En el tiempo inmemorial en el que el mundo se encontraba aún en el albor de sus días, tejido con hilos de sueños y niebla, vivía Yiida Buinaima, hijo de Okïnuiema y nieto de los vientos que peinaban la vastedad de los cielos. Yiida Buinaima, con su alma joven como el amanecer, decidió un día emprender una travesía hacia las tierras altas, donde residía Monaya Jurama, un hombre cuya comprensión alcanzaba las profundidades de las estrellas, pero cuyo hogar carecía del susurro dulce de la abundancia.
En su viaje, Yiida descubrió que Monaya Jurama y su familia dependían para subsistir de las pepas del monte: pógüno, piraido y maïkogü, sin conocer el colorido sabor de la yuca ni la miel de las frutas dulces que alimentan el alma. Conmovido por esta vida de carencias, Yiida Buinaima regresó hacia su padre, Kïneiyama, y le habló con el brillo de la tierra en sus ojos:
—Padre —dijo con un tono que se perdía en las hojas del bosque—, Monaya Jurama, nuestro pariente, vive en la escasez. Subsiste de semillas, desconociendo las palabras de los frutos, las bendiciones que emergen de lo invisible.
Kïneiyama, cuya mirada abarcaba tanto los rincones de la tierra como los destellos del pasado, asintió con un parpadeo que hizo vibrar el aire:
—Monaya Jurama es mi hermano en el espíritu. Abandonó su espacio y ahora vive alejado de las bondades del mundo. Te confiaré las palabras de la abundancia. Ve hacia él con la transparencia del río, sin ocultarte al sol.
Sin embargo, el corazón de Yiida Buinaima latía con la emoción del misterio, y en lugar de obedecer, se escabulló a través del viento hacia la maloca de Monaya Jurama, sus pasos insonoros como un susurro entre las serpentinas sombras. Allí, halló a Monaya Tirizai, la hija de Monaya Jurama, tejedor de mundos, cuyos ojos reflejaban constelaciones enteras en su oscuro resplandor. En la intimidad de su vínculo secreto, los dos jóvenes reían y tejían su amor entre las hebras del destino.
Ignorante de esta danza de afecto, Monaya Jurama continuaba su búsqueda de frutos en el monte, mientras su hija rechazaba las modestias de las semillas del bosque, alimentada por las exóticas ofrendas que Yiida Buinaima traía consigo. Estos cambios no pasaron desapercibidos para los ojos atentos de su madre, quien, buscando respuestas en las sombras, sospechó un secreto en el aliento de su hija.
La sabiduría de la sospecha la condujo a descubrir a Yiida Buinaima oculto bajo el banco de la maloca. Él le sonrió con la serenidad de un amanecer sin tiempo, impregnando el aire con perfumes de piñas, uvas y maracas, mientras su presencia llenaba el espacio de la ausencia. En un acto de desesperación y escándalo, la madre, con el corazón titilando de furia, hirvió agua colérica como un trueno y, cuando Monaya Tirizai marchó al río, vertió el agua sobre el escondido Yiida.
Cuando Monaya Tirizai regresó, el eco en el aire le susurró lo irreversible: Yiida Buinaima se había desvanecido, dejando tras de sí solo un aroma etéreo, un vestigio de existencia suspendido entre el tiempo y el recuerdo. Desolada, la joven preservó la instrucción que había recibido en un sueño:
—Nuestro amor, aunque desafortunado, perdurará. Cuando llegue el momento, busca a mi tía Jaïgï Buinaiño. Deja allí a nuestro hijo; será fuente de la abundancia innumerable.
Así fue. Monaya Tirizai, al cumplir el tiempo marcado por los astros, dio a luz. No engendró un hijo, sino una esencia que, enraizándose en la tierra, llamaría a las fuerzas del mundo. Mientras tanto, Monaya Jurama, ignorante a todos los cambios invisibles a su alrededor, topó un día con una hormiga jímuitino que, incansable, arrastraba una venita de yuca. La hormiga murmuraba una canción antigua: "Maikabí kabí kabí...", cuyo significado zumbó en su mente como el eco de un oráculo.
Confundido y enfurecido por no conocer este secreto de la tierra, lanzó preguntas a los ecos, sin recibir respuesta hasta que Pïdïma, el sabio cuyos ojos veían más allá de las mallas del presente, le explicó:
—Tu yerno, Yiida Buinaima, trajo la sabiduría de los frutos, pero fue rechazado. Su alma, ahora, toma forma en Moniya Amena, el ojo de la abundancia.
Donde Monaya Tirizai dejó a su hijo, creció un árbol de magnificencia indescriptible, de cuyas raíces y ramas brotaban frutos que hablaban de otros mundos: maracas que susurraban historias del viento, guamas que exhalaban la alegría del agua, uvas que contaban la canción de las estrellas, y los caimos que sabían a promesas cumplidas. Su sombra cobijó a quienes se adentraban en su refugio, y su savia nutría a todos sin distinción.
Entretanto, el espíritu irreductible de Yiida Buinaima revoloteó hasta llegar a su hermana, Mïkïgïyano. Un día, mientras ella acariciaba la tierra, halló un huevecillo lleno de luz, el corazón de su hermano transformado en la forma de kuio, la lombriz sagrada. Lo crió con el mimo del rocío, cuidándolo entre las grietas de un tiesto.
Pero el destino continuó su rueda. Su esposo, Kuióyeni, con la intención de levantar una nueva maloca, convocó a los buinaizaïaï, seres del reino del agua. Al llegar, entre los visitantes estaban Yokámeri y Edóbedïrima, quienes, atraídos por el misterio oculto, consumieron al kuio sin conocer su significado. Al descubrirlo, Mïkïgïano acudió a su esposo con lágrimas en las manos, y Kuióyeni, sosegado por la comprensión de lo inevitable, respondió:
—No temas. Desconocían su importancia. Dejemos al destino de los tejidos por los ancestros.
Durante la ceremonia de inauguración de la nueva maloca, Kuióyeni les ofreció ambil, fuerte y oscuro como las entrañas de la tierra. Sus cuñados, consumidos por la embriagante fuerza, regurgitaron pájaros de colores infinitos: loros de plumaje vibrante, guacamayos de risas alegres y aves cuyo resplandor de alas escribía versos en el aire.
En medio de este nacimiento volteado, apareció el kuiodo, un loro de mirada intensa que reflejaba todas las luces conocidas y por conocer. Kuióyeni, reconociendo en él el espíritu perdido de Yiida, proclamó con gozo:
—¡Este es nuestro verdadero hijo! Con él adornaremos no solo nuestra maloca, sino el curso de nuestras vidas.
Los cuñados, conscientes y compungidos, aceptaron la nueva realidad. Kuióyeni abrazó al loro como un puente entre el recuerdo y el presente, y así la paz retornó al círculo familiar.
Sin embargo, de los antiguos vientres de los hermanos afloraron los primeros latidos del maguaré, el tambor que desafía al tiempo y une los ciclos de la tierra. Traído desde las corrientes del mundo acuático, el maguaré convirtió su voz en historia, narrando la unión del cielo y la tierra. Sus resonancias se esparcieron como semillas de estrellas, llenando la maloca con la esencia de los ancestros.
Kuióyeni aprendió a escuchar y transmitir los secretos del maguaré, bautizando a las voces gemelas como juábïkï y juáraï, que se convirtieron en el corazón palpitante del pueblo. Desde entonces, el maguaré habla a través del aire, integrando lo visible con lo invisible, lo real con el sueño.
Así, a través de un sinfín de amores, traiciones y reconciliaciones, el maguaré llegó al mundo de los hombres, recordando que en cada latido, fruto y criatura, vive el ancestral espíritu de la sabiduría y la abundancia que los mayores donaron a los que aún vienen por el río del tiempo.
Historia
El mito se origina en un tiempo antiguo, durante la formación del mundo bajo los grandes espíritus, y narra la historia de Yiida Buinaima, hijo de Okïnuiema, quien visita a Monaya Jurama, un hombre sabio pero carente de los dones de la tierra. Yiida Buinaima, compadecido de la escasez en la que vive Monaya Jurama, lleva las palabras de abundancia de su padre Kïneiyama, pero decide actuar en secreto y se enamora de Monaya Tirizai, la hija de Monaya Jurama. Este amor clandestino desata una serie de eventos que culminan en el nacimiento de un árbol majestuoso, Moniya Amena, el Árbol de la Abundancia, de cuyo fruto se benefician todos.
Paralelamente, la historia se entrelaza con el destino del espíritu de Yiida Buinaima, quien se transforma en una lombriz sagrada, kuio, y finalmente en un loro resplandeciente después de ser comido accidentalmente por los habitantes del mundo acuático. Este loro, kuiodo, es aceptado como hijo por Kuióyeni, quien también es responsable de llevar el maguaré, un tambor sagrado, al mundo humano. Así, el mito explica el origen del Árbol de la Abundancia y del maguaré, símbolos de conexión y riqueza cultural ancestral.
Versiones
Esta versión del mito presenta una narración multifacética que destaca temas de abundancia, amor y transformación a través de personajes profundamente entrelazados con sus entornos naturales y familiares. Una de las diferencias notables en esta versión es el enfoque en la dualidad del conocimiento y la escasez representado por Monaya Jurama, un hombre de sabiduría que carece de productos básicos. Yiida Buinaima, al elegir llevar los dones de la abundancia en secreto, introduce un elemento de amor prohibido con Monaya Tirizai, lo cual es una desviación del enfoque directo y franco que su padre había propuesto. Este secreto y su desenlace trágico subrayan un conflicto entre realidades espirituales y humanas, que se resuelve solo cuando la esencia de Yiida se transforma en el Árbol de la Abundancia, simbolizando la fertilidad y crecimiento inesperado y desarrollo a partir del sacrificio.
Por otro lado, se introduce una segunda narrativa que se entrelaza con la primera a través de Mïkïgïyano y el kuio, la lombriz sagrada transformada. La esencia de vida que representa el kuio se encarna en el espíritu del loro kuiodo, nacido del error y la transformación tras ser consumido por los cuñados acuáticos. Esta parte del relato realza el ciclo perpetuo de pérdida y renovación, y cómo de actos percibidos como errores pueden surgir maravillas y conexiones espirituales, representadas aquí por el nacimiento del gran tambor sagrado, el maguaré. A diferencia de otras versiones que podrían centrarse más en elementos individuales de la narrativa, esta versión del mito enfatiza la importancia de la comunidad y la ceremonia, sugiriendo una interacción continua entre los mundos visible e invisible, manteniendo una conexión continua con la esencia espiritual de los antepasados y la naturaleza.
Lección
El amor y la sabiduría trascienden la escasez y transforman el mundo.
Similitudes
Similar al mito griego de Dafne y Apolo, donde la transformación es central, y al mito nórdico de Yggdrasil, que simboliza la conexión entre mundos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



