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El Diluvio

La narrativa del diluvio muestra la curiosidad humana y la transformación en lechuza, simbolizando vigilancia nocturna.

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Ilustración de El Diluvio

En un tiempo que resuena en los ecos del olvido, la Tierra fue cubierta por un manto de agua que cayó incesante desde el cielo. La lluvia, implacable y eterna, disolvió las fronteras entre el suelo y el cielo. Era un llanto celestial que elevó el nivel de los ríos hasta borrarlos, transformando la vasta extensión de las tierras en un infinito mar. Hasta el Sol y la Luna, astros de ígnea luz, sucumbieron al diluvio interminable, perdiéndose en la profundidad líquida. Apenas un destello de su fulgor logró filtrarse a través de las tumultuosas nubes, dejando al mundo sumido en una penumbra de cristal.

Los hombres, ataviados de miedo y desesperación, miraron impotentes cómo el hambre y la desolación se apoderaban de sus días. Las sombras alargadas de la muerte comenzaron a arrastrarse entre las aldeas, llevándose en su manto a los indios, hasta que sólo quedó una familia.

El hombre de esta familia, cuya sabiduría era comparable a la de los antiguos seres del bosque, cavó profundo en la entraña de la tierra. Allí edificó una casa de piedra, un refugio subterráneo, una especie de pirámide subterránea con cuartos apilados, donde las siete mujeres yacían del mismo modo que las capas de la tierra.

En ese oscuro útero de roca, el tiempo se volvió espeso y difuso. Los días y las noches se enredaban, cayendo como hojas secas sobre sus cabezas. Fue entonces que una de las mujeres, sedienta de luz y libertad alzó su voz, deseando ver el Sol, figura difunta en la memoria de los hombres. Anhelante, escaló hasta la cúspide del refugio y, escarbando con uñas y dientes, retiró una pesada piedra del techo.

Las aguas, sibilinas y ardientes, aprovecharon el resquicio para irrumpir en la quietud del hogar subterráneo. Un torrente rugiente llenó los cuartos, abrazando a la familia en su tumulto. El hombre, desde su posición de guardián, maldijo a la mujer: "¡Tu impaciencia nos ha condenado! ¡Cuando termine esta lluvia, serás expulsada y te convertirás en lechuza, cantando sola en las noches estrelladas, siempre deseando el sol que nunca verás!"

Con el tiempo, el diluvio menguó, y al salir, la mujer, cumpliendo con la sentencia profética, se transformó en lechuza. Ahora, de noche, su canto se mezcla con el viento, un lamento que intenta alcanzar al sol imposible.

El resto de la familia descendió al fondo del refugio, allí donde el agua no alcanzó, y esperaron, mientras la eternidad flotaba alrededor de ellos. Pasaron muchos ciclos de oscuridad y luz hasta que finalmente emergieron, temerosos, por las grietas del tiempo.

La Tierra, arrasada por el diluvio, parecía un lugar extraño. El hombre lamentó la posible extinción de los animales, compañeros del hábitat. Pero al dirigir la vista hacia una loma prodigiosamente alta, un árbol de totumo, enraizado en el cielo, dio refugio a dos sobrevivientes: el pájaro karau y el rabipelado nuti.

El karau, un pequeño guerrero con plumas de azabache, había pasado aquellos años largos gritando su nombre en medio del miedo, mientras las gotas de lluvia se convertían en golpes de tambor en su corazón. Desde entonces avisa a los hombres del comienzo de nuevas lluvias con su canto: "karau, karau".

El rabipelado, en cambio, había soportado el tiempo suspendido con su cola asida al árbol. Tal prolongada espera dejó la cola desnuda como testimonio de su sufrimiento. De estos dos, del pájaro y del rabipelado, la naturaleza se pobló nuevamente, tejida a través del milagro de la supervivencia.

Al ver la tierra aun empapada, los hombres decidieron secarla con fuego. Bailaron alrededor de las llamas que prendieron en el monte. Pero el viento, cómplice del incendio, avivó el fuego descontroladamente, devorando los nuevos brotes de vida que apenas comenzaban a retoñar.

Nuevamente, la destrucción se cernió sobre los hombres, pero esta vez la determinación prevaleció. Finalmente, la candela se extinguió, dejándolos cubiertos de ceniza, pero vivos, con el impulso de la memoria de replantarse, de rehacer sus hogares y nutrir la tierra seca.

Y así fue, sin duda alguna, que el mundo se reinventó a sí mismo, desde la profundidad de sus aguas hasta la altura de sus cenizas, el mito se fusiona y danza con la historia al ritmo del vital atavismo, eterno e inconquistable.

Historia

El mito narrado tiene su origen en un relato de un diluvio que inundó toda la tierra, donde el Sol y la Luna también se ahogaron, dejando solo a una familia viva. Esta familia sobrevivió resguardada en una casa de piedra bajo tierra con múltiples cuartos. Una mujer de la familia, cansada de no ver la luz, abrió un hueco en el techo permitiendo la entrada de agua, lo que casi resultó en su ahogamiento. Fue entonces maldecida por el hombre de la familia para convertirse en lechuza, destino que cumplió tras el fin de la lluvia, siendo condenada a cantar de noche sin poder ver el Sol.

El mito continúa describiendo que tras el diluvio, los animales habían aparentemente desaparecido, pero se reveló que dos animales, el pájaro karau y el rabipelado nuti, habían sobrevivido encaramados en un árbol de totumo. La experiencia de colgarse del totumo había dejado al rabipelado con la cola pelada, y el grito del karau al anunciar la llegada de la lluvia.

Finalmente, al tratar de secar la tierra que seguía húmeda, los hombres provocaron un incendio que casi los destruye de nuevo, antes de lograr volver a sembrar y construir nuevas casas. El relato concluye afirmando la veracidad de estos eventos.

Versiones

En la versión del mito proporcionada, se observa una estructura narrativa que mezcla elementos de catástrofe y creación, implicando líneas temáticas similares a ciertos mitos del diluvio, aunque con características únicas. La historia comienza con una lluvia interminable que ahoga al Sol y la Luna, indicando una interrupción cósmica. En este relato, una única familia sobrevive al cataclismo al refugiarse en una casa subterránea de piedra, lo que introduce elementos de aislamiento y protección subterránea que difieren de otros mitos de inundaciones, donde generalmente se utiliza una embarcación. La introducción de la mujer que abre el techo simboliza quizás la curiosidad humana y la desobediencia, desencadenando consecuencias inmediatas que alteran su destino personal, al transformarse en una lechuza, símbolo de vigilancia nocturna y eternamente vedada del sol.

El mito también introduce una interpretación de las dificultades post-diluvio, con los animales resurgiendo de un árbol de totumo. Este es un elemento distintivo que retrata a las criaturas del karau y el rabipelado preservando la continuidad de la vida animal a través del refugio en la altura, sugiriendo una adaptación a las condiciones extremas. Finalmente, la relación entre los humanos y la naturaleza se destaca cuando los sobrevivientes, en un intento por secar la tierra, casi provocan su propia extinción al quemar el monte. Este aspecto añade una dimensión de balance y precaución ante las fuerzas naturales, algo que no siempre está presente en otras variantes de mitos del diluvio. En esencia, esta versión específica ofrece una rica tapeztería de interacciones entre humanos, animales y elementos naturales, destacando temas de supervivencia, transformación y coexistencia con la naturaleza, con un enfoque distintivo en las consecuencias de los actos humanos.

Lección

La curiosidad y la desobediencia pueden llevar a consecuencias irreversibles.

Similitudes

El mito se asemeja a la historia del diluvio de Noé en la mitología judeocristiana y al mito de Utnapishtim en la epopeya de Gilgamesh.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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