El quijote piedecuestano

Andina · Mestizo

El quijote piedecuestano

Guarguatí escapa del cautiverio y se enfrenta a Celedonio en una ficción histórica de Vicente Arenas narrada desde una mirada colonial.

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El quijote piedecuestano: la entrada del relato

El relato

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Don Juan de Guarguatí, al que llamaban el zipa, era cacique de los bravos de Macaregua, famoso por su destreza y por su picardía. Los españoles lo capturaron y se lo llevaron encadenado para obligarlo a decir dónde escondía sus caudales y sus tesoros.

Una noche se les escapó con un ardid. Lo acompañaban sus camaradas más audaces, y cruzaron los montes cargando armas y una guaca cuantiosa.

Llegaron a Santa Ángela, la que hoy es Los Santos, tierra de minas de cobre, y se unieron a la tribu de los Cachimbos, que gobernaba el cacique Caricachí, también llamado Masuca. Caricachí les dio protección, pero les cobró un precio: Guarguatí y sus hombres tenían que pagarla trabajando en el túnel de El Clarinete, que también llaman la Cueva del Indio. Trabajaron años en sus entrañas, a oscuras.

Al sol lo llamaban Pichy, y era su única esperanza. Cuando por fin salieron a su luz, de los noventa y cinco que habían entrado quedaban don Juan, sus once pollonas y treinta y tres camaradas. Venían cargados de metales preciosos y de reliquias adornadas con collares de colmillos, y en lo alto de Ruitoque hicieron una danza ritual en ofrenda a los genios, a las nubes y a los astros.

En la Villa de San Carlos, los pobladores blancos oyeron la algarabía que bajaba de las alturas y se helaron de miedo: ¿habrían bajado demonios? Se reunieron de urgencia y escogieron como jefe a don Celedonio, un hombre tan grande como su fama. Con él se armaron los Mantilla, los Moreno, los Rey, los Eslava y otras familias.

Llegó el día del encuentro. La villa amaneció rodeada por los indígenas, con lanzas y arcabuces en alto. En los primeros choques murió don Plácido, el sacristán, en la Chorrera del Obispo. Don Celedonio tomó el mando, lanzó un grito feroz y cargó contra los atacantes, que se detuvieron sorprendidos ante tanta bravura.

Don Celedonio y don Juan se enfrentaron cara a cara, y las lanzas sacaban chispas al chocar. En medio del combate, un cañonazo disparado por error desde la artillería piedecuestana cruzó el campo y alcanzó a don Celedonio.

Cayó el silencio. La tropa de Guarguatí se quedó inmóvil, con los mosquetes listos. Don Juan se acercó al cuerpo del caído con solemnidad y respeto, como quien se acerca a un igual en valor. Tomó el escudo de don Celedonio y lo cubrió con su capa.

Indígenas y colonos entendieron entonces que el sacrificio y la valentía tendían un puente entre ellos. Cuando salió el sol sobre el valle, cargaron en hombros el cuerpo de don Celedonio y marcharon juntos hacia Ruitoque, cantando un himno de batalla.

El quijote piedecuestano: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un enemigo valiente merece honra, aunque el azar le haya quitado la victoria.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6° · -73°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato de don Juan de Guarguatí y don Celedonio no tiene un registro publicado que pueda consultarse. Ninguna obra abierta lo nombra. No aparece en lo que se puede leer de los libros de leyendas del piedecuestano Germán Valenzuela Sánchez, ni en las crónicas de Vicente Arenas Mantilla, ni en la antología «Mitos y leyendas de Colombia» de Eugenia Villa Posse, ni en el Boletín de Historia y Antigüedades, ni en la prensa local que se puede fechar. Tampoco hay rastro del título, que por el desenlace parece llamar quijote a don Celedonio, el jefe que muere por un cañonazo de su propio bando.

La geografía del relato sí es la de Piedecuesta. La reseña histórica del Área Metropolitana de Bucaramanga nombra Ruitoque entre los accidentes que marcan el norte del municipio, y recuerda que el camino real hacia el Socorro subía por la Mesa de Géridas, hoy de Los Santos. La misma reseña dice que Piedecuesta fue reconocida como villa en 1825 con su propio nombre; la «Villa de San Carlos» del relato no aparece en ella. Macaregua, la tierra de los bravos de don Juan, también existió: María Consuelo Moreno González, en su historia de la provincia de Guane (UIS, 2023), la cuenta entre los cincuenta y ocho caciques guanes que la hueste de Martín Galeano encontró en 1540, anota que su encomienda se repartió entre Juan Vicente y Juan Eslava, y fija el límite norte del territorio guane en las mesas de Los Santos y de Ruitoque, justo donde transcurre el relato.

El relato pertenece a una familia de leyendas santandereanas de caciques y conquistadores. Enrique Otero D'Costa, en «Leyendas» (1936), escribió la de Talabalí, un indio guane del valle de Bucarica que sirvió de paje a un encomendero, huyó al monte, se hizo capitán de los yariguíes y, capturado, peleó en duelo contra un hidalgo español ante indios y blancos reunidos en un palenque. En el mismo libro, la del cacique Salomón pasa por Dubigara, tierra de los guanes. Juan de Dios Arias, en «Folclor santandereano» (1954), recogió la leyenda de una «cueva del Indio», antiguo cementerio indígena donde se hallaron vasijas y gargantillas de oro, y donde un codicioso murió flechado por los indios cuando quiso robar sus tesoros. El nombre de zipa, en cambio, es muisca: así se llamaba al señor de Bogotá, y el último, Sagipa, murió en 1539 torturado por los conquistadores, que le exigían revelar un tesoro escondido.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano es Talabalí, la leyenda que Enrique Otero D'Costa publicó en 1936 y que Eugenia Villa Posse reprodujo en 1993. Talabalí es un guane del valle de Bucarica, vecino de Piedecuesta, que se alza contra los españoles y termina en un duelo público contra un hidalgo, con indios y blancos como testigos. Como en el combate de don Juan y don Celedonio, la escena reúne a los dos bandos alrededor de dos campeones. La diferencia es el desenlace: Talabalí se deja matar, y en Piedecuesta el que muere es el criollo, por un disparo de los suyos.

El segundo paralelo es histórico. Sagipa, el último zipa de Bogotá, fue apresado por los hombres de Jiménez de Quesada, que le exigieron el tesoro escondido de su hermano Tisquesusa; no pudo entregarlo y murió en 1539 bajo tortura. El don Juan de Guarguatí del relato lleva el título de zipa y empieza igual, encadenado para que revele sus caudales, pero su historia es la contraria: escapa con la guaca y vuelve armado.

Entre los dos queda lo propio del relato: una batalla local, con familias de la villa nombradas una por una, que acaba en un funeral compartido.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato mezcla dos maneras de contar la conquista que en la tradición escrita andan separadas.

  2. La primera es la de los tesoros escondidos. El cacique encadenado para que confiese dónde están sus riquezas repite el destino del zipa Sagipa, al que Gonzalo Jiménez de Quesada exigió llenar un bohío de oro. Pero Guarguatí escapa, y se lleva la guaca consigo. Y la Cueva del Indio, que en Arias es un cementerio indígena cuyos tesoros defienden los indios con flechas, aquí es un túnel de minas donde los propios indígenas pagan con años de trabajo la protección de otro cacique.

  3. La segunda es la del duelo caballeresco. En el Talabalí de Otero D'Costa, un guerrero indígena y un hidalgo español pelean frente a frente, con los dos bandos mirando, y el indio se deja matar por un amor imposible; la escena es trágica y la gana el español. En el relato piedecuestano el duelo entre don Juan y don Celedonio no lo gana nadie: lo decide un cañonazo de la propia artillería de la villa. El héroe criollo, que había cargado solo con un grito, cae por un error de los suyos, y de ahí, probablemente, el título burlón.

  4. El final también se aparta. En Otero D'Costa el indio muere y el orden colonial sigue. Aquí el cacique indígena honra al enemigo caído y los dos bandos cargan juntos el cuerpo hacia Ruitoque. Es una reconciliación que ninguna de las leyendas vecinas trae.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Historia de la provincia de Guane: origen, poblamiento y configuraciones sociales (1540-1795), pp. 91, 101 y 140

    noesis.uis.edu.co

    Documenta el mundo indígena que el relato nombra. Macaregua figura entre los cincuenta y ocho caciques guanes que la hueste de Martín Galeano encontró en 1540 (p. 101), y su encomienda se repartió entre Juan Vicente y Juan Eslava (p. 140), apellido que reaparece entre las familias de la villa del relato. La tesis fija además el límite norte del territorio guane en la Mesa de los Santos y la Mesa de Ruitoque (p. 91), el escenario de la huida y de la danza de don Juan.

  2. Piedecuesta: historia, datos generales, economía (página municipal del Área Metropolitana de Bucaramanga)

    amb.gov.co

    Fija la geografía y la cronología del lugar: Ruitoque al norte del municipio, la Mesa de Géridas, hoy de Los Santos, en el camino real hacia el Socorro, y el reconocimiento de Piedecuesta como villa en 1825 con su propio nombre. Permite ver que los parajes del relato son reales y que la «Villa de San Carlos» no consta.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 17 «Varias regiones. Leyendas»: Enrique Otero D'Costa, «Leyendas» (1936), «Talabalí», folios 36-41

    flacso.edu.ec

    Es la leyenda santandereana más cercana: Talabalí, guane del valle de Bucarica, paje del encomendero Juan de Velasco, huye al monte, se hace capitán de los yariguíes y, capturado, pelea en un palenque contra un español ante indios y blancos, y se deja matar por amor a la hija del encomendero. Da el modelo del duelo entre campeones de los dos bandos que el relato piedecuestano resuelve de otro modo.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «Lo que enseñan las cuevas», folios 141-142

    flacso.edu.ec

    Recoge una «cueva del Indio» santandereana, probablemente cementerio indígena, donde se hallaron huesos, vasijas de barro y gargantillas de oro, y cuya leyenda cuenta que un codicioso murió flechado por los indios al intentar robar sus tesoros. Es el antecedente del túnel de El Clarinete, «la Cueva del Indio», donde Guarguatí y sus hombres trabajan años.

  2. Zaquesazipa

    es.wikipedia.org

    Resume la historia de Sagipa, el último zipa independiente de Bacatá: Jiménez de Quesada le exigió el tesoro que Tisquesusa había escondido, le fijó un plazo para llenar un bohío de oro y, como no cumplió, lo sometió a tortura hasta su muerte en 1539. Es el paralelo histórico del cacique «zipa» del relato, encadenado para que revele sus caudales.

  3. Leyendas y cuentos de Santander (fragmento de cubiertas publicado por el autor)

    drive.google.com

    Es la compilación de leyendas piedecuestanas donde con más probabilidad podría estar un relato como éste: cuarenta y seis sagas de Santander con Piedecuesta como centro, reunidas por un periodista y bibliotecario del municipio.

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«El quijote piedecuestano» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El quijote piedecuestano» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El quijote piedecuestano» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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