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El tesoro de Buzaga

Las diferencias significativas en términos de detalle narrativo y tono en las versiones del mito de Lope Badillo son notables.

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Ilustración de El tesoro de Buzaga

En las callejuelas de la muy noble y antigua ciudad de Tunja, donde las piedras parecían guardar las historias de todas las generaciones que las habían pisado, vivía un hombre llamado Lope Badillo. No era emperador, como a veces podría sugerir el error de un escriba, sino empedrador, oficio humilde y lleno de penurias. Con las manos curtidas y la espalda encorvada de tanto trabajar, Lope no poseía más allá que una camisa raída y un vestidillo de jergueta, prendas que, cuando su mujer lavaba en el río, lo obligaban a permanecer en cama hasta que el padre sol las secara con sus bondadosos rayos.

A pesar de su pobreza material, el corazón de Lope era inquieto, siempre albergaba sueños de riqueza y fortuna. Se decía que el deseo de hacer fortuna lo picaba más que comezón de sarna, por lo que pasaba horas meditando, trazando planes sobre cómo cambiar su situación sin que ninguno rindiera frutos, salvo por algún chicuelo comelón que cada año su esposa traía al mundo.

Una mañana de oro y esperanza, la buena fortuna quiso que Lope compartiera sus penas con una vieja india que, más sabia de lo que Augusto en Roma habría podido imaginar, había sido guardiana de secretos antiguos de la región. Enternecida por el relato del empedrador, la mujer le ofreció una solución insólita: lo pondría en contacto con un mohán, un ser etéreo y anciano cuyo oficio era custodiar antiguos tesoros ocultos entre las montañas.

Lope, con la certeza de estar ante la oportunidad de su vida, confió su secreto a don Benito de Laserna, un clérigo fortalecedor en la fe y aficionado a la atención que despiertan los dorados repiques de las monedas. El clérigo, viendo en los ojos de Lope la sinceridad de un niño, aceptó unirse a la empresa, asegurándose una parte igual del botín que pudieran encontrar.

Guiados por la anciana, que caminaba con el compás de quien mide sus pasos para no despertar al mundo de los espíritus que habitan entre las colinas, partieron hacia el sitio revelado. Pero al llegar a las verdes cumbres que escoltaban el valle de Iza, la anciana se detuvo. "Más allá no me atrevo. Aquí empieza la morada del mohán y mis días se acortarían si me aventurase más", dijo. Así, madre tierra y madre del miedo, se despidió con aspavientos y grandes suspiros, dejándolos ir solos.

Con fuerzas renovadas y el eco de la antigua sabiduría soplando a sus espaldas, Lope y el clérigo continuaron su camino, débilmente iluminados por una luna nueva que apenas susurraba en el cielo. La travesía fue ardua, llena de tumbos y traspiés, hasta que, finalmente, coronaron la cima del vigoroso monte, donde, entre la espesura de los árboles, apareció la choza del mohán, un refugio humilde y expectante como el mismo destino.

Dentro, los aguardaba un espectro anciano, enjuto y acartonado, sentado serenamente sobre un duho tosco. Sus ojos brillaban con un destello de avaricia y sabiduría que los visitantes encontraron tan perturbador como familiar. Era el mohán, un ser mitad hechicero, mitad demonio, sobre el cual se contaban historias preñadas de sortilegios y maravillas.

Con solemnidad, Lope explicó su deseo al mohán, quien, después de una risilla seca que parecía nacer desde el vientre de la tierra, concedió su ayuda. "Han venido en el momento justo, el alcaraván canta y la luna está con nosotros", declaró. Pero había una condición: el mohán, cuyo ánimo simulaba estar desprovisto de fuerzas, debía ser llevado sobre las espaldas de uno de ellos hasta el sitio donde el tesoro aguardaba. Sabiendo que la fortuna a menudo requiere de sacrificios y voluntad, tiraron la suerte que cayó en manos del clérigo.

Como un San Cristóbal desventurado, el padre Benito alzó al mohán sobre sus hombros. Pero aquel anciano en apariencia ligero, resultó ser más denso que el plomo de todas las campanas. A cada paso, el camino se alargaba hasta el infinito, y el peso del mohán se tornaba tan insoportable que pareciera que con cada talonazo del brujo, las fuerzas del clérigo se derrumbaban en una marea de sudor y desesperación. A cada paso la cuesta parecía burlarse de ellos, multiplicándose.

"Arre, arre", decía el mohán, espoleando con los talones y prometiendo que más allá del horizonte, donde la tierra y el cielo se abrazaban, las riquezas aguardaban como verdad revelada. "Ya llegaremos, ya llegaremos", repetía con su cantinela siniestra. Las esmeraldas danzarían ante sus ojos, los tunjos y gargantillas con su reflejo espléndido los iluminarían. Las promesas de oro resonaban en sus oídos como un coro de sirenas.

Entonces, el padre Benito, consumido por la incredulidad, hizo alto y exigió que el mohán bajara. Sin embargo, el viejo se aferraba con fuerza, riendo entre jadeos. Fue entonces cuando Lope, reconociendo el velo de engaño que cubría la empresa, tomó una piedra y la lanzó con determinación. Pero la piedra, como si estuviese hecha de sueños y no de materia, rebotó y golpeó a Lope, llevándolo a la confusión.

Fue entonces cuando la fe del clérigo encontró su luz: con agua bendita roció al mohán, y al instante el hechizo se rompió. El viejo cayó al suelo rodando, transformándose en polvo y hueso, sepultado por la ruina del olvido desde la que había emergido. El estruendo del hechicero desvaneciéndose fue como el trueno final que rasga el velo de un cielo tormentoso.

Con los ecos del misterio disipados, Lope y el clérigo, aún admirados por lo vivido, retrocedieron por el camino, agradeciendo entre suspiros a todas las santidades conocidas por haber salido indemnes de aquella aventura fatídica. Volvieron a Tunja, donde las piedras otra vez resonaron bajo los pasos del empedrador. Lope regresó a su modesto oficio y don Benito a su misa tempranera, con la certeza en el alma de que a veces intentar hallar lo que está oculto en las sombras puede llevarte a un abismo más oscuro, y esa era una lección que resonaría en sus almas por siempre.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

Las dos versiones del mito de Lope Badillo presentan diferencias significativas en términos de detalle narrativo y tono. La primera versión es rica en descripciones y características de los personajes, incluye una serie de eventos detallados y diálogos extensos que enfatizan el carácter cómico y casi absurdo de la historia. Aquí, Lope Badillo es presentado como un empedrador extremadamente pobre pero ambicioso, y el relato se adentra en su interacción con un mohán hechicero y un clérigo cómplice. El texto describe con gran detalle el viaje tortuoso que emprenden hacia el supuesto tesoro, lleno de obstáculos y situaciones ridículas como cargar al mohán, quien resulta ser más un truco diabólico que un aliado, enfatizando así una moraleja sobre la codicia y el engaño.

En contraste, la segunda versión es mucho más concisa, enfocándose únicamente en los eventos principales del viaje sin los matices cómicos o el lenguaje florido que caracteriza a la primera. La figura del mohán es presentada como un guía sabio, pero el relato rápidamente pasa por las interacciones y simplifica el desarrollo de los personajes, moviéndose hacia la moraleja sin el colorido detalle de picaresca presente en la primera versión. La narrativa aquí se estructura de manera más directa, casi en forma de crónica, haciendo hincapié en el esfuerzo y la perseverancia como claves para alcanzar el tesoro, manteniendo un tono más sobrio y menos humorístico que la versión original.

Lección

La codicia puede llevar a situaciones peligrosas y engañosas.

Similitudes

Se asemeja a los mitos griegos de búsquedas imposibles y engaños, como el de Tántalo.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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