En la tierra mágica de Piedecuesta, en las colinas que danzan al ritmo del viento, se alza un paraje conocido como El Reventón. Este lugar, encajado entre robustos robles, caracolíes y arrayanes, guarda en su quietud relatos de tiempos que se mezclan entre el murmullo de las hojas y el susurro del río distante. Era en uno de esos días, cuando el sol se arropaba tras los montes, que un hombre llamado Jacobo se aventuró más allá de las labores del campo que le conocían.
Jacobo, un hombre marcado por el trabajo en la tierra, había seguido un camino que sus pies, por costumbre y no planificación, decidieron abrasar. El sendero lo condujo a un ramal de la antigua carretera vía Curos, donde el rumor del aire parecía ligarse al paso del tiempo. Allí, fatigado y con el hambre como compañía, adquirió un par de libras de carne. No era la carne de un animal cualquiera, sino de un cerdito que, por esas casualidades de los vecinos y las pulsiones de los días, había sido ofrendado para el sustento de los caminantes.
El destino, con su irónico guiño, volteó a Jacobo hacia una casa abandonada que sólo los más osados murmuraban haber visto. Era una mansión que tiempo atrás había despedido a sus sueños y quedaba sola bajo la custodia del olvido. Con sus manos curtidas por el laborío, Jacobo abrió la puerta del recuerdo y entró, dejando que sus pasos avivaran viejas historias en la danza del polvo.
No tardó mucho en encender un fuego, y mientras el aroma de la carne se fundía con el aire denso de la casa olvidada, algo extraordinario sucedió. Las llamas, impulsadas por un anhelo viejo como el universo, se estiraron hacia el cielo, mientras un relincho, un sonido que podría no haber sido de este mundo, interrumpió sus pensamientos. A través de la ventana sin puertas, el llamado de un ser que transcendente parecía, vino repitiendo su nombre con la urgencia del eco en una tormenta: "¡Jacobo! ¡Jacobo!"
Jacobo, no sin terror en su voz, se aventuró a responder al espectro de la noche. "¿De parte de Dios o del diablo, qué necesita?", gritó, con más miedo que valentía.
Lo que siguió fue un encuentro con el destino, pues la voz desconocida, suave pero firme, le hizo una oferta imposible de ignorar. "¿Jacobo, quiere sacar el entierro que hay ahí?" preguntó, como si fuera una propuesta de costumbre, un trato entre dos que se encuentran en una esquina de la eternidad.
Atemorizado, pero impelido por aquella suerte que a veces rasguña el velo del destino, Jacobo, al asomar la cabeza por la ventana rota, se topó con una figura alta, vestida de negro, cuyo semblante tenía la autoridad de las noches profundas. Sin temblar, aquel ser le pasó, uno por uno, los huesos de un esqueleto, desde las canillas hasta la calavera. Cada hueso al tocar el suelo resonaba como un canto de metal antiguo. Al final del ritual macabro, un frío intenso lo envolvió, y Jacobo cayó a la tierra, como una hoja que el viento deposita suavemente.
Amanece el nuevo día, y un compañero, quizá el destino disfrazado de amigo, encontró a Jacobo allí, tendido en la tierra de aquella casa que compartía su historia con el viento. Al ser despertado del sueño que parecía interminable, Jacobo guardó para sí los secretos del encuentro, musitando palabras de asombro sólo para sí mismo: los ruidos, el encuentro, el pacto silencioso.
Aquella tierra que él mismo había arañado al pie de la ventana, reveló un susurro de riqueza. Dos baúles, apenas abrazados por la tierra, rezumaban oro y plata, morrocotas tan antiguas como el andar de los hombres, billetes que guardaban el polvo del tiempo. Jacobo, con la fortuna en sus manos, no anticipó las consecuencias de tocar lo que otros mundos guardan con recelo, pues al abrir ese tesoro selló su destino en la ceguera, el precio del desarraigo entre lo visto y lo por ver.
La historia, que al igual que la tierra se transforma y crece al paso de quienes la pisan, cuenta que con aquel tesoro, Jacobo compró tierras y sembró su nombre en la memoria de Piedecuesta. Al final de sus días, legó su riqueza a Jacinto, un amigo que había tejido con él la historia de aquellos campos. Así, sobre las colinas de El Reventón, donde el Río del Oro cuenta secretos al pasar, la leyenda de Jacobo fue contada una y otra vez, entrelazándose con las hojas y las aguas, hasta convertirse en parte del paisaje y del tiempo infinito de los sueños.
Historia
La leyenda de "El Reventón" se origina en la vereda del mismo nombre, en el casco urbano de Piedecuesta. La historia ha sido transmitida oralmente, creciendo de manera libre a lo largo del tiempo. El relato se centra en un colono agricultor llamado Jacobo, quien un día, al regresar del trabajo, compró carne en un camino viejo. Buscando un lugar tranquilo para descansar y comer, llegó a una casa abandonada, notoria por la falta de visitas debido al miedo que provocaba.
Durante su estancia en la casa, Jacobo experimentó un evento sobrenatural cuando un extraño ser, que apareció en la ventana, le llamó por su nombre. Después de una breve interacción, este ser le mostró un tesoro escondido, que consistía en dos grandes baúles llenos de oro y plata. A pesar de su fortuna, Jacobo sufrió la pérdida de la vista al inhalar el vaho del tesoro.
Esta asombrosa historia fue compartida por Jacobo con sus vecinos antes de su muerte, y según su relato, con el tesoro pudo adquirir tierras y bienes que posteriormente legó a Jacinto, un viejo amigo. Así, la leyenda de Jacobo y su tesoro se convirtió en parte de la tradición oral de Piedecuesta, específicamente en la zona conocida como El Reventón.
Versiones
El análisis de esta versión única del mito del Reventón, al parecer, no proporciona una comparación directa entre múltiples relatos, sino una narrativa situada en un contexto preciso, en Piedecuesta. Surgen varios elementos característicos del folclore latinoamericano, como la figura del colono Jacobo, el enfoque en aspectos sobrenaturales y el descubrimiento de un tesoro oculto. El relato enfatiza la transmisión oral de la historia, destacando cómo ha evolucionado a través de generaciones sin una estructura rígida, lo cual es típico en tradiciones mitológicas orales.
Sería interesante comparar esta narración con otras versiones del mito si existieran, por ejemplo, observando variaciones en los elementos sobrenaturales o en el destino de Jacobo tras su descubrimiento del tesoro. También se podría considerar cómo la leyenda refleja valores culturales como la importancia de la riqueza y el temor a lo desconocido. Sin embargo, dado que sólo se proporciona una única versión, la comparación analítica se limita a la profundidad con que se describe cada sección del mito y cómo el relato edificante de encontrar un tesoro emerge con un coste dramático, común en las narraciones de advertencia moral.
Lección
La búsqueda de riquezas puede tener un costo inesperado.
Similitudes
Se asemeja al mito griego del Rey Midas en cuanto a las consecuencias de la avaricia.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



