Eduardo Arias, el Loco Arias

Andina · Mestizo

Eduardo Arias, el Loco Arias

Eduardo Arias convierte calles y tiendas de Bogotá en escenarios para discursos, disfraces y preguntas que interrumpen la rutina.

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Eduardo Arias, el Loco Arias: la entrada del relato

El relato

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Se disfrazaba del mago Merlín y se plantaba a conferenciar en las vías públicas y en los establecimientos comerciales de Bogotá, ante los espectadores y los transeúntes que se iban parando a oírlo. No leía. Recitaba de memoria, enérgicamente, los discursos de Homero, de Marco Tulio Cicerón, de Demóstenes, de Julio César, de Napoleón Bonaparte, de George Washington, de Simón Bolívar. Uno tras otro, sin papel. Y de vez en cuando paraba para que le dieran chicha y refrescar la garganta, y seguía.

En la pausa de la chicha se le veía el oficio. Bajaba la voz, tomaba, miraba alrededor y volvía a subirla en el punto exacto en que la había dejado. Nadie se iba en ese rato. El corrillo crecía, se abría para dejar pasar un carro y volvía a cerrarse detrás.

Se llamaba Eduardo Arias Jiménez y la ciudad lo llamó el Loco Arias.

Había aprendido solo. Era curioso y leía mucho. Cuando le preguntaban de dónde le salía tanta elocuencia no contestaba como contestan los eruditos. Decía que estaba poseído por todos y cada uno de los textos que había leído, y pasaba de un extremo a otro delante del público, como si adentro discutieran varios.

Otros días cambiaba de repertorio y de vestuario. Aparecía de Buda, de Confucio o del mismo Jesucristo, y en lugar de discursos entonaba sermones espirituales. La gente lo escuchaba como si estuviera hipnotizada, de pie, en la mitad de la calle, con el negocio abierto detrás.

A sus oyentes los llamaba los animales racionales. Ese era el nombre que les daba y ese era el trato: siempre quería dejarles moraleja, y por eso ninguna tarde terminaba sin ella.

Era muy querido y respetado por el pueblo bogotano, que lo dejaba hablar y volvía al día siguiente a la misma esquina. Decía que Bogotá, Colombia y el mundo necesitaban de muchos locos como el Loco Arias.

Eduardo Arias, el Loco Arias: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La calle escucha con más atención a quien no tiene nada que perder mientras habla.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.60971° · -74.08175°

Ficha del relato

Contexto histórico

Todo lo que se cuenta de este orador callejero viene de una sola cadena documental, y conviene verla entera. El texto que hoy se consulta es una ficha de divulgación infantil de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, de unas trescientas palabras, sin firma y sin fecha, que trae la genealogía, el apodo, la lista de discursos, los disfraces, la chicha y la frase final. Canal Capital retomó ese material en una nota del 7 de mayo de 2019 y lo declara en su primera línea: lo que publica es lo que dice la Secretaría de Cultura, citando a Asdrúbal López Orozco. Y López Orozco es el autor de un libro sobre mitos y leyendas de Bogotá publicado en 2008 por una editorial pequeña, del que no hay ejemplar consultable en abierto.

De modo que los dos soportes institucionales que parecen confirmarse entre sí son un solo testimonio repetido dos veces. Lo que el libro sostenga queda, por ahora, en la palabra de quienes lo citan.

Eso vale también para la biografía. La versión distrital lo hace hijo del alcalde Bruno Arias y de Paulina Jiménez, y sitúa el gobierno del padre hacia 1870. Ese dato entra por la misma cadena y se apoya en ella. Las dos obras que reconstruyen gobierno por gobierno la Bogotá del siglo diecinueve —las crónicas de Pedro María Ibáñez y las calles de Moisés de la Rosa— fueron rastreadas nombre por nombre para este punto, y el resultado se anota aparte.

Lo que sí distingue al personaje es el repertorio, y ahí el registro es preciso: siete oradores nombrados uno por uno, tres figuras religiosas, un mago y una bebida.

Resonancias con otros mitos

El orador que convierte la vía pública en su tribuna tiene un antecedente clásico documentado por Diógenes Laercio en sus vidas de filósofos. Diógenes de Sínope vivía a la vista de todos en Atenas y en Corinto, increpaba a los transeúntes, parodiaba a las autoridades y usaba la excentricidad como método: la gente se detenía a oírlo precisamente porque no ocupaba ningún cargo. La coincidencia con el caso bogotano no es el contenido sino el dispositivo, que consiste en tomarse el espacio donde la gente ya está, hablar sin permiso y quedar impune por la fama de loco.

El segundo paralelo es literario y viene de un texto exacto. En El licenciado Vidriera, novela ejemplar que Cervantes publicó en 1613, un hombre que se cree de vidrio recorre las ciudades soltando sentencias, y el pueblo lo sigue en tropel para oírlo; cuando recobra el juicio y quiere trabajar de abogado, nadie lo escucha. La coincidencia es fina: en los dos casos la locura funciona como licencia para hablar y como garantía de público, y la palabra vale mientras el que la dice esté fuera del orden. La diferencia es que el personaje de Cervantes pierde su auditorio al curarse, y el bogotano nunca renunció al suyo: reclamaba la ciudad llena de locos como él.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Las versiones se separan por el tono con que leen al personaje. La distrital marca ella misma la frontera: dice que, según la leyenda, era un galán inteligentísimo, y con esa fórmula avisa que lo que sigue no es una biografía comprobada sino un retrato transmitido. La nota televisiva de 2019 conserva el retrato y le añade la eficacia del medio: lo presenta como una curiosidad bogotana recuperable en un minuto.

  2. Después están las lecturas que le ponen una tesis. En varios recuentos recientes, el apelativo con que llamaba a su público —los animales racionales— se convierte en una crítica deliberada a la cordura ajena, y su figura pasa a ser la de un provocador que interrumpe la ciudad para desmontarla. El registro sólo dice que quería dejar moraleja y que la ciudad, el país y el mundo necesitaban muchos locos como él; el resto es interpretación posterior y se reconoce por el vocabulario.

  3. Hay también variantes del vestuario. Unas versiones insisten en Merlín y en la capa de mago; otras se quedan con la tanda religiosa de Buda, Confucio y Jesucristo, que da escenas más solemnes. La chicha aparece en casi todas, porque es el detalle que ancla la escena en la calle y no en un salón: un orador que interrumpe a Cicerón para pedir de beber.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. El loco Arias (Bogotanitos · Cuenta la leyenda)

    culturarecreacionydeporte.gov.co

    Es el texto más antiguo localizado que fija el relato entero, y el único que trae sus piezas. Da la genealogía —Eduardo Arias Jiménez, hijo del alcalde Bruno Arias y de Paulina Jiménez, hacia 1870— y acto seguido marca que lo que sigue es leyenda y no biografía, advertencia que la ficha heredada había borrado. Trae el repertorio de discursos como una lista cerrada de siete nombres recitados de memoria —Homero, Cicerón, Demóstenes, Julio César, Napoleón, Washington y Bolívar—, el disfraz de Merlín atado a un lugar preciso, la vía pública y los establecimientos de comercio, con su pausa de chicha; un segundo repertorio de disfraces, religioso, acompañado de sermones; la explicación que él mismo daba de su elocuencia, que era una posesión por los libros leídos y no una erudición; el apelativo con que se dirigía a su público, fijado literalmente; la moraleja como propósito declarado; y el cierre, una frase suya que reivindica el apodo y lo extiende a la ciudad, al país y al mundo.

  2. ¿Sabe usted quién era el Loco Arias de la antigua Bogotá?

    canalcapital.gov.co

    Se cita por lo que confiesa, que es más útil que lo que cuenta. Publicada el 7 de mayo de 2019, repite la genealogía, el año, los disfraces, la chicha y el repertorio de discursos, y con eso el relato queda fijado en un segundo soporte institucional. Pero su propia entradilla declara la cadena: «Según la Secretaría de Cultura de Bogotá, citando a Asdrúbal López Orozco». Es decir, no es una segunda fuente sino el tercer eslabón de una sola —libro de 2008, ficha distrital, televisión pública—, y así hay que contarla. Sirve para medir la circulación del relato en el aparato cultural de la ciudad y para desmontar la ilusión de convergencia que producía verlo repetido en dos portales oficiales.

  3. Bogotá etílica: chicha, cerveza, aguardiente y otras

    archivobogota.secretariageneral.gov.co

    Documenta el detalle que en la ficha parece color local y es en realidad el punto más político del relato: la pausa de chicha. Reconstruye la campaña contra el consumo de chicha en Bogotá desde finales del siglo XIX y los recursos con que se hizo —detención policial de consumidores, cierre temporal de las chicherías, destrucción del producto decomisado— y describe la operación simbólica que la acompañaba: campañas de estigmatización que representaban a los bebedores como animales, señaladamente como burros, para desacreditarlos y deshumanizarlos. Es exactamente la misma maquinaria que produce la palabra «loco» aplicada a un orador de calle: el consumidor de chicha y el hombre que habla en la esquina son estigmatizados por el mismo aparato y en las mismas décadas. Y añade el desenlace largo: la chicha no desapareció, se reconvirtió en tradición cultural rural y urbana.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. El valor filosófico de la anaideia en Diógenes de Sinope

    redalyc.org

    Sostiene el primer paralelo y lo precisa mejor de lo que la comparación sugiere. Leyendo el libro VI de Diógenes Laercio, muestra que la desvergüenza del cínico no es un rasgo de carácter sino un método: una transgresión deliberada del nómos que saca al espacio público lo que la norma relega a lo privado, y que funciona como condición de la parresía, la libertad de palabra. Subraya que los cínicos practicaban la prédica crítica en teatros y lugares públicos precisamente para alcanzar a la gente común y no sólo a las élites filosóficas, y que la crítica se ejerce desde una posición de inferioridad respecto del poder establecido. Ese es el dispositivo del caso bogotano: tomar el espacio donde la gente ya está, hablar sin permiso y hacerlo desde un lugar que no tiene nada que perder.

  2. Crónicas de Bogotá, tomo II

    babel.banrepcultural.org

    Se cita por una ausencia, y la ausencia es el hallazgo. Es la obra que reconstruye gobierno por gobierno y cargo por cargo la Bogotá del siglo XIX, con las autoridades municipales nombradas, y en ella no aparece ningún alcalde llamado Bruno Arias, ni hacia 1870 ni en ninguna otra fecha. La genealogía con que la divulgación abre el relato —el hijo del alcalde y de Paulina Jiménez— no tiene respaldo en la única fuente que podría darlo, y esta obra es la que permite decirlo con fundamento en lugar de dejarlo en duda. Sirve además de contraprueba de método: cuando un personaje bogotano del XIX existió con cargo público, Ibáñez lo registra.

  3. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Da el escenario que el relato nombra sin describir: la vía pública y los establecimientos de comercio del centro. Recorre barrio por barrio el casco antiguo —Catedral p. 33, Príncipe 67, Palacio 137, Las Nieves oriental 163 y occidental 211, San Victorino 245— con los nombres viejos de las calles y la mención de los usos comerciales de cada tramo, y permite ver qué era exactamente ese circuito: un puñado de cuadras con tiendas, portales y esquinas de mucho paso, donde un hombre disfrazado que declamaba discursos tenía público garantizado sin necesidad de convocarlo. Es la escala urbana la que hace verosímil el dispositivo, y esta obra es la que la documenta.

  4. «Con notable daño del buen servicio»: sobre la locura femenina en la primera mitad del siglo XX en Bogotá

    scielo.org.co

    Es lo que permite tratar la palabra «loco» del título como una categoría administrativa y no como un diagnóstico. Muestra, sobre documentos institucionales e informes médicos, que en Bogotá el sistema asilar lo administraba desde 1870 la Junta General de la Beneficencia de Cundinamarca, una entidad estatal, y que el encierro se decidía por vía administrativa con criterios sociales antes que clínicos: quien no encajaba en el orden de la calle podía ser retirado de ella. Con ese marco se entiende el reverso del caso bogotano —que el orador siguiera en la esquina significa que la ciudad decidió tolerarlo—, y se ve que el apodo es lo que negocia esa tolerancia.

  5. Tranvía municipal de Bogotá. Desarrollo y transición al sistema de buses municipal, 1884-1951

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Cuantifica el público. Reconstruye cómo circulaba la gente por el centro de Bogotá entre 1884 y 1951 —el tranvía de mulas primero y el eléctrico después, las rutas del centro hacia Chapinero y hacia el sur, los planos de 1940 a abril de 1948— y muestra que el sistema concentraba el movimiento de la ciudad en unas pocas calles del casco antiguo. Eso es lo que convierte una esquina en tribuna: no hacía falta convocar a nadie porque el tránsito pasaba por allí obligatoriamente, dos veces al día y siempre por el mismo sitio. Fija además el final de ese régimen de circulación con la quema de tranvías del 9 de abril de 1948 y el desmonte hasta 1951.

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«Eduardo Arias, el Loco Arias» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Eduardo Arias, el Loco Arias» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Eduardo Arias, el Loco Arias» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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