zuluaga transcribió en Quirón (2021) el testimonio de los bienes secuestrados a los jesuitas en seis pueblos de Casanare y llevados a Caribabare, «la hacienda de Tame», para entregarlos a su administrador Joseph Daza entre 1767 y 1768. Allí Manare no es un padre sino uno de esos pueblos de misión, y el funcionario que despacha sus bienes anota que deja atrás una caja que «por ser ttan grande y pesada» no lleva a Caribabare por no agravar los costos.

Resonancias con otros mitos

El guardián del tesoro tiene fundamento en la propia creencia llanera: Miguel Ángel Martín registra en 1979 que el espíritu de quien entierra valores queda vagando, al morir, alrededor del sitio donde los escondió, y eso es exactamente lo que le pasa a Manare. En el mismo libro, el hombre que vende su alma al diablo un Viernes Santo recibe fincas ganaderas vigiladas por un toro negro, y muere una noche de relámpagos: otra riqueza del llano con un custodio sobrenatural y un precio. En el piedemonte de Lengupá, el Esquema de Ordenamiento Territorial de Campohermoso cuenta de los mohanes, hombres pequeños siempre cargados de oro que viven en las laderas de las quebradas y regalan un puñado a quien les lleva aguardiente y tabaco y les cae en gracia. Allá el oro se da; en Caribabare se esconde bajo el agua de un riachuelo desviado y nadie lo alcanza. Y en la misma región, el plan patrimonial de Nunchía reconoce que la leyenda nació de la riqueza real de las haciendas jesuitas, que es el vínculo que estos otros relatos no tienen con ningún archivo.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El pasaje de Perea Pedroza no cierra la historia: le da tres finales y no escoge. En el primero, la sombra de Manare guarda la bóveda en las noches de luna llena. En el segundo, una comisión petrolera de 1944 la encuentra con gravímetro y detector de minas, y las compañías aprovechan la exploración para sacar guacas de antiguos pueblos. En el tercero, el tesoro sigue bajo tierra y el único mapa quedó en manos de un loco, el guía de un jesuita español muerto de fiebre en el Puerto de San Salvador.

  2. Frente a esos tres finales hay un cuarto, el del archivo, que no es leyenda: el remate y la venta de las haciendas que resume la reseña de Rueda Enciso, y el reparto de los ornamentos de Caribabare a Nunchía, Chire y el Piñal que documenta el plan de Nunchía con papeles de Temporalidades. La bóveda llena de lingotes y el inventario que un gobernador no alcanzó a cerrar cuentan dos destinos distintos para los mismos bienes. Y en ese inventario de 1768 el nombre de la leyenda aparece de otro modo: Manare es el pueblo de donde salieron los bienes hacia Caribabare, con una caja pesada que se quedó sin mover.

  3. Tampoco coinciden en la cuenta de la hacienda ni en su dueño regional. El marco con que Perea Pedroza introduce la leyenda da cifras de un inventario de 1760, con 10.606 reses, y de un ingreso líquido de 8.898 pesos entre 1765 y 1767, y reclama la historia para Arauca aunque admite que es más casanareña. El plan de Nunchía, en cambio, fecha el inventario para el remate en 1793 y la reparte en dos hatos principales, La Yegüera o Hato Corozal y Tunapuna.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Orinoquía
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. La leyenda del tesoro de Caribabare (de De la tradición y el mito a la literatura llanera, 3.ª ed., Arfo, 2009)

    llanera.com

    Es el único texto consultable de la leyenda: la expulsión de 1767, el padre Manare en San Salvador del Puerto de Casanare, la excavación de mampostería en las sabanas de Caribabare con peones llaneros, el oro y la plata de Antioquia y el Chocó, el riachuelo desviado, la sombra del religioso en plenilunio y tres finales: guardián, comisión petrolera de 1944 y mapa del guía enloquecido. Cierra citando a Sepúlveda Escobar, Ensayos de historia araucana (1992), p. 124.

  2. Transcripción de los bienes secuestrados a los padres jesuitas de los pueblos de Casanare y llevados a la hacienda de Caribabare

    revistafche.medellin.unal.edu.co

    Transcribe el testimonio de 1767-1768 (AGN, Colonia, Temporalidades, leg. 7) de los bienes de seis pueblos llevados a Caribabare, «la hacienda de Tame», para su administrador Joseph Daza. Es el destino documentado de los bienes que la leyenda entierra; y en él Manare es un pueblo de misión, de donde no se trasladó una caja «ttan grande y pesada», y la hacienda aparece también escrita «Caribare».

  3. Reseña de José Eduardo Rueda Enciso, Campos de Dios y campos del hombre. Actividades económicas y políticas de los jesuitas en el Casanare (Universidad del Rosario, 2018)

    scielo.org.mx

    Resume que Caribabare fue la principal hacienda jesuita del Casanare, pionera en ganado vacuno, que abastecía de carne a Santafé y Tunja desde 1749 por concesión del virrey Eslava, y que tras la expulsión de 1767 las haciendas fueron rematadas y vendidas a particulares: el final de archivo frente a la bóveda de la leyenda.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Plan Especial de Manejo y Protección del Centro Histórico y Zona de Influencia de Nunchía, Casanare: documento de diagnóstico

    nunchia-casanare.gov.co

    Documenta el paso de Caribabare a la Junta de Temporalidades en octubre de 1767, los linderos que el gobernador Domínguez de Tejada no pudo fijar, los hatos de La Yegüera y Tunapuna, su entrega a Joseph Daza y al dominico Joseph Zabala, y el reparto de sus ornamentos entre Nunchía, Chire y el Piñal (pp. 55 y 64 del PDF). En la p. 193 reconoce que esa riqueza generó la leyenda del tesoro.

  2. Del folclor llanero

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Da dos anclas: la entrada Hato Corozal, antes La Yegüera, parte de la hacienda jesuita Caribabare en 1664 (p. 80 del PDF), y la creencia llanera de que el espíritu de quien entierra tesoros queda vagando junto a ellos (p. 16), que es el papel del guardián Manare.

  3. Colombia, país de regiones, tomo 4, cap. 4 «Vida y cultura del llano»

    babel.banrepcultural.org

    Sitúa Caribabare como la principal hacienda jesuita de los Llanos, en las cercanías de Paz de Ariporo, junto a Tocaría, Cravo y Apiay, dentro del circuito de ganados vendidos en Tunja y Santafé (p. 84 del PDF).

  4. Los papeles de la abundancia. Historia del periodismo agropecuario en Colombia (1800-1850)

    repository.libertadores.edu.co

    Con base en Rueda y González (2004), da el tamaño de la hacienda que la leyenda imagina rica: 447.700 hectáreas entre Casanare y Arauca y, en el inventario de 1767, 57 esclavos, 16.606 reses y 1.384 équidos; escribe «Caribare» (pp. 49-50).

  5. Esquema de Ordenamiento Territorial de Campohermoso, Boyacá, 1998-2000: dimensión cultural, «Los Mohanes»

    repositoriocdim.esap.edu.co

    Registra en el piedemonte a los mohanes, hombres pequeños cargados de oro que viven en las quebradas y regalan un puñado a quien les lleva aguardiente y tabaco: paralelo de oro guardado por seres del paisaje, que aquí se da y en Caribabare se esconde.

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«El tesoro de Caribare» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El tesoro de Caribare» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El tesoro de Caribare» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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