El llano, ayer, hoy

Orinoquía · Mestizo

El llano, ayer, hoy

Ensayo narrativo que contrapone el paisaje llanero recordado con quemas, contaminación y cambios del trabajo.

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El relato

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Dos viejos se sentaron en una barranca del río Cravo, una tarde de verano al final de marzo, a ver morir el día. Uno había nacido en Támara; el otro era Saúl, al que llamaban el Niño Mentiroso. El río agonizaba sobre la arena caliente, sin fuerzas para llevar sus aguas sucias al Meta, y entre las ramas de los guamos se quedaban varados los desechos de plástico y los envases de cerveza. Los montes que daban sombra a las orillas se los había llevado la tala. A sus espaldas, la sabana estaba cubierta de ceniza y rajada por el verano, y donde hubo un estero había una charca podrida en la que las reses morían de sed, enterradas en el barro, con las aves de rapiña encima. Por la orilla de un caño lejano avanzaba una candela, y las palmeras ardían.

Entonces el de Támara empezó a hablar, y Saúl, por primera vez, lo escuchó sin interrumpir, con una lágrima en la cara curtida.

Contó que había nacido en un pueblo entre dos cerros, San Antonio y Santa Bárbara, donde antes vivieron los indios Támara, a quienes llamaba sus antepasados. De niño subía por las tardes al cerro de Santa Bárbara, algo más de doscientos metros sobre los tejados, y desde allí vio el Llano por primera vez. En cuanto pudo sostenerse en un caballo, su padre lo llevó al hato La Reserva, entrando por Pore. No había cercas. Esa noche vio salir la luna menguante sobre el Canuare. Se dormía con las puertas abiertas: quien llamaba en el tranquero era un vecino o un viajero. En el Esterón de los Fuentes, venados, garzas y chigüiros bebían entre dos o tres centenares de reses, y dos toros criollos pelearon por la vacada hasta que uno se fue bramando su derrota. Salir a la sabana era volver con cinco cachicamos o más, y a las hembras se las soltaba.

Todo eso, dijo, se acabó. La abeja africana barrió las del monte, el Llano se llenó de alambrados y los golpes viejos cedieron ante el vallenato y el rock. Algunos cambios eran buenos, lo admitía. Pero él había tenido poder y no había hecho lo suficiente, y ahora pedía una reserva para los animales que se estaban acabando.

—¡Chico! —lo cortó Saúl—. Todo eso es verdad, pero ya nada va a volver a ser como antes.

Y contó cómo era un trabajo de llano en tiempos de su taita. El dueño del hato avisaba a los vecinos, y la peonada llegaba al atardecer en bestias viejas o en burro. Se mataba una res, se salaba la carne, y los peones le preguntaban al salador si esa noche había estado con su mujer, porque entonces la carne se dañaba. De noche, en los chinchorros, se contaban espantos. Un catire juró que a su compadre Hilarión, de vuelta de ver a su querida, lo persiguió hasta el tranquero una luz redonda que saltaba y se partía, y que desde entonces no volvió a salir de noche. Otro oyó un silbo largo y triste que olía a azufre, quiso encomendarse a la Virgen de Manare y se le trabó la lengua. Los demás se burlaron de él.

A las tres de la mañana venía el grito: ¡al café y a los caballos! El blanco repartía montura a veinte o veinticinco hombres. El padrote Quitasueño tumbó dos veces al negro Andrés. Se quemaban los pajonales para que retoñara el pasto, se herraban los becerros, se les cortaba la señal en la oreja y, al final, se pagaban los jornales y se mataba una novilla. Después venía el arreo hasta Villavicencio, pasando a nado ríos llenos de caimanes y caribes.

—De todo eso no queda más que el recuerdo —dijo Saúl—. Llanero es el que quiere la tierra donde nació y defiende sus riquezas, sin pensar sólo en su provecho.

El llano, ayer, hoy: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Recordar lo perdido sirve de poco si quien recuerda no admite su parte en la pérdida.”

Territorio

Orinoquía · Mestizo

Orinoquía · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Orinoquía
Comunidad
Mestizo
Referencia
5° · -71.5°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es el quinto texto de «Cuentos, mitos y leyendas del llano», de Getulio Vargas Barón, que el Corpes Orinoquía publicó en Villavicencio en 1996 y que hoy puede leerse en la Biblioteca Virtual del Banco de la República. Ocupa las páginas 37 a 49 de ese PDF, entre «La culebra cascabel» y «La leyenda del silbón». La Presentación, firmada por Leonel Pérez Bareño, dice qué clase de libro es: uno que recoge «las vivencias del autor», reunidas en charlas informales, reuniones de familia e investigación por alguien que fue «testigo presencial y actor de los hechos». La misma Presentación lo llama obra literaria, en la que el autor «recrea la Llanura colombiana» «con inspiración de artista». Son textos de autor, no transcripciones: no hay informantes con nombre, lugar ni fecha de encuesta.

Este texto es el que más se parece a una memoria. Tiene dos voces. La primera, entre las páginas 37 y 41, es la de un narrador en primera persona que dice haber nacido en Támara, se llama a sí mismo viejo y admite haber tenido poder. El libro no lo separa del autor. Esa voz pinta el desastre del río Cravo, vuelve a la infancia en el hato La Reserva y termina en un alegato: pide que se devuelvan las aguas desviadas y que se cree una reserva para la fauna. Desde la página 41 habla Saúl, el Niño Mentiroso, el interlocutor que aparece en casi todo el volumen, y lo hace en habla llanera transcrita. Su parte, siete páginas, es una descripción minuciosa del trabajo de llano: el convite, la matanza, los cuentos de chinchorro, el reparto de caballos, el rodeo, la hierra, la paga y el arreo.

No hay aparición ni castigo que organice el texto. Lo más cercano a la leyenda son los dos espantos que la peonada se cuenta de noche, una luz redonda y un silbo con olor a azufre, y los mismos peones se burlan de ellos. Por eso vale como testimonio, escrito por alguien del medio, de que esos espantos se contaban en la vaquería casanareña. No es un relato de ellos.

Resonancias con otros mitos

Los dos espantos que la peonada cuenta en los chinchorros tienen registro propio en la región. Miguel Ángel Martín, en «Del folclor llanero» (1979), incluye entre los espantos del Llano a la Bola de Fuego y al Silbón, junto a las oraciones para librarse del mal. Y en el mismo libro de Vargas Barón, «La leyenda del silbón» cuenta una historia completa sobre ese silbido, que aquí sólo aparece de oídas. La luz que persigue a Hilarión en vísperas de Semana Santa, cuando volvía de ver a su querida, encaja con lo que Carmen Pérez Montero recoge en el estado Portuguesa, en Venezuela: entre los orígenes que allí se le dan a la bola de fuego está el espíritu de una pareja que hizo el amor en Semana Santa. Es la misma sabana a los dos lados de la frontera.

El trabajo de llano que describe Saúl coincide punto por punto con el que Martín describe como faena pastoril: la hierra cada seis meses, el enlace y la tumba del becerro, el coleo que nació de esa faena. Donde Saúl pone ritmo de conversación, Martín pone el orden de un inventario.

Como elegía de una sabana que se acaba, el texto se parece a la crítica que la literatura llanera venía haciendo desde «La vorágine» (1924), de José Eustasio Rivera, cuyas sabanas de Casanare también arden. La diferencia es que aquí quien se queja es un hombre del hato que se reconoce culpable.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. No existe otra versión de este texto: es una pieza de autor. Lo que sí hay son dos copias digitales que no dicen lo mismo. El espejo del repositorio de la Universidad Nacional se corta en la página 42, justo después de la burla al salador, y salta directamente al título de «La leyenda del silbón». El PDF paginado de la Biblioteca Virtual del Banco de la República trae completas las páginas 42 a 49. Quien lea el espejo pierde la cena, los cuentos de espantos, la vaquería entera y el remate de Saúl sobre qué significa ser llanero.

  2. Hay una tensión que el texto no resuelve y que conviene dejar a la vista. La primera voz culpa del desastre, entre otras cosas, a las quemas de pastos. Saúl, al recordar con orgullo el Llano de antes, cuenta que los blancos repartían fósforos a los vaqueros para prenderles candela a los pajonales y que retoñara el pasto. El pasado que se añora también quemaba la sabana. Tampoco la primera voz se queda en la nostalgia pura: admite que muchas de las cosas que reemplazaron a las viejas, del nailon a la silla chocontana, son de incuestionable bondad.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Orinoquía
Referencias
10
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Cuentos, mitos y leyendas del llano

    babel.banrepcultural.org

    Primario. «El llano, ayer y hoy» ocupa las pp. 37-49 (5.º texto del índice). En la primera parte, un narrador nacido en Támara contrasta el río Cravo contaminado y la sabana quemada con el Llano de su infancia (hato La Reserva, Esterón de los Fuentes) y termina con un alegato ambiental. Desde la p. 41 habla Saúl, el Niño Mentiroso, que cuenta un trabajo de llano completo, con los cuentos de espantos de la peonada. La Presentación, firmada por Leonel Pérez Bareño (p. 4), llama al libro obra literaria hecha de las vivencias del autor.

  2. Cuentos, mitos y leyendas del llano (copia en el repositorio de la Universidad Nacional)

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Copia del mismo libro, sin números de página. Para este texto trae completas las pp. 37-42 y coincide con el PDF de Banrepcultural hasta la burla al salador.

  3. Del folclor llanero

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Monografía del folclor llanero. En la sección Folclor nombra a la Bola de Fuego y al Silbón entre los espantos del Llano, junto con las oraciones para librarse del mal, y describe la hierra y el coleo como faena de enlace y marca que se hace cada seis meses, en noviembre y mayo: la misma faena que Saúl describe.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Cantos de trabajo de Los Llanos de Colombia y Venezuela

    ich.unesco.org

    Expediente de la inscripción de 2017 en la Lista de salvaguardia urgente. Describe los cantos a capela de arreo y ordeño como parte del sistema tradicional de cría de ganado, y dice que su vitalidad se ha visto mermada por cambios socioeconómicos, políticos y de ordenación territorial. Es el mismo diagnóstico de pérdida que el texto hace para el trabajo de llano, y documenta el oficio del cabrestero que canta, que Saúl menciona al llegar al corral.

  2. Manejo de la quema de pastizales de sabana inundable: una mirada del pueblo originario Sáliva en Colombia

    dialnet.unirioja.es

    Estudia la quema de pastizales en la sabana inundable de Orocué (Casanare). El resumen sostiene que el fuego mantiene el paisaje de sabana, que la ganadería jesuítica cambió el modo de aplicarlo y que la idea de que toda quema es dañina se ha instalado en el imaginario. Sirve para leer la tensión del texto, donde la primera voz culpa a las quemas y Saúl recuerda con orgullo que los blancos repartían fósforos para quemar los pajonales.

  3. Mitos y leyendas del estado Portuguesa, capítulo 12: La Bola de Fuego

    bibliofep.fundacionempresaspolar.org

    Recoge testimonios con nombre de vecinos de Guanarito y Las Matas y los orígenes que se le atribuyen a la bola de fuego, entre ellos el espíritu de una pareja que hizo el amor en Semana Santa. Una testigo la vio precisamente yendo a Guanare en Semana Santa. Es el mejor paralelo para la luz que persigue al compadre Hilarión, que volvía de ver a su querida en vísperas de Semana Santa.

  4. Los cuentos de Pascual: mitos y leyendas del piedemonte llanero

    babel.banrepcultural.org

    Libro del piedemonte llanero puesto en boca del narrador Víctor Pascual Herrera, de la vereda El Carmen (Villavicencio). Trae «El silbón» en la p. 52, y en su introducción explica que el Silbón del piedemonte es una versión nueva del Silbón de Apure, nacida del contacto entre campesinos de la cordillera y criollos llaneros. Es el paralelo documentado del silbo con olor a azufre que asusta a un peón en el parlamento de Saúl.

  5. Esquema de Ordenamiento Territorial de Campohermoso, dimensión cultural

    repositoriocdim.esap.edu.co

    Registra la leyenda de la bola de fuego como «tradicional de los Llanos Orientales» que se ha ido incorporando al piedemonte: un punto de candela que se acerca hasta volverse una gran bola, y que se aleja con un látigo. Confirma que el espanto que cuenta el catire es repertorio llanero con difusión documentada hacia la cordillera.

  6. La vorágine (edición de la Biblioteca Ayacucho)

    libreriasdelsur.gob.ve

    La primera parte transcurre en los hatos de Casanare y termina con el incendio que el narrador prende en la llanura; el prólogo de la edición cuenta que Rivera conoció la región en 1918 por un litigio de ganaderos. Es el antecedente literario más conocido de la sabana casanareña que arde y del mundo de hato que el texto de 1996 añora.

  7. El efecto negativo de los incendios sobre los pequeños mamíferos de la Orinoquía colombiana

    es.mongabay.com

    Reporta un estudio hecho entre 2018 y 2020 en la reserva Bojonawi (Puerto Carreño): la sabana rebrota a los pocos días de la quema, pero cuando el fuego se sale de control daña los bosques de galería que rodean los cuerpos de agua y cambia la fauna. Documenta desde fuera el paisaje del marco del texto: orillas sin monte y candela avanzando por un caño.

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«El llano, ayer, hoy» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El llano, ayer, hoy» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El llano, ayer, hoy» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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