El mal del mar

Caribe · Mestizo

El mal del mar

Un marinero busca una relación en cada puerto y nunca encuentra satisfacción; el relato convierte su deseo repetitivo en un supuesto mal ligado al oficio.

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El relato

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Sol de fuego sobre la bahía de Cartagena, a mediodía. En el viejo barrio porteño del Arsenal se juntan marinos de alto bordo y navegantes costaneros, bogas y coquis de canoa. Huele fuerte a brea y a marisco. La rada está quieta y reverbera. Hay mucho trajín de cargas menores y mucha gente de cabotaje en los cafetines oscuros donde se bebe cerveza y ron blanco, frente a las goletas y los champanes que forman un bosque de mástiles y de velas grises de salitre.

En la puerta de un bar hay un hombre bebido que mira el horizonte con los ojos entrecerrados y apura vaso tras vaso. Tiene cara de europeo y traza de gastado en viajes largos. La piel curtida y encendida, los ojos de un verde descolorido, el pelo rubio y quemado bajo la gorra de marino. El uniforme blanco lleva dos anclas en las mangas y va descuidado. En los brazos, tatuajes azules de todos los puertos, de esos que lo mismo denuncian al marino cosmopolita que al presidiario.

Lo vimos así y nos pareció un hombre panorámico, de mil travesías por rutas de ultramar. Le buscamos conversación. No costó tanto como suele costar con esa clase de gente, que va por ahí como si llevara guardado el cadáver de un secreto.

Frente a unos vasos de cerveza nos contó su propia vida.

—Soy de España, islas Baleares. Desde muy joven me embrujaron los puertos. ¿Sabe por qué? Por saber cómo era el amor, el amor en cada uno de ellos.

Había oído los versos que cantan que el marino tiene un amor en cada puerto. Era verdad, dijo, pero el marino no conoce el amor de cada puerto, y de ahí el afán desmedido de probarlos todos. Y a ese verso él le había añadido otros tres: de cada puerto un sabor, el que se gustó está muerto, y el que sigue es el mejor.

—Es terrible, amigo. ¿Cree usted que querer a una mujer que nos recibe a bordo como si volviera el ser más querido es un gran encanto? Eso es para los novelistas y los poetas. Navegamos, y en la soledad del mar el espíritu se escapa a la ciudad y se prende en la mujer que dejamos. Pero cuando llegamos a ella nos entra la nostalgia de saber cómo es el amor en otro puerto. El corazón del marino es insaciable como el mar. El mar le contagia su inconstancia. Nada logra llenarlo.

Fue nombrándolas: Mayania, en las Hawaii; Lelia, en Mar del Plata; Guaskiria, en Stambul; Svinia, en un fiordo de Noruega. Y mil más. Todas y cada una habían sido su último y más perfecto amor. Mentira. Al llegar al puerto siguiente lo alucinaba otra cosa, y en brazos del nuevo no se acordaba del anterior.

Lo llamó enfermedad sin metáfora ninguna. Lo peor que podía pasarle en su vida de marino no era un naufragio ni un ciclón: era zarpar de un puerto sin haber probado allí un amor nuevo. Cuando eso ocurría, caía en cama a bordo durante días.

—Y aquí me tiene. Llegué hace dos meses. Descubrí una mujer al bajar del barco y no puedo seguir adelante sin saborear este amor. He anclado yo mismo, como un barco sin cofas ni mesanas. Aquí me estaré, por las calles y por las radas, hasta que pueda saciar mi mal del mar. Si no, no sé lo que será de mí.

Cuando acabó de hablar estaba frenético, transfigurado, como si se hubiera dado la vuelta del revés y ofreciera su personalidad entera tal como era: la de un loco de atar. Apuró rápido el último vaso, se despidió con una venia brusca y desapareció tambaleándose a grandes zancadas entre el gentío que llenaba el muelle.

El mal del mar: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien compara cada afecto con el siguiente acaba sin ninguno y sin poder continuar el viaje.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4236° · -75.5512°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato ocupa las páginas 107 a 109 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», investigado y compilado por Eugenia Villa Posse y publicado por el IADAP en Quito en 1993, dentro de la selección procedente de «Cuentos y leyendas de Cartagena», de Eustorgio Martínez Fajardo (Editorial Nuevo Mundo, 1948). La nota de la página 65 aclara que se trata de narraciones de la tradición oral de la ciudad pasadas por la prosa del autor, y esta pieza es la que más deja ver esa costura.

Lo primero que aporta la obra es la forma. No estamos ante una leyenda contada por un narrador invisible sino ante una entrevista de bar en primera persona del plural: alguien ve a un desconocido borracho en la puerta de un local del Arsenal, decide abordarlo, le paga cervezas, lo escucha y al final lo juzga. Todo el cuento cabe entre esas dos decisiones, y quien tiene la última palabra no es el personaje sino quien lo escuchó.

El segundo aporte es el retrato del barrio, que ya no existe como el texto lo describe. El Arsenal aparece con su olor a brea y a marisco, sus goletas y champanes de cabotaje formando un bosque de mástiles, y sus cafetines oscuros de cerveza y ron blanco, a la orilla misma de la bahía. Es una estampa portuaria fechada y detallada que vale por sí sola, independientemente del hombre que la protagoniza.

Queda decir en qué términos está escrito, porque el vocabulario es de cata y no de afecto. El personaje habla de «probar» y «saborear» el amor de cada puerto, y enumera a las mujeres de su ruta como quien recita etapas de un itinerario. El narrador, por su parte, describe a los trabajadores del muelle con las categorías raciales corrientes en 1948 y presenta a la ciudad como plaza célebre por la belleza de sus mujeres, en el mismo tono de catálogo. Nada de eso se recoge aquí como romántico; es el registro de la obra y se declara.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está en el mismo volumen y a diecinueve páginas de distancia. «Marineritis sentimental» discute la misma copla en un barrio del puerto, sólo que allí el amor en cada puerto es un reproche que dos mujeres devuelven multiplicado, y aquí es la condena que el marino se aplica a sí mismo. El autor volvió sobre un mismo verso popular dos veces, con desenlaces opuestos, y las dos piezas se leen mejor juntas.

El segundo parentesco es de forma narrativa y viene de la literatura marítima. El relato enmarcado en el que un desconocido confiesa su vida a un oyente casual, en una taberna o a bordo, y el oyente cierra la historia con un juicio propio, es un dispositivo que la novela y el cuento del mar practicaron sin descanso entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Aquí el marco está reducido al mínimo indispensable: dos decisiones del oyente, acercarse y sentenciar.

El tercero es el fondo mitológico que la pieza roza sin nombrar. El marino condenado a no llegar nunca —el del buque fantasma que navega hasta el fin de los tiempos por una falta— es una de las figuras más difundidas del imaginario de puerto europeo. Este personaje es su versión doméstica y sin castigo sobrenatural: no puede zarpar, se declara anclado como un barco desarbolado, y lo que lo detiene no es una maldición sino su propio apetito.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La copla que abre el texto circula en dos tamaños, y el relato existe precisamente para explicar la diferencia.

  2. La forma breve es un solo verso, «un amor en cada puerto», que el personaje dice haber oído cantar en su ruta y que está documentada como dicho popular mucho antes de este libro. La forma larga son cuatro versos, y los tres añadidos —de cada puerto un sabor, el que se gustó está muerto, y el que le sigue es mejor— se los atribuye él mismo dentro de la conversación. El autor imprime la cuarteta entera como epígrafe, antes de que nadie hable, de modo que el lector conoce el remate antes que la historia.

  3. Sobre lo que le ocurre al personaje hay después dos diagnósticos enfrentados. El suyo es clínico y compasivo consigo mismo: llama enfermedad a su afán, describe síntomas —la tristeza al zarpar sin haber «probado» el puerto, los días en cama a bordo— y se declara víctima de una fiebre que le contagió el mar. El del narrador es de dos palabras y llega en la última línea: loco de atar. El texto no arbitra entre los dos, pero coloca el segundo al final, que es donde pesa.

  4. Hay además una variante de letra que conviene anotar porque afecta al título. En el cuerpo del relato, donde el personaje nombra su dolencia, el impreso dice «el mar del mar», mientras que el encabezado y la frase final dicen «el mal del mar». Puede ser errata de composición o juego deliberado; no se decide aquí.

  5. Del libro de 1948 se repiten las dudas de catálogo que afectan a todas sus piezas: «Nuevo Mundo» según la antología, «Mundo Nuevo» según la Biblioteca Nacional, y dos tiradas de 1946 y 1948 declaradas segunda edición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Custodia el texto en las páginas 107 a 109 y con él dos cosas que sólo aquí se pueden comprobar. Una es la forma: no hay narrador invisible sino una entrevista de bar en primera persona del plural, con alguien que ve a un desconocido borracho en la puerta de un local del Arsenal, decide abordarlo, le paga cervezas, lo escucha y al final lo despide por loco de atar; todo el cuento cabe entre esas dos decisiones. La otra es el retrato del barrio: el olor a brea y a marisco, las goletas y champanes de cabotaje formando un bosque de mástiles, los cafetines oscuros de cerveza y ron blanco a la orilla misma de la bahía. Y aquí consta también la vacilación que nadie ha resuelto: el cuerpo del texto imprime «el mar del mar» y el encabezado y el cierre, «el mal del mar».

  2. The Flying Dutchman: Legends of Aarne-Thompson-Uther Type 777*

    sites.pitt.edu

    Reúne el fondo mitológico que esta pieza roza sin nombrar, y lo reúne con fuentes fechadas: trece testimonios y versiones entre 1790 y 1891 —John MacDonald, el «Voyage to New South Wales» de 1795, Walter Scott en 1813, Heine en 1833, Washington Irving en 1855, el «Spectre Ship of Porthcurno» de Cornualles en 1865—, encabezados por una cita del «Naval Sketch-Book» de 1826 sobre lo que los marineros creen. Sirve para situar al personaje en su familia y para medir en qué se aparta: el holandés no puede llegar a puerto por una maldición, y este marino balear no puede zarpar por su propio apetito, se declara anclado como un barco desarbolado y no hay castigo sobrenatural ninguno. Es la versión doméstica y sin condena de la leyenda.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Sostiene que el puerto de la escena era un puerto de verdad. Reconstruye la recuperación de Cartagena en las primeras décadas del siglo XX, cuando la ciudad vuelve a crecer sobre la actividad marítima después de un largo declive, y con ello hace verosímil el bosque de mástiles del Arsenal, el tráfico de cabotaje que el texto describe y la presencia habitual de marinos extranjeros varados semanas en la ciudad. También da la base para entender por qué la bahía, y no el centro amurallado, es donde este relato coloca la vida nocturna.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. «Historia del Barrio Getsemaní» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Da nombre y callejero al arrabal extramuros que contiene el Arsenal, que es el único lugar que el relato ancla. Ofrece la etimología del barrio y una lista de veintisiete nombres de calles, y ese inventario —modesto pero municipal— es lo que permite afirmar que la geografía del cuento no es genérica: los cafetines a la orilla de la bahía están en un vecindario documentado, con toponimia propia y con una relación histórica con el trabajo del puerto.

  2. Modernización urbana y exclusión social en Cartagena de Indias, una mirada desde la prensa local (Territorios, n.º 36, pp. 159-188)

    revistas.urosario.edu.co

    Sirve para pesar el juicio final del narrador, que es el verdadero remate del cuento. Muestra con los periódicos de la ciudad cómo la mirada letrada cartagenera clasificaba lo que encontraba en los bordes portuarios como resto insalubre y premoderno, y esa retórica es la que se oye cuando el oyente, después de pagarle las cervezas, despide al marino por loco de atar. El relato no juzga a su personaje desde la moral privada: lo juzga desde el mismo lugar desde el que la prensa juzgaba el barrio.

  3. Degeneración y mejoramiento de la raza: ¿higiene social o eugenesia? Colombia, 1920-1930 (História, Ciências, Saúde-Manguinhos, vol. 25, supl. 1, pp. 145-158)

    redalyc.org

    Fecha el vocabulario con que el narrador describe a los trabajadores del muelle, que es lo que esta ficha declara y no adopta. Reconstruye cómo entre 1920 y 1930 la élite médica colombiana discutió en serio la degeneración biológica de la población y elaboró explicaciones de carácter climático y geográfico para atribuir temperamentos y caracteres morales a los habitantes de ciertas regiones. Las categorías raciales que el texto de 1948 usa como si fueran descripción neutra vienen de ahí, y por eso se registran como voz de la obra y no como dato.

  4. El espacio urbano del cine en Cartagena 1936-1957 (Historia y Memoria, n.º 9, pp. 247-272)

    scielo.org.co

    Reconstruye el ocio de la ciudad en los años exactos en que se publica el libro, y permite situar el cafetín del relato en un mapa. Levanta, con el Archivo Histórico de Cartagena, «El Universal» y el «Diario de la Costa», la geografía de los locales de diversión y su distribución dentro y fuera del cordón amurallado, con nombres de empresarios y de barrios. El Arsenal, con sus cantinas de cerveza y ron blanco pegadas al agua, queda así en el extremo popular de un continuo de lugares de trago y espectáculo que este artículo documenta pieza por pieza.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Da el oficio del hombre que dice «nosotros» en este relato. Identifica a Martínez Fajardo como el periodista que firmaba «Eumarfa» y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica: la primera persona del plural que aborda al desconocido, le paga cervezas y lo sentencia es la voz del cronista que sale a buscar material, no la de un recopilador de tradición. Esa identificación es lo que permite leer la pieza como reportaje literario y no como leyenda de puerto recogida de nadie.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es el sitio donde podrían comprobarse las dos cosas que aquí quedan colgando: la cuarteta ampliada que el personaje se atribuye y de la que sólo está atestiguado el verso suelto como dicho popular, y la estampa del Arsenal con sus goletas y sus cantinas. Los fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX e incluyen la documentación municipal y la prensa con que trabaja la historia local de la ciudad. La consulta, sin embargo, es por correo y sin inventario, y por eso ninguna de las dos se ha podido cerrar.

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«El mal del mar» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El mal del mar» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El mal del mar» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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