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El Morrocoyo

Explora el ciclo de violencia y retribución en la transformación de los morrocoyos según las versiones del mito.

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Ilustración de El Morrocoyo

En el corazón del vasto y antiguo bosque, donde los árboles susurraban secretos milenarios al viento y el tiempo parecía discurrir de maneras insospechadas, los morrocoyos yacían ocultos; no como los lentos y resguardados animales que conocemos hoy, sino como seres de otra índole, seres que, en su esencia primigenia, se asemejaban a los humanos, vivían en los árboles y compartían con ellos el don del lenguaje y la sagacidad.

Una tarde, cargada de pesados presagios, dos hombres exploradores adentraron sus pasos en la espesura del bosque, sus corazones latían al ritmo del tambor del deseo de caza. Con el sol extendiéndose en tonos ácidos y dorados por el cielo, divisaron un morrocoyo, un ser entonces tan ágil y discreto como ellos, que se posaba en las frondosas ramas de un árbol. "¡Mátelo!", exclamó uno de los hombres, ciego en su espíritu por el ansia de dominación y poder. El otro, con un vislumbre de duda y reconocimiento en su mirada, replicó, "No voy a matarlo; ¡es gente como tú y yo!". Pero el ímpetu del cazador prevaleció, y una flecha certera rompió el aire, hiriendo el alma y la carne del morrocoyo en una de sus patas traseras.

La criatura, en un baluarte de dolor, logró entrelazarse con la cola al árbol, un acto que, aunque lo mantuvo en el aire, fue afortunado y fatídico a la vez. El desenlace de aquel día marcó el comienzo de su transformación. El hombre, con manos insensibles al gemido del bosque, subió al árbol y cortó la rama que sostenía al morrocoyo, ignorando cómo su acto mutilava parte de la esencia del ser al cortarle la cola. Así, con una herida sin retorno, el morrocoyo cayó por fin a la tierra. Aunque lo golpearon con la fuerza de su brutalidad, el morrocoyo logró escapar, adentrándose en el agua con una promesa de venganza silenciosa hacia los humanos.

A la mañana siguiente, una mujer, con el candor de la ingenuidad reflejado en su andar, se acercó al río a recoger agua. Sin embargo, ajena al desvelo de la naturaleza, sucumbió ante la flecha letal del morrocoyo que, furioso y astuto, había tomado prestada la habilidad de cazar. La mujer desapareció en el velo de la tragedia, y su ausencia encendió el desconcierto y la búsqueda de los hombres del pueblo. Al hallar su cuerpo, el eco del clamor coincidió en culpar al morrocoyo. Determinados a terminar con él, lo encontraron escondido en el agua. Sacándolo de su nuevo refugio, lo mataron sin misericordia, marcando con fuego el destino de su especie.

Las generaciones que precedieron a aquella valerosa y arrogante caste de cazadores, recordaron al morrocoyo no solo como un ser transformado tanto por sus actos como por el castigo de la naturaleza, sino también como un delicioso manjar que el destino les concedió disfrutar. Desde entonces, los morrocoyos confeccionaron caparazones de corteza de árbol, no como un simple escudo físico sino como un símbolo de las capas que ahora protegen su quebrantada esencia. Jamás recuperaron el poder de tomar arco y flecha, resignándose a habitar a la ribera, a menudo en silencio, recordando el doloroso sacrificio fundacional de su raza.

En un rincón distinto de esta vasta urdimbre de mito y realidad, bajo la silente sombra de otra historia, un anciano llamado Jacinto se preparaba para relatar aquel enigma a sus nietos, conduciéndoles por un pasaje de tiempos remotos. Ante la oscura tela de la noche, hilaba palabras con el aroma del tabaco y del café; aquellas palabras eran como semillas de tiempo que brotaban vivas y elocuentes desde su voz.

Los niños, con ojos redondos como lunas de savia, prestaban atención a la narración donde un ette, un ser bendecido llamado Wuacha, era convertido en una morrocoya por el poder de un Padre ancestral al haberse extraviado en malos sueños y descuidado a su gente. Wuacha, cuyo nombre hablaba de descendencia y poder, se había adentrado por caminos de oscuridad hasta su transformación irrevocable en un ser de caparazón duro, condenado a transitar la tierra con el peso de su historia en cada paso lento que daba antes de llegar al final de su vida. Así lo crecieron sus nietos, entendiendo que las decisiones y las transgresiones hunden raíces profundas que la tierra nunca olvida.

Con cada giro de la sopa que preparaba Issa en la cocina, la historia rememoraba el pacto implícito con la memoria y la transformación, un recordatorio viviente de la continuidad del mito en la realidad del fogón y los aromas de un hogar que aún conserva la tradición. Cuando la cena fue servida, el caparazón de morrocoya ocupaba el centro de la mesa, glorificado tanto en sabor como en la promesa de mantener vivas las leyendas; mientras Jacinto, con la sabiduría que solo las arrugas profundas del tiempo pueden otorgar, contemplaba con cariño a sus descendientes, sabiendo que las historias, como la vida misma, son círculos perfectos que vuelven una y otra vez al mismo lugar de origen.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

Las dos versiones del mito sobre el origen de las morrocoyas presentan diferencias significativas tanto en su estructura narrativa como en los elementos temáticos y culturales involucrados. La primera versión se centra en un relato directo sobre la transformación de los morrocoyos de seres parecidos a humanos en criaturas con caparazón, resultado de una serie de eventos que comienzan con un accidente violento causado por dos cazadores. Esta versión enfatiza un ciclo de violencia y retribución, donde el morrocoyo, inicialmente víctima, se convierte en victimario al asesinar a una mujer inocente. El mito concluye con una explicación de características físicas de las morrocoyas y su popularidad como alimento, mezclando elementos etiológicos con una resonancia moral ambivalente.

Por otro lado, la segunda versión es más compleja y enriquece el relato con una estructura de historia dentro de una historia, narrada por un anciano a sus nietos. Este relato introduce a Wuacha, un hombre que, seducido por fuerzas oscuras, se convierte en un peligro para su comunidad al consumir la vida de otros. La narrativa se despliega con un trasfondo cultural más profundo, reflejando la importancia de la tradición oral y la intervención de fuerzas divinas como Nara Yaao para castigar la corrupción del alma humana, transformándolo en un animal lento y protegido por un caparazón. Esta versión temáticamente explora la alineación y desalineación con el orden moral y espiritual, otorgando a la morrocoya un significado simbólico más vasto y una conexión íntima con la espiritualidad cultural del pueblo.

Lección

Las acciones tienen consecuencias profundas e irreversibles.

Similitudes

El mito del Morrocoyo se asemeja a los mitos griegos de transformación como el de Aracne, donde la transgresión y el castigo divino resultan en una metamorfosis.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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