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El domador de brujas

El mito sobre las brujas en la Vereda del Carmen presenta dos enfoques: uno tradicional y otro moderno con Don Tarsicio.

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Ilustración de El domador de brujas

En el corazón de la Vereda del Carmen, donde los caminos de tierra se entrelazan como las historias de sus habitantes, se entretejía una leyenda que fluía como un río corriente hacia la vastedad del llano. Allí, en las noches luchaban contra lo profano y lo sobrenatural, las brujas se aventuraban en su trajín nocturno, posándose sobre los techos con el siseo de veinte gallinas escarbando. Un misterio tan profundo como las raíces de la ceiba que Tutumán salvaguardaba celosamente.

En noches oscuras y rompientes, cuando la luna asomaba como una pescadora con su red de plata, las brujas arrastraban su esencia por los tejados, convirtiendo lo cotidiano en lo impensable. Viviendas deshabitadas y extraños aquelarres perturbaban la paz del campo. Sin embargo, un día como siempre y otros tantos atrás, un rumor se propagó cual chisme de manos invisibles, de bocas que no callan, un cuento que escapaba de las paredes. Decían que las brujas habían tomado morada permanente y espantaban con fuerza a los moradores, quienes abandonaban sus tierras.

Pascual, un hombre de recias manos y mirada austera, contaba en la cantina del pueblo cómo, a principios de 1982, la Vereda del Carmen fue visitada por un extraño domador de brujas, Don Tarsicio, un hombre con el magnetismo de un río que arrastra secretos en su corriente. Tarsicio, recién venido de tierras lejanas, cargaba en su espalda las historias de Europa, las enseñanzas de la digitopuntura, y la melancolía de un cantor que revive poetas con solo su voz.

Las gentes que lo conocían afirmaban que había tenido un encuentro con un árbol tan singular que al tocarlo, conjunto con la reminiscencia del incienso y el canto de los pájaros, vibraba con una fuerza sobrehumana, inspirando temor y admiración. Se rumoreaba que su vibración podía resonar a lo largo del monte y provocaba que las vacas soltaran más leche al amanecer cuando su canto cruzaba el monte, llamando a los magos blancos, a aquellos custodios del otro mundo.

Tarsicio, que parecía compartir su cuerpo con múltiples espíritus, caminaba con una gracia tan rápida que podría estar en dos o más lugares al mismo tiempo, sin dejar un rastro de linterna. Algunos pensaban que un exceso de maracachafa lo hacía correr cual ánima en pena por esos caminos enredados de zarzas. ¿Qué curioso poder tenía? ¿Acaso era el mismo David ocultándose entre las zarzas de Jerusalén? O quizás, el poeta de Cayena en busca del amor perdido entre el sahumerio y el cántico.

Pascual narraba, mirando al horizonte, que Tarsicio había desbloqueado los secretos del subsuelo donde dormían los tesoros de los Guayupes, sueños indescifrables de un jefe indio levitando sobre Villavicencio sin constricciones, y objetos diminutos cuales pigmeos danzantes, quienes se aventaban finalmente al agua de Laguna Jardines de la Esperanza, donde la providencia aguarda todo destino perdido.

En noches de luna roja, cuando las sombras jugaban a ser figuras en los polvorientos caminos, Mercedes, una bruja embaucadora, llegó a Tarsicio fingiendo una dolencia mortal. El domador, con su mezcla de curiosidad y destino previsible, acogió sus encantamientos y susurros desesperados. Pasaron la noche en un duelo entre lo terrenal y lo etéreo. Allí, entre cantos y procesos embelesadores, libraron una batalla de magnetismo insensato, donde el desenlace se perdía entre sueños febriles y el rocío de la mañana.

Las brujas entonces, despojadas de su esencia por el canto seductor de Tarsicio, regresaron en forma de mariposas, derrocadas y prodigadas en aquel agua sagrada que lavaba lo profano en un regocijo de amanecer. La bruja mayor, con un porte de morena y armonía de sirena, desafiaba a Tarsicio en aquel parrando sin igual de Samaria, donde la música envolvía el alma y le arrebataba su comprensión del mundo. Al final, su coplazo resonante como trueno, quedó vencido ante el mago cantor, quienes en arrullos celestiales ahogó sus encantos. En palabras y sonidos, Don Tarsicio curó aquel todo que parecía imposible de curar.

La magia no reside sólo en las palabras extrañas ni en los pactos inverosímiles, sino que se cifra en la esencia del canto de un hombre con testosterona de bardo y espíritu errante. Aquella presencia tan honda de Tarsicio ahuyentó a todas y cada una de las figuras nocturnas. Tiempo después, los vecinos contaban en tono de estofado las hazañas de aquel que con las notas de su canto domó a la noche.

Finalmente, Pascual, con sus dientes de oro y risa sonora, agarró una escoba vieja y voló hacia la luna con una carcajada tan grande que el eco aún se escucharía cuando las lluvias mojan los campos y las brujas vuelven a sus sombras bajo el influjo del antiguo cantar de Don Tarsicio. Mientras tanto, las tierras de la Vereda del Carmen descansan, quizás, aguardando el próximo relato del canto que doma miedos y transforma noches en días luminosos, donde la ceiba resuene en los corazones más puros.

Historia

El origen del mito de las brujas en la Vereda del Carmen descrito en este relato parece tener sus raíces en la idiosincrasia campesina que considera a las brujas como entidades que aparecen en sus noches, causando estragos en las casas y el ganado. El relato menciona una creencia difundida por todo el país sobre las travesuras de las brujas, y un episodio específico a principios de 1982, cuando supuestamente se apoderaron de la tranquilidad de las noches en esta zona. La historia cuenta las hazañas de Don Tarsicio, descrito como un individuo con habilidades paranormales y una atracción irresistible, que al regresar a Colombia tras viajar por Europa, logra enfrentarse y vencer a las brujas utilizando sus poderes mentales y magnéticos, sus hierbas curativas y sus atributos personales.

Su combate final con una bruja mayor en forma de una hermosa llanera culmina en su victoria gracias a su canto angelical, lo que termina ahuyentando a las brujas de la vereda para siempre. La narración, repleta de elementos de folclor y detalles coloridos, también alude a diversas leyendas y creencias locales, como los tesoros indígenas y el magnetismo personal de Don Tarsicio. Estos componentes en conjunto parecen dar forma a una rica historia que conecta interpretaciones modernas con tradiciones más antiguas.

Versiones

El mito sobre las brujas que se apoderan de una casa y las inusitadas habilidades de Don Tarsicio presenta dos enfoques distintos: el primero es un relato tradicional, predominante en el imaginario popular rural, donde las brujas son consideradas entidades sobrenaturales e inamovibles, imperceptibles para los incrédulos y con hábitos nocturnos que evocan el caos al chupar sangre como vampiros, asustar a los animales y atormentar a los humanos. En esta versión, las brujas ejercen su dominio con libertad e independencia, solo susceptibles al exilio por voluntad propia.

Por otro lado, la segunda variante del mito introduce un giro contemporáneo y humanizante con la llegada de Don Tarsicio, un personaje dotado con habilidades místico-esotéricas incluidas dentro de su bagaje cultural adquirido en Europa. Don Tarsicio representa la combinación de misticismo y ciencia alternativa, contraponiéndose a la concepción tradicional del mito al desafiar y someter a las brujas con una mezcla de carisma, conocimiento y poder magnético.

El relato moderniza la interacción con las brujas al incluir elementos de psicología y manipulaciones sensoriales en un contexto narrativo más extenso y diverso. Este anclaje a prácticas esotéricas y magnetismo personal transforma el mito hacia una narrativa de empoderamiento humano frente a lo sobrenatural, creando una historia de redención y reconciliación con lo desconocido.

Lección

El poder del conocimiento y el carisma puede vencer lo sobrenatural.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de Orfeo en la mitología griega, donde el poder del canto tiene efectos mágicos.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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