En los tiempos en que la memoria era viento y los recuerdos abundaban como las aguas sobre la faz del mundo, una advertencia resonó entre las colinas y los valles de una tierra antigua, donde las montañas eran guardianes de secretos olvidados y los árboles susurraban historias al oído de quien deseaba escuchar.
Desde el distante cerro de Anequi, donde el horizonte se elevaba para besar el cielo, llegó un mensajero cuyo rostro se había perdido en la bruma del tiempo. Venía a avisar a los habitantes del valle que el agua, en su furia incontenible, aparecería pronto para cubrirlo todo, borrando las diferencias entre cielo y tierra, entre lo conocido y lo imaginado.
A pesar de las advertencias, hubo un individuo, un hombre que desde siempre había vivido en las sombras de la duda y la incredulidad, llamado Guinadoma. Su corazón era de piedra y su mente, un mar de escepticismo. Guinadoma decidió no creer, pues sus ojos aún no habían visto el presagio.
Movido por una lúcida locura, construyó un horno de barro, sellado con la meticulosidad de quien teme una catástrofe que su mente niega. Allí dentro, guardó todo alimento y bebida que su mano pudo tocar, con la esperanza de un banquete eterno mientras el mundo se sumergía en caos líquido.
Y entonces, el diluvio llegó. El agua rompió las puertas del cielo y el valle se transformó en un inmenso mar sin orillas. Las montañas se convirtieron en islas de sufrimiento y esperanza, y los seres del mundo encontraron refugio en su generoso abrazo. Las serpientes deslizaban sus cuerpos junto a las arañas y los ciempiés danzaban a la par de animales domesticados, una tregua silenciosa unía enemigos antiguos bajo el llamado del agua.
Allí en la cima del cerro, donde tantos corazones latían con miedo compartido, la humanidad entró en una crisis de hambre y frío. Preguntaban al viento, al sol, al silencio mismo, "¿Cuándo terminará esto?", pero solo respondía el eco de su desesperación.
En el crepúsculo de la esperanza, alguien sugirió un sacrificio, un acto de desesperación para calmar las aguas. Un hijo fue ofrecido al abismo, creyendo que así el río se detendría. Pero el sacrificio disipó, como el humo de un sueño, falso en su promesa de alivio.
Entonces, apareció un anciano, de edad y aura incontables, cuya piel era como corteza de viejo árbol y cuya mirada penetraba más allá de las aguas. Algunos susurraban su nombre, Fusiñamuy, con reverencia, pues para ellos, él era más que un simple caminante de este mundo; era un dios que había venido en su último y misericordioso disfraz.
—Abuelito —clamaron ojos cansados y voces quebradas—, estamos encerrados en este océano sin fin. Queremos descender, tocar la tierra nuevamente, pero no sabemos cómo.
Fusiñamuy sonrió con la paciencia de mil generaciones y levantó su bastón hacia el río interminable. Tocó el centro del caos con su varita, y el agua cesó su tiranía. Su murmullo se volvió un susurro, y el mundo comenzó su descenso hacia la tierra firme bajo sus pies. Lentamente, la tierra bebió el agua, y el vasto mar se secó hasta convertirse en cicatrices del paisaje.
El suelo, blando y tembloroso como un recién nacido, obligó a los hombres a esperar. Poco a poco, la selva volvió a reclamar su reino, y las montañas, ahora guardianas silentes, miraron hacia sus dominios recobrados, donde los árboles crecieron y el horizonte se llenó de verdes suspiros.
Sin embargo, Guinadoma no compartió la salvación de aquellos que habían creído. Bajo la tierra a la que había rendido culto, ahora yacía con su tambor, soñando en su escepticismo eterno. Cada golpe de su tambor, un eco distante de lo que pudo ser, resonaba sin dirección. Los habitantes decían: "Allí suena, allá retumba", mientras él, cada vez más profundo, se perdía en el polvo del destino que él mismo había elegido.
Los que lo buscaban cavaban, removían tierra sobre tierra, solo para encontrar vacío su sepulcro. Así fue como el incrédulo Guinadoma se convirtió en una nota más en la sinfonía de la tierra, un recordatorio de que la fe a menudo es el puente invisible que conecta la esperanza con lo imposible.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
En esta versión del mito del diluvio, observamos varios elementos que se desvían de las interpretaciones más tradicionales, como la de Noé en la mitología judeocristiana. En primer lugar, la figura del hombre incrédulo, Guinadoma, se resalta significativamente. A diferencia de otras versiones donde los incrédulos son destruidos inmediatamente, Guinadoma intenta prepararse construyendo un horno cerrado y almacenando alimentos, lo cual refleja una reacción más humana y pragmática frente a la advertencia del inminente diluvio.
Además, al contrario de Noé, quien fue instruido divinamente para salvar a su familia y fauna específica, este relato destaca la convivencia inusual y harmoniosa de toda clase de animales en el cerro, resaltando la transformación momentánea de enemigos en amigos durante el cataclismo.
Otro aspecto notable es la intervención del viejo deificado, Fusiñamuy, quien parece emerger como un dios o ancestro que ofrece una solución pragmática al problema, incendiando el río con su bastón, en lugar de una intervención divina que implica órdenes precisas de construir un arca. Esto introduce una tensión entre los métodos de salvación propuestos por las deidades: uno que involucra sacrificio humano basado en creencias erróneas, y otro que utiliza un acto de poder natural aparentemente más humano y accesible.
Finalmente, el destino del incrédulo, que permanece perdido bajo la tierra tamborileando, sugiere una moraleja sobre la incredulidad y el aislamiento perpetuo; su sonido, que resuena pero sin ubicación precisa, simboliza la desconexión y la inapacidad de revertir su falta de fe, en marcado contraste con la idea de un castigo universal que se encuentra en otras versiones.
Lección
La fe y la creencia pueden ser el puente hacia la salvación.
Similitudes
Se asemeja al mito del diluvio de Noé en la mitología judeocristiana y al mito de Deucalión en la mitología griega.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



