Por los lados donde el valle se abre en cañaduzales y el viento baja de la cordillera como si trajera chismes, entre Cali y Yotoco, pero el cuento terminó de cuajar en Buga, porque allá las historias se vuelven palabra de plaza. Dicen que había una muchacha, de esas de trenza larga, negra como noche sin luna, que cuando caminaba por el camino de herradura el pelo le iba sonando contra la espalda como si fuera una cuerda de guitarra. Y por eso fue que se le pegó el Duende Peluquero. No era cualquier duende. Este no se conformaba con esconder llaves ni voltear herramientas. Este olía el cabello como quien huele panela recién hecha. Lo primero que hizo fue dejarle, en la madrugada, unas trenzas nuevas, apretadas, perfectas, como hechas por manos de mujer, pero con un nudo al final que parecía mordisco. La joven se asustó, claro, y la mamá le dijo que no saliera sola a la orilla del río Cauca, que el agua grande se traga lo que uno no entiende. Pero la muchacha tenía que cruzar por el playón para llegar a la casa de una prima. Y fue ahí, en el borde del río, donde el aire se puso frío y el monte se quedó callado. Se oyó un silbidito, como de niño malcriado, y luego una risa chiquita, seca, que no era de gente. Entre las guaduas apareció un sombrerito de hojas, y debajo, dos ojos brillantes, como si fueran botones mojados. El duende le habló sin mover la boca, como si le hablara desde el mismo pelo: ‘Ese cabello es mío. Yo lo peino, yo lo guardo. Si lo sueltas, te jalo al agua y te dejo allá, donde el río guarda lo que se lleva’. Y la muchacha sintió que la trenza se le apretaba sola, como si una mano invisible la estuviera amarrando al mundo del duende. Corrió. Corrió por el barro, por la caña, por el camino que huele a tierra caliente. Pero el duende no corría: aparecía. En una piedra, en una cerca, en la sombra de un árbol. Y cada vez que aparecía, la trenza se le hacía más pesada, como si el cabello fuera soga. Esa noche, la muchacha llegó a Buga, temblando. Y un viejo barbero, de esos que han visto de todo, la miró y le dijo: ‘No es a usted a quien quiere. Es a lo que usted carga. El duende no persigue mujeres: persigue promesas. Y el cabello largo es promesa de paciencia, de novio, de futuro’. Entonces, mijo, ahí fue cuando ella hizo lo que nadie se atreve: se sentó, cerró los ojos, y pidió tijeras. Con cada mechón que caía, se oyó un chillido lejos, como si se rompiera una cuerda. Y cuando el último tramo de trenza tocó el suelo, el viento del valle sopló fuerte, como limpiando el aire. Dicen que al amanecer, en la orilla del río Cauca, encontraron un peinecito de madera, chiquito, con dientes finos, clavado en la arena. Nadie lo tocó. Nadie lo guarda. Porque el Duende Peluquero, cuando pierde su cabello, busca otro. Y el valle, mijo, está lleno de muchachas y de promesas.
Historia
El relato nace en el corredor vallecaucano donde el río Cauca marca el ritmo de la vida campesina: cañaduzales, guaduales, caminos entre fincas y caseríos. En esa geografía, el duende aparece como figura de frontera: no es demonio completo ni niño completo, sino un ‘entremedio’ que se alimenta de descuidos y de vanidades. La historia del Duende Peluquero se sostiene en una idea sencilla: el cabello largo, trenzado, es símbolo de identidad, paciencia y deseo. Por eso el duende no roba oro ni ganado; roba control. Su amenaza junto al río representa el límite mayor: el agua como puerta, como pérdida, como lugar donde lo humano se deshace. La salida no es pelea ni rezo espectacular, sino renuncia: cortar el cabello para cortar el lazo. En la tradición oral del valle, ese gesto se entiende como un ‘cambio de destino’: la joven elige su seguridad por encima de la apariencia y rompe el hechizo al negar el objeto de obsesión del duende.
Versiones
1) Versión de cañaduzal: el duende aparece primero en los cultivos, dejando trenzas en el cabello de la joven y nudos en las crines de los caballos. La persecución ocurre al atardecer, cuando el viento baja fuerte. 2) Versión de guadua: el duende vive en un guadual y usa un peine de madera. No amenaza con el río, sino con ‘perderla’ en el monte, haciéndole dar vueltas hasta el amanecer. 3) Versión ribereña: la escena central ocurre en un playón del río Cauca. El duende promete ‘peinarla para siempre’ si ella se entrega. La joven se salva al cortarse el pelo y arrojar la trenza lejos, sin mirar atrás. 4) Versión de Buga: el desenlace incluye a un barbero viejo o a una rezandera que interpreta el caso como ‘enamoramiento de duende’. La solución es el corte de cabello y el silencio: no contar el hecho por nueve noches para que el duende no encuentre el rastro.
Lección
El Duende Peluquero enseña que la vanidad y el miedo pueden volverse amarras. Lo que más atrae al duende no es la belleza, sino la atención que uno le entrega sin darse cuenta. La lección principal es de autonomía: cuando alguien o algo quiere poseer lo que te define, a veces la salida es soltar, cambiar, renunciar a una parte para salvar el todo. También recuerda un cuidado práctico del territorio: no caminar sola cerca del río crecido ni confiar en caminos donde el monte calla.
Similitudes
Se parece a relatos de duendes que trenzan cabellos y crines, y a figuras seductoras que obsesionan a una persona hasta aislarla. Comparte con historias como la Cabellona la potencia simbólica del cabello como velo, destino o amenaza. También dialoga con guardianes del monte: el río y el guadual funcionan como espacios ‘con dueño’, donde el exceso de confianza se castiga. En clave latinoamericana, se emparenta con personajes tipo Sombrerón por la idea de trenzar el pelo y perseguir a jóvenes, aunque aquí el centro no es la serenata sino el oficio de peinar y poseer.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



