En un tiempo remoto entre las brumas de la sierra altanera, en el abrazo verde de las montañas de los Chibchas, vibraba una historia que trascendía generaciones. Los niños y ancianos se reunían bajo la sombra de los magnánimos cedros, donde un viento sabio susurraba secretos ancestrales. Fue un día, en uno de esos conciliábulos, que el abuelo de la india Quiquitzua habló, una pequeña y vibrante tribu de oídos atentos a su alrededor.
La voz del abuelo, quebradiza y melodiosa, se alzó como canto de zorzal: "¡Han de saber ustedes que el rey de Hunsa es hijo del sol!" Los ojos de las niñas se abrieron grandes como la luna creciente, y en coro le suplicaron que continuara. El anciano sonrió, complacido, pues el rito de contar era como tejer el tiempo mismo.
"Escuchen bien, pues este relato es verídico tanto como la llegada de la mañana. El primer rey de nuestra tierra de Hunsa emergió del sol mismo, y su madre fue nada menos que la princesa de la noble Guachetá." Las niñas, siempre curiosas, no podían contener sus ansias, y fue Chiguachí, la de la trenza de ébano, la que preguntó, "¿De Guachetá, abuelo? ¡Ah, entonces es de mi tierra también!"
Así es como el abuelo se tornó ese día en un pintor de palabras, esbozando figuras invisibles en el aire diáfano: "Cuentan los antiguos que Itaca y su hermana Huitaca, hijas del cacique de Guachetá, ansiaban con fervor sentir el abrazo ardiente del sol. Anticipando aquel encuentro, subieron a la cima de la montaña, esa que sincroniza su silueta con los cielos. Y fue allí, en el sacro cerro, que aguardaron el amanecer."
Los propios árboles parecían inclinarse para escuchar, pues la historia guardaba una energía que nacía con cada amanecer nacarado. El abuelo narraba: "Y cuando los primeros rayos del sol, destilados de un oro incandescente, tocaron a Itaca, una milagrosa concepción aconteció. Ah, qué gozo floreció en su corazón al sentir la vida germinando por la caricia del astro rey."
De aquel rayo fecundo nació un niño, y lo llamaron Garancheda, cuyo significado resonaba en el alma misma de la tierra: "hecho hombre". Como dictaba la tradición, lanzaron un copo de algodón a las serenas aguas del río. Juguetones nadadores se adentraron tras el algodón, un presagio de fortuna o infortunio en la vida de aquel hijo del sol. Al recoger el copo antes que la corriente se lo llevara, celebraron al saber que su destino estaba bendecido.
"Abuelo," una niña apresuró a preguntar, hechizada por la narrativa como las estrellas por la oscuridad, "¿es verdad que, ya mayor, Garancheda gobernó en Ramiriquí?" La voz del anciano, un río de memorias, continuó fluyendo. "Así fue, mi niña y nieta del viento. A los veinticinco años, Garancheda, resplandeciente en su sabiduría y respeto, se encaminó hacia la corte de Ramiriquí. Su linaje solar le otorgaba un carisma que exigía reverencia, y él mismo se proclamó cacique."
Y así la historia avanzó, como las nubes que cruzan cielos infinitos. Garancheda, cuya figura se tejió con el tiempo, decidió trasladar su corte a Hunsa, donde el río cantaba su nombre en la lengua del agua. Gobernó con paciencia y pasión, espejos de aquellos que nacen bajo las estrellas.
El relato del abuelo se desvaneció con la luz decreciente del día, pero quedó impreso en el éter del bosque y los corazones de las niñas, que sabían al fin que su zaque, aquel rey a quien tanto querían, era descendiente del sol venerado. Llegó la noche, y como siempre, los secretos del día se transformaron en hilos de sueños que fluyeron suavemente hacia la eternidad.
Historia
El origen del mito relata la historia de Garancheda, el primer rey de Hunsa, quien es considerado hijo del sol. Según el relato, Itaca, una princesa de Guachetá e hija del cacique, junto con su hermana Huitaca, deseaban ser abrazadas por el sol. Fueron a la cima de una montaña para esperar el amanecer, y los primeros rayos del sol embarazaron a Itaca. Su hijo fue nombrado Garancheda, que significa "hecho hombre". Después de ciertas pruebas y señales que auguraban buena suerte, Garancheda, al cumplir 25 años, se trasladó a la corte de Ramiriquí y, respetado por ser hijo del sol, se proclamó cacique de Ramiriquí. Posteriormente, trasladó su corte a Hunsa, donde gobernó por mucho tiempo. Las personas de su tierra veneraban al sol, y celebraban que su rey, el zaque, fuera descendiente de esta deidad.
Versiones
El análisis de la versión presentada del mito sobre el primer rey de Hunsa revela una estructura narrativa rica en componentes culturales y simbólicos. En esta versión, se resalta principalmente el origen divino de Garancheda, describiéndolo como hijo del sol y la princesa de Guachetá. Este elemento es consistente con la tradición de combinar lo celestial con lo terrenal en el linaje de figuras regias o heroicas, un tema común en mitologías globales. La historia detalla cómo el embarazo de Itaca, la madre de Garancheda, es producto de los "primeros rayos del sol", simbolizando la unión de lo divino y lo humano, un motivo a menudo encontrado en leyendas que buscan justificar e idealizar la autoridad real.
En cuanto a los elementos anecdóticos y rituales, la versión subraya el ritual del copo de algodón como un augurio de buena suerte, destacando así la importancia de los presagios en la cultura chibcha. Además, el relato enfatiza la legitimidad del poder de Garancheda al describir su llegada a la corte de Ramiriquí y su posterior traslado del poder a Hunsa, consolidando su gobernanza por su origen divino. No se presentan versiones comparativas con variaciones significativas en este análisis particular, pero se deduce una estructura narrativa que busca resaltar la continuidad histórica y el carácter sagrado del liderazgo, un aspecto clave en la transmisión de los mitos fundacionales.
Lección
El poder legítimo proviene de un origen divino.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de nacimiento divino de héroes como Hércules en la mitología griega o el Emperador Jimmu en la mitología japonesa.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



