En el principio de los tiempos, cuando la tierra aún susurraba a través de los vientos y las montañas llevaban en su seno secretos ancestrales, los chibchas vivían bajo el resplandor vigilante de Chiminiguagua, un dios supremo que enviaba sus representantes a guiar a los hombres. Entre estos seres divinos se encontraba Chibchacum, el dios de la clase popular y labradoril, responsable de velar por los mercaderes y el latido productivo de la tierra. Como un viejo roble delineado por mil tormentas, Chibchacum encarnaba la severidad de las leyes naturales. Su rostro tallado por vívidas arrugas reflejaba el rigor de la disciplina.
Sin embargo, la soberbia insidiosa se deslizó entre los corazones humanos. Las gentes de la planicie de Bogotá, tejieron su rebeldía ignorando las admoniciones de Chibchacum, desleales a los designios que él, en su sabiduría, había dispuesto para el correcto viver de los hombres. Airado por el desafuero, aquel dios desató su cólera, liberando las nubes que hirvieron sobre la tierra. Los ríos Sopó y Tibitó, como dos serpientes plateadas, se separaron de sus cauces y danzaron destructores sobre la sabana.
Las aguas ascendieron y cubrieron los campos, borraron las siluetas de las techumbres y acariciaron los cimientos de las colinas con una apasionada amenaza de obliteración. Desde lo alto de las montañas, las almas despojadas contemplaron el mundo convertido en un vasto espejo acuoso, donde flotaban sombras de lo que una vez fueron. Desesperadas plegarias se elevaron al cielo, buscando la compasión de un ser más benévolo que Chibchacum.
Fue entonces que Bochica, enviado por Chiminiguagua, apareció como un amanecer entre las nubes cargadas de muerte lenta. Un altísimo anciano de pelo cano y barba espesa, Bochica caminó con pasos serenos, llevando en su mano una vara de oro fulgente. Las nubes se disolvieron a su paso, y el sol volvió a encenderse, desatando vientos que acariciaron la superficie de las aguas dormidas. Guiado por una intuición celestial, Bochica se paró en un arcoíris, etéreo como una mezcla de luz y esperanza sobre el pueblo de Soacha.
Allí, sobre una roca que desafiante rompía la uniformidad del horizonte inundado, Bochica lanzó su vara dorada. Ella voló como una estrella fugaz, chispeando con la luz del día, y al golpear la roca, partió el mundo, creando un tajo profundo que rápidamente devoró las aguas. Nació entonces el inaudito Salto del Tequendama, una catarata que resonaba con el eco de una ira vencida. Las gentes, agradecidas, vieron cómo la llanura, ahora libre del azote del agua, brillaba de nuevo con la promesa de nuevas cosechas. Los suelos, fertilizados por el légamo dejado por el retiro de las aguas, exhalaron vitalidad y florecieron como los sueños no contados del Paraíso.
Sin embargo, la historia no terminó allí. Bochica, sabiendo que el equilibrio de la creación requería un justo equilibrio, castigó a Chibchacum por su indiscriminada severidad. Se le sentenció a cargar el mundo sobre sus hombros, reemplazando los cuatro palos de guayacán que hasta entonces sostenían la vasta bóveda terrestre. De vez en cuando, Chibchacum, aquejado por el inagotable peso del mundo, se reajusta con un suspiro doloroso; estos movimientos atraviesan el suelo como temblores y terremotos, recordatorio perpetuo de que incluso los dioses deben aprender la templanza.
La llanura de Bogotá continuó bajo el benevolente arcoíris de Cuchavira, a quien los chibchas rendían tributo con esmeraldas y pepitas de oro, símbolos de un puente entre el sufrimiento y la redención, esculpido por las manos invisibles de los dioses. Así el mito de Bochica y Chibchacum perduró, nosurca en las aguas del tiempo y eterno en el murmullo del Tequendama, en una danza milenaria que aún se escucha en el viento.
Historia
El mito relata cómo Chibchacum, un dios del pueblo chibcha, desbordó los ríos en castigo por los excesos de los habitantes de la planicie de Bogotá, provocando inundaciones que amenazaron seriamente la vida en la región. La población afectada clamó al dios Bochica para obtener ayuda. Bochica, conmovido por el sufrimiento de las personas, secó las nubes y partió una gran roca usando su cetro de oro, creando así el salto del Tequendama, por donde se precipitaron las aguas inundadas. Esto permitió a los sobrevivientes descender de las montañas y regresar a los campos fértiles. En una versión, como castigo adicional a Chibchacum por provocar el desastre, Bochica le ordenó cargar el mundo, responsabilizándolo por los terremotos cuando se cansa. El culto al arco iris, vinculado con el nombre de Cuchavira, también está relacionado con este mito, en el que se hacían ofrendas de esmeraldas y oro.
Versiones
Las dos versiones del mito sobre el dios Chibchacum y el desbordamiento de los ríos en la región de la sabana de Bogotá presentan varias diferencias significativas. En primer lugar, la justificación para el castigo de Chibchacum a los humanos difiere entre ambas historias. En la primera versión, Chibchacum actúa impulsado por su indignación frente a los excesos de los habitantes de Bogotá, aunque sin mención específica de sus tareas o responsabilidades. En contraste, la segunda versión describe a Chibchacum como un representante enviado por el dios superior Chiminiguagua con la misión de guiar a los mercaderes, y el desdén y la desobediencia de los humanos hacia él motivan su ira y la consecuente inundación.
Otra diferencia se refiere a las acciones y carácter de Bochica. En la primera versión, Bochica, enternecido por las súplicas de los afectados, decide intervenir de manera casi divina, deteniendo las lluvias, intensificando el sol y usando su cetro de oro para liberar las aguas mediante la formación del salto del Tequendama. La segunda narración también presenta a Bochica como un salvador, pero hace hincapié en su misión como enviado de Chiminiguagua, y omite el dramatismo de las súplicas humanas. Además, mientras que la primera versión celebra el beneficio a largo plazo dejado por Bochica, como la fertilización de la tierra, la segunda resalta el castigo a Chibchacum como un epílogo, con su condena a cargar el mundo como consecuencia de sus actos, introduciendo el elemento de temblores asociados a su cansancio, lo cual no se menciona en la primera versión. Estas diferencias reflejan variaciones en la narrativa sobre las figuras divinas y la cosmología de los chibchas.
Lección
El equilibrio y la obediencia a las leyes naturales son esenciales para la prosperidad.
Similitudes
Se asemeja al mito del diluvio universal de la mitología griega y al mito de Yu el Grande de la mitología china, donde las aguas son controladas por figuras divinas.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



