En un rincón donde el misterio y el río Magdalena se entrelazaban en un murmullo perpetuo, con las montañas de niebla abrazando el horizonte, se tejía un mito tan antiguo como las primeras historias que el viento susurró entre los saucezales. En esos parajes fluviales, donde el tiempo se desliza perezoso sobre las aguas, se escuchaba de vez en cuando, entre el crujir de los ramajes y el batir de las alas de garzas invisibles, el nombre del Poira.
No era común que los pobladores lo vieran, pero sabían de su presencia por las historias que las aguas desacralizaban. El Poira era una entidad del agua, una figura escurridiza que acariciaba las corrientes con la sutileza de un amante casi olvidado. Pero su verdadera morada era en los grandes ríos, aquellos que cargaban el peso de las leyendas entre sus corrientes, el Magdalena y el Saldaña, húmedas serpientes de agua que serpenteaban la tierra como venas a lo largo de un gran cuerpo que se extendía por el paisaje colombiano.
La ilusión y la realidad se fusionaban en él, pues el Poira tenía el extraño don de adquirir la figura de un mocetón apuesto, uno que deslumbraba a las campesinas con una labia tan dulce como inexplicable. Su cometido no solo era el de aparecerse ante las jóvenes que apenas cruzaban la incierta frontera de la pubertad —una etapa que los campesinos describían con el encantador pero peligroso epíteto de "la edad de merecer"— sino también de seducirlas con un encanto que trascendía la mera apariencia física.
Era hechicero de palabras, orfebre de ilusiones, y en sus ojos los secretos del agua se reflejaban con un brillo que pocas muchachas podían resistir. Aquellas que se dejaban arrastrar por esa corriente de encantos eran llevadas lejos, nadando en un sueño del que parecía imposible despertar.
Lo insólito era que, tras su desaparición, el retorno de estas jóvenes se daba sin previo aviso, como si un capricho de la naturaleza las devolviera al mundo que habían abandonado. Regresaban transformadas, con el misterioso aire de la maternidad en sus rostros, llevando en sus brazos el testimonio de un tiempo robado al curso del río y al juicio del hombre.
El Poira no era solo el embaucador de las aguas. En esencia, era una de las muchas formas que tomaba el Mohán, una entidad cambiante que se decía curandero y brujo entre los Pijaos, un oráculo viviente cuyas historias se habían tejido a lo largo de generaciones. En su silueta se amalgamaban los secretos de la tierra y el agua, los lamentos antiguos que habían resonado en los rituales de los sacerdotes indígenas.
Por las noches, cuando la luna teñía el río de plata y el viento traía consigo el aroma lejano de la selva, la llegada del Poira se contaba una vez más. Los ancianos, sentados alrededor de un fuego que graficaba sombras danzantes sobre la tierra, repetían en susurros las leyendas, manteniendo viva la sabiduría ancestral que el Poira, en su eterno fluir, les había legado.
Y así, en la encrucijada donde se encontraban el mito y la realidad, el Poira continuaba surcando las aguas de los grandes ríos. En su alma fluida guardaba el secreto de las muchachas que se llevó, de las madres que regresaron, y de los hijos que crecieron sin saber que su entrada al mundo había sido orquestada por el encantamiento de un ser que era, por derecho propio, tanto río como conjuro.
Historia
El mito del Poira tiene sus orígenes en la cultura de los Pijaos, una comunidad indígena. Este mito está vinculado a figuras mitológicas asociadas con las aguas de grandes ríos como el Magdalena y el Saldaña. El Poira es considerado una de las diversas configuraciones del Mohán, quien era conocido como curandero, sacerdote, brujo y oráculo de los Pijaos. La actividad principal del Poira en el mito es la seducción y rapto de jóvenes campesinas en la pubertad, a menudo tomando la forma de un hombre apuesto y audaz. En ocasiones, las mujeres raptadas regresaban inesperadamente convertidas en madres.
Versiones
En el análisis del mito de El Poira presentado, es relevante observar que parece haber una única versión disponible en el texto proporcionado, por lo que no se puede realizar una comparación directa entre múltiples versiones. Sin embargo, se puede indicar que dentro de la narrativa entregada, el Poira se presenta como una variante o una manifestación del Mohán, destacando una relación intramitológica: el Mohán, descrito como un curandero, sacerdote, brujo y oráculo de los Pijaos, se diferencia del Poira en sus funciones más específicas y en su relevante rol cultural dentro de la sociedad indígena.
Además, al comparar el Poira con otras entidades dentro de las historias de la mitología colombiana, como el mismo Mohán, se hace evidente un desdoblamiento de funciones y atributos. El Poira, exclusivamente asociado con los grandes ríos y enfocado en la seducción y rapto de jóvenes campesinas, intensifica la imagen del agua como un espacio de transformación y transición al delinear consecuencias concretas de sus acciones, como el embarazo inesperado de las mujeres. En contraste, el Mohán, aunque también vinculado con el agua, tiene una representación más diversa y centrada en la intermediación espiritual y cultural, sugiriendo que cada "configuración" del mito satisface diferentes aspectos de la cosmovisión local y de las necesidades narrativas de las comunidades.
Lección
El agua es un espacio de transformación y misterio.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de las sirenas, que también seducen a los humanos, y al mito japonés de los kappa, seres acuáticos que interactúan con los humanos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



