En los albores del siglo XVI, cuando el sol alumbraba con fervor las vastedades del Nuevo Mundo y los sonidos ancestrales de la naturaleza se entremezclaban con los rumores de cambio traídos por los europeos, se alzaba la figura imponente de Tamaracunga, cacique de la estirpe Pirsa. En su poblado, oculto entre el verde y las brumas de montañas que parecían tocar el cielo, la vida discurría con la serenidad propia del tiempo antiguo, donde lo místico y lo real jugaban a confundirse.
Tamaracunga era un líder de corazón fuerte y espíritu indomable, atributos que, según la tradición, infligieron en él la atención no solo de las gentes, sino también de fuerzas que susurraban desde las sombras. Y fue allí, en el sagrado cobijo de su tierra, donde una tarde caprichosa desembarcó el padre Fray Juan de Santamaría, un franciscano cuyo andar era un puente entre dos mundos, y quien, impulsado por el mandato divino, discurrió sermones que prometían luz y redención.
El relato del aura enigmática de Tamaracunga no fue fácil de penetrar. Los registros de la historia susurran que, tras escuchar las fervientes palabras de Santamaría, el cacique se vio dividido entre dos destinos. Mientras una parte de su ser se inclinaba hacia aquel camino celestial, otra parte, aquella entrelazada con milenios de creencias ancestrales, permanecía firme, enraizada en la tierra de sus ancestros.
Sin embargo, se dice que esa indecisión fue la rendija por la cual las fuerzas del averno comenzaron a afianzarse en su espíritu. Fue entonces cuando el infierno se desató en su entorno. Legiones de demonios, invisibles para el ojo simple, pero palpables en el alma inquieta de Tamaracunga, se regodeaban con su confusión. En momentos de silenciosa contemplación, se le veía arrojado como una marioneta sin hilos, una pelota de fútbol, elevada por los aires de un destino cruel y burlón.
Conmovidos por este espectáculo de sufrimiento, tres valientes españoles, hombres de fe inquebrantable, unieron fuerzas con el desventurado cacique, dispuestos a emprender el arduo camino hacia Anserma, la tierra prometida de la liberación. A cada paso, la sombra de los demonios se acentuaba; piedras llovían del cielo, y apariciones horrendas se materializaban para desvanecerse al roce de reliquias santas o a la invocación de los nombres sagrados de Jesús y María.
Día y noche se entrelazaban en un trance peligroso y febril hasta que, finalmente, alcanzaron su destino. Allí, un exorcismo convulsivo se desplegó bajo las vigilantes estrellas. El diablo se aferró con desespero, levantando a Tamaracunga por los aires, dejando al mundo boca abajo, hasta que la súplica consagrada a la Virgen Santísima rompió el aullido de la desesperación. Una sutil luz descendió desde lo alto, dispersando las sombras; las legiones demoníacas huyeron, transformadas en una bandada de cuervos que el firmamento absorbió con inexplicable majestuosidad.
En la quietud que siguió, Tamaracunga, exhaurido pero agradecido, sintió como una nueva vida se abría paso. En honor al milagro, se bautizó al día siguiente, abrazando el nombre de Sebastián, en un fervoroso renacimiento que no solo marcó el fin de su turbulento tormento, sino que afirmó la llegada definitiva del cristianismo en aquellas tierras rebeldes.
Con el devenir de los años, el relato de Tamaracunga y su extraña alianza con el diablo se fundió en el sustrato de la rica cultura local. En un giro de lo extraordinario, el diablo, aquel otrora temido antagonista, se convirtió en un emblema de festividad. Durante el Carnaval de Riosucio, el pueblo revivía este mito: entre risas, disfraces y música, celebraban un legado que no pertenecía ni al día ni a la noche, sino a un espacio suspendido donde la fe se alzaba, inquebrantable, sobre las sombras del pasado. La fusión de creencias se manifestaba en un esplendoroso ritual, un tributo omnipresente a la paradoja de lo humano y lo divino, una danza eterna en el teatro místico de la existencia.
Historia
El mito de Tamaracunga tiene su origen en la época de la evangelización de los indígenas durante el siglo XVI. Según una versión relatada por Cieza de León, Tamaracunga era un cacique que decidió convertirse al cristianismo tras escuchar un sermón del padre Fray Juan de Santamaría. Sin embargo, tras su decisión, fue atacado por demonios que lo torturaban físicamente, solamente alejándose momentáneamente cuando se invocaban nombres sagrados o se aplicaban reliquias. Tras un exorcismo realizado por el padre Santamaría, con la invocación de la Virgen María, Tamaracunga fue liberado del demonio y recibió el bautismo.
En otra versión de la tradición, Tamaracunga, al resistirse a la evangelización, fue considerado poseído, y mediante un ritual de exorcismo, fue liberado por una intervención divina después de intensas oraciones a la Virgen María. Posteriormente, se bautizó y adoptó el cristianismo, consolidándose así la presencia de la fe católica en esa región. Con el tiempo, este evento dio lugar a una transformación cultural en Riosucio, donde el diablo se convirtió en un símbolo festivo, especialmente durante el Carnaval de Riosucio.
Estas dos versiones destacan tanto la resistencia y eventual conversión de Tamaracunga al cristianismo como la integración de elementos culturales indígenas con la religión impuesta durante la colonización.
Versiones
El análisis de las versiones del mito de Tamaracunga revela diferencias significativas tanto en el enfoque narrativo como en los detalles específicos del relato. La primera versión, atribuida a Cieza de León y recontada por Alfredo Cardona, describe a Tamaracunga como un indígena que, tras escuchar al padre Juan de Santamaría, decide convertirse al catolicismo. Sin embargo, el diablo, junto con legiones de demonios, lo persigue violentamente, arrojándolo por los aires y aterrorizándolo en su camino hacia el exorcismo. Este relato destaca la intensidad de la lucha espiritual y el poder del mal, contrarrestado solo por la aplicación de reliquias y la invocación de Jesús y María, culminando en un exorcismo realizado en Anserma. Una vez liberado, Tamaracunga es bautizado y vive en paz el resto de su vida.
Por otro lado, la segunda versión se centra en la resistencia inicial de Tamaracunga a la evangelización, presentando su supuesto estado de posesión como una consecuencia de esa resistencia. La narrativa resalta el simbolismo de la conversión de Tamaracunga —adoptando el nombre de Sebastián— como una demostración del triunfo de la fe cristiana. La intervención celestial en la forma de una luz que disipa las fuerzas malignas añade un matiz casi milagroso al evento. Además, esta versión introduce un elemento cultural al relatar que, con el tiempo, el diablo se transforma en un símbolo festivo, enriqueciendo la tradición con el Carnaval de Riosucio, donde la figura del diablo se celebra en un contexto de sincretismo cultural. Esta última versión, por lo tanto, subraya no solo la dinámica de la conversión personal, sino también el legado cultural que dejó el mito en la comunidad.
Lección
La fe y la perseverancia pueden vencer las fuerzas del mal.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de exorcismo y lucha contra demonios presentes en la mitología cristiana europea.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



