El milagro de La Candelaria

Caribe · Mestizo

El milagro de La Candelaria

Candelaria López teme que una embarcación contrabandista use el nombre de la Virgen; una fuga exitosa es interpretada dentro del cuento como intervención de la patrona.

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El relato

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Candelaria López no acabó de quedarse tranquila con el nombre de la barca. Que le pusieran el suyo, Candelaria a secas, le habría dado lo mismo. Le habían añadido lo demás, y una barca llamada La Virgen de la Candelaria iba a servir para meter armas de contrabando y quizá para matar guardas. Y eso era sacrilegio.

Juan Pedro, que mandaba la pandilla, se le acercó con voz de arrullo y le pidió que se dejara de tonterías. Las armas y las municiones eran para los liberales, dijo, y la Candelaria del cerro es una Virgen liberal: se mete en las filas cuando hay combate, y aunque le quemen el manto sigue peleando para los suyos. Cátulo Vargas se rió con todos los dientes y prometió tenerla contenta con milagros de oro.

En Cartagena a la patrona de La Popa se la trata de tú. Quien le queda debiendo un ex-voto duerme mal, porque ella puede cobrárselo deshaciendo el favor que ya hizo, y cuando lo deshace nadie se enfada: suben a calmarla como se calma a una madre que tiene razón. Cada dos de febrero la ciudad entera trepa al santuario y lo cubre de oro y plata.

Candelaria pensó en confesarle todo al padre Ledesma, que había bautizado la barca sin saber a qué iba a dedicarse. Después entendió que eso era delatar a los suyos. Le pareció mejor arreglarse de frente con la Virgen y ofrecerle un ex-voto; al cura le preguntaría sólo qué ofrenda le gustaría más.

El viejo se acarició la barba y propuso algo sin misterio: que la barca trajera tres viajes de arena para terminar las obras del convento.

—¿Y también protección en el mar para cualquier pecado que se cometa a bordo, padre?

El cura levantó la cabeza. No tanto, hija. Ahora bien: si los pecados no son de intención sino fortuitos, la Virgen mirará la cosa con ojos buenos y las penas quedarán leves, con una buena confesión de por medio.

Candelaria bajó del cerro con otro ánimo y la treta quedó armada. La barca del nombre santo viajaría cargada de arena, adelante y a la vista, mientras dos barcas con rifles y pólvora bordeaban la costa muy atrás, con las luces apagadas. Cuando asomaba el vigilante del gobierno, la del nombre santo huía, se dejaba alcanzar y lo único que le encontraban era arena para el convento del cerro. Los guardas perdían la noche. Juan Pedro se reía y les explicaba que huían porque creían que iban a atracarlos.

Así fue hasta aquella noche de octubre. El mar se levantó, las dos barcas cargadas empezaron a hundirse y Juan Pedro, que no dudaba nunca, dudó. Mandó acercarse y pasar todo el armamento a la barca de la Virgen, encima de la arena.

Poco después los relámpagos les enseñaron el barco del gobierno viniendo derecho hacia ellos.

—¿Nos vamos? —preguntó Cátulo Vargas.

—¿Para qué? Esta vez sería inútil. Que sea lo que la patrona quiera.

Se quedaron quietos, bamboleándose. Juan Pedro miró hacia el cerro y pidió perdón por lo que hubiera hecho mal sin querer. Los reflectores los barrieron de lleno y del otro barco salió un grito de rabia: otra vez la misma barca, otra vez la noche perdida. Y luego, más alto, la voz del que mandaba: por mi madre que si hubiera huido como siempre no le perdono el jueguecito; no está uno para correr detrás de ella en una noche como esta y encontrarse al final con arena para el convento.

Se fueron jurando. El golfo empezó a calmarse.

—La arena —dijo Cátulo Vargas cuando pudo hablar—. La arena de la Virgen nos salvó.

Juan Pedro se arrodilló y se santiguó mirando el cerro.

El milagro de La Candelaria: lo que quedó del relato

La enseñanza

“A veces se llama milagro a la única vez que alguien decidió no correr.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4261° · -75.5242°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este relato ocupa seis páginas —de la 100 a la 105— dentro de la sección decimoctava del segundo volumen de «Mitos y leyendas de Colombia», investigado y compilado por Eugenia Villa Posse y editado por el IADAP en Quito en 1993. Es el más extenso de los diecisiete textos que esa sección reproduce, y está construido en cuatro bloques separados por asteriscos: la discusión por el nombre, una digresión sobre el culto del cerro, la explicación de la treta y la tormenta.

La procedencia consta en la página 65: los textos vienen de «Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo, con pie de Editorial Nuevo Mundo, Cartagena, 1948, páginas 25 a 177. La misma nota aclara que esas narraciones, tomadas de la tradición oral de la ciudad, se pasaron por un trabajo de escritura antes de imprimirse, «para una mejor comprensión de la narración». De ahí salen los diálogos con grafía costeña, los nombres de los personajes y el corte cinematográfico de la escena final.

Lo que distingue a esta pieza de sus vecinas es que se deja fechar. Nombra al general Uribe Uribe esperando refuerzos del interior mientras sus hombres se surten de armas entradas por las costas de Cartagena desde Panamá, y eso la sitúa en las guerras civiles del cambio de siglo, no en un pasado colonial difuso. El resto de la sección se mueve entre el siglo dieciocho y la Cartagena republicana sin puntos de apoyo tan claros.

El texto también deja constancia de cómo funcionaba el trato con la patrona del cerro: el ex-voto como deuda, la peregrinación del dos de febrero, la ofrenda tasada por el sacerdote en material de obra. Esa parte no es adorno; es el andamio sobre el que el autor monta el desenlace.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está dos textos antes, en las páginas 95 a 97: «La abadesa arrodillada» hace girar toda su trama en torno a un juramento prestado ante esta misma advocación del cerro de La Popa, y también allí una mujer cree haber comprometido algo sagrado. La comparación es útil porque los desenlaces se invierten. Aquí el trato se cumple y el cielo parece pagar; allí el juramento se rompe y la protagonista se cobra ella misma la deuda durante el resto de su vida. Dos páginas más adelante, «Celos de esclavo» vuelve a situar la acción en la subida del dos de febrero, de modo que la fiesta del cerro sostiene tres relatos seguidos del libro.

El segundo parentesco es de forma y se aprecia contra «Templo de Santo Domingo y el Cristo de la Expiración», páginas 115 a 119. Aquella pieza también cuenta prodigios, pero los afirma sin dejar a la vista ninguna causa natural: el madero crece, el escultor se esfuma, los clavos vuelven al altar. Esta hace lo contrario. Pone el desenlace asombroso y, en el mismo aliento, entrega el motivo por el que ocurrió. Son dos maneras opuestas de administrar lo sobrenatural dentro de un mismo libro y un mismo autor.

Hay además un rasgo que emparenta la pieza con la literatura de contrabando del Caribe: el señuelo que se deja perseguir. La embarcación que huye para ser registrada y no lleva nada, mientras la carga pasa por otro lado, es un ardid marinero reconocible, y el relato lo explica paso a paso antes de usarlo, como si supiera que de ahí depende que el final se entienda.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El propio texto ofrece dos lecturas del mismo hecho y no elige entre ellas. En la cubierta de la barca, Cátulo Vargas y Juan Pedro atribuyen la salvación a la arena ofrendada y el segundo termina de rodillas. A bordo del barco del gobierno, el que manda explica en voz alta por qué no registraron: porque esta vez la barca no huyó, y porque ya sabían de memoria que sólo traía arena. Las dos explicaciones caben en la misma página, y el autor deja al lector con las dos en la mano.

  2. La filiación política de la advocación es otra cosa que conviene atribuir con cuidado. «Virgen Liberal» y «Virgen morena y liberal» no las dice el narrador: las dicen dos contrabandistas que necesitan justificar el nombre de su barca. En el mismo relato, el trato de la ciudad con la patrona del cerro se describe sin filiación de partido alguna, como un intercambio de favores y deudas. Quien sostiene lo primero es un personaje; quien describe lo segundo es el texto.

  3. Queda una advertencia sobre el alcance de lo que hoy se puede leer. La antología ecuatoriana reproduce cincuenta y nueve páginas del libro de 1948, que según su propia nota abarcaba de la 25 a la 177, y las presenta expresamente como una selección. El relato aparece completo, pero rodeado de menos de la mitad del volumen al que pertenecía.

  4. Y una última diferencia, de lengua. El habla de los personajes está escrita imitando la pronunciación popular de la costa —«mujé», «vejdá», «hacejnos»—, mientras la voz del narrador usa una prosa culta sin una sola de esas marcas. Ese contraste es decisión de escritura del autor, no una transcripción fonética de campo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Reproduce el relato entre las páginas 100 y 105, y es el más extenso de los diecisiete de la sección: seis páginas en cuatro bloques separados por asteriscos —la disputa por el nombre, la digresión sobre el culto del cerro, la explicación de la treta y la tormenta—. Sólo aquí constan el padre Ledesma, el transbordo de las armas a la barca de la Virgen, el exvoto de arena, el intento de comprar la indulgencia por anticipado y la decisión de Juan Pedro de quedarse quieto en vez de huir. También aquí, en la página 65, está la nota que obliga a leer todo eso como prosa trabajada sobre materia oral y no como crónica.

  2. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Único texto localizado que trata a la vez la leyenda y a quien la escribió. Trata en particular el milagro de la Candelaria dentro de su recorrido por la fiesta del cerro, y en el mismo párrafo identifica a Eustorgio Martínez Fajardo como el periodista que firmaba «Eumarfa» y describe su libro como una recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica. Para esta ficha esa doble información vale doble: dice que el relato circuló fuera del libro y dice con qué oficio se escribió.

  3. Historia del Cerro de la Popa (Macroproyecto de Recuperación Integral del Cerro de la Popa, Producto 3)

    observatorio.epacartagena.gov.co

    Da el andamio devocional sobre el que el autor monta la treta, pieza por pieza: la fiesta del 2 de febrero con novena desde el 24 de enero, la ofrenda de oro y plata que en el cerro se llama literalmente «milagro», la procesión hasta la ermita del Pie de la Popa y el auge de la romería hacia 1930, con burros, caballos y mulas alquilados para la subida. Documenta además la fundación del convento —las prédicas cuaresmales de fray Vicente Mallol en 1607, el napolitano Fabricio Sánchez que costeó la obra, fray Alonso de la Cruz Paredes como superior— y la imagen entronizada por donación. Sin este documento, el exvoto tasado por el sacerdote no tendría escala ni nombre.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. La virgen de la Candelaria: fiesta, idoloclastía y colonización de imaginarios en Cartagena de Indias

    dialnet.unirioja.es

    Sostiene lo que el relato da por supuesto sin explicarlo: que la Candelaria del cerro es una advocación impuesta sobre otros cultos y que su fiesta funciona como el punto donde la ciudad entera negocia con lo sagrado. Reconstruye la llegada de los agustinos en 1607, el imaginario del adoratorio al diablo en La Popa, el proceso inquisitorial del 2 de febrero de 1614 contra el mestizo Luis Andrea y el origen canario de la advocación en 1400-1401. Es lo que permite leer la escena del exvoto de arena como una transacción dentro de un sistema de intercambio y no como una simple picardía de contrabandista.

  2. Convento de la Popa (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 35)

    cvc.cervantes.es

    Describe el lugar concreto adonde suben los personajes: el convento, el claustro y la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria en la cima, la capilla primitiva de madera y palma de 1607, el nombre tomado de la forma de galera del cerro, y la leyenda del fraile que despeña al chivo por la escarpa que desde entonces se llama el Salto del Cabrón. Aporta también el dato que hace del cerro un mirador militar y no sólo un santuario: desde allí se rechazó un asalto de las tropas de Morillo, y más tarde el convento sirvió de cuartel. Esa doble condición —templo y atalaya sobre la bahía— es la que hace creíble que desde el cerro se controle quién entra y quién sale con armas.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Sitúa el relato en la ciudad que era entonces: un puerto empobrecido y despoblado tras las guerras del siglo XIX, con la bahía y las entradas de agua como su verdadera trama de comunicaciones y con barrios que nacen y se borran en los bordes. Ese es el escenario que hace plausible una vigilancia de guardas costeros permeable y un transbordo nocturno entre embarcaciones menores. Es también el trabajo que permite calibrar cuánto pesaba, en una ciudad de esa escala, una ofrenda de oro tasada por un sacerdote.

  4. «Fiestas de la Independencia» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Sirve por comparación de calendarios festivos. Reconstruye la otra gran fiesta cívica de la ciudad, la del 11 de noviembre, con su primera conmemoración en 1812 y su suspensión durante el sitio de Morillo, y con ello deja ver que en Cartagena las fiestas se interrumpen cuando hay guerra. El relato hace lo contrario con la del 2 de febrero: la guerra civil no la suspende, la atraviesa, y la romería al cerro sigue funcionando mientras por debajo pasan las armas.

  5. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Delimita dónde podría comprobarse este relato y por qué hoy no se puede. Sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX —justamente los años de Uribe Uribe y del contrabando de armas por las costas—, pero la institución no publica inventario ni instrumento de descripción, de modo que saber si existe un expediente de aduana, un parte de guardas o una nota de prensa sobre el caso exige escribir un correo y esperar. Es la razón concreta por la que la ficha declara sin verificar los nombres del relato.

  6. «Títulos de Cartagena» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Ayuda a medir la distancia entre la ciudad que se cuenta a sí misma y la ciudad de este cuento. Recoge los títulos honoríficos con que Cartagena se nombra, encabezados por el de «Ciudad Heroica» ganado en el sitio de 1815, es decir, una identidad construida sobre el sacrificio militar. El relato transcurre en la misma ciudad noventa años después y la retrata al revés: guardas sobornables, un cura que tarifa las ofrendas y un contrabandista que sale bien parado gracias a la Virgen.

  7. «Once de noviembre» (Enciclopedia Banrepcultural)

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Aporta el precedente cartagenero de lo que el relato pone en escena: la ciudad como puerta de entrada de armas y de gente armada, con el episodio de 1810 en que hombres de Getsemaní, Santo Toribio y Santa Catalina se congregan con machetes ante el palacio del gobernador y fuerzan una votación del cabildo. Entre ese antecedente y la escena del relato hay un siglo, pero la mecánica es la misma: en Cartagena la política nacional se resuelve con lo que llega por el mar y se reparte por los barrios.

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«El milagro de La Candelaria» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El milagro de La Candelaria» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El milagro de La Candelaria» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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