El sol caía lento, cual gigantesco cuajarán de sangre, al final de un día de marzo que calcinaba el mundo con su calor. Allí junto a Saúl, el Niño Mentiroso, contemplábamos en silencio la desolación que se derramaba sobre la orilla del río Cravo, donde antes danzaba la vida. Un soplo de viento, como susurro de un Dios indiferente, elevaba al cielo las cenizas de pastos quemados mientras las aves de rapiña manchaban el cielo con sus negros presagios, girando entre las cenizas que cubrían la sabana.
En fechas de otra era, Saúl y yo habríamos escuchado un sinfín de melodías entretejadas por la vida que palpita. Alcaravanes y güéreres, chigüiros y venados, todos juntos serían la orquesta y el arco iris de plumajes la escenografía sublime de un paisaje vivo y eterno. Sin embargo, aquellos días eran ahora solo una historia entre los pliegues del tiempo, suspendida en alguna parte del corazón del llano, preservada solo por la memoria.
Saúl, que nunca había sido un hombre dado a la emoción, dejaba escapar una lágrima al escucharme hablar del llanero que podría haber sido. Entre mis palabras, el sonido de aguas cristalinas desbordaba los ríos invisibles de su tristeza, llevando mariposas amarillas. Bajo el calor sofocante, entre grietas de sequía que dividían el suelo como heridas profundas, mis recuerdos reconstruían un Casanare pleno.
Ese Casanare nacía en un rincón de la montaña, donde San Antonio y Santa Bárbara eran guardianes de un pequeño pueblo de ancestrales raíces Támaras. Rodeado de cafetales florecidos, mis días de infancia transcurrían en aventuras bajo la tutela de quienes veneraban la tierra con una fe providente, como si el mismísimo aliento divino se mezclase con el olor del café en flor.
Al llegar al Llano, montado en un caballo que sentía sus crines ondear en la brisa, me había sentido diminuto y grandioso al mismo tiempo. La sabana era un océano verde que respiraba paz, una partitura interminable de libertad, donde el miedo no conocía morada y la vida seguía su curso natural. En este reino terrenal hecho de cuero, galope y trinos, el crepúsculo era apenas el preámbulo a otra sinfonía que iniciaba exactamente cuando el sol despedía su último rayo.
Podía sentir aún el estremecimiento que me recorrió aquel día al ver la luna invernar al borde de un cielo espléndido. Resplandecía, a la manera de un guardián fosforescente, las copas de los montes del Canuare, donde aves insaciables cantaban en honor a un lunar recién nacido. Aquella naturalidad en las costumbres de un mundo que se sabía completamente suyo arrebataba un fragmento de mi alma que ansiaba el retorno eterno al paraíso perdido.
Era en la profundidad de aquel tiempo exuberante que las reses convivían con los venados, los patos con los garzones, todos bebiendo de una abundancia que parecía eterna y sin condiciones. Aguilas enmascaradas graznaban y alcaravanes se alzaban amenazantes, protegiendo sus frágiles crías de una amenaza invisible. En cada rincón de aquella creación divina, la vida era un pulso constante que acunaba la harmonía del Llano.
Las luchas entre toros criollos eran fiel prueba de la vigorosa vida que bullía en cada fibra, con movimientos contundentes y sonoros que hablaban de tenacidad y desafío. Era un ritual tan antiguo como el mismo cosmos del que éramos parte, una danza de fuerza y genio que chisporroteaba como fogata sagrada.
Saúl me interrumpió entonces, su voz cantarina y áspera se elevó como una plegaria y un lamento entre las brasas de sus recuerdos. Con su sinceridad rota, Saúl dibujó un panorama de supervivencia y anhelos, donde sólo rastros de un tiempo pasado persistían. Sus palabras de niño grande rememoraban un universo de sabiduría simple, donde el conocimiento era arte impregnado en la acción de enlazar un caballo o preparar una res para un banquete llanero. La vida en el Llano había sido una oda a la camaradería y al deber bien cumplido, donde las amistades se forjaban en la batalla contra la naturaleza y de ella sacaban la inspiración purísima.
Sin embargo, el humo de la modernidad había intoxicado los corazones, y las antiguas tradiciones fueron reemplazadas por nuevos dioses disfrazados de desarrollo. Cada fibra del universo llanero entró en una resonancia de sombras que terminó consumiendo todo rastro del esplendor que el alma del Llano había vivido.
Y nosotros, los dos hombres perdidos en el barranco, sólo podíamos quedarnos observando. Testigos mudos de un mundo que se había olvidado de sí mismo, cargábamos el peso de la melancolía ancestral y la urgente necesidad de preservar, al menos en la narración mágica de los tiempos perdidos, un reflejo de lo que alguna vez fue. Y así continuaríamos, Saúl y yo, contando historias entre las ruinas del paisaje que amamos, esperando que de alguna forma, al narrar los días del Casanare, una chispa de aquel Llano primigenio e inmortal volviera a encenderse en el vasto mar de nuestras memorias, redescubriendo al niño incansable que guarda en su corazón un amor eterno por la naturaleza y su inabarcable misterio.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
El análisis presenta dos visiones del Llano en Colombia: una de decadencia y destrucción, y otra de un pasado prístino y armónico. La primera descripción es un lamento por la devastación ambiental y cultural. Se habla de un río contaminado, fauna extinta, y un paisaje calcinado y erosionado, lo cual simboliza la pérdida de un mundo natural y cultural. Las plataneras desaparecidas y aves de rapiña reemplazando la rica fauna original reflejan el impacto negativo de las actividades humanas y sugieren una profunda desconexión entre el ser humano y la naturaleza. Esta imagen de decadencia es interrumpida brevemente por un recuerdo del protagonista sobre el esplendor del Llano en su niñez, sugiriendo una nostalgia por lo que una vez fue y ya no es.
La segunda versión contrasta nítidamente, detallando un mundo lleno de vida y tradiciones. Aquí el Llano se describe como un paraíso de libertad y belleza natural. Las bandadas de aves y la convivencia pacífica entre especies reflejan un equilibrio ecológico que ya no existe en la descripción anterior. Las prácticas culturales y comunitarias tradicionales, como el trabajo en el Llano y la hospitalidad, son recordadas con detalle y admiración. Esta recreación de un mundo anterior también incluye elementos específicos de la flora y fauna, y aspectos culturales que se han perdido. Aunque ambas versiones reconocen cambios inevitables a lo largo del tiempo, la primera se centra en la pérdida y degradación versus la segunda que celebra la riqueza de un pasado que se añora y ya no se experimenta.
Lección
La preservación de la memoria cultural y natural es esencial.
Similitudes
Se asemeja a mitos de pérdida de la conexión con la naturaleza, como el mito griego de Arcadia o el mito japonés de la tierra pura.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



