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El origen de las frutas

La narrativa del mito presenta una única versión con un relato extendido sobre el origen de la hambruna y la relación con seres divinos.

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Ilustración de El origen de las frutas

Desde el amanecer de los tiempos, cuando el mundo aún despertaba y Comulla Buinayma ya no existía, las gentes llenaron la tierra, creciendo como tallos de maíz irradiados por el sol del primer día. En medio de este pujante comienzo, vivía una familia robusta y sin mancha, cuyo cacique era Monalla Jurama, un hombre tan firme como el tronco de una ceiba.

Jurama tenía una hija, Monalla Tirisa, cuya belleza rivalizaba con la de la luna reflejada en un tranquilo lago de medianoche. Todos los jóvenes suspiraban por ella, pero la joven—firme como una piedra ancestral—despreciaba sus propuestas. A nadie revelaba la razón de su rechazo, ni siquiera a su padre, el cacique.

Su corazón ya estaba entregado a un ser celestial, Cullo Buinayma, de quien decían que traía al mundo lo bueno y hermoso, y que era el guardián de todas las frutas. Aunque nunca aparecía entre la gente, Cullo Buinayma tenía el poder de transformarse y así, cada noche, visitaba a Monalla Tirisa en la forma de una insignificante lombriz. Nadie lo sabía, pues la tierra y el cielo habían conspirado para mantener aquel romance en secreto. La joven aceptó las propuestas de amor de Buinayma, y pronto en su vientre latía una nueva vida.

Bajo la sombra de estos secretos, la joven no se apartaba de su madre y juntas realizaban las labores cotidianas. Pero la gente comenzó a murmurar, haciendo preguntas que caían como lluvias amargas sobre la familia de Jurama. En sus mentes, plagas de dudas se propagaban como una mala cosecha.

El cacique, impotente, reunió a los jóvenes del poblado, intentando descubrir el origen del embarazo de su hija, pero fue en vano. Ni una confesión, ni una pista, solo vacíos y más sospechas que atormentaban su orgullo y su mente.

Una mañana, cuando los sueños aún se entrelazaban con las brumas del amanecer, la madre de Monalla Tirisa le pidió que fuera por agua con un colador. La obediente muchacha partió en busca del agua, mientras la madre lanzaba su escoba como si tejiera un mapa sobre el suelo, barriendo sombras y vigías imaginarios.

Al levantar el asiento de su hija, bajo el cual siempre se sentaba, la madre descubrió una lombriz, grande y fea según sus ojos mortales. Espantada, hirvió agua y, con mano decidida, la vertió sobre el infortunado animal. Pero la lombriz, sin mostrar debilidad, se sumergió en la tierra hacia su profundo centro, desapareciendo de vista pero no del destino. Ignorante del significado, la madre se sintió aliviada, ajena de que había herido al ser querido de su hija, propiciador de la vida y la abundancia.

Cuando regresó a la casa, Monalla Tirisa notó una inquietante ausencia. Su sitio predilecto estaba vacío, un hecho que caló en instante su alma. Indignada, su madre le increpó, sin comprender la gravedad de su acto. Contestó con palabras que resplandecían como verdad inclemente:

—Mataste a un hombre que es dueño de toda fruta y prosperidad, solo por verlo como lombriz. Él prometía traer abundancia a estas tierras—dijo con lágrimas de un dolor que solo el amor y la pérdida pueden alumbrar.

Esa noche, acunada por un firmamento indiferente, Monalla Tirisa cayó en un sueño donde el dios resplandeció con palabras eternas:

—Soy Cullo Buinayma, el que traería frutos al mundo, pero fui quemado y desterrado por tu madre. Ahora los hombres sufrirán hambre ilimitado. Sin embargo, por ti alimentaré la vida—dijo con voz que quebraba el silencio eterno—. Ve a la quebrada. Si la espuma crece desde abajo, será mujer; si viene desde arriba, un hombre. Haz lo que es debido y mantente en secreto.

Al día siguiente, con pasos sigilosos como el paso del tiempo, Monalla Tirisa se dirigió a la quebrada. La espuma, al principio invisible, alzó su vigilia. Tomó la espuma que indicaba una fortuna masculina y regresó a su casa, donde en secreto preparó fuare, nutriéndose del regalo de Cullo, mientras el resto del poblado caía en la sombra del hambre.

Con los días, la espuma se transformó en un robusto árbol, Monilla Amena, el Palo-de-la-Abundancia, cargado con las frutas prometidas en tiempos de sueños. Aunque su familia descubría lentamente secretos de su ser, todavía la vida de Monalla Tirisa permanecía discreta, como el susurro del viento en las copas de los árboles.

Con el tiempo, cuando el hambre se mostró a todos en su cruel esplendor, Jurama, tuerto de esperanza, atrapó con sus ojos una hormiga que jalaba una raíz de yuca. Siguiendo aquel guía, encontró el escondrijo de su hija. Enfrentándola, la rogó compartir sus riquezas.

—Es por vuestra culpa. Destruisteis al hombre que nos otorgaría un mundo de frutos—replicó Monalla Tirisa, aún dolida.

Al ver que su pueblo y su propia sangre languidecían, el corazón de Monalla Tirisa flaqueó. A escondidas, alimentó a su padre de comidas mágicas, y con ello, volvió a llenar de energía a los suyos. Pronto las jornadas fértiles volvieron, como un viejo amigo recuperado en el último momento.

No obstante, el árbol del Palo-de-la-Abundancia creció hacia los cielos, inaccesible ya para ella o cualquier otro. Un ladrón, cuyo nombre era Iga, subía por una enredadera para cosechar las riquezas que se concedían a aquellos con hambre inagotable de poder y sombra.

Jurama, puesto al tanto de su felonía, tejió una trampa con estacas bajo el árbol. En un giro del destino, sus intentos de cortar la enredadera llevaron su ojo al Oriente, donde aún vive y vigila como la estrella matutina Monalla Okudo, perpetuando el legado de Jurama en un firmamento que nunca olvida.

De esta manera, aprendió la humanidad a reconocer su lugar, el equilibro entre lo divino y lo mortal, y el eco del sacrificio retumbó mientras las generaciones crecían, no sin dejar de recordar el amor inusual y frutal de Monalla Tirisa y Cullo Buinayma.

Historia

El mito relata los orígenes de la escasez de alimentos y la aparición de la estrella de la mañana, Monalla Okudo, en una comunidad primitiva. Tras la desaparición de Comulla Buinayma, las personas se multiplicaron, destacándose una familia bajo el liderazgo de Monalla Jurama. Su hija, Monalla Tirisa, se enamoró de Cullo Buinayma, un ser divino transformado en lombriz. Cuando su madre descubrió y dañó a la lombriz sin saber su identidad, ello resultó en la pérdida de abundantes alimentos. Monalla Tirisa, al recibir revelaciones divinas, fue la única que no padeció hambre. La comunidad sufrió hasta que se encontró el árbol Monilla Amena, pero su crecimiento dificultó la cosecha. Jurama, accidentalmente, pierde un ojo al intentar proteger las frutas del ladrón Iga, lo cual termina formando la estrella Monalla Okudo en el cielo.

Versiones

La narrativa del mito presenta una única versión con un relato extendido y detallado sobre el origen de la hambruna y la relación con seres divinos. En esta versión, se describe cómo Monalla Tirisa se enamora de Cullo Buinayma, un ser con el poder de traer abundancia a la tierra, que se transforma en una lombriz para visitarla, un hecho desconocido por su comunidad. La joven finalmente queda embarazada, causando rumores y conflictos en su familia. La intervención de su madre, quemando a la lombriz, altera el curso de los eventos, desencadenando una escasez generalizada de alimentos. La historia culmina con la reconciliación parcial, donde Monalla Tirisa ayuda a su comunidad mediante un árbol mágico de la abundancia, cuya existencia aún se mantiene dentro de cierta exclusividad y secreto.

El mito muestra elementos clave: un enfoque en la interacción entre lo divino y lo humano, la ignorancia humana conduciendo a la pérdida de la bendición divina, y las consecuencias de acciones humanas imprevistas. El desenlace expone cómo la humanidad finalmente depende del favor divino y la naturaleza para su sustento, pero con restricciones impuestas por errores previos. En grandes líneas, la variabilidad de las historias revolvería alrededor de las acciones de cada personaje y su impacto sobre el entorno y el destino colectivo, ofreciendo una lección sobre la prudencia y las implicaciones de subestimaciones respecto a las fuerzas sobrenaturales.

Lección

El respeto y comprensión de lo divino son esenciales para la prosperidad humana.

Similitudes

Se asemeja a mitos como el de Perséfone en la mitología griega, donde las acciones humanas afectan la abundancia de la tierra.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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