El morrocoyo que antes era gente

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El morrocoyo que antes era gente

Un morrocoyo herido responde contra una mujer; después de su muerte, los de su especie forman caparazones de corteza para protegerse.

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El relato

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Antes los morrocoyos eran gente como nosotros. Entonces no tenían concha y vivían en los árboles.

Un día dos hombres iban monteando y encontraron un morrocoyo arriba, en un árbol. «¡Mátelo!», dijo uno de los hombres. «No voy a matarlo», dijo el otro, «es gente como tú y yo». Pero el primero volvió a decir: «¡Mátelo!».

Así el hombre disparó su flecha y le pegó al morrocoyo en una pata de atrás. Por eso es por lo que el morrocoyo todavía tiene las patas de atrás como tiesas.

El morrocoyo no se vino abajo: se enganchó con la cola en el árbol y allí quedó. Entonces dijo el hombre: «Voy a trepar al árbol para bajarlo». Así fue, y el hombre trepó al árbol y cortó la rama. Pero al mismo tiempo le cortó la cola al morrocoyo, y por eso es por lo que los morrocoyos tienen todavía la cola tan cortica.

Entonces el morrocoyo se cayó a la tierra y los dos hombres le pegaron duro. Entonces dijo el morrocoyo: «¡Ahora sí las cosas van mal!», pero empezó a correr, y corrió mucho, y por fin se botó al agua para escapar de los hombres. Así fue, y los hombres lo dejaron porque no quisieron seguirlo al agua.

Por la mañana vino una mujer a coger agua, y cuando el morrocoyo la vio, dijo: «Ayer casi me mataron; hoy yo voy a matar a esta mujer». Entonces cogió su arco y su flecha, disparó y mató a la mujer.

Cuando la mujer no volvió a la casa, los hombres fueron a buscarla. Fueron al agua y allá la encontraron muerta.

Entonces dijeron los hombres: «¿Quién mató a la mujer? Sería el morrocoyo». Así dijeron, y entonces fueron a buscar al morrocoyo. Lo encontraron en el agua y lo mataron.

Un hombre se llevó al morrocoyo muerto a la casa y dijo: «¡Voy a comérmelo!». Los otros dijeron: «No hagas eso». Pero el hombre peló al morrocoyo, lo asó y se lo comió. «Es muy sabroso», dijo el hombre.

Desde entonces los morrocoyos están siempre cerca del agua para matar a las mujeres, pero ya no pueden porque no tienen arco ni flecha.

Desde entonces los morrocoyos se hicieron una concha dura de corteza de árbol porque tienen miedo de los hombres.

Desde entonces los morrocoyos se comen y es comida muy buena.

Pero antes los morrocoyos eran gente como nosotros.

El morrocoyo que antes era gente: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Reconocer al otro como semejante no impide matarlo, y lo que viene después ya no tiene regreso.”

Territorio

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Ette Ennaka (Chimila)
Referencia
10.0356° · -74.2147°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es el número veintiuno y último del corpus que Gerardo Reichel-Dolmatoff publicó en 1945 en el Boletín de Arqueología, y ocupa las páginas 16 y 17: el salto cae en mitad de la frase «Pero el», y entre las dos mitades la edición intercaló cuatro láminas fotográficas, una de ellas el retrato del narrador. Lo contó el cacique Tangrutaya Mutsu, anciano de unos setenta años. El recopilador anota que narraba de noche, recostado en su hamaca, en voz baja y en un castellano a veces confuso; que insistía en contar sólo ante hombres e interrumpía el relato cada vez que entraba una mujer; y que estos cuentos no se relatan a los niños. Aquí eso pesa: el episodio central es el de una mujer que sale sola a coger agua y no vuelve, y lo conocemos por alguien que se negaba a contarlo delante de mujeres.

El recopilador agrupó los números 17 a 21 como cuentos de animales y los explicó con su propio vocabulario: dijo que «para el primitivo se borra el límite entre animal y hombre» y señaló la frase repetida «son gente como nosotros» como expresión de esa concepción. Es su lectura, no la de Mutsu, y venía con la convicción de que el cacique era el último de la tradición.

La «Etnografía chimila» de 1946, del mismo trabajo de campo, da el contexto material. Documenta que al lado de las casas se construía un corral redondo de maderos enterrados, de cerca de un metro de alto, con piedras cubiertas por una laja plana como abrigo, y que allí se encerraban las tortugas del monte, a veces cincuenta o sesenta. Cuando se buscaba una para la comida, el cacique entraba y escogía un macho de cierta edad, examinando la concha y las patas detalladamente y tomando uno que ya no fuera indispensable para la reproducción. Las tres cosas que el relato explica —la concha, las patas y la condición de comida— son las tres que el cacique miraba.

Los trabajos de Juan Camilo Niño Vargas sostienen la premisa, no los episodios. El artículo de 2006 sobre oniromancia afirma que cualquier animal se ve a sí mismo como humano, ve su madriguera como una casa y a sus depredadores como los de los seres humanos, y cita como apoyo las páginas 5-6, 13-14 y 16-17 de la edición de 1945: entre ellas, éstas. El de 2014 dice que a la humanidad anterior le tocó perecer bajo el lodo y las cenizas o volverse fieras y animales. El de 2020 añade que las deidades decidieron convertir en animales a los pueblos violentos de antes y que los animales se crían y se cazan sin mayores consideraciones morales, y distingue dos cacerías: yu'ma, desplazándose por la selva ajena con preceptos y tabúes, y kwrannari, emboscando en los rastrojos, donde se mata sin ellos. El de 2008 describe la Tierra de Abajo como un mundo de agua y tinieblas al que sólo se entra por grutas y pozos.

El artículo de 2024 sobre tortugas continentales del Caribe es la única fuente que nombra este relato desde fuera: dice que para los ette estos animales son seres preliminares al hombre que habitan el inframundo y que el morrocoy hace parte de un mito de este pueblo sobre el origen de los animales del monte y la cacería; registra el nombre sagkwa' en ette taara y remite, para el mito, a la antología de Miguel Rocha Vivas de 2010, reedición del mismo texto. Ninguna vuelve a narrarlo, ninguna lo recogió en ette taara, ninguna dice en qué noche fue contado.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más ajustado viene de los emberá, que explican con un relato por qué el peto de los morrocoyos machos es cóncavo: una pelea entre una tortuga y un mono aullador por el amor de una venada joven. Es el mismo animal y el mismo interés por el caparazón, pero la marca queda de una rivalidad entre animales, sin humanos de por medio; aquí la concha no es una cicatriz sino una defensa que los morrocoyos se fabrican después, de corteza de árbol, porque le tienen miedo a la gente.

El segundo está entre los wayuu, donde el morrocoy, molokoona, aparece en el mito de origen «La capa del morrocoy», que se baila en la yonna, y donde los patrones de su caparazón se tejen en el kaanás llamado molokonoutaya. Allí la capa del animal se vuelve figura que se danza y se teje; aquí sigue siendo un escudo hecho con miedo, y lo que el relato deja en herencia no es un diseño sino una distancia.

Dentro del mismo corpus, el mecanismo se repite en «El diluvio»: al rabipelado, colgado de la cola durante años en un árbol de totumo, se le peló la cola, y desde entonces la tiene así; a la mujer que abrió el hueco en el techo de piedra la volvieron lechuza, y desde entonces canta de noche y nunca alcanza a ver el sol. La misma fórmula, el mismo tipo de causa y hasta la misma parte del cuerpo. La diferencia está en quién paga: allí el castigo recae sobre quien cometió la falta, y aquí el que resulta marcado para siempre es el que recibió la flecha.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. De este relato hay un solo testimonio documentado. No existe una segunda versión: la antología de Miguel Rocha Vivas reproduce el texto de 1945 y el artículo sobre tortugas del Caribe remite a esa antología, de modo que las tres referencias son un solo eslabón repetido. Tener un solo testimonio significa que no sabemos qué partes eran fijas y cuáles variaban de una noche a otra, y que la triple fórmula «Desde entonces», que aquí cierra el cuento, no se puede contrastar con otra boca.

  2. La ficha heredada presentaba como parte del mito a una persona llamada Wuacha convertida en morrocoya y a un abuelo Jacinto que se lo contaba a sus nietos. No hay procedencia para ninguno de los dos. Además, waacha no es un nombre propio: en ette taara designa a las personas de ascendencia no indígena, según la caracterización oficial del pueblo Ette Ennaka de 2010, que reproduce el relato en verso de los dos Yaau, Yaau ette y Yaau waacha. El personaje inventado era un etnónimo mal leído. Se retira entero.

  3. También cambian las lecturas desde fuera. El artículo de 2024 clasifica este mito como uno «sobre el origen de los animales del monte y la cacería», pero el texto de 1945 no explica el origen de los animales del monte ni de la cacería: explica una especie, el morrocoyo, y tres rasgos suyos. La ampliación es de quien resume, no del relato. Ese mismo artículo identifica al morrocoy como Chelonoidis carbonaria, mientras la etnografía de 1946 escribía Testudo tabulata para las tortugas criadas en corral; son nomenclaturas de épocas distintas y esta ficha no las da por equivalentes.

  4. Dentro del propio corpus hay una variante del mismo arranque con desenlace opuesto. En «Los monos», un hombre dispara y casi mata a un mono; el mono coge la flecha, se la lanza al hombre escondido detrás de un árbol y lo mata, y el cuento termina ahí, sin transformación ni caparazón. La represalia del animal existe en los dos, pero allí cae sobre el agresor y aquí sobre una tercera persona que no estuvo en la cacería.

  5. Frente al texto heredado, esta revisión devuelve al Relato los episodios y el orden de 1945, restituye las tres fórmulas de cierre y la frase final, y saca del Relato el aparato crítico que traía: las menciones a «el relato», «la narración», «la ficha heredada» y los párrafos que discutían qué se retiraba y por qué.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Ette Ennaka (Chimila) · Magdalena · Caribe
Referencias
8
Última revisión
17 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y cuentos de los indios Chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Publica los veintiún relatos del corpus histórico y atribuye su narración al cacique Tangrutaya Mutsu, registrada en castellano durante trabajo etnográfico.

  2. El sol babea jugo de piña: antología de las literaturas indígenas del Atlántico, el Pacífico y la Serranía del Perijá

    babel.banrepcultural.org

    Reedita y contextualiza literatura Ette dentro de una antología nacional, identifica las traducciones y remite a las fuentes etnográficas usadas.

  3. Ciclos de destrucción y regeneración: experiencia histórica entre los ette del norte de Colombia

    journals.openedition.org

    Estudia cómo sueños, memoria histórica, Yunari y la quinta tierra articulan ciclos de destrucción, regeneración y acción ceremonial entre los Ette.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Tortugas continentales en el registro arqueológico y etnozoológico del Caribe colombiano: una reflexión sobre el uso sustentable como recurso alimenticio

    revistas.unimagdalena.edu.co

    Dice expresamente que para los ette estos animales representan seres preliminares al hombre que habitan el inframundo, y que el morrocoy en concreto hace parte de un mito de este pueblo sobre el origen de los animales del monte y la cacería, dentro de un repaso del morrocoy como alimento y motivo mitológico en el Caribe.

  2. Etnografía chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Documenta la cría chimila de morrocoyos en corrales junto a las casas y explica que, cuando se busca uno para comer, el cacique examina la concha y las patas detalladamente y escoge un macho ya prescindible para la reproducción: ancla en la práctica los mismos rasgos, caparazón, patas y condición de alimento, que el relato explica.

  3. Oniromancia y perspectiva entre los ette del norte de Colombia

    revistas.unal.edu.co

    Sostiene que entre los ette se piensa que los animales son gente y que cada especie se ve a sí misma como humana, con su madriguera por casa y sus depredadores por depredadores de los humanos: es la premisa exacta de que el morrocoyo fuera antes gente y pudiera usar arco y flecha.

  4. El tejido del cosmos: tiempo, espacio y arte de la hamaca entre los ette (chimila)

    journals.openedition.org

    Propone un modelo del universo ette en el que lo bajo corresponde a un pasado animal, y afirma que el destino de una humanidad anterior fue perecer bajo el lodo y las cenizas o ser convertida en fieras y animales: la lógica por la cual los morrocoyos son gente antigua transformada.

  5. La división cósmica de las labores terrenales: interacción entre humanos y no humanos en los campos de cultivo ette

    revistatabularasa.org

    Describe las dos cacerías ette: yu'ma, cazar desplazándose por la selva, sujeta a preceptos y tabúes, y kwrannari, cazar emboscando en los rastrojos, donde la ausencia de espíritus dueños de la fauna permite matar sin mayores consideraciones morales. Es el marco práctico de la ambigüedad del relato entre agresión y alimento.

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«El morrocoyo que antes era gente» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El morrocoyo que antes era gente» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El morrocoyo que antes era gente» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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